lunes, 17 de octubre de 2016

Spengler y la Europa Fáustica (artículo de presentación en "El Manifiesto")

Relectura spengleriana
Spengler y la Europa fáustica

El libro "Oswald Spengler y la Europa fáustica", de Carlos X. Blanco Martín acaba de ser publicado (ediciones Fides), en una relectura muy original que este autor asturiano efectúa de la obra de Spengler y de los equívocos en que han incurrido muchas de sus interpretaciones (a veces, sobre todo, de sus sospechosas y partidarias "malinterpretaciones"). Una relectura urgente y necesaria.

CARLOS X. BLANCO MARTÍN

En las páginas que siguen vamos a leer a Oswald Spengler (1880-1936). Este filósofo alemán es, a mi modesto entender, el pensador más importante del siglo XX. La edición de todos sus escritos, incluso de aquellos textos que más se alejan de la beatería que hoy se da en llamar “lo políticamente correcto”, está plenamente justificada.
Esta afirmación sobre Spengler, de sobra lo sé, cuenta con pocos avales en la Academia. El filósofo de La Decadencia de Occidente no es plato de gusto en los cenáculos universitarios. Por mi parte, lo sitúo entre los grandes. Leibniz y Kant sobresalen en el siglo XVIII. Hegel y Marx reinan como grandes señores en el XIX. Heidegger, Ortega o Spengler dominan el XX. En efecto, aquí he de incluir al gran Spengler como figura fundamental para comprender nuestro siglo y los venideros.
¿Quién fue Spengler? El filósofo alemán de saber enciclopédico, autor de un libro también de grandes dimensiones y mirada amplísima, La Decadencia de Occidente, el hombre que dio pasos de gigante en la compresión de Europa y de sus grandes realizaciones en el contexto de las demás civilizaciones y culturas. El filósofo que ha sabido predecir el curso de los acontecimientos europeos, casi un profeta. El hombre que supo ver las Civilizaciones y Culturas como unos seres vivos sometidos al destino [Schicksal], nunca sometidos a la legalidad físico-natural sino a un decurso biológico propio.


En el ámbito universitario, especialmente en el español, hay muy poco interés por esta figura y por su obra. Las referencias que se leen sobre el autor de La Decadencia de Occidente suelen ser expeditivas cuando no condenatorias. No es nada infrecuente leer, a cargo de profesores a los que se les había de suponer más honestidad y estar bien informados, anatemas contra Spengler. Parece un autor maldito. Dedicarse al estudio de la obra spengleriana trae mala prensa, y personalmente soy consciente y víctima de estas actitudes. Quien haga tal cosa, aunque lo haga con distancia y objetividad crítica, puede esperar que se le caiga encima el mismo anatema que se lanzó contra el propio Spengler. Tal situación debe hacernos meditar sobre la crisis educativa en España y sobre la crisis de la formación superior en éste país. Imaginemos el erial en que transformaríamos la Filosofía y la Ciencia Social cuando el estudio de la obra de Marx (repito, aun con distancia y objetividad crítica) atrajera la sospecha de “comunismo”. Tal cosa nos parecería una necedad fanática. Sin embargo sigue siendo más “cómodo” estudiar en la Academia a Marx y a sus epígonos que a Spengler. La libertad de investigación académica exige el estudio de todos los autores y todas las tendencias fundamentales del pensamiento, requisito ineludible para la crítica, superación y transformación de sus teorías y para el fomento de una juventud crítica, formada. Estupidez mayúscula fue la de algunos liberales y conservadores que, en actitud de inquisidores, acusaron Marx de llevarnos al gulag o del estalinismo. Otro tanto se diga de la práctica de hacer caer condenas sobre Nietzsche por “inspirar” el Holocausto, aplaudir el machismo o ser enemigo de la “democracia”. Estupidez incluso por el carácter retroactivo de la condenación, condenación que llevaría a la guillotina a personas ya muertas hace siglos, y a una guillotina moral y al ostracismo a sus estudiosos.


