domingo, 10 de abril de 2016

liberalismo, masonería, libertinaje

En un libro muy sugerente, publicado hace ya años, el economista asturiano Juan Velarde analizaba la conexión entre liberalismo y masonería. El volumen de obras literarias consultadas por el citado profesor era grande, y de todas ellas se hacía una posible lectura económica. El auge de la literatura erótica y pornográfica, la aparición de sociedades de libertinos (muy similares a las masónicas, a veces), el deísmo y el ateísmo campantes en los “salones” y Cortes dieciochescas... todo ello tuvo mucho que ver con la creación de un clima que favoreciera el fin del antiguo régimen, la muerte de la autoridad eclesial católica en materia de moral y doctrina, el fin de las antiguas lealtades y arraigos del campesinado, sumido en un proceso acelerado de proletarización. Era curioso, y lo sigue siendo desde entonces, observar a esos frívolos y empolvados philosophes, aristócratas y burgueses con peluca, mariposeando con su comportamiento promíscuo y rijoso, en contraste agudo con la masa campesina explotada, pero siempre devota y fiel. La masonería, más allá de absurdas hipótesis esotéricas, supo poner en contacto a todos los sectores enemigos de la Tradición para preparar el advenimiento de una nueva sociedad basada en el individuo y en una nueva pseudo-religión: la Religión de la “Humanidad”. Y esta masonería, aunque hoy sea una reliquia o un enjambre de círculos lúdicos más o menos simpáticos, en tiempos dieciochescos logró cumplir con su cometido. 



Basta leer la Declaración Universal de los Derechos Humanos (Nueva York, 1948), ocurrencia de la Sra. Roosvelt y de un masón francés, colaborador de Petain (René Cassin), después de haber leído los principios pseudoreligiosos de la masonería, para darse cuenta de que se trata, fundamentalmente, de lo mismo. Se inventa la “Humanidad” una vez que el hombre es definido como un átomo desgajado de su Comunidad. La Libertad, la Igualdad y la Fraternidad Universales va a ser la tríada perfecta para que el liberalismo campante haga caer, uno tras otro, los bastiones de la Civilización y así quedarse con los átomos “racionales”, con los “monos desnudos”. Desde que aquellos libertinos de la alta sociedad profesaron su irreligión “universalista”, con todo el abanico de sus infidelidades y aventuras indecentes, los derechos naturales que dieron arraigo y sustento al hombre común, al labriego, al pequeño artesano, al hombre del pueblo, no hicieron sino menguar. Derechos universales abstractos y lacerantes sustituyen y matan a los derechos reales y concretos. Hoy, la ONU, ACNUR, la UE, y demás “entes universalistas”, desearían que metiéramos a un emigrante en cada casa, en vez de promover ellos mismos políticas distributistas en las regiones de origen de los necesitados, así como medidas de refuerzo de sus estados nacionales “fallidos” para defenderse mejor del neoliberalismo. Velarde corregía a Weber en su librito: El Puritanismo protestante ¿fue de veras la religión fundadora del capitalismo? No parece que la correlación liberalismo-puritanismo funcione adecuadamente. En efecto, por un lado es verdad que el dólar americano nos recuerda que los americanos poseen un concepto monetario de Dios: “confiamos en Dios”, pone cada billete de la Nación forjada por ultrapuritanos. 


El mismo “espíritu anglosajón” que saqueó las Américas hispanas (católicas) y puso de rodillas la “Europa del sur” (fuente verdadera de la civilización, de la cultura clásica), es hoy el cáncer del mundo, un mundo que se le rebela, que se vuelve multipolar y “anti-americano”. Pero hubo otra religión, otra “superestructura causal” que acabó con las lealtades y los arraigos campesinos, que destruyó las “leyes de pobres”, la asistencia parroquial y monacal, el espíritu comunitario del campo y la autosuficiencia granjera: la religión de los derechos humanos, propalada precisamente a través del libertinaje y el ataque a la familia. Ya en los años 70, cuando el profesor Velarde publicó su libro, se constataba lo mismo. Los grandes líderes del liberalismo siempre encuentran páginas a todo color donde explayarse en revistas como “Play-Boy” y otras de ese jaez. El hombre átomo es el hombre esclavo. Dale placeres y compulsiones hedónicas, y tendrás al esclavo perfecto.

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