viernes, 27 de noviembre de 2015

La Inconsciencia de Occidente

La Inconsciencia de Occidente
Carlos Javier Blanco Martín
Ensayo publicado en la revista Contratiempo. Número 4. Invierno-Primavera 2015.

El siglo XX fue, supuestamente, la centuria de las grandes muertes: Muerte del Hombre, Fin de la Historia, Derrumbe del Comunismo. También, se nos dijo, la pasada centuria fue la del fin del localismo, la agonía de las patrias, la muerte de las naciones. Ni qué decir tiene que todas muertes anunciadas fueron mentira.

En realidad el siglo XX fue, como todos los siglos de la Historia, una transición, un devenir. La Historia de los pueblos y de las civilizaciones se parece siempre a un ajetreado andén en la Estación de trenes del devenir: andén de idas definitivas, de vestigios y regresos, de incorporaciones. En esta Estación nada se detiene del todo, y todos los trenes acaban yéndose. También del siglo XX solemos decir que fue el siglo mortal para el Pensamiento: otra mentira. Y de eso queremos hablar. De las mentiras vertidas sobre muertes anunciadas. Cuando alguien llora por una ida (se nos van, dicen, el Hombre, las Ideologías, la Historia, el Pensamiento), eso significa realmente que alguien quiere prolongar una forma de conciencia, darle todavía carta de naturaleza, otorgarle vigencia, concederle un último espacio para su rescate y reelaboración.

Las dos guerras mundiales, y después la guerra fría, más tarde el “choque de las civilizaciones”, la muerte del sujeto y el fin de la primacía occidental son, todos ellos, los cantos de cisne, las jaculatorias crepusculares de un “Occidente” que se lamenta de sí mismo a la par que va perdiendo la capacidad de pensarse. ¿Por qué pierde esa autoconciencia?: por la sencilla razón de que va perdiendo la capacidad de pensar en general.

Occidente ya no se ve a sí mismo como Civilización. Para hacerlo, debería contar con una Filosofía, esto es, un “paradigma” que cultivara de manera radical la arqueología e historia de sus propias bases, un marco conceptual que fomentara las raíces comunes que él comparte con otras culturas y civilizaciones.

La Edad Media Escolástica fue una muestra de tal paradigma propio. Después devino el paradigma humanista de la Modernidad. Más adelante, todavía con las tropas napoleónicas asolando Europa, y en medio de los bayonetazos y el bullir de ideas revolucionarias, hubo intentos, personalistas ya, y muy unilaterales, pero intentos serios de imponer un gran paradigma global: fueron los sistemas idealistas germánicos (Fichte, Schelling, Hegel), esos retoños tardíos de la Modernidad.

Del abandono de los sistemas idealistas vino ya, por fin, la era de las Ideologías. El Mundo Mercado de los liberales, el Mundo Laboratorio de los Positivistas, la Comuna internacional del marxismo. Todo ello fue utopía, mala filosofía para las masas, retoños de los retoños del gran paradigma de Occidente; todo un marco de pensamiento con autoconciencia ya meramente residual. La Revolución Industrial y el Imperio de la Economía Política acabarán por empequeñecer al gigante europeo y harán caducas las filosofías apenas en el momento de su nacer. El Gigante Europeo sobrevivirá eN sus prolongaciones ultramarinas un siglo más, ya fuera del solar primigenio: sobrevivirá en América, aunque en ella irá perdiendo poco a poco su identidad nacional y su exclusivismo étnico, haciéndose universalista. Con este término relativo, Occidente –ya no Europa- entendemos hoy todo un conglomerado de países que se fundaron sobre la base de un paradigma filosófico-político, la Modernidad, cada vez más cuestionado, caduco y suicida. Occidente es hoy un cadáver filosófico. Yo le concedo toda la razón a nuestro Ortega: Europa (y su prolongación, Occidente) no se salvará en tanto en ella no surja una nueva y verdadera Filosofía [1]. La supervivencia de Europa quiso llamarse Occidente. La Civilización se identificó estrechamente con una Filosofía muy concreta: la filosofía de la Modernidad, que llegó a su punto máximo de degeneración en el (norte)americanismo, el American way of life. Ahora no vemos el recambio.

