jueves, 26 de mayo de 2016

Por una Metapolítica clara y distinta. Reflexiones sobre la Nueva Derecha.


Por una Metapolítica clara y distinta. Reflexiones sobre la Nueva Derecha.
Carlos Javier Blanco Martín.

Metapolítica: más allá y por encima de la política, más allá de una praxis entendida como actuación dominada por el aquí y ahora. Filosofía que guía la acción en orden a una reconstrucción de la polis, esto es, la comunidad orgánica y organizada.
Ideas claras y distintas: se “ven” en el espacio de la inteligencia con plena nitidez, brillan en su propia verdad y no se confunden unas con otras. Se trata de extremar nuestra capacidad racional de análisis y acción tomándolas como base. Se trata de volver a pensar de forma radical: ¿qué debe significar ahora el término “revolución”, o la palabra “socialismo”, o, de manera fundamental, el vocablo “Europa”? 


1.       Un proemio spengleriano. Supervivencia de la civilización europea. No es posible ser “conservador”.
Todas las culturas, todas las civilizaciones, absolutamente todas, son seres vivos colectivos. Justamente como ocurre con un organismo individual, una civilización también nace, crece, se desarrolla hasta la madurez plena y, desde ese mismo momento cenital, acaba declinando hasta perecer. La ciencia morfológica de la Historia puede constatar la distinta duración de los tramos de vida de esta civilización. Hay civilizaciones que parecen eternas por su muy lento declinar, y así nos parecen a nosotros, los europeos, verbigracia las civilizaciones asiáticas. Hay civilizaciones –en cambio- que nos resultan efímeras, porque su aparición en la Historia es brusca, ruidosa y su muerte, sobrevenida y rápida, muchas veces nos resulta propia de una existencia banal. La civilización europea es todo menos banal. Es la única civilización que ha poseído, durante un tiempo, el timón del globo. Es la única cuya alma, fáustica, ha podido desparramarse en todo el globo, buscando todos los infinitos, entre ellos, incluso, el infinito espacio cósmico exterior. Es la única que, de manera esencial, ha reobrado de forma drástica en el curso de las restantes grandes civilizaciones mundiales. El lector observará que estas ideas no son mías, que proceden inequívocamente de Oswald Spengler. Quien lea y estudie a Spengler sabrá que la civilización europea ya es vieja, no tan vieja como la China o la Indú, pero mucho más joven que las hijuelas suyas, las culturas “occidentales” de América y Australia. Quien lea a Spengler, y a otros grandes espíritus germanos de su generación, sabrá que Europa, la civilización cansada y masoquista de hoy, la civilización decadente e impotente que la “modernidad” nos ha dejado, requiere de una “revolución”. No se trata, en modo alguno, de hacer aquí una “morfología” histórica para poder constatar nuestra próxima desaparición como europeos, o para comparar de manera erudita los grados de desarrollo o vejez de cada una de las grandes culturas y civilizaciones que en el mundo son y han sido. Hacer eso, y nada más que eso, ¿para qué? Lo que está en juego es precisamente la supervivencia de una Civilización que es la nuestra, el acortamiento brutal de su futuro, el ritmo catastrófico de su declinar. Están en juego todas las posibilidades de un renacimiento. De esto queremos hablar. No del pesimismo. Si en Spengler hubo diagnóstico de un declinar, ésta diagnosis se hizo por realismo, con la vista y la voluntad puesta, en todo momento, a una corrección, a una “revolución”. Mas ahora, en los primeros pasos del siglo XXI, carece de todo sentido hablar acerca de una “revolución conservadora”. Como bien sostiene Guillaume Faye, la expresión “revolución conservadora”, una vez superada la perplejidad (para-doxa) inicial, al juntar dos términos en principio antitéticos, revolución y “conservación”, no deja de mostrar un sabor a rancio. No se asaltan los palacios de invierno como antes, ni se hacen marchas sobre Roma. No hay masas uniformadas desfilando con banderas y desafiando al Orden establecido. No hay barricadas. No hay revolución que no pase, antes, por una profunda, irreversible, sangrante, revolución de las ideas. Y no hay “conservadurismo” que valga, si de lo que se trata es de defender una Civilización, y no unas reliquias de anticuario. Se trata de insuflar e inyectar una nueva Filosofía a la Civilización de los pueblos europeos, pues como dijo Ortega, esta Europa nuestra no tiene solución mientras no aparezca en su suelo una verdadera Filosofía.

2.       La izquierda y la derecha, viejas y hemipléjicas. No hay una derecha “nueva”. La derecha (como la izquierda) siempre es vieja. Se es revolucionario o no. Nuevo relato (Renacimiento de Europa) frente a los viejos relatos.

El conservador, como el anticuario y el relicario, guarda lo ya muerto, lo existente mas no funcional. Esto mismo acontece con el “historicista” y el “folklorista”. Se sacan las momias de paseo, un poco lejos del sarcófago, antes de convertirse dichas momias en polvo, en nada. Hay en el nacionalismo europeo, y en la llamada “Nueva Derecha” (a partir de ahora ND), no poco de folklorismo, de nostalgia, de gusto ritual por el revival. Se es conservador por instinto cuando se está vivo, cuando se ama la vida: éste es el instinto de conservación. Una civilización no debe permitirse la pérdida de sus instintos fundamentales que, por analogía con los organismos animales, son los de conservación y reproducción. He aquí que todos los seres humanos somos conservadores, de nuestra vida y de nuestro modo de vida, si es que también somos sanos. De lo que se colige lo poco afortunado que resulta definirse “conservador” en orden a defender una civilización, que es una vida, un modo colectivo de vida. De otra parte, no es justo ni exacto, ni veraz, hablar de una “Nueva Derecha” (ND) en la medida en que se crea una escuela de pensamiento que más bien preconiza y busca las vías de un Renacimiento de la civilización europea. Las tradicionales bancadas de la cultura política moderna, hijas de la Ilustración y de la Revolución Francesa, no tienen nada que ver con un Renacimiento de la civilización europea. La hemiplejia e imbecilidad que nuestro Ortega atribuía al partidismo bipolar, a la consabida dualidad izquierda y derecha, han de ser recordadas aquí. Más aún, me corresponde decir ahora que la confusión ha hecho irreconocible este par de términos. Los términos se han vuelto inutilizables a no ser que se sujeten a una enérgica redefinición con respecto a cuestiones esenciales. Y la confusión ha ocurrido no ya sólo entre las “masas manipuladas” sino en las propias ideas y sus organizaciones depositarias (partidos, sindicatos, lobbies, ONGs). Las principales ideologías de la Modernidad (liberalismo, tradicionalismo, socialdemocracia, marxismo) o “grandes relatos”, ya de por sí suponían aparatos deformados e irracionales, esto es, productos parciales de una Filosofía unilateral y tardía (las ideologías como irracionalidades, según G. Fernández de la Mora). Pero hay más que eso: las ideologías modernas o “grandes relatos” han acabado por producir efectos absolutamente deletéreos en el mundo. Un corpus ideológico que no es capaz de corregir sus errores, sus contradicciones, sus ajustes con la propia Historia y con la propia realidad socioeconómica, es peor que un veneno, peor que la bomba atómica arrojada sobre nuestra patria. Los hombres que sobreviviesen a una catástrofe atómica podrían reconstruir la Civilización al cabo de generaciones si no pierden los instintos de conservación y reproducción, esto es, en un sentido profundamente biológico y moral, algo rescatarán si no pierden la salud biomoral. Pero los miembros de una Civilización que ya se han barbarizado, que han perdido los dos citados instintos, que han sido infectados de forma fanática por unas ideologías que contienen el germen de la destrucción y que han perdido las antenas que detectan un mayor o menor alejamiento de la marcha del mundo real, esos hombres, digo, no poseen otro futuro que la esclavitud y la animalización (deseadas inconscientemente, por otra parte).

