domingo, 10 de enero de 2016

Unidad

Cada vez más, soy un partidario firme de la unidad de España. Cada vez más creo que la frase “patria común e indivisible de todos los españoles”, para referirse a la Nación, es un acierto. Os lo dice alguien que se ha preciado -años ha- de ser nacionalista asturiano y partidario del confederalismo. Los recientes acontecimientos en Europa (La Yihad sexual en Alemania, la invasión de Europa por parte de los falsos refugiados, la imposición de la sharia y la islamización del continente, el aumento de la violencia fanática), así como en España (el separatismo catalán, no ajeno al mismo fenómeno de la islamización, el auge del populismo totalitario de “Podemos” y sus franquicias) me han despertado de un sueño, se me dispararon las alarmas. Nunca fue tan importante la Unidad. Debemos estar unidos. Una España troceada por obra y gracia de esta alianza del populismo de pseudoizquierda es solidaria –consciente e inconsciente- del islamismo. Somos la “puerta de África”, y los fenómenos de 711 en adelante se pueden repetir. Nos ha costado ocho siglos expulsar a los musulmanes de España, pero con firme voluntad y con el proyecto nunca olvidado de recuperar España, se hizo. Un proyecto que nació en Asturias y en unos pequeños territorios pirenaicos, y que se consumó felizmente con la Toma de Granada y el control de la costa berberisca. Por eso reclamo la Unidad, porque unidos podemos hacerlo real de nuevo, defender nuestra identidad, troceados, los españoles no lo lograremos jamás.


Siempre fui muy sensible al problema identitario y territorial de los pueblos de España. Pero estimo, desde hace unos años, que este problema debe quedarse circunscrito a las tesis regionalistas, sin concesiones al “derecho a decidir” o veleidades separatistas. La historia sigue sus leyes, nunca “se ha decidido” plebiscitariamente nada que haga historia. En lugar de los 17 reinos de taifas, en lugar del invento inviable de las “Autonomías” (arbitrarias, absurdas desde el punto de visto étnico, cultural, e histórico) deberíamos volver a una división regional-administrativa escrupulosa con la historia, que siga las lindes de los antiguos reinos peninsulares y organizar estas amplias regiones en forma foral, que no federal, donde el Estado Central recuperara para sí competencias fundamentales como la Sanidad, la Educación, etc. y se disminuyera el gasto. De esta manera se podría conservar el Estado del Bienestar y modernizar el Ejército y las fuerzas de seguridad, eliminando parásitos, y fomentando la industria y el empleo con el rearme y el servicio de las armas. Nos encaminamos hacia una guerra, y justo es decir que el elemento keynesiano que supone invertir en defensa: dará prosperidad. Porque, repito, nos encaminamos hacia una guerra.

En España no existen “nacionalistas periféricos”. Acaso el PNV sea el partido, por lo demás conservador y de ideario cristiano, el grupo que más se acerca al concepto clásico o romántico de nacionalismo. En España, junto a un debilitado nacionalismo español existen “soberanismos”. Y, amigos míos, el soberanismo no es nacionalismo. El soberanismo apenas hace por recuperar los signos identitarios de un pueblo. Escoge uno, las más de las veces de forma arbitraria y manipulada, y lo utiliza para otros propósitos, muy otros que la defensa de las raíces, la identidad colectiva o la tradición. Lo estamos viendo con el llamado soberanismo catalán (Esquerra, CUPS): es un nido poblado de gentes antisistema. De la defensa de una supuesta “nación catalana” sólo les quedan dos arietes, ninguno legítimo ni honesto: la lengua y el separatismo. Ni uno ni otro son –en sí- elementos verdaderamente identitarios: por cientos de miles se cuentan los catalano-hablantes (o de sus variantes valenciana y mallorquina) que no quieren independencia y que se sienten muy españoles. Las lenguas rebasan las fronteras. El “catalán” no es sólo de los catalanes. Es una lengua de otras regiones, es una lengua española. Por lo demás, la independencia de un territorio es, las más de las veces, un hecho “convencional”. Se levantan fronteras y a ambos lados, quizás, haya una evolución separada que marque las identidades diferenciadas, nada más. Portugal podría haber sido otra “región” de España, pero no lo fue. Las fronteras de los países sudamericanos tampoco se deben, en general, a criterios identitarios. Bien podrían haber sido menos las repúblicas americanas independizadas, más grandes. Bien podrían haber seguido siendo parte de España. Son hechos contingentes. Se gana una guerra y se levanta una frontera, poco más.


Estos soberanistas catalanes, como sus hermanos vascongados, gallegos o andaluces son todos ellos demasiado españoles, mal que les pese. Son idénticos en talante, en vicios, en todo. En nada más se diferencian, acaso en la lengua regional que más o menos chapurrean, que maltratan y que deforman. Pero no pueden reclamar ningún rasgo identitario al margen de sus bobadas altermundistas, anti-sistema y neotrotskistas. Todos los soberanistas de España son iguales, con su estrella roja y sus banderas inventadas. A los de Asturias los conozco muy bien. Son pocos, de cifras ridículas, casi exiguas, pero extremadamente radicales. Hablan, cuando lo hablan, un bable de laboratorio o de invención propia. Muchos, poseen apellidos que delatan un origen muy lejano a Las Asturias, pero al que incorporan el pertinente “Xurde”, “Xicu” o “Xuacu” para hiperasturianizar su persona, muy acomplejada ella por no tener raíces. Son imitadores de la Batasuna, de las CUPs y de las gallegadas de turno, y pretenden una fantástica e irrisoria independencia de Asturias, ¡en un país de apenas un millón de almas y bajando!. Todos coinciden en oficializar una lengua, la asturiana, que sigue viva a pesar de la Academia (Academia de la Llingua Asturiana) supuestamente encargada de protegerla y promoverla. Ahí siguen las tres variantes bables (Central, Oriental y Occidental) que el pueblo habla, a pesar del “batua” mal implantado, junto con el eonaviego o “fala”, que la propia Academia llama “gallego asturiano” (¿no hablábamos de trocear?). Ahí siguen esas difíciles reglas de apostrofar y esos enclíticos con guión e “y” griega, para hacer del bable una lengua anti-castellana, casi china. Ahí sigue muriendo el bable, o los bables (si así lo preferís, en sano plural) a pesar de la loca política que los “asturianistas”. Sí, hablemos de los “asturianistas”, salvo unas pocas excepciones dignas de respeto: esa serie de egos henchidos de soberbia que cuentan con reproducir en Las Asturias ese proceso de “normalización” que ellos admiran y envidian de catalanes, vascos y gallegos.


Pero el tal “asturianismo” es incapaz de hacer valer unas señas de identidad asturianas que el pueblo llano e indocto conoce perfectamente, tal y como les acontece a sus correligionarios de otras “periferias”. El asturianista medio es autista y anti-español hasta la médula. No hace caso a los que, con más conocimiento y prudencia, fomentaron un nacionalismo identitario asturiano, que, por cierto, en ningún momento parece haber coqueteado con el separatismo: léase a Xuan Xosé Sánchez Vicente, léase a Xaviel Vilareyo y Villaamil. Fuera de estas dos figuras, la última tristemente fallecida, en los asturianistas se encuentra un desprecio absoluto a lo que significa la historia compartida de España y Asturias. En general, late un desprecio por todos los hechos referentes a la Reconquista, al orígen histórico del Reino en 722, a la Santina, numen protector de Las Asturias, a la Cruz de la Victoria y a los orígenes hispanogodos del reino. Gustan, sí, de un celtismo infantil e indocumentado, celtismo ñoño que “corrigen” de inmediato con proclamas internacionalistas y neomarxistas que el pueblo, como es lógico, no entiende o de las que, abiertamente, se burla.


 ¿A qué, si no, ese afán asturianista por exaltar la “revolución” de 1934, verdadero golpe de Estado perpetrado por el PSOE junto con comunistas y anarquistas? Aquellas hordas destruyeron la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo y dejaron hechas trices las reliquias, entre las que se encuentra la Cruz de la Victoria, elaborada sobre los maderos que alzó Pelayo en su combate a los moros. Solamente en Asturias se festeja la destrucción de su identidad y de sus símbolos sagrados. Las joyas de la Catedral y los tesoros documentales de la Universidad volaron por los aires, o desaparecieron. Esa “revolución” debe ser festejable, por lo visto. El embaucador y dirigente del PSOE, Belarmino Tomás, se presenta, en medios astur-soberanistas, como una especie de líder independentista o un nuevo Arnaldo Otegui. Hasta tal grado llega la manipulación. Las hordas de mineros engañados o fanatizados se presentan como luchadores del “pueblo trabajador asturiano”, como si en 1934 hubieran estado peleando por una liberación colonial, por una independencia, como habrían hecho los irlandeses o los hindúes. Con este “soberanismo” intoxicado no se va a ninguna parte.

No obstante, en un 90 % , el soberanismo astur ha ingresado en Podemos o en sus franquicias regionales o locales. Y se han sumado a todos los demás sectores de la izquierda asturiana, siempre muy radical en sus miras, sectores no necesariamente soberanistas pero todos ellos muy amigos de la islamización y de la acogida de la emigración. He asistido a todo el proceso en que el nacionalismo más serio pudo salvarse en Asturias, en 2009-2010, en una perspectiva plural, democrática, interclasista y he visto cómo los actores que hicieron fracasar esa unión identitaria (la Xuntanza), traicionándola, tenían ya en su agenda secreta el verdadero y oculto proyecto: edificar la sucursal asturiana de “Podemos”. Con la traición a la Xuntanza se demostró que apenas existían nacionalistas, y sí muchos anti-sistema y mucho odio (odio a España, a la identidad cristiana y europea de Asturias, odio a la historia, odio a la Verdad).


Los últimos sucesos, de un año a esta parte, referidos a la imposición sobre Europa del Islam (Charlie Hebdo, atentados de París, yihad sexual en Alemania), no harán sino agudizar las tensiones, las luchas. O ellos o nosotros. Reconozco abiertamente que ésta clase de sucesos a escala europea es la que me ha abierto los ojos sobre la verdadera faz del “soberanismo” (en absoluto identitario) y el “izquierdismo radical” (en absoluto leal para con los valores fundamentales de la Civilización Europea). Ambos “ismos”, soberanismo e izquierdismo del tipo “Podemos” son el Caballo de Troya del Islam. La amenaza del Islam nunca sería una amenaza seria para el mundo Civilizado, para Europa, de no contar con esas nada despreciables quintacolumnas. Los moros de Tariq y Musa en 711 tuvieron a su favor a los witizianos y a los hebreos. Con esa quinta columna y un Estado degradado, en poco se hicieron los amos de España. Ahora, amigos y lectores, el peligro es muy serio. Esto que vamos a vivir es una invasión en toda regla. Y es una invasión que nos pilla en plena crisis educativa (desde la LOGSE para acá) y de una crisis moral y económica. El pueblo está muy desorientado y vapuleado. La globalización es imparable, y se hace preciso ponerle diques. Algunos de esos diques consiste en volver a prácticas muy antiguas, mas no por ello desfasadas: repoblar el campo, multiplicarse, ser autárquico (os recuerdo el lema con el que titulé un libro mío: “Casería y Socialismo”) y, sobre todo, defender las identidades. Todo ello en el contexto de un Estado recentralizado en lo fundamental, y rearmado.


En un país o región donde había una Cruz de la Victoria o una figurita de don Pelayo en cada antoxana (fachada o pórtico de una casa) difícilmente el islam se hará dueño. Cada aldeano , dada mujer, cada obrero, sería un miliciano, y tras cada “matu” (matorral) habría un fusil apuntando al invasor. Porque, lo repito, nos invaden y deberíamos ir pensando en estrategias de autodefensa, que pasan por la unidad. Nos invaden, sí: Primero con subterfugios, después con fusiles y lanzacohetes. Primero con demandas “cívicas”, después con cimitarras y degollamientos. Lo que está sucediendo en Europa con la invasión de falsos refugiados, y el descubrimiento repentino de que hubo censura durante años, censura sobre la colonización que nuestro suelo (porque Europa es un único suelo) debe hacernos reflexionar. Yo lo he hecho. Yo he dejado atrás todo micronacionalismo de campanario, he abierto el campo de mirada, y ahora veo que los fuegos arden alrededor. Si los españoles y los europeos no nos unimos, a la vez que si no volvemos a nuestras señas de identidad más profundas, estamos perdidos. Seremos esclavos.

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