Las pequeñas escuelas de los profesores de Filosofía hace tiempo que ya no representan ni se representan ese “paradigma”. Son unas escuelas atomizadas, como atomizado se ve el propio gremio que pretende “enseñar a pensar”. Esas escuelas académicas realmente no son tomadas en serio. Pueden ser fruto de modas profesorales, editoriales, modas alimenticias, útiles a la hora de justificar sueldos de docentes o dirigir líneas de estudio en las ciencias sociales. Pero no “enseñan a pensar”. Esto de pensar quizá no sea enseñable: se hace o no se hace. Se piensa bien o se piensa mal. En Occidente, era un paradigma global el que obligaba a pensar. Desde sus raíces en la Escolástica y en el Racionalismo, la Ilustración nació redentora,  impregnada de afán didáctico y divulgador. Pero la Ilustración cortó las raíces más hondas de su propia historia al devenir Revolución. En la Modernidad, fueron las guillotinas las que ahuyentaron las componendas escolásticas y racionalistas del pensamiento, encajes que se hallaban dentro de aquel espíritu ilustrado -en el fondo-- misionero. La Summa escolástica, el Tratado racionalista, debieron ceder el paso, atemorizados por la efusión de sangre, al libelo, a la Enciclopedia, al panfleto, al periódico. Fue necesario dejar de pensar. La guillotina y el experimento científico, y después la ordenación industrial del mundo: esto fue la Modernidad, por encima de sus textos, Estos tres elementos (guillotina, experimento, industria) fueron los elementos básicos del nuevo paradigma efectivo, donde se ubicarán la mayor parte de sus filósofos como herejes.



Deberíamos empezar a reflexionar sobre lo que empieza a significar “filosofía” tras la Ilustración. Tomarse en serio el abusivo e inexacto empleo del término philosophes en la Ilustrada Francia, lo cual representó, en realidad, el comienzo de un abandono filosófico. Se abandonó la filosofía a favor de los experimentos, las máquinas, las ideologías y el periodismo. Y la palabra “Filosofía”, banalizada, significó entonces la ausencia de una verdadera Filosofía.

Occidente se ha convertido hoy en una civilización auto-negadora, suicida y masoquista, en ausencia de esa verdadera Filosofía, ausencia registrable tras la Ilustración y la Revolución, ausencia constatable en la retirada de lo filósofico en favor de sus productos modernos (máquina, dominación de la naturaleza, ideología, opinión pública...). La propia denominación escogida, “Occidental”, adoptada en principio cándidamente, con el fin de acoger en un mismo hogar civilizatorio, las Américas y Europa, en realidad es una decisión relativista y, por eso mismo, muy reveladora. Los puntos cardinales son relativos a los objetos con respecto al lugar  donde nos ubicamos, Occidente respecto al Levante, principalmente. Y Levante es el judeocristianismo.

Occidente se define ante todo con respecto al Oriente próximo que le colonizó: ese Levante (u Oriente Próximo) es el judeocristianismo. Cristiandad y Occidente son términos que ya expresan la dependencia de los pueblos europeos con respecto a influjos civilizatorios ajenos. Pero también Occidente se inventó con respecto al Oriente musulmán que invadió su suelo, en el siglo VIII, la verdadera invasión “bárbara” que hubo de rechazarse en Covadonga (722 d.C.) y Poitiers (732 d.C.), para renacer de las cenizas de un mundo antiguo ya periclitado. Un mundo que era, a la vez, celtogermánico y romano, principalmente [2] . Este Occidente del siglo VIII es muy otro de su precedente inmediato, la Civilización Grecorromana. Fue Oswald Spengler quien supo entender el significado verdadero de una “herencia” cultural o civilizatoria. Quien muere y lega, con o sin testamento, ya no revive en su hijo heredero. El heredero posee cuerpo propio, alma distinta, espíritu de muy otra naturaleza. Dará las gracias por el legado, rendirá oportunos homenajes, pero tras las exequias debidas, inmediatamente inicia su propia vida dejando en paz a los muertos. Así fue la “Cristiandad” que nació en el siglo VIII.