3.       El gran hallazgo de la ND: el etnomasoquismo europeo. La fallida europeización del mundo. La “Humanidad” como ficción postcolonial.

Me parece que uno de los más grandes logros de la mal llamada “Nueva Derecha”, es precisamente este concepto: etnomasoquismo. Desde el punto de vista psicopatológico, el concepto de masoquismo aludía originalmente a una desviación individual. Generalmente, el concepto no admitía aplicaciones colectivas, ya en Psicología ya en Psiquiatría. El disfrute, la obtención de satisfacciones por medio del propio sufrimiento, incluso contraviniendo con ello a los dos grandes instintos, conservador y reproductor, es una de las notas características de esta desviación o enfermedad. El desviado masoquista convierte su cuerpo y su alma en un escenario paradójico. Busca placer, busca “vida” en realidad, pero sólo puede obtenerlo por medio del dolor, de la autodestrucción, de la degradación de sí propio. La aplicación de este concepto al plano de las culturas y las civilizaciones es de lo más conveniente y describe con exactitud el estado en que se encuentra Europa. Los macroprocesos de la Historia dejan su huella en aquello que la vieja “Psicología de los Pueblos” podría llamar un alma colectiva. Hace un siglo, o poco más, Europa era un sistema de potencias que había dominado el globo, y aunque ya declinante en su vigor, a partir de 1789 o, un poco después, desde las guerras de Napoleón, el curso de casi todas las demás culturas y civilizaciones mundiales había sido afectado por los imperios europeos. Cierto es que en aquella época deslumbrante de colonización y dominación del mundo, eran unas pocas las potencias llamadas a hacerlo con cierta eficacia. Inglaterra y Francia se llevaban la palma, mientras que España, Holanda y Portugal retrocedían sin cesar. Los Imperios del “Centro” (Prusia, Austria-Hungría) debían jugar con un poderío territorial intraeuropeo o con fórmulas federalistas. Rusia y Estados Unidos también se hipertrofiaban territorialmente, los primeros hacia el Este, los segundos hacia el Oeste.
La conciencia de la alteridad había sido una gran mutación antropológica, una noción de distancia y separación entre los hombres, noción se agudizó en la época de los Grandes Descubrimientos. La Reconquista, las Cruzadas, no tuvieron tanto un significado profundo de alteridad y choque étnico, cuanto de choque religioso y civilizatorio. En cambio, a partir del siglo XV se supo de la enorme existencia del “bárbaro absoluto” y del “salvaje”. La dominación del bárbaro absoluto y del salvaje abarcó todo el gran intervalo que nos lleva desde Colón a 1914. La administración, explotación, control y sometimiento del bárbaro absoluto y del salvaje se practicó en los cinco continentes. Es en este lapso, desde finales del siglo XV hasta los albores del siglo XX, en el que se fabrica una gran abstracción, la “Humanidad”, y con ello toda la ideología de los Derechos del Hombre. Antes, en el medievo, había hombres, no “Humanidad”. El cristiano y el musulmán eran hombres, y así se reconocían, mas la alteridad entre ambas clases se limitaba a la profesión de fe y a los distintos valores civilizatorios aparejados a ella. En el medievo, el pagano (negro, blanco, oriental) aún era visto con mayor distancia en la escala, con alteridad más acusada. Solamente la fallida Modernidad, esto es, la fallida (por imposible) europeización del mundo pudo traernos esta abstrusa idea de la Humanidad. Todavía hoy nos movemos con ficciones jurídicas “modernas”, arropadas por romanismo abstracto, cuando hablamos de “elecciones libres” en un país magrebí, negroafricano o de mayoría amerindia. Le aplicamos un concepto abstracto, válido temporalmente para los europeos, a todo otro pueblo en toda posible latitud y bajo cualquier condición racial, climática, histórica, cultural.

La abstracción propia del espíritu de la Modernidad, contó con raíces en el derecho romano, el iusnaturalismo, el cristianismo, el racionalismo. Tres grandes ramas brotaron del árbol del espíritu abstracto moderno: la Economía Política, el Universalismo Jurídico, el Positivismo en Ciencia. En las tres, si paramos mientes, se observa un mismo método: el individuo, ya sea un ser humano o cualquier hecho o cosa, es el primum ontológico. La ontología es la ciencia del ente, de lo que existe y de cuanto existe sólo considerado en este aspecto: su ser (que incluye su posibilidad, no necesariamente su existencia) o su existir. Pues bien, la irrupción de la Modernidad consiste precisamente en la irrupción de una ontología harto abstracta, si bien pretende presentarse como lo contrario, la ontología del ente individual. En esto estamos de acuerdo completamente con Hegel: el individuo (hombre, cosa, hecho) es lo más abstracto, lo menos inmediato que existe. La sociedad burguesa hubo de construirse sobre esta ontología simplificadora y enteca, y en todo el pensamiento de los siglos XVII y XVIII encontramos, tanto da que hablemos de racionalistas como de empiristas, una misma ontología individualizadora. La ontología del individuo, dialécticamente, exige la abstracción totalizante que le corresponde. Si el “salvaje” americano o negro es individuo humano, y también el “bárbaro” musulmán, o el “civilizado” chino, y hay una colección de colecciones de individuos de la misma especie, debe invocarse esa construcción abstracta, la Humanidad. Una vez forzada la máquina de la abstracción y partiendo de los individuos, se llega fácilmente a su máxima colección, la Humanidad. Dicho de otra forma: la abstracción totalizante es, en realidad, un derivado secundario de una abstracción anterior, ya practicada en la misma captación o invención del individuo. Se habla de Humanidad cuando ya hay conciencia apabullada de la diversidad y semejanza zoológica de individuos muy distintos. El haber “tallado”, como diría Gustavo Bueno, un campo a escala de individuos átomos, justo como requería la Economía Política del capitalismo, es ya una abstracción suprema y efectiva en la historia de Europa.


