domingo, 6 de noviembre de 2016

Papilla post-humana

La “paz perpetua” es la paz de los cementarios. La “pax romana” fue la del vencido y esclavizado ante un Imperium dominante. Los “derechos humanos” son la rúbrica del status quo de un mundo en cenizas y una Europa en ruina en 1945. La “fraternidad universal” es la masonería como ideal generalizado, no como conjunto de capillas secretas, el ideal a voces y exaltado hoy como doctrina oficial. La “libertad”, desde 1968 es el libertinaje máximo en la gestión y uso del propio cuerpo, la apoteosis de una sexualidad sin límites a cambio de una mercantalización sin límites de lo humano. Hipersexualismo y pansexualismo experimental a cambio de la más abyecta sumisión a los dictámenes del mercado, destruyendo así todo vestigio de la “persona”. Ese ente individual de naturaleza racional, esa cápsula del Espíritu en medio de la ciega y bruta materia, se ha roto. La minúscula ampolla que derrama sus esencias en la tierra, el océano y la atmósfera. La persona se diluye en su doble haz, como “máquina deseante”, como prostituída materia que se valoriza ante otra materia deseante, de una parte, y como fuerza de consumo y de trabajo, de otra. La izquierda, que ya no es marxista ni siquiera cuando dice serlo de boquilla, se ha tragado toda la “Economía Política”, Marx murió a favor de un Freud esperpéntico, a favor de la más brutal animalización del animal humano. A tal extremo llega la animalización de la bestia que un día fue el ente racional, que el proceso se antoja ya como una “puesta al límite” (metábasis), y se prometen maravillas transhumanas. 

¿Qué? ¿Dios ha muerto? Quien parece muerto es el Hombre, la sustancia racional. Las grandes trasnacionales lo han decretado. El futuro, según quieren los poderes neomasónicos, el futuro pertenece a esa Fraternidad de monos robotizados y robots de carne, dispuestos todos, de manera indistinta a prostituírse entre hermanos, dispuestos todos a devorarse, prontos a convertirse en papilla indiferenciada. Pronto será negocio “legal” todo género de perversiones, las de la carne y las del tráfico de cuerpos, pero pronto será legal también, y hasta “moderno”, asaltar el recinto de la infancia, el consumo caníbal, la postración ante seres inferiores. Esto es lo que nos trae la “paz perpetua”. El derecho natural siempre era recordado cuando uno debía luchar por la conservación, labrando los campos y cuidando con las armas las casas, los bienes, las fronteras. Pero desde que la vida “ya no es simple” el derecho natural se sustituye por una “Carta de Derechos Humanos” que, cual cierta imagen del Big-bang, se infla, se expande ad infinitum, nunca se detiene hasta llegar a la papilla posthumana. El peor Dyonisos habrá triunfado.

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