En el Reino Asturiano y en el Imperio Carolingio se figuran los hombres que allí, con su espada y sus bellas iglesias de nueva planta, están rescatando el Cristianismo y formas políticas fenecidas, el Imperium. El Reino de los Godos de Toledo, para los asturianos, el Imperio de Roma, para los francos de Carlomagno, por igual, representaban el Pasado a rescatar ante la barbarie. Quisieron hacer de corazón esto, no hay por qué dudarlo. Pero el efecto conseguido fue otro. Se estaba transformando el cristianismo –un cristianismo fáustico, lo llamará Spengler- para dar luz a otra obra por entero distinta. Nacía Europa, aunque los hombres de esa dura época sólo había Restauración. [3]
Europa nació en el siglo VIII. Todos los siglos que sucedieron a la caída del último emperador de Occidente (476 d.C.) fueron siglos preparatorios, de fusión de etnias celtogermánicas y latinas, con vistas a crear una nación nueva. En efecto, una vez rechazados los invasores vikingos, musulmanes o magiares, esa nueva “nación cristiana” debía nacer con un alma también nueva. Spengler veía un continuum entre la sed de espacios infinitos de los navegantes del Norte, del siglo VIII y IX, y los de las naves españolas del XVI, de los cruzados del XIII o de los viajeros espaciales del XX. Se trataba, en el momento fundador del siglo VIII, de parir un alma fáustica, reconocible en las demás empresas, alma bien distinta del alma habitante de la cueva (el alma “arábiga”) del musulmán, que también era la del cristiano oriental y el de la antigüedad tardía.

Según el filósofo de La Decadencia de Occidente, el alma naciente, fáustica, era era un alma por completo diferente del alma grecorromana clásica (el alma “apolínea”). En contra de lo sostenido por el humanismo clasicista, Spengler sostiene que los griegos y romanos no eran –anímicamente- nuestros ancestros. De hecho, las constantes comparaciones entre ellos y nosotros impiden una verdadera autoconciencia de los occidentales. No hay progreso de edades, dice el filósofo germano. La sucesión en tres eras, antigua, media y moderna, ya no es valedera. Sin embargo toda la magna obra spengleriana está recorrida por una idea similar a la de Joaquín de Fiore (edades del Padre, del Hijo y del Espíritu), pero descrita en forma de parábola o ciclo vital: nacimiento, mediodía, declive de una Civilización. Son los tres momentos en la vida de un hombre, de un animal, de una planta.

El declive de nuestra Modernidad Occidental ¿acaso no lo estamos pensando acorde con esos mismos modelos trimembres? Nietzsche vio que no era tan “natural” nuestro declive. Fue una ponzoña, el Cristianismo, la excplica nuestro ocaso; ponzoña que explicaría la ruina de lo que, a decir suyo, habría de ser una de las más grandes creaciones del género humano: el Imperio de Roma. Una creación destinada a durar, que sin embargo fue asesinada. Otro tanto, Spengler no dejó de pensar la decadencia de Europa con la analogía de la decadencia de otros Imperios civilizatorios, el romano muy principalmente. Pero este Imperio de Roma fue, a los ojos del autor de La Decadencia de Occidente, en puridad, la inflación de una urbs, de una polis en el sentido antiguo y apolíneo. Una realidad puntiforme que puede multiplicarse en ciudades provinciales calcadas de la capital, la Roma que puede ser la dueña despótica de mil países y razas, pero siempre y ante todo, una ciudad. La vejez de la urbe romana, hipertrofiada en forma de Imperio barbarizado y decadente, no puede ser comparable a la vejez de la nación Europa, plural y policéntrica. Morir de cáncer, morir de viejo, morir asesinado... Son distintas formas de morir.

La ciudad imperial murió cuando nacieron las Provincias, esas proto-naciones (Galia, Hispania, Britania, Germania….) Las cosas cambiaron, se transmutaron esencialmente tras un largo proceso de simbiosis entre los pueblos del norte y los del sur de Europa: en breve, la simbiosis de las naciones celtogermanas, una vez liberadas del yugo romano, en el Norte, y las provincias romanizadas del Sur.
Se necesitaron las invasiones islámicas y una fuerte conciencia de defensa de un alma, una identidad, para crear una nueva nación, a su vez formada por muchos pueblos. La Cristiandad medieval de Occidente fue una creación de nuevo género. El Beato, desde las montañas asturianas de la Liébana, en la España norteña, rompe con una Iglesia mozárabe de Toledo, colaboracionista con los invasores africanos. Este episodio del Reino de Asturias, y el acercamiento eclesial de la España nórdica a los carolingios, es el símbolo inequívoco de la ruptura entre los dos cristianismos. La Cristiandad mozárabe y “arábiga”, por un lado, frente a la nueva Cristiandad nórdica, fáustica, la de astures y francos. De la misma manera, los desencuentros de los cristianos bizantinos con la Iglesia romana, “franca” o “latina”, a lo largo del Medievo marcan la pauta: hay dos cristianismos desde el siglo VIII. Cristiandad y Occidente no son coextensivos.