4.       De la gestión de la diversidad al relativismo cultural y moral.

En los momentos ilustrados y revolucionarios, en aquellas fases de la Historia en que la idea de Humanidad (los Derechos del Hombre, la Racionalidad Universal, etc.) cobraba todo su apogeo, alcanzó también su culmen el proceso de confrontación entre el hombre blanco, europeo y cristiano, de una parte, y todas las otras culturas y razas, prestas a ser administradas y dominadas, por el otro. Dominadas y por supuesto, catalogadas empíricamente, en un proceso científico que dará orígen y justificación a la Antropología. La Antropología física y cultural serán ciencias que no cesarán en su labor de descripción de la diversidad de la especie humana. Junto a una unidad puramente zoológica, genérica, las razas y las culturas ofrecen a la mirada empírica toda la variedad y riqueza que uno podría desear, aunque fuera un deseo motivado exclusivamente por la curiosidad. Pero ese progreso de las ciencias antropológicas trajo consigo una situación dialéctica, en cuyo amasijo nos encontramos ahora. La insistencia, (muy razonable y empíricamente considerada) en una unidad universal (zoológica, genérica) de la especie humana se entremezcla cada vez más con la postulación de una unidad abstracta (unidad lograda formalmente por evacuación de contenidos) en el orden moral, cultural, espiritual. La unidad empírica, zoológica, deriva de un proceso de generalización y de un conocimiento empírico de los especímenes extinguidos. Tras la desaparición del Hombre de Neandertal, solamente queda una especie y subsepecie humana en el planeta, y ninguna de las variaciones raciales compromete esa unidad. Pero de diferente naturaleza, más ideológica que positiva, es la Unidad abstracta, no impuesta por generalización empírica sino por apriorismo dogmático. En el terreno de la antropología puramente cultural, esto aconteció con el encuentro de un “patrón cultural universal” (la base y la superestructura de una totalidad social, así en Marx, Godelier o Harris), o la constancia de unas fases evolutivas generales (salvajismo, barbarie, civilización), o el empeño de postular una estructura abstracta inconsciente y universal (Levi-Strauss). Pero los resultados son siempre los mismos. Se despoja al conjunto de la diversidad etnocultural del hombre de toda su riqueza, de su misma pluralidad, para acudir a estructuras abstractas que expliquen una unidad, y esas estructuras abstractas muchas veces se presentan como reducibles a un patrón psicobiológico único. Frente a la unidad genérica (antropología física, zoología) y a la unidad abstracta (patrones universales, etnología nomotética), las ciencias de la cultura reaccionaron pendularmente por medio del relativismo, referido ya a las culturas y desentendiéndose de las razas. Hay, entonces, diversidad irreducible de culturas y hay mutua ininteligibilidad entre ellas. Este relativismo podría desembocar en un pluralismo ontológico fuerte, como el de Spengler: cada cultura es un ser vivo con orígen, trayectoria y destino propios, digna realidad a ser investigada morfológicamente per se. Así pues, el “Occidente” spengleriano sería una civilización (cultura ya vieja) que no necesita ser esclarecida a la luz de las demás culturas humanas. Cada una sigue su propio destino, sucumbe a otras, se impone a otras, se aisla de ellas, muere por putrefacción interna, etc. Cada cultura es incapaz de comprender a las restantes, en el pluralismo spengleriano, y ni siquiera logra comprender a las culturas vecinas y a las incrustadas. A estas últimas, menos aún, si cabe. Pero frente al pluralismo spengleriano, vemos que el relativismo de la antropología postmoderna le da la vuelta al guante. El relativismo de la antropología postmoderna asume también un pluralismo de culturas, de discursos, de concepciones del mundo, ninguna de las cuales puede reclamarse superior. Hay una horizontalidad radical, “todas valen lo mismo”. Las dificultades de intercomprensión cultural y étnica son obvias, y con ello, de manera gremial, los antropólogos de una era postcolonial pueden encontrar inumerables empleos como trabajadores sociales en las grandes urbes “multiculturales”. Así pues, a partir del pluralismo spengleriano que hablaba de una multitud de culturas y almas colectivas diferentes en el hombre, mutuamente incomprensibles, hemos pasado a una antropología postmoderna, que se pretende pluralista y relativista en un sentido que propiamente desvaloriza los logros de la civilización que la ha hecho posible, la civilización europea, ampliada en forma de civilización occidental, lo que no casa en absoluto con la filosofía de Oswald Spengler. Ésta “civilización occidental”, que ha hecho posible la ciencia experimental, la energía nuclear, la exploración espacial y la colonización en cinco continentes, ahora, replegada a sus fronteras primigenias y repleta de “incrustaciones” de civilizaciones ajenas (la más numerosa y letal, la islámica) dispone ya de los mecanismos oportunos para el etnomasoquismo. Con una “ciencia” antropológica relativista, en la que está prohibido todo intento de jerarquización etnológica, cultural, el pobre hombre blanco, ranciamente enamorado de sus Beethoven, Wagner, Bach o Vivaldi, podrá desinfectarse de su “etnocentrismo”, potencialmente “racista”, y comprender, aunque “no lo lleve en la sangre” el tam-tam africano o las danzas rituales de la más exótica tribu perdida en un rincón del planeta. Se equipara el ballet clásico a las procaces y animalescas danzas “latinas” o negroides, y al que se resista a tal género de nivelaciones se le hace ver que incurre en el más feroz de los delitos morales. Pues el hombre europeo comienza siendo etnocentrista y acaba resultando un supremacista blanco o un racista según la nueva dictadura del multiculturalismo obligatorio. Lo más curioso de este pluralismo relativista y postmoderno es que se sigue catalogando a los hombres de una manera raciológica. Existen pueblos “blancos” en la medida en que están demasiado orgullosos de sus logros culturales y no intentan “abrirse” a otros pueblos, comprenderlos, estimarlos. Si renuncian a su comprensión o nivelación, estos europeos etnocéntricos –que tan poco caso hacen a unos diplomados universitarios en Antropología de medio pelo, indigentes en filosofía- pueden ser tildados de racistas, y sufrir una especie de racismo reflexivo, racismo del europeo-occidental hacia sí mismo, hacia su ser físico y cultural. Es un mecanismo autoritario, tan execrable como el racismo tradicional, el simétrico, aquel que se proyectaba hacia el otro (el negro, el indio, el moro, el “salvaje”).

