sábado, 13 de mayo de 2017

Vuelven los años terribles

Vuelven los años terribles. Y vuelven como tempestad repentina, en medio de los picores y goces estivales. Hace rato que el sol se nubla, y nubarrones henchidos de sangre se allegan. Retorna el fantasma de la guerra nuclear, el “homo homini lupus”, el equilibrio inestable de las potencias, el mundo multipolar. Vuelven cosas viejas, pero potenciadas y sobrepujadas por las nuevas estrategias de dominación tecnológica. Quizás no sólo esté en peligro una Civilización, la Occidental. Quizá peligre la idea misma de “hombre”. Esa tempestad partirá con mil rayos la idea de lo “humano”.

Peor que una guerra nuclear, de la que, mutados y enfermos, quizá sobrevivirán unos pocos y fuertes, dispuestos a un nuevo Génesis… mucho peor, será “superar al hombre”. Trascender, aboliendo los resultados de la Historia, romper moldes o esencias para crear un Ser absolutamente abierto, penetrado, violado, disuelto. Eso será el trascender el hombre, el formar un continuum entre su Ser y la tecnología.

Esta tecnología no es ya una reforma y sustitución de la naturaleza. No es ya una suplantación de lo natural en torno a los hombres, y una mera reforma o suplantación de la propia corporeidad de lo humano. Esta tecnología va a ser una suplantación de la cognición del hombre, su teledirección (chips en el cerebro, etc.), así como una colonización de sus funciones animales, prodigiosamente humanizadas desde hace miles de generaciones (maternidad, familia, cohabitación sexual). Más intenso y profundo que el cambio sobrevenido por la electrónica o la física nuclear, será el cambio operado por medio de la Ingeniería Social. El proyecto en marcha es sustituir al individuo humano tal y como ahora lo concebimos y valoramos. La sustitución es muy visible exteriormente (robots en lugar de empleos, prótesis en lugar de órganos, máquinas en lugar de amigos o amantes), pero debería contemplarse también como sustitución interior. El “control mental”, la asunción cada vez más inconsciente de mentiras, contradicciones y estupideces, también forma parte del infierno tecnológico que se nos avecina.

Los “poderes” que denuncia esta izquierda decimonónica, ya no lucen chistera, frac y cigarro habano. Los “poderes” no se ubican exclusivamente en Manhattan o en la Bolsa de cualquier centro financiero mundial. Los “poderes” han tomado la calle y desfilan con banderas rojas o en proclamas de minorías “discriminadas”. Los “poderes” residen en tus circunvoluciones cerebrales, en el vientre de alquiler, en los algoritmos de Facebook, en los procesos de “normalización”.

¿Se hunde Occidente? Con la progresiva normalización de la prostitución, la droga blanda, la pederastia, con la “fluidez” de género, especie, categoría, con la animalización masoquista y la des-institucionalización de la vida, con el auge de la entropía mercantilista (“que no haya obstáculos a la colonización de la sacrosanta Mercancía”), lo que se hundirá no será únicamente una bella planta en el jardín de las Civilizaciones y Culturas mundiales. Se hundirá una forma de “ser hombre” muy hermosa, que empezó a morir en la Baja Edad Media, y que estaba destinada a ser la forma magistral que, batuta en mano, elevara a todas las demás “humanidades” que poblaban el planeta. Este director de orquesta, blanco y cristiano (director, que no amo tiránico), arrojó su frac, mostrando sus carnes, y lanzó su batuta al suelo, se vendió y postró a los ojos de todos. Los músicos de todos los rezos y colores ya no saben qué pieza tocar, y ven al antiguo maestro como un histrión masoquista, prostituto a gatas, que berrea y contorsiona: ¡su viejo Maestro!

Pobre Europa: ¿qué perdiste en el camino, desde que hiciste aquellas catedrales góticas? El imperio de la mercancía vino contigo y has dejado a los demás pueblos sin rumbo. Tu propia colonización te espera y después, una muerte del Hombre. A no ser….
A no ser…

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