martes, 1 de noviembre de 2016

El más frío de los monstruos

El Estado, según Nietzsche, es “el más frío de los monstruos”. No es de extrañar que aquellos que aspiran a llevar sus riendas y a hablar en nombre suyo, apelen sin cesar a la “sensibilidad”. Cuanto más frío es el Estado, como maquinaria burocrática y como mecanización de la pieza y mercancía que un día fue “el hombre”, más apelan los políticos y los medios a las emociones más primarias y al sentimentalismo más ñoño. La imagen de un niño ahogado sirve para ocultar miles de asesinatos y violaciones, y todos los sensibles, en océanos de lágrimas, contemplan la invasión y saqueo de su propia casa, y la subasta y el escarnio de todos sus bienes, empezando por la propia dignidad. Se refuerza el Estado cuando más importa debilitar el animal humano, aderezado con el confeti de la “ciudadanía”. Y bien dice nuestro filósofo del bigote que se refuerza el Estado cuando ya no hay pueblo. Si hubiera pueblo, ningún Estado en el mundo se atrevería a regimentar una “enseñanza reglada” y “obligatoria”. Allá cada uno cuide de sus vástagos y parentelas, allá cada uno vaya a buscar a los de su ralea, en unos casos, y a los de su estirpe, en otros. La síntesis “superadora” sería un Estado popular, mas esto nunca se ha dado. Las dictaduras, ya sean marxistas, ya las fascistas o las que se tienen por liberales, acaban siendo dictaduras de una parte del pueblo sobre otra parte del pueblo, y en la masa indiferenciada hay una tendencia neguentrópica a restaurar jerarquías. Mientras esta tendencia subsiste, hay posibilidad y esperanza en el animal “hombre”. La última metamorfosis del Estado, precisamente, consiste en alejarse de todo pueblo; una minoría del pueblo que oprime a otras partes del pueblo. Consiste en abandonar la soberanía en manos de un monstruo mucho más frío, loco, ciego, enemigo del hombre. La soberanía se evapora bajo los rayos abrasadores del Capital mundial, que sólo puede seguir acumulándose bajo su condición de ser más “mundial”. Las soberanías evaporadas sirven para engañar, mientras el mundo “supera” al hombre, como las florecillas del camino se planchan bajo las suelas del ejército del Capital. Esta bota pesada es la bota del “Mundo” como totalidad, un imposible kantiano, un sustituto de Dios, una Metafísica de pesadilla hecha realidad en nombre de la ONU, UNESCO, fraternidad universal y mundos sin fronteras. Que Dios –el viejo Dios- bendiga a aquel perdido estado soberano y a aquellas alambradas protectoras, que Dios nos traiga de nuevo aranceles y educación patriótica.

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