Spengler no interesa al establishment académico. Se le asocia, en el caso de los más malintencionados o desinformados, al nazismo, en términos generales. Si acaso, entre algunos intelectuales y columnistas del ámbito más conservador es tenido en consideración, y se le cita, muy someramente, como “filósofo del pesimismo”, como “teórico de la decadencia”. Y creo que poco más. Sin embargo, la filosofía de Spengler llegó en su día a España con las mejores credenciales. Para el público de nuestra lengua, nada menos que Ortega y Gasset hizo las veces de introductor de su obra, y fue él quien impulsó la publicación de La Decadencia de Occidente; y García Morente acometió una hermosa traducción. El libro sigue leyéndose y reeditándose y figura en todas las librerías y bibliotecas mínimamente dotadas. Otras obras suyas, aun siendo menores, también se van traduciendo o reeditando. Interés por la filosofía spengleriana en el ámbito lingüístico hispano hay, y mucho, sin duda. Pero es anatema en la burbuja universitaria. Sigue leyéndose, pero en silencio y con prudencia; sigue reeditándose pero no afloran demasiados estudios, relecturas críticas, indagaciones sobre su obra. La situación me suscita muchas dudas e interrogantes.



Me parece que esta situación concuerda con la propia biografía del autor. La docencia de Spengler se llevó a cabo a nivel de enseñanza secundaria y en absoluto disfrutó de los privilegios y comodidades de una cátedra de universidad para desarrollar sus teorías. La realización de su tesis doctoral contó con obstáculos, su trabajo fue inicialmente rechazado. Fue un hombre cuyas relaciones con el Poder fueron siempre difíciles, siendo un ejemplo de independencia intelectual ante las presiones y seducciones de los poderes ascendentes, Poder que en aquel tiempo encarnaba el nazismo. Un intelectual cuyas ideas son influyentes y, en sí mismas, llenas de fuerza, puede ser fácilmente cooptado, sobornado o, por el contrario, acabar condenado al ostracismo. El ascenso al poder de Hitler supuso, más bien, esto último. Es sabido por los biógrafos que no hubo empatía ni entendimiento entre el Führer y el filósofo de Blanckenburg. Las diferencias eran demasiado insalvables, las pérdidas de amigos, muertos bajo la brutalidad de un Poder que se alejaba cada vez más del proyecto de “socialismo prusiano”, eran demasiado dolorosas. Spengler, me parece a mí, era en lo más hondo un filósofo nacionalista alemán, sustancialmente antinazi, partidario de una concepción jerárquica y aristocrática del socialismo, afín al proyecto regeneracionista y corporativista que pugnaba por hacer de cada alemán un funcionario al servicio del Estado. Ese proyecto sólo podía ser dirigido por “los mejores”, en el mejor sentido platónico de la palabra: aristocracia, el poder de los mejores. Desde el obrero fabril, hasta el científico o el tecnólogo, pasando por el empresario, el estudiante o el artista, todos, absolutamente todos deben poner su voluntad al servicio de una Patria, de un Estado (Reich) que, a su vez, por situarse en “en el medio” de Europa, en su propio corazón y médula, debe procurar la contención de su decadencia. Este socialismo spengleriano en nada guarda relación con el nacionalsocialismo hitleriano, cuya verdadera faz iba viéndose en términos de movilización de “masas” dirigidas por cuadros ignorantes y brutales. El nacionalsocialismo, como bolchevismo que, en cuanto a contenidos, había usurpado los ideales nacionalistas, conservadores, revolucionarios, de toda una generación, no podía ser del gusto de nuestro filósofo. Más bien, lo contrario.


