sábado, 5 de noviembre de 2016

La Muerte de (los sucedáneos) de Dios.

Nietzsche supo ver que hasta los dioses muertos hedían, con su proceso de descomposición ya en marcha. Uno se pregunta si ya no será parte del proceso de descomposición orgánica el mero hecho de buscar sucedáneos de lo divino, cuando lo sagrado, lo sobrepujante, lo excelso, es revestido por ropajes falsos, rebajado a la condición de ideología política, ética universal o cosmovisión. El socialismo, como la ética universal de los derechos humanos, el budismo, el estoicismo, resultaron –como muy bien vio Spengler- de la muerte y destrucción de las briosas comunidades orgánicas. El hombre de las grandes ciudades, el hombre cuya verdadera ciudad es el mundo ya es, desde el principio, un hombre inorgánico. Sus vínculos con los demás (circularidad entre sujetos), con la tierra o la naturaleza (radialidad, vínculos entre sujetos y objetos envolventes) y con las demás criaturas no humanas y trascendentes (angularidad) sólo son forjados y percibidos por él a la manera mecánica. Desde el principio, el romano estoico y el asiático budista, tanto como el “occidental” socialista o neokantiano, es un ente recortado, sin raíz, un algo que flota en un espacio abstracto, marcado por ejes artificiales que unos poderes ajenos (remedos del dios) le imponen. Si Dios se ha muerto, se ha muerto para ese hombre de ciudad que, una vez ha evacuado lo sagrado de los templos, y una vez desacralizado él mismo, no pude creer en sus sustitutos, sus herederos y sus sucedáneos. El sabio de la bata blanca, el profesor de ética, el voluntario solidario “que da ejemplo”, el legista del “estado del bienestar”… todos le parecerán farsantes, todos le recordarán la propia farsa según la cual el individuo de razón cosmpolita ha categorizado el mundo. Demasiado arrogantes le parecen aquellos pontificantes, que hablan como quien habla en nombre de un Dios vacío. Invocan el vacío, y con ello promueven el nihilismo. Pero quizá Dios no esté muerto ni descompuesto en un hombre retornado a las raíces, en un ser integrado perfectamente en su suelo y en el torrente de la sangre. Quizá tras la caída y degeneración se detengan un día y se barrunten, al fin, como meras fases previas que preparan las fases ascendentes. Son los sucedáneos los que han asesinado al verdadero Dios, son las ideologías pretendidamente universales y salvíficas las que han oscurecido la refulgente presencia de lo divino. Ese Occidente caído en desgracia ha dejado de ser terrible para el resto del mundo pues ha perdido el carácter praeternatural, igualmente terrible, que su Dios debía tener ante el mundo. Hasta los dioses tienen que hacerse respetar, y su voz tonante debe superar y acallar a la de los ídolos. Otros dioses del desierto, y otros falsos profetas, otros becerros de oro y deidades inferiores se arrastrarán ante un Dios crístico-fáustico de salud revigorizada. Los Cruzados del siglo XXI habrán de ser mucho más terribles que los del medievo, y la fe que transmite el filo de muerte de sus espadas debe ser capaz de partir la bóveda del cielo y arrojar a los agarenos a sus desiertos de nuevo. Si esa fe volviera, todos los “derechos humanos” y todas las éticas deontológicas echarían a correr como las ratas en un barco que naufraga. Ante ella, fe fáustica, todos los que ahora hacen “guerra santa” aparecerán como bribones de muy fácil exterminio. Europa sólo se va a salvar con un nuevo y hasta ahora desconocido “Cristianismo Terrible”.

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