5.       El nuevo revisionismo que se dice “memoria” histórica.

La llamada “Nueva Derecha” ha explorado con acierto el etnomasoquismo en Europa y además es una escuela de pensamiento clave para comprender el ciclo entero de la contracción e incrustación cultural que sufre nuestra civilización, proceso del que es concausa y efecto el etnomasoquismo. Como ya indicábamos más arriba, el masoquista, en tanto que individuo pervertido y aislado obtiene beneficios secundarios, en apariencia contradictorios con el instinto general de la vida: la conservación y la reproducción. El beneficio secundario es placer o gratificación, ya en el orden moral ya en el orden físico-sexual. En la historia de una civilización, que puede ser vista spenglerianamente como un ser vivo (por vía de analogía) el masoquismo étnico produce réditos, gratificaciones y ventajas, pese a que esa civilización, o una parte muy significativa de ella, se flagela, se emascula, se tortura hasta el punto de caminar hacia su autodestrucción, deseándola y anticipándola. Es una desviación colectiva que se produce en los momentos en que una civilización se siente cansada, desviada de su proyecto inicial, invadida por remordimientos (justificados o inventados). Comienza por un sentimiento de culpa que surge, precisamente, de una campaña larga e intensa de revisionismo: se trata de la famosa “memoria histórica”. La “memoria histórica” consiste en una selección historiográfica de aquellos episodios pasados que, en el presente, suscitan una especial aversión de índole moral. Es una síntesis entre el pasadismo y el presentismo, cosificaciones, en ambos casos, del verdadero sentido del tiempo histórico. Juzgamos a los hombres del pasado con los criterios de la moral de hoy, incapacitados –por principio- para encuadrar (no justificar) los actos pretéritos en la moral en que social e históricamente se dieron. Así entonces, los “crímenes contra la humanidad” nunca prescribirán en el orden moral, ya que el paso de las generaciones impedirá la condena estrictamente penal. Y la condena moral es de una escala trascendental e infinita. Nunca prescribirá –con la lógica de la condena moral trascendental e infinita- la condena moral a los conquistadores cristianos que cayeron sobre Al-Andalus, invadiendo ese supuesto “paraíso”, o los que dominaron en nombre de la Corona Hispánica a las Indias, y hasta retrospectivamente se les atribuirán las atrocidades del nazismo. El odio a España por parte de españoles es, en el nuevo revisionismo de la “memoria” una subespecie del odio a Europa por parte de europeos que quieren hacerse amar por esa otra forma de humanidad, esa alteridad, que ya no vive en lejanas colonias exóticas, sino más bien en guetos cercanos, en suburbios multirraciales que, como dice Guillaume Faye, son suburbios multirracistas, en realidad. En la medida en que las relaciones entre los pueblos ya no están mediadas por un auténtico Derecho Internacional, pueden surgir estas clases de racismo introyectado. Es el racismo que una parte de los europeos aceptan de sus “vecinos”, hasta el punto de interiorizarlo, aceptando una culpabilidad infinita. No hay Derecho Internacional para la protección de los pueblos europeos, pues éste es burlado sin cesar, y dicho conjunto de pueblos debe callarse con resignación en virtud de la “reparación”. Ad infinitum, el europeo antaño colonizador, imperialista y esclavista, debe pagar por los daños; ya no funciona la simetría del Derecho, simetría la cual incluye la guerra y la diplomacia. Los pueblos –especialmente si son pueblos de distintas civilizaciones- se ven condenados a una contigüidad no mediada por los Estados, las leyes, la diplomacia, la vigilancia fronteriza, el casus belli. Toda resistencia a perder la identidad debe prohibirse a las naciones y pueblos de Europa en aras de una reparación universal.

El contexto histórico en que se dan estos procesos se puede resumir como sigue. La Globalización, que en realidad es amalgama y entropía, adviene a nuestro continente justo en un momento de contracción civilizatoria, como resultas de la II Guerra Mundial. El desenlace de ésta contienda en el Viejo Mundo, supuso el fin de las hegemonías imperiales europeas, la abdicación en el ámbito de una autodefensa. La OTAN, como fachada del control militar norteamericano, y las tropas del Pacto de Varsovia, del ruso, velaron durante la guerra fría para que el “monstruo” no despertara más. Los microejércitos europeos se volvieron meras piezas de ornamento y suplemento de estos dos grandes dispositivos, el “occidental” (U.S.A.) y el comunista. Con la debilitación de las “potencias” europeas, llenas de ruinas y cadáveres, llegó la descolonización de los países administrados por ellas. El caos, la corrupción, el etnicismo y la falta de cultura política de estas “naciones jóvenes”, supusieron el comienzo de la inmigración masiva hacia Europa. Toda la cuenca sur del Mediterráneo, que podría haber sido lo que fue Andalucía a partir de la Reconquista (ss. XIII-XV), es decir, una marca fronteriza ganada para Europa, de manera predominante para la cultura hispano-francesa, devino una región atrasada y peligrosa para Europa, región que se echó a perder con el abandono de los colonialistas europeos, arruinando el Magreb, entregándolo en manos de dirigentes y reyezuelos tiránicos así como de clanes y clérigos musulmanes fanáticos e ignorantes. El quiste creado con la creación del Estado de Israel, y el precedente terrible de conceder tierra a un amasijo de gentes de una misma herencia religiosa, la mosaica, gentes que llevaban dos mil años dispersas por el mundo, creó el escenario letal para la supervivencia de la civilización europea. El flanco sur y el oriental, dotados de una inestabilidad máxima, una demografía galopante, una juventud frustrada y sin futuro, intoxicada de ideas fanáticas pseudorreligiosas, ha conseguido poner a Europa de rodillas. De ahí, principalmente, proceden las “incrustaciones” etnoculturales, las manchas de no-europeidad en el corazón mismo de la civilización.

La mentalidad etnomasoquista se ve alimentada en estas condiciones de guerra larvada y potencial. Es una mentalidad que no existiría de no haberse erigido antes un potente aparato mediático, así como unos cuadros de agitadores profesionales que la airean. Gran parte de los agentes difusores del etnomasoquismo proceden de la izquierda, aunque no exclusivamente. La operación comienza en exquisitos círculos académicos y culturales, que comienzan por practicar un revisionismo histórico. Por ejemplo, los horrores de la conquista musulmana en la Península Ibérica a partir de 711, habrían de ser obviados, y lo “correcto políticamente” será entender esta invasión extranjera como una bendición. La horrenda esclavitud a la que se redujo gran cantidad de gentes negras entre los siglos XVI y XIX, a cargo de blancos, no habría estado precedida de la trata que los musulmanes practicaron con negros y blancos antes y durante tal episodio. Y la propia esclavitud de cristianos procedentes de toda Europa, practicada por berberiscos desde la Edad Media hasta el siglo XVIII, habrá de ser silenciada. Tal es la memoria histórica: memoria selectiva, parcial, ideologizada. Es como si toda esa esclavitud de blancos y cristianos no hubiera esistido. Solamente si el ser humano es blanco y cristiano, por lo visto, es cómplice de una crueldad infinita, culpable para la posteridad, como si otras civilizaciones, otros pueblos, otras razas no hubieran cometido las mismas crueldades u otras mayores aún. Efectivamente, si ya es dudoso el proceso de juzgar actos del pasado con la moral, una moral concreta, una moral del presente, otro tanto hemos de extender nuestras dudas hacia el revisionismo autoflagelador: ¿se puede condenar a toda una civilización por haber cometido crueldades análogas a las crueldades cometidas por otras culturas y civilizaciones? ¿Son los herederos de una Civilización, de una raza, de una nación, herederos asímismo de la culpa? ¿Se heredan las culpas colectivas? En un relato histórico en el que encontramos estamentos, clases, etnias, naciones, imperios y demás entidades colectivas en liza permanente, y en el que cada una de esas entidades colectivas, sujetos de la ciencia historigráfica, oscila eventualmente entre los papeles de víctima y verdugo ¿cómo y con qué derechos se pueden imputar culpabilidades? ¿Hasta qué época hemos de remontarnos para “arreglar las cosas” y reparar la llamada “memoria histórica”?