Con todo, y a expensas de una lectura profunda del libro de mi autoría, quisiera destacar aquí algunas tesis que me parecen absolutamente revolucionarias en Spengler, son las siguientes:


a) No debemos identificar “Cristiandad” con Civilización Europea. La distinción entre, al menos, dos cristianismos de alma completamente diferente, el “mágico-antiguo” y el fáustico. Solamente nace nuestra Civilización a partir del Cristianismo fáustico, vale decir, la Edad Media.

b) No es legítimo identificar la Civilización Grecorromana y la Civilización Europea. Entendiendo que el padre que lega para después morir era un ser completamente distinto al hijo que hereda y da un uso libre a esa herencia. El organismo antiguo grecorromano, de tan lenta muerte y generador de tantas pseudomorfosis poseía un alma completamente diferente al organismo europeo. Éste organismo nuestro es no sólo posterior en el tiempo y heredero parcial de aquellos cadáveres y ruinas, no sólo es un organismo cultural con partes materiales muy distintas y con formas nuevas que nacerá como consecuencia de Covadonga (722) y Poitiers (732): la Cristiandad fáustica. Es otro ser, otro destino.


c) No hay que admitir ninguna construcción metahistórica lineal, providencialista, teleológica o determinista. Cada Cultura posee su propio destino, la trayectoria general de este organismo sigue cauces propios y únicamente las constancias más genéricas permiten comparaciones: un nacer, el desarrollo, el cénit, el declive... sus partes materiales (razas, pueblos, territorios) y, las formales (formas políticas, militares, artísticas, “ciencia”) sólo admiten analogías.


d) Europa tiene derecho a reaccionar ante su ruina y a contener la decadencia. Por Europa se entiende el conjunto de sus pueblos. Existe una unidad de “alma”, un territorio definido, un curso de desarrollo distinto al de otras civilizaciones. Sin esa clase de reacción defensiva, Europa hace tiempo que habría sido una prolongación de África o un apéndice de Asia. Hoy, ya está tardando en darse ante las nuevas amenazas (pérdida de soberanía nacional, islamización, americanización, sustitución etnocultural, globalización, etc.).


e) El factor precipitante de toda decadencia, antes o por encima de “invasiones bárbaras” de toda índole estriba en la barbarie interior y en el auge de la Oclocracia. El hecho de que en las grandes ciudades siempre tienda a formarse una capa social de desarraigados y parásitos, una capa que, en condiciones de crisis axiológica profunda, emerge y se hace visible, ese el punto de arranque del declive. Se trata de una capa creciente que puede lograr hacerse con el poder, hablando en nombre del “pueblo”: es uno de los mayores peligros. De esa capa proceden los totalitarismos más sangrientos. Esa capa formada por la hez siempre fue la que abrió las puertas de todas las murallas defensivas ante la llegada de invasores.


f) La inevitabilidad de un socialismo. Se entiende por socialismo la autogestión que un pueblo lleva a cabo de sus propios recursos (tierra, producción industrial, capital, fuerza de trabajo). Hasta la misma nobleza, la élite militar y empresarial, los cerebros de la tecnología, las fuerzas conservadoras, etc. deberían darse cuenta de su inevitabilidad. No se trata de “reaccionar” contra él para frenarlo. El reaccionario siempre pierde: lucha contra el Destino [Schicksal]. De lo que se trata, en esta fase inexorable es de asumir el socialismo pero en una fase superior, no unilateral: la “clase trabajadora” no puede ni debe crear una dictadura. Se trataría del socialismo construido por la alianza de clases, en lugar de la lucha de clases.


g) La existencia no ya de la “Técnica” en general, sino de una técnica propia de cada cultura y Civilización. La existencia, igualmente, de un uso diferenciado según el alma y la Civilización que de cada invento se haga. Europa ha entregado su creatividad a otros pueblos. Sus armas e invenciones están ahora en poder de quienes pueden, en el siglo XXI, esclavizarnos.
No es una lista completa. La obra de Oswald Spengler está preñada de ideas e intuiciones, de programas enteros para la praxis y la teoría, programas que pueden ayudar a la reconstrucción de Europa y de sus naciones durante todo el siglo venidero. Celebremos ésta y todas las traducciones y publicaciones referidas a su obra. Es urgente leer esta obra. Ya se ven los incendios cerca de casa. Ya se oyen detonaciones. Ya huele a sangre y a humo. Todo el Continente tiembla. Hay que repensarlo todo, una y otra vez, de forma radical y desde el principio. Este libro será de ayuda.


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