domingo, 30 de octubre de 2016

Víctimas

¿Qué es, qué define verdaderamente el Poder? Uno puede, en primera instancia, sentirlo: al ejercerlo, al sufrirlo. El pathos del Poder puede conducirnos a la victimización. Esta máscara de víctima nos la ponemos cuando nos falta el Poder y queremos recuperarlo. No hay víctima sin reconocimiento por parte del prójimo. Hoy en día se estila que incluso los tiranos, los verdugos y los dominantes anhelan ponerse la máscara de las víctimas, con lo cual, otras víctimas menos afortunadas sufren doblemente al ver minusvalorada su condición “real” de víctimas. Todos compiten por ver quién es más víctima y por dilucidar quién merece más este honrado título. Con lo cual, el boxeo y la reyerta en un patio de gitanos, con puño en alto y navaja ensangrentada, es lo más parecido a la lucha por ser víctimas. Ganar el primer premio como víctima es, por ende, ganar poder y ganar víctimas nuestras. Nunca nos salimos del círculo de luchas por el Poder, de voluntades que anhelan sangre. Pero queremos reconocimiento como víctimas como queremos navajas para clavar en la carne y peleles a los que asestar el golpe. Todo este afán por victimarse es fruto de la inflación de la ética. La ética nos ha inflado como muñecas de aire, llenando con nuestras redondeces el poco espacio disponible en nuestras angostas celdas de la gran ciudad. Tanta ética no es señal de nada bueno. Siempre hay un rostro rijoso, ambicioso o lleno de ansiedad tras la máscara de la ética y del victimista. No es gritar “¡injusto!” lo que restaurará los equilibrios, sino transformar las máscaras en escudos y lanzas. 

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