domingo, 14 de febrero de 2016

Una breve reflexión federalista y teocéntrica para Europa

En medio de un colapso general de su capacidad de hacerse respetar, Europa ha devenido en sustancia amorfa, en compuesto de estados formalmente soberanos, pero materialmente enfermos y dependientes. 

Los estados de Europa ya no son las “potencias” que un día decidieron ir construyendo una unidad, unos “Estados Unidos de Europa”. Esos estados son, de una parte, amalgamas de pueblos y naciones que, a partir de la Baja Edad Media y hasta la derrota de Hitler, se han visto constreñidos o colonizados por unidades artificiales. Los estados pseudosoberanos de Europa son herederos de las monarquías absolutas y de los imperios de cambiantes líneas fronterizas. 

La II Guerra Mundial, la Guerra Fría y la Caída del Muro son jalones que marcan lo efímera que ha sido siempre la entelequia llamada “Estado nación”. Tras de cada guerra, aparece siempre el pueblo, la nación cultural, la identidad local más o menos prisionera. Aparece como víctima, como verdugo, como espectador pasivo o como peón del tablero del ajedrez geopolítico. Pero aparece.

La geopolítica de Europa nos habla siempre de pueblos que coexisten, de grado o por fuerza, en entidades formalmente más amplias, mas culturalmente vacías. Ese vacío, esa frialdad (“el más frío de los monstruos”, dijo Nietzsche en Así Habló Zaratustra) es la que hoy caracteriza al llamado “Estado miembro” de la U.E. Un Estado miembro es un ente de soberanía recortada en el proceso de integración europea. Las grandes decisiones ya se toman fuera, en el seno de la Unión. Al mismo tiempo, un Estado miembro posee una soberanía reconocida y reforzada también desde fuera, por vía compensatoria, con el fin de detener la descomposición de la vaciedad formal de los Estados europeos, materialmente plurinacionales siempre. Debilidad ante la unidad superior, pero mano dura ante los peligros de disgregación internos. Esta es la doble función esquizofrénica de los “Estados miembro”.

En esta Europa que, por vía puramente economicista, propia de mercachifles, quiere construirse, sólo cuenta el socio llamado “Estado”. No cuentan los pueblos, las naciones sin estado, las regiones. O cuentan en la medida en que sus estados paternalmente lo permitan. Esa intercesión ha de cortarse. Suele ser muy injusta e insolidaria: suele depender de la debilidad del estado ante la entidad subestatal correspondiente, o bien de su fuerza (bruta o colonial) para imponerse.


Esta Europa que se quiere unida no cuenta en realidad con un ejército propio y abyectamente depende del poderío de los U.S.A. para defender su propio Estado. Esta Europa que dice ser unidad va olvidando a marchas forzadas su pasado cultural, su herencia específica, a saber, la raíz griega de su sabiduría racional y su espíritu democrático, así como la cultura germánica medieval que logró reponerse ante el islam y las nuevas invasiones bárbaras. Todo está olvidado: que venimos de un pasado común, que un día fuimos una gran familia de pueblos unidos por los más estrechos lazos étnicos y espirituales. En la actualidad, se está generalizando la enseñanza del árabe en detrimento del griego clásico, el latín y el inglés. En el presente el aparentemente imparable avance del laicismo frente al poder de las jerarquías católicas, por ejemplo, con motivo del aumento de los fieles musulmanes en el continente, producirá extraños maridajes. No será extraño contemplar en el futuro alianzas religiosas entre curas e imanes para defender la enseñanza de la Religión en las escuelas ante la “secularización malvada" que asoló Europa desde 1789. Las mismas presiones que querían obligar al reconocimiento de la “identidad cristiana” de Europa a incluir en la fallida Constitución Europea son del mismo género que las que pronto se harán públicas al respecto de la “identidad musulmana” de Europa: ¿acaso –dicen algunos islamófilos- no estuvieron los islámicos en España durante siglos? ¿Acaso el Imperio Turco no llegó a las puertas de Viena? No sabemos con qué estamos jugando: con fuego. La decadencia cultural de los europeos y el olvido de su fe es tan grande que desconocen sus raíces culturales, y se dejan avasallar ante nuevas oleadas e invasiones.

A ningún europeo sensato le agradaría vivir bajo una “República Islámica”. La imposición del velo, los latigazos y las lapidaciones no es asunto tan lejano en una Europa que recibe millones de emigrantes musulmanes, quienes, a su vez, cuentan con tasas reproductivas mucho más altas que los europeos. Eso significa, si me permiten la broma histórica, que aquello que don Pelayo o Carlos Martel lograron en el siglo VIII, va a lograrse por fin en el XXI: una Europa Islamizada, donde una mayoría se arrogue el poder no ya de descristianizar el continente, sino de arrancar de raíz sus viejas libertades. 

Es preciso ser conscientes de nuestra identidad como europeos. Es un error negar las identidades locales y subestatales y los sentimientos trascendentes para apoyar los estados pseudosoberanos de la U.E y sus proyectos laicistas-universalistas. Unos Estados pseudosoberanos que, además, van cayendo por la cuesta del multiculturalismo y así van socavando sus propias bases fundacionales (España, por ejemplo, es un estado que se hizo a costa de los moros, guerreando contra ellos y decretando su expulsión). La conservación de la identidad europea solo se podrá realizar por medio de un firme enraizamiento en las identidades locales, regionales y en las nacionalidades subestatales. Estas identidades y nacionalismos subestatales no son incompatibles con un sólido nacionalismo europeo que haga de esta gran hermandad de pueblos un baluarte inexpugnable, un foco de civilización renovada, siempre dispuesta a defenderse como imperio de pueblos libres y hermanados, que saben lichar contra su africanización, su orientalización, su islamización. Toda cultura y pueblo es respetable, pero siempre que permanezca vinculada a sus raíces y a su hábitat. El invitado no puede llegar a expulsar al anfitrión. Si no queremos una Europa teocrática, desnaturalizada, fundamentalista, hemos de ser nacionalistas europeos e identitarios de nuestra propia y pequeña patria.

2 comentarios:

  1. Europa es hoy una colonia de EEUU, lo que en realidad quiere decir una colonia del autodenominado "pueblo elegido". Mientras no tomes en consideración la cuestión judía no comprenderás lo que realmente está sucediendo en la fecha presente.

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  2. Spengler soslayó incomprensiblemente el problema judío. No así Francis Parker Yockey, su legítimo sucesor. Todo se entiende mucho mejor después de leer "Imperium".

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