sábado, 17 de diciembre de 2016

Sobre millones de cadáveres europeos, ellos recogen la mies.

Las llamadas “guerras mundiales” fueron, en realidad, dos guerras europeas generalizadas a otros continentes. Fueron guerras civiles entre europeos en cuyo curso naufragaron las naciones, las “potencias”. En ellas se rompieron los equilibrios, razón de ser de la propia noción de Europa, “un equilibrio entre potencias”. La fuerza global emergía de la tensión de potencias que se vigilaban y se neutralizaban bilateralmente y con terceros aliados. Pero el equilibrio se rompió para siempre, y las “reglas” (sí, en la guerra clásica había reglas) también. La intrusión de potencias (USA y URSS) de escala imperial ajenas a la comunidad de naciones europeas dio paso, en 1945, a la ocupación y desmembración de aquella unidad polémica (polemológica, unidad de disputas) de potencias europeas hermanas. Todas las guerras civiles (la española, como la europea) acaban trayendo la intrusión de foráneos.



No obstante, el fin de la guerra fría puso de relieve la precariedad de nuestras naciones soberanas, canónicas, la debilidad extrema de aquellas naciones que una vez civilizaron el mundo (España, Francia, Alemania, Inglaterra…). La guerra fría fue una ocupación económico-militar de una Europa postrada y puesta casi enteramente en manos de los rusos y de los yankis, un protectorado suavizado por la propaganda. Pero la propaganda, ante un vendaval, echa a volar, y muestra las desnudeces. La Europa desnuda de la Merkel y de la Unión Europea va dejándonos ver en manos de quiénes estaban aquellas pobres “potencias” arruinadas, más ruinosas en lo moral que en cualquier otro terreno, tras 1945. Las manos no eran única y enteramente yankis, y esto lo vimos una vez desaparecidas las botas de los soldados del Pacto de Varsovia. Las manos eran también las de un poder en la sombra, pero con trazas registrables a través de las finanzas, de las inversiones que va diversificando y blanqueando la enorme plusvalía petrolera. 


Las nauseabundas monarquías árabes petroleras, junto con Irán, son las verdaderas triunfadoras de la II Guerra Mundial. Ellas, fundamentalmente, se han servido de millones de muertos europeos en carnicerías sin cuento, y se han valido de la gigantesca industria militar americana, para poder entrar a saco, arrasando, en nuestros más sagrados solares y allí imponer sus credos, sus “tradiciones”, sus agendas, sus dineros, sus aberraciones y su espíritu cruel, propio de habitantes del desierto. No es tan complicado atar los cabos y resolver la cuestión del por qué de todo este entramado de “ingeniería social”, de “manipulación semántica”, de inquisición “políticamente correcta”. No es tan complicado ver cómo la laxitud moral entre los nuestros es directamente proporcional a la “fe” y fuerza fanática en ellos. Ya vamos en camino de aprobar y hasta bendecir la ausencia de fronteras biológicas y ontológicas entre los sexos, las edades y las especies, para  así tolerar respectivamente la ideología de género, la pederastia y la zoofilia. ¿Por qué? ¿Por qué? Si la mayoría del pueblo vuelve la mirada con asco ante estas imposiciones “progresistas” ¿Por qué nos las meten por la nariz, so pena de parecer un “reaccionario” y sufrir la muerte social? Es fácil. Laxitud para nosotros, e integridad puritana para ellos, para los nuevos amos. Esto es lo que quieren. Nosotros nos hemos vuelto impotentes y mansos, ellos se crecen, y arman a sus guerreros. Abandonamos templos y credos, mientras ellos se refuerzan e imperan. Si queremos libertad, levantemos los faldones a la financiación de partidos, sindicatos, oenegés, fundaciones, empresas, bancos.

 La negra mancha del petróleo es la que mejor les delata. La élite corrupta que los dejó entrar es nuestro peor enemigo.  Detrás de una invasión hay inyección y soborno a gran escala. Dejaos de cuentos sobre “derecha” e “izquierda”. Es la hora (siempre fue así desde que el hombre es hombre) de decidir entre “nosotros” y “ellos”.

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