La senda de irracionalidad en que podemos entrar, y ya hemos entrado, a propósito de una “memoria histórica” se pone de manifiesto en esta cuestión de poner límites geográficos y temporales en las requisitorias, en los juicios retrospectivos, en las “reparaciones”.  Si la creación del Estado de Israel hubiera acontecido únicamente por una “voluntad de reparación”, tras una diáspora de veinte siglos (lo cual fuera ingenuo), entonces habría que hacer sitio en para nuevos estados étnicos, surgidos de diásporas, extinciones y grandes migraciones pasadas. ¿Por qué no un estado gitano, un estado vándalo, zulú, un estado apache? Si en lugar de reparaciones territoriales, la requisitoria se hace por vía de concesiones colectivas de ciudadanía, los problemas no son menores, rayanos en el absurdo. La consideración legal como “españoles” a los descendientes de judíos sefarditas o moriscos expulsados hace cinco siglos resulta humillante a los ojos de españoles americanos, nietos o biznietos de gallegos y asturianos, en su mayoría, emigrados no hace mucho. Docenas de generaciones transcurridas y unos lazos culturales rotos hace ya tiempo (¡siglo XVI!), en el caso de judíos y moriscos, van a pesar más que un nexo de apenas dos o tres generaciones. Los criterios son de índole étnica, una “reparación histórica” étnica en curiosa contradicción con un ordenamiento jurídico, español, europeo, que se niega a reconocer criterios étnicos en materia de ciudadanía.


El etnomasoquismo, el revisionismo reparador y las condenaciones retrospectivas, van unidas a una visión de la Historia ferozmente monoteísta, en la cual uno mismo, sea para juzgar al prójimo, sea para flagelarse a sí propio, pretende encaramarse “en el punto de vista de Dios” y contemplar de manera simultánea el presente, el pasado y el futuro. Con mirada omnisciente, sobrevolando los siglos, el Ojo Divino puede ir seleccionando víctimas y verdugos en la Historia, y, conocedor de las consecuencias indeseables que ese reparto de papeles traería en los siglos venideros, podrá el Ojo encumbrar a ciertos pueblos en la inocencia eterna de las víctimas, o sepultarlos en el oprobio de los genocidas a perpetuidad. Pero ese monoteísmo de la Historia es completamente unilateral en sus visiones, ignora y quiere hacer ignorar la dialéctica en que realmente la Historia sigue su curso, a saber, la dialéctica entre los pueblos, los imperios, las civilizaciones, las clases, las etnias. Restringirse a un tramo diacrónico, en olvido de los precedentes, es un procedimiento irracional. En ese sentido, la Conquista de América a cargo de los españoles, entendida como prolongación de la Reconquista peninsular, adquiere una luz muy diferente de la que hoy se nos quiere dar con la palabra “Genocidio”. Otro tanto se diga de la esclavitud negra, si pensamos en las caravanas de esclavos blancos que los musulmanes y hebreos organizaron en la Alta Edad Media, desde el norte de España y Centroeuropa, y en su prolongación pirática y berberisca en el Mediterráno, hasta los fines mismos de la Edad Moderna. La comprensión histórica presupone una comprensión de los precedentes. Los fenómenos a juzgar moralmente se avienen muy mal con el verdadero punto de vista histórico, que implica la fijación del fenómeno en una cadena de precedentes y tradiciones. Así las cosas, la resistencia asturcántabra desde 722 es una cierta continuación de rebeldías anteriores, pero ya no exactamente la misma resistencia “bárbara” en cuanto que alza la Cruz y la cultura clásica romanogoda. Y la guerra civil española de 1936-39 fue, en cierto modo, la última “guerra carlista”, pero ya no exactamente, pues sus dimensiones e implicaciones fue una catástrofe de cuño nuevo. Esto es, queremos significar que la Historia es ciencia de lo novedoso, ciencia de realidades irreducibles a sus antecedentes. Los acontecimientos nuevos “pasan a otro plano”, que puede ser esclarecido en parte por la lista de precedentes, pero con brillos y cualidades inéditas, y con consecuencias enteramente imprevistas. En todo caso, el vicio moralizante, junto con el vicio de acolumbrar la Historia como si se tuviera el Ojo de Dios trae unas consecuencias terribles: los eslabones de la cadena que conforma una época se rompen, y se cosifican. Los anacronismos se difunden y siempre vence el “presentismo”: así, a veces, leemos que “Jesús fue comunista”, “Don Pelayo fue un xenófobo”, “Torquemada ya fue un nazi”, etc. Corresponde a nuestra época el contar con un sinúmero de personas semicultas, dotadas de un leve barniz de conocimientos históricos, los que no hacen sino sacar lustre a su “presentismo”, esto es, a su incapacidad radical de comprender su vida, su cultura, su civilización, en términos históricos. Conciben la historia como una elongación retrospectiva de su presente. Para ellos la Historia es periodismo con los verbos conjugados en pasado, y tanto vale en sus gargantas hablar de cincuenta años como de cincuenta siglos. Son el producto de los mass media y de una educación obligatoria deficiente y “periodística”, atenta a la creación de personas “sensibles”, pero no dirigida al intelecto. Este presentismo, que también es “pasadismo” constituye, en buena medida, la médula de lo que Ortega describió como la “Rebelión de las Masas”. Entre sus efectos, no es menos importante el dejar de actuar colectivamente a la vista de un destino. El hombre europeo ya desconoce lo que es el Destino, hinchado como está de falsa “ciencia histórica”.


6.       La Idea de Imperio. Más allá de los sueños, posibilidades federativas de los pueblos de Europa.


En la Alta Edad Media, cuando los pueblos germanolatinos reconstruyeron las viejas tres funciones, y quintaesenciaron la figura del guerrero, transformado en caballero, ellos, incluso la capa más ilustrada de los mismos, no sabían nada de “Historia” sino más bien intuían el Destino. Los monjes y clérigos que pensaban por ellos, veían un mundo narrado en términos providencialistas (Deus vult) que, sin embargo, había nacido a golpe de espada y de espíritu, arrinconada como estaba esa civilización germanolatina y celta ante toda especie de bárbaros: sarracenos, magiares, etc. La propia barbarie interior (vikinga, ibera, celta, germana) fue elevada espiritualmente por medio del cristianismo, otorgándole un destino universal y supratribal. Únicamente por medio de proyectos verdaderamente estatales, con vocación imperial, y universales, pudo la civilización europea resistirse a las olas afrosemíticas y asiáticas. La barahúnda de pueblos germanolatinos, celtas y eslavos habrían sucumbido al Islam de no mediar estos proyectos imperiales. La resistencia armada (Pelayo, Carlos Martel) no cobra significado ni proyección si ésta no se ve dotada del proyecto, que encamina hacia el Destino. Esta es la diferencia entre la resistencia de unas bandas armadas y el proyecto de reconstruir una civilización. Cangas de Onís y Oviedo reconstruyen Toledo en el siglo VIII de hegemonía mahometana, el Toledo de los godos rehecho al Norte, una capital que a su vez reconstruía y emulaba la vieja Roma o la contemporánea Bizancio. Aquisgrán, también por su parte, no era la Roma cesárea, pero era la Corte del Imperio.


Íntimamente ligada a la idea de superación del etnomasoquismo, la Nueva Derecha incorpora la terapia para esta enfermedad: la idea Imperial. Los grandes teóricos de la ND encomiendan este proyecto ilusionante, y además partiendo de datos “realistas”. La Unión Europea actual es una unión de mercaderes mezquinos, cierto. Es un tinglado que se sirve de una enorme e ineficaz burocracia y se haya al servicio de grandes capitales transnacionales. El dinero, y más el Gran Capital, “no huele” y no tiene nacionalidad, y en el suelo europeo ha encontrado un amplio espacio de intercambios y acumulación en el cual la “subida en competitividad” no podrá realizarse si no se practica un profundo y devastador “dumping” en el mercado laboral. Las altas instancias del capitalismo promueven la entrada masiva de inmigrantes extraeuropeos con el fin de mantener un gran ejército de reserva que contenga el alza salarial. Cuando el goteo natural de fronteras no aporta caudal humano suficiente, incluso se recurre a las mafias esclavistas, importadoras de mano de obra o a la creación de “crisis de refugiados”, crisis que no hacen sino presentar ante la población nativa europea una situación como inexorable. La Unión Europea se transforma en un bloque de países que se ven desarmados legalmente a la hora de frenar ese dumping laboral. Las leyes, y más importante aún, su interpretación ultrafilantrópica, convierten al intruso en un individuo al que resulta imposible expulsar, y que se contagia “mágicamente” de todos los derechos y atributos de europeidad con tan sólo pisar su pie en territorio nacional de un país miembro. Tal interpretación mágica del derecho internacional, de la integridad y soberanía nacional y de los derechos humanos en materia de extranjería sólo puede darse a partir de instrucciones superiores. Cuando un poder soberano teóricamente, pero subsidiario en la práctica, “deja hacer” incluso en contra de los intereses inmediatos y el dictado del sentido común, esto sólo puede deberse a la actuación de altas instancias. La Unión Europea dicta a los Estados miembros una política xenófila, presente a todos los niveles (adoctrinamiento en las escuelas, normas de actuación aduaneras y policiales, propaganda “antiracista”, etc.), pero esta Unión Europea, o más exactamente, su élite de burócratas, no hace sino seguir el dictado de los grandes capitales, que desean recomponer ese Ejército de Reserva del capital.


Las instancias burocráticas y políticas de la Europa actual sirven a la Economía. La idea imperial de la ND supone la inversión de esta servidumbre. La sierva, la política, ha de devenir en señora. Y, lejos de proyectos utópicos, de experimentos idealistas de borrón y cuenta nueva, el pensamiento “de derechas y de izquierdas”, como le gusta decir a Alain de Benoist, dotándose de un gran pragmatismo y sentido común se pone en el horizonte la idea imperial, idea que ha de realizarse a partir de las estructuras administrativas y decisorias ya existentes. La unión de los pueblos, antes que la unión de intereses del gran capital, será producto de respuestas populares comunes ante amenazas comunes. No otro nexo solidario fue el forjador de las naciones y de los imperios. En España contamos con el ejemplo eminente de la Reconquista: éste mismo ejemplo de ocho siglos de resistencia por no pertenecer al ámbito afrosemita o islámico fue el vector de nuestra fusión étnica. No sin exactitud, Guillaume Faye nos habla de una “Reconquista” a escala europea, y no sólo ibérica, en sus obras. No ya la fusión de pueblos ibéricos para expulsar a unas razas extranjeras y una religión ajena, sino la fusión más amplia de todo el mosaico de las naciones y nacionalidades europeas para dotarse a sí mismos de un verdadero marco autárquico de grandes dimensiones, un marco autosuficiente e inatacable. En una Gran Europa y, más aún en el horizonte máximo, en una Gran Eurosiberia, habrá territorios, materias primas, energía y población suficiente para defenderse de competidores y atacantes. Ese gran espacio que comparte sustancialmente una misma cosmovisión, una misma alma, una semejante morfología étnica y civilizatoria, no tiene ninguna necesidad de mostrarse expansionista, agresivo o neocolonizador.  Su poder militar y su alta tecnología le convertiria en una potencia imposible de pellizcar desde el exterior, una vez queda asegurada para siempre la identidad y soberanía de sus pueblos. La identidad y soberanía de cada uno de los pueblos constituyentes debe ser una máxima en toda esa federación futura de corte imperial. Para ello, deberán inmunizarse contra todo posible Caballo de Troya. La emigración masiva que deviene en sustitución étnica, la existencia de fuerzas políticas o sindicales, ONGS y lobbies encargados de difundir hábitos y consignas disolventes, todo ello es el Caballo de Troya que el futuro imperial de Europa debe combatir. Faye, en contra de otros teóricos de la ND, está convencido de que el Caballo de Troya que este imperio en ciernes lleva dentro aún no ha desplegado todas sus armas y todos sus efectivos, y que el nivel de conflictividad entre dos visiones antagónicas, la disolución de la Civilización Europea o su Reconquista, deben aguardar a un grado de virulencia todavía más alto. Ese grado es el que podríamos llamar la Gran Guerra Civil. Esta nueva Guerra Civil Europea será de una nueva naturaleza, muy diferente de las anteriores, aunque también será sangrienta, por desgracia. Semejante Guerra Civil Europea será la refutación misma de las tesis comunitaristas, dice tesis , a las que parecen apuntarse otros teóricos de la ND. El comunitarismo suele ser entendido como una alternativa al mestizaje generalizado, a la mezcolanza promíscua de formas culturales y de patrones étnicos. El comunitarismo podría propiciar la existencia segmentada de sociedades vecinas, ajenas por completo en lo cultural, pero cumplidoras de un mismo marco legal, a la manera como en las ciudades de los reinos de Castilla o de Aragón, en el medievo, los súbditos de un mismo rey podían serle leales sin perjuicio de su autogobierno y su moral cerrada a las comunidades contiguas (cristianos, judíos y moriscos). Faye defiende que esta convivencia pacífica de etnias, religiones o culturas muy cercanas espacialmente, pero cerradas moralmente, autocentradas, ya no se está dando. La violencia de las barriadas de las grandes ciudades europeas, la falta de integración de la juventud alógena, el resentimiento de ésta hacia una Civilización que nunca verán como propia, la extensión de la ley islámica en los barrios de Europa y el arrinconamiento de los nativos europeos... hay muchos síntomas que anuncian la futura guerra civil de la que habla Faye. Sin embargo hay muchos puntos en esta prognosis que se me antojan oscuros, si bien los escritos del pensador francés publicados ya hace veinte años o más han venido a ser hasta ahora a ser proféticos, estremecedoramente proféticos.

7.       Zonas borrosas en algunas de las prognosis de la ND. La Economía, la mayor sombra en la Metapolítica de la ND.

Presento unas pocas, sin ánimo de ser exhaustivo, ni excesivamente crítico. Se trata de ámbitos con gran potencial utópico, escapista, “culturalista”, jardines, pues, en los que resulta demasiado fácil perderse.

  1. ¿Hay Conciencia y Voluntad para un Imperio federado de pueblos europeos? Me pregunto si el “nacionalismo estrecho” que aún divide a los pueblos de Europa, que más bien es chovinismo, será capaz de ser superado en aras de una verdadera unión de pueblos hermanos. Esperar a que se “agudicen las contradicciones” o “que la manzana esté madura para que caiga” me recuerda en exceso el debate entre teoría y praxis de los marxistas de otro tiempo. Un debate entre la “impaciencia revolucionaria” del aquí y ahora, por una parte, y el neohegelianismo que hace que la propia astucia de la Razón se abra camino en la Historia. Pero éste sería un debate absurdo, exactamente el debate que hizo perder tiempo y ríos de tinta a los marxistas. Además, en este planteamiento se nos cuela el enorme asunto de la Voluntad. El desarrollo de una Conciencia Europea, como muchas otras conciencias nacionales a lo largo de la historia, viene marcado por la sensación de una autodefensa necesaria, apremiante, por la percepción adecuada de los enemigos objetivos. Pero esa Conciencia (percepción de peligros, elección de enemigos) debe ir unida a una Voluntad (voluntad de poder, voluntad de querer ser, voluntad de no doblegarse). La Voluntad que suponemos a un conjunto de pueblos ligados por lazos antiquísimos en el orden étnico y en el civilizatorio, quizá ahora se encuentre en uno de sus más bajos niveles. Aunque hay pequeñas variaciones entre las naciones, el descenso de la natalidad, el hedonismo, la burla hacia la familia, hacia la vida marcial y hacia la virilidad, la exaltación de la prostitución y la androginia, la desvinculación con respecto a la tierra y demás elementos de la producción primaria, el abandono del esfuerzo en la escuela, la extensión de vicios y drogas atenuantes de la voluntad... hay una larga lista de factores que conspiran hacia la creación de una Europa sin voluntad.
  2. ¿Hay fuerzas impulsoras para esa magna construcción? Me temo que les faltan nexos en común y carecen de poder efectivo. Hay una miríada de grupúsculos que, a nivel teórico, sueñan con tal hermandad y federación, pero que en la práctica anhelan ganar unos pocos puestos de representación en un sistema electoral de democracia formal que, por lo general, ya dispone de etiquetas neutralizadoras bien eficaces: grupos de extrema derecha y extrema izquierda, neonazis, populismos, “identitarios”, euroescépticos. Todas estas etiquetas (aunque formen parte de la mala fe propia de las luchas políticas) expresan una diversidad que, por el contrario, no se encontraba en la izquierda clásica. Un trotskista o un stalinista podrían ser enemigos jurados, pero al menos compartían un mismo corpus doctrinal y un mismo objetivo teórico en cuanto al derrocamiento del Capitalismo. Una posición “de derechas y de izquierdas”, pero netamente revolucionaria carece de cuadros sólidos a nivel europeo, y de apoyos sustantivos en la cultura, la empresa, las organizaciones de trabajadores. Tampoco observo conexión entre “intelectuales” y actores metapolíticos, por un lado, y líderes políticos y agitadores, por otro.  ¿Quién construirá ese Imperio?
  3. La Economía, siempre la Economía. Desde el punto de vista de la Filosofía de la Historia, así como desde planteamientos críticos que me impulsan a impugnar el capitalismo como un sistema depredador, que aliena y degrada a los hombres, a los pueblos, a la naturaleza, no puedo estar más de acuerdo con el lugar que la ND asigna a la Economía. La Economía “ha de estar subordinada” a la Política. Correcto: “ha de estar”... he aquí toda la magia del asunto, en ese tono imperativo o desiderativo. La ND posee espléndidos análisis encaminados a la crítica de las utopías bienintencionadas, filantrópicas. Esta Escuela de Pensamiento (y no es otra cosa), ha mostrado perfectamente la conexión entre la Ideología de los Derechos Humanos y el monoteísmo exigente y tajante que ha venido a secularizarse a través de Rousseau y de Kant. Esto fue la “Modernidad”: en Europa se huye de la realidad, por tratarse de una cosa demasiado sucia e imperfecta, y la cultura se entrega en los brazos de un cielo tachonado con Imperativos Categóricos. Pero lo que todo ser racional debe preguntarse es ¿y cómo se dará esa inversión radical de los valores? ¿Cómo se recuperará la “normalidad histórica”, a saber, que la Economía se pliegue al servicio de las grandes líneas (decisorias, voluntaristas, de destino) de la Política? ¿No es esto, acaso, el meollo del proyecto marxista, un proyecto fracasado? El Capitalismo tardío y globalizado, el Capitalismo financiero, transnacional y altamente tecnológico impide a los pueblos retomar el control económico de sus destinos. Un proyecto revolucionario y popular pasa necesariamente por la toma de las riendas de la producción y revertir esa producción en producción nacional. Me parece, desde mi modesta posición, que los escritos de la ND carecen de una unidad doctrinal en materia de Economía Política. Ciertamente, la creación de un gran espacio autocentrado, la autarquía continental de Europa parece una alternativa razonable al mundo-mercado o a la aldea globalizada. Razonable, pues la escala continental es lo suficientemente grande como para que el comercio de media y gran escala no decaiga, la complementariedad de climas y recursos muy variados sea una baza favorable, las necesidades se armonicen y el nivel medio de los países miembros de la federación imperial no decayera. Entre el trasnochado “nacionalismo económico” proteccionista y monádico, y la globalización planetaria, el sentido común bien puede optar por esta postura intermedia. De igual manera, comparto sin ambages la idea de disolver el “Estado Providencia”, un modelo de Estado que tiende a ser orwelliano. Un Estado proveedor, necesariamente es un Estado paternalista, dirigista, un Estado que busca la aquiesciencia, el adormecimiento de la conciencia y la debilitación de la voluntad, cualidades que, como decíamos más arriba, se están perdiendo en el hombre europeo. Los verdaderos “populismos”, como podemos observar en formaciones del tipo Podemos, toman como único y verdadero objetivo programático la realización del “rentista universal”. Todo el tránsito de la izquierda europea a partir de 1968 podría ser resumido así: del “proletariado universal” al “rentista universal”. En el ínterin, esta izquierda ha ido reconociendo su impotencia, su incapacidad (teórica y práctica) para arrumbar el Capitalismo, antes bien, ha ido descubriendo con mala conciencia su posible utilidad como empresa ideológica a su servicio. La introducción de “ismos” completamente ajenos al corpus de Marx, Engels y sus epígonos, como el feminismo, el antifascismo, el ecologismo, así como su islamofilia y su decidido apoyo a un mundo multicultural, ha significado una “reinserción social” de los postmarxistas en el capitalismo. Las dos viejas vías, la del revolucionario profesional y la del parlamentario sentado en su escaño, han dado paso a todo este submundo bien subvencionado de las ONGs, los “movimientos sociales” y el altermundismo. Es un submundo que se nutre de los elementos más arribistas pero intelectualmente mediocres de la juventud universitaria. Se trata de una inmensa maquinaria de formación de cuadros para todas esas burocracias paralelas de la administración oficial del Estado, que cumple, no pocas veces, con la función policial e inquisitorial de velar por lo “políticamente correcto”. De esta manera, todo cuanto se percibe como contrario a una Europa des-nacionalizada es, ipso facto, juzgado severamente (se les imputarán apelativos terribles: patriarcal, fascista, nacionalsocialista, regresivo). De esta forma, con estos sectores reclutados en el terreno ideológico y para-policial, el Capitalismo ha encontrado en el postmarxismo degenerado a un gran valedor.
De todas las maneras, hay categorías filosóficas y económico-políticas en el marxismo perfectamente rescatables: explotación, plusvalía, alienación, acumulación originaria... De la mayor parte de ellas, los postmarxistas actuales no saben nada.

La  teoría económica que le falta a la ND debería construirse para cubrir esa laguna. Una doctrina económica  debería reunir una serie de requisitos.

a)      Debería ser una teoría que reconociera la propiedad privada y la libertad de iniciativa en la búsqueda del beneficio privado, bien entendido que se trata de instituciones y sistemas de hábitos firmemente arraigados en la cultura de los más diversos pueblos europeos. Instituciones que son, per se, beneficiosas para evitar la reaparición del hombre-masa, para frenar el parasitismo y el despotismo del Estado-Providencia.

b)      Debería tratarse, sin duda, de una teoría socialista, que adjudicara a todas las empresas, privadas o no (comunales, estatales, municipales) una finalidad social, y una responsabilidad y destino en lo social y en lo nacional. La búsqueda del bien común y la armonización de intereses sociales y nacionales deben prevalecer en la legislación económica. Quien se lanza a la aventura de crear riqueza nacional y social beneficiándose privadamente debería saber, desde el inicio, que actúa más bien como funcionario o ciudadano comisionado nacionalmente para un fin: cubrir necesidades nacionales y sociales, no tratándose sus beneficios de otra cosa que no sea la justa remuneración por servicios prestados a la colectividad.

c)       El socialismo que debería incorporarse a la doctrina de la ND podría ser otra cosa que un socialismo de carácter nacional, en donde los conflictos de clase, de gremio, de interés, etc. estuvieran regulados a todos los niveles, desde la gestión común de bienes igualmente comunales en su escala local hasta los grandes proyectos de Estado, o las grandes líneas de orientación federal-imperial. La colaboración entre trabajadores en el marco de proyectos jerárquicamente trazados, y no el antagonismo entre clases es la marca distintiva de este verdadero socialismo. En tal sentido, se debe descartar la idea de una "patronal" formada por sociedades de acciones, muchas veces multinacionales, carentes de todo compromiso con la nación o con la comunidad subnacional donde actúe la entidad. Se debe volver a una empresa con "empresarios", esto es, verdaderos funcionarios gestores que aporten capital, experiencia y conocimientos. Tales empresas deben ser cogestionadas, esto es, que incluyen a representantes de los trabajadores dotados de mayor conocimiento y experiencia, siendo copilotos de una misma nave y copartícipes de la propiedad de la empresa. En tal sentido, los actuales sindicatos ultrasubvencionados, así como las asociaciones patronales que conocemos hoy, igualmente engordadas con fondos públicos, se revelan como auténticos lastres hacia una planificación socialista y autogestionada. La negociación y la cogestión deben ser dos caras de una misma moneda, y no dos episodios sucesivos y separados en su esencia.

d)      El Mundo no es un mercado, no puede serlo y el mercado no debe ser la razón última de las políticas. Coincido con Alain de Benoist en señalar que el verdadero enemigo es el liberalismo. Más arriba hemos señalado cómo el marxismo no sólo ha sido derrotado, como doctrina imposible y utópica, incapaz de actualizar las sociedades tecnológicamente  en su competencia con "Occidente", impotente ante la reaparición del mercado en los países del Este. El marxismo, más que derrotado se encuentra mutado. Se ha travestido de marxismo (multi)cultural y de progresismo ultrahumanista, con lo cual ha retrocedido posiciones hacia el liberalismo. En la izquierda ya no quiere nadie reorganizar la sociedad, aboliendo la propiedad, colectivizando tierras y mujeres, y toda esa serie de cosas de que se hablaba en el siglo XIX. En puridad, no se pretende otra cosa que "aplacar" a las masas de imposible proletarización. El marxismo se ha encontrado con que no hacen falta (muchos) proletarios. De momento, el proletariado en el sentido clásico, masacrado, esclavizado, todavía se halla en el llamado Tercer Mundo, en lugares donde se exacerba la ultraexplotación. Pero en las sociedades desarrolladas, con la creciente tecnología, el proletariado sencillamente desaparece, se reduce a una exigua cantidad, a la par que aumentan las "profesiones imaginarias", invenciones para que la gente, intercambiando servicios, pueda ganarse la vida sin que con ello aumente la productividad global en la sociedad.


Todo esto no es más que un ensayo, una propuesta provisional para desarrollar una Metapolítica racional, con ideas claras y distintas sobre la polis, la civilización y la vida orgánica del futuro hombre europeo, si es que éste quiere seguir existiendo.

Publicado en la revista Nihil Obstat

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