domingo, 22 de noviembre de 2015

Parerga y Paralipómena

SHOPENHAUER, A., Parerga y Paralipómena I. Traducción, introducción y notas de Pilar López de Santa María. Editorial Trotta, Madrid, 2006.

Personalmente, creo que los trabajos que Arthur Schopenhauer reunió en Parerga y Paralipómena no es lo mejor de su obra, en especial si se los compara con El Mundo como Voluntad y Representación, su obra magna que, si hubiera sido lo único escrito por el filósofo de Danzig, solo por ella ya se habría situado merecidamente en el Olimpo de los Filósofos. Por lo demás, el propio autor escribió un grueso volumen de Complementos a este último texto, con el cual se puede disponer de lo sustancial del pensamiento schopenhaueriano sin necesidad de acudir al texto que ahora comentamos. Gracias a la Editorial Trotta y a la labor traductora y, en general, editora, de la profesora Pilar López de Santa María, el público puede disponer en castellano de unos textos fundamentales de este autor. La edición de estos tres libros es cuidadosa y da gusto en todo: en su manejo, en cuanto a sus notas, por el glosario alemán, etc. Parerga y Paralipómena, no obstante, fue la obra que le dio fama tardía al filósofo y no deja de tener interés, pese a lo inconexo y, a veces, extravagante contenido de sus partes: sabiduría mundana, la visión de espectros (algo que hoy llamaríamos “parapsicología”), historia de la filosofía...

No obstante su interés complementario y secundario con respecto a la obra cumbre, El Mundo como Voluntad y Representación (y el volumen de sus Complementos), Parerga y Paralipómena contiene abundantes resúmenes, aclaraciones y desarrollos de la filosofía del autor, una filosofía que a veces parece como nacida íntegra y acabada cual Atenea de la cabeza de Zeus, ya en la misma juventud de Schopenhauer, y que después tan solo fue atesorada, complementada y pulida a lo largo de pacientes años de Orfebrería intelectual. Cuando se abre este volumen que reseñamos un lector despistado no comprende la conexión de tan diversos temas. Al principio hay, sí, ensayos puramente filosóficos y de historia de la filosofía, que son con mucho lo más apreciable del texto. Kant es ensalzado y al mismo tiempo criticado sin piedad por ese gran kantiano heterodoxo que fue Schopenhauer. Hay un antes y un después de la obra kantiana en la historia de la filosofía y su discípulo confeso no se cansa en repetirlo. Pero también hay partes sustanciales del kantismo que Schopenhauer no puede aceptar: su ética del deber (el Imperativo Categórico), la tabla de las Categorías, y, de manera señalada, la vacilación del de Königsberg a la hora de caracterizar el contenido de la Cosa en Sí. Sabido es que Schopenhauer le señala el único contenido a su entender posible: la Cosa en Sí es la Voluntad. Una Voluntad única y omniabarcante, que se manifiesta –en el plano de los fenómenos- en los más variados seres de la naturaleza, tanto los que vienen al mundo dotados de una conciencia como los que se hunden en la ciega y opaca existencia inconsciente. Verdaderamente, la Representación constituye el espejo por medio del cual la Voluntad se hace visible a sí misma en ciertos seres dotados de capacidad mental. Por grados, a lo largo de una escala natural continua, los seres de la naturaleza se nos presentan aquí como instrumentos individuales de una única Voluntad, vale decir, de una única fuerza deseante que a todos impulsa, a todos empuja hacia una destrucción. Por debajo de la aniquilación individual o de la extinción de las especies late siempre el impulso global a persistir, manipulando a los seres individuales cual juguetes condenados a muerte. Sólo la Voluntad es eterna. En efecto, la Voluntad descrita por Schopenhauer posee muchos de los atributos de un Dios ensayado por los filósofos de varias maneras. Un Dios panteísta, como el de la Stoa o Spinoza, pero en absoluto racional ni benevolente. Antes bien, es un Dios-Totalidad que, aun siendo inmanente, en sí mismo es Inconsciente y en absoluto se identifica con ninguna porción fenoménica del mundo. Sólo los individuos que se arrastran en el plano de los fenómenos han desarrollado espejos particulares por medio de los cuales la Voluntad sabe de sí, en la medida en que la Voluntad infinita, y por ende, la Voluntad como Totalidad, se contrae en cada individuo y existe íntegramente en él.

Es inquietante esta filosofía. En realidad, es extremadamente actual. Se autopresenta como idealismo, pero ¡qué distinto este idealismo al de sus coetáneos, los gigantes del Idealismo Alemán, hoy olvidado! Schopenhauer desprecia y odia a Fichte, Schelling y sobre todo a Hegel. No lo podía evitar, pues él era muy diferente a ellos. En estas mismas páginas [“El Materialismo de Schopenhauer”, Paideia, nº 81, Enero-Abril de 2008] hemos defendido que su sistema es un materialismo de los más duros y consecuentes. El linaje kantiano de su filosofía puede dar pábulo a ver aquí un idealismo. El mundo es mi representación. Acaso los desarrollos más recientes de la ciencia cognitiva, la epistemología evolucionista, la misma psicobiología que sigue una línea recta de Kant a Darwin, de éste a Baldwin, y finalmente a Piaget, no nos hace sino recordar esta verdad, que se vuelve verdad de Perogrullo siempre y cuando no fundamentemos tal tesis de una manera en la que sepamos orillar el solipsismo. Tal cosa puede intentarse mostrando de alguna manera que las representaciones del sujeto orgánico son funcionalmente deudoras de otros impulsos y estructuras básicas en la vida, y que en sentido estricto no son de índole cognitiva. Como si Schopenhauer hubiera sido un grandísimo evolucionista (que no lo fue), el pensador de Danzig nos enseñó que los cambios de nivel en la Scala Naturae son muy fértiles en el ámbito teorético. Los fenómenos a la escala del individuo animal o humano, el supuesto sin sentido de sus esfuerzos, impulsos y lucha atroz por la vida, se ven con otra luz a escala filogenética. Y la milenaria existencia de las especies, pugnando entre sí y sucediéndose las unas a las otras, es un drama que se puede a su vez subsumir bajo la mirada total de una única Voluntad, un único Querer que es Querer Ser. Relativizar el individuo, su idiosincrasia racial, grupal, filética, e incluso personal... este es un ejercicio intelectual demoledor, sea cierta o no la hipótesis metafísica medular de Schopenahuer acerca de la Voluntad. Imposible, porque es hipótesis metafísica, será decidir si esa Voluntad, ese monismo inmanente de un ateo radical, es cierto. Pero el ejercicio de poner las representaciones en su ámbito meramente fenoménico e instrumental, al servicio de causas y fines inconfesables, ocultos y en todo caso “supraindividuales” es un proceso ya imprescindible en nuestro pensamiento. Sin necesidad de mentar a Darwin o ser un darwiniano, observando el mundo natural y la historia humana en toda su crudeza, como aniquilación recíproca de individuos, razas, naciones, especies, la Voluntad metafísica que postula Schopenhauer, tan oscura y enigmática como es, sirve para arrojar una luz desazonadora (de ahí la importancia de la “lucidez” más que del pesimismo) sobre los fenómenos. Los fenómenos de la vida y de la sociedad que, estos sí, se nos muestran a las claras y constituyen el soporte material de todas nuestras representaciones, de todo nuestro ser. Si la inteligencia es parasitaria de la Voluntad, como en cada individuo biológico su cerebro –en caso de disponer de él- es en todo parasitario del resto del cuerpo, podremos ver en Schopenhauer no ya un irracionalista contumaz. Antes bien, el papel de la inteligencia y la racionalidad habrá de ser otro muy diferente. Lejos del endiosamiento que sufrieron estas dos facultades gracias a los racionalistas  e idealistas, el crudo materialismo de Schopenhauer puede servir para insertar las funciones cognitivas en un marco más amplio del cual surgen- “la Vida”- un marco del que la cognición sólo nació a partir de cierto momento o gradación ontológica, y siempre de una manera instrumental, ajena a los motivos individuales de la conservación o propagación animales. Por ello, pienso que de Schopenahuer podemos aprender mucho. Su ateísmo es radical y relativizador. No es un Dios la Voluntad, ni sus manifestaciones (mundo-totalidad). Tampoco es un Dios la Razón, la razón del individuo, en suma un epifenómeno de los motivos individuales y filéticos. La “objetividad” de las representaciones en el hombre, por su parte, no es más que un último esfuerzo de la Voluntad por pulir más y más su espejo, pero de la misma índole del que se ensayó –millones de años atrás- cuando un infusorio “aprendió” a responder a los motivos que le daba su medio.


Carlos Javier Blanco Martín.

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