Spengler realza en su obra la transmutación del Cristianismo en esta parte de Occidente. Desde el siglo VIII vacilantemente, y en el siglo X en toda su plenitud, el Cristianismo se escindió: fáustico en el Norte y el Occidente de Europa, oriental o “arábigo” en el resto. Rechazada la orientalización del continente europeo tras las batallas de Covadonga y Poitiers, la balbuciente Europa nace como fusión espiritual –y en gran parte biológica- de una confusa barahúnda de pueblos. Romanos germanizados y celtogermanos latinizados; también nace esta gran nación con una gran superestuctura bicéfala: Imperium y Ecclesia.

Imperio e Iglesia. En Europa no hay “califas”, en ella debe existir la bicefalia de autoridad. Ambas cabezas se definen mutuamente desde el siglo III d.C. Ambas preexistían desde los tiempos de Roma, ambas se combatían y delimitaban celosamente sus esferas de actuación, las dos con idéntica vocación absorbente. Jamás se olvida la antigüedad. Como bien decía Ortega, el hombre medieval, el cristiano de Occidente, vivía en dos estratos. El raso, crudo y siempre bárbaro en una buena medida, en el que debía pelear con el acero, y con él defender la tierra, la sangre, la fe; éste era el estrato medieval, guerrero, “oscuro”. Pero había otro estrato superior, “luminoso” que aún el más iletrado de cuantos hacían la historia en pleno medievo, ya fuera caballero o clérigo, nunca perdía de vista: el estrato que apuntaba hacia la existencia de una realidad superior, la realidad de un Imperium, un Estado fuerte, un derecho público, una moralidad y una legalidad allende las puras y bárbaras relaciones de fuerza. Esto se deja ver en el Asturorum Regnum, y en sus descendientes políticos (León, Castilla…): el “tropismo” hacia el Sur, la Reconquista hecha casi desde el principio bajo un ideal imperial. Se aprecia conscientemente en Carlomagno, y en el fruto tardío de su sueño, el Sacro Imperio Romano Germánico, así llamado de forma exactísima. Incluso se aprecia en el Imperio Hispánico de los Austrias, otro retoño muy retrasado de la doble alma, escalonada, del cristiano occidental. Como muy bien señaló don Claudio Sánchez Albornoz, el español, para lo bueno y para lo malo, trasplantó el espíritu medieval de la Reconquista a las tierras americanas[4]. Con las carabelas, naos, y después los galeones, aquellos hidalgos, frailes y labriegos, fueron –todos ellos- a un nuevo mundo henchidos ansia de expansión. Justamente después que ocurre la toma de Granada a los musulmanes, se inicia la conquista al otro lado del Atlántico. Los españoles conquistadores, en pleno siglo XVI, fueron a las Indias en busca de tierras nuevas imbuidos de mentalidad medieval. Y no fueron desnudos de “superestructuras” medievales. Llevaron al Nuevo Mundo unas superestructuras nada burguesas. Los vicios de aquella Castilla tardomedieval, eran a la vez sus virtudes en el momento de la Historia en que la mayor parte del mundo, salvo un puñado de ciudades italianas o nórdicas, aún no era burgués.
El Imperio Hispánico fue la antítesis del mundo burgués, su enemigo irreconciliable en el lapso de los siglos XV-XVII, un momento en que se estaba afianzando la burguesía apenas en unas pocas ciudades. Todos los resortes del poder burgués se ponen a punto para minar esta idea hispana del Imperium. Un Imperium que recoge los ideales eternos romanos: Universitas Christiana. Pero esta ordenación del mundo se entendió bajo la esfera pública y la subordinación de todo personalismo a una Ley imperante. Ley imperante humana sometida, a su vez, a un decreto divino. El dominio del capital, que va anidando en las ciudades italianas y centroeuropeas cada vez más desleales al Imperium germánico, encuentra en el Imperio de los monarcas españoles su más encarnizado enemigo. La dominación al modo hispánico en el Siglo de Oro, se despliega, a los ojos de la burguesía y de sus lacayos modernos, los “progresistas”, como un engendro repleto de contradicciones. El “medievalismo” que se le atribuye al Imperio Hispánico, con todas sus supuestas taras (ideales de Reconquista o Cruzada, valores caballerescos frente a valores burgueses, falta de productividad e integrismo religioso), se reconcilia mal con la enorme modernidad de los desarrollos jurídicos y administrativos de los Habsburgo españoles, poco o nada “feudales”. Que el enorme Imperio Hispánico fue gobernado, a pesar de la ruda tecnología física de la época, con una praxis administrativa y legal muy modernas, y con una idea dominante, sutilísima, de un Derecho Público objetivo e incontestable, debería hacernos meditar.

Los italianos, los franceses, los ingleses, hubieran establecido enclaves comerciales y colonias “privadas”, en lugar de emprender la Conquista “pública” de las Indias, afirma Sánchez Albornoz. Conquista, hicieron los españoles, no colonización. Los europeos no hispanos, por el contrario, demostraron su muy otro talante en América del Norte y en el resto de los continentes. La Cultura Clásica (Filosofía Escolástica, Derecho Romano, proyecto de Imperium Universal) sobrevivía en la Monarquía de los Austrias, y durante un siglo –siglo “Moderno”- representó la cosmovisión alternativa a la sociedad burguesa.

Como señalaba Werner Sombart[5], esa sociedad burguesa ya anidaba en los más oscuros siglos de la Edad Media. Los castillos de los señores no siempre fueron sumideros del despilfarro; en alguno de ellos ya comenzó la previsión, la mentalidad ahorrativa y utilitaria. Los monasterios, como ya vio también Lewis Mumford, fueron verdaderos centros de innovación y planificación de la explotación, del rendimiento, del cálculo agronómico, y centros donde el Tiempo comenzó a medirse, pautarse y valorizarse. El reloj mecánico vino precedido de la comunidad de hombres férreamente regulados por “las horas”. Igualmente, la Piratería –nunca del todo escindida del Comercio- constituyó una de las raíces del espíritu burgués, que no sólo tomó de la religiosidad protestante el espíritu ahorrativo, la abnegación en el trabajo, la ascesis profesional (Weber) sino también el espíritu de rapiña (Spengler).

La Modernidad, desde el siglo XVI, fue aderezando Europa, y alzándose como proyecto de mundanización del Cristianismo fáustico (Cristianismo no entendido como renuncia al mundo sino como sed de infinito, voluntad de Poder, expansión geográfica y dominación tecnológica del mundo). La vertiente hispana de esa Modernidad europea fue marginándose cada vez más, a pesar de sus enormes contribuciones iniciales. Véase, en clave spengleriana, el significado las carabelas de Colón, vistas por el filósofo germano como una versión renovada de la expansión vikinga o como antesala de los viajes espaciales. Véase, igualmente en clave spengleriana el enorme papel de la Monarquía Hispana en el desarrollo de la alambicada política de gabinete, de la diplomacia del equilibrio europeo, de la dominación burocrática del mundo. Una dominación efectuada desde gabinetes y escritorios no sólo por medio de los Tercios y la Armada. Esa Monarquía Hispana pudo ser una alternativa neomedieval al Orden Burgués. Lo fue en la parte del mundo donde la Idea de un Imperium se concilió con la Idea de la Catolicidad, hasta llegar a su ruina en la Guerra de Sucesión, a comienzos del siglo XVIII. La Monarquía Católica, la española y la de la América Hispana, fue irreconciliable con los demás signos de la Modernidad. Moderna en su incipiente concepción burocrático-militar del Estado, pero radicalmente refractaria a lo burgués. El interés “privado”, la acumulación crematística, la concepción profana, personalista y subjetivista, de la vida, el triunfo del espíritu de “industria” frente al espíritu militar (por retomar aquí la distinción de Herbert Spencer), nada de esto encajaba con la civilización hispana. Lo Hispano era lo “anti-industrial”.

No sería descabellado sostener que la reaparición del espíritu militar imperial, pero en una síntesis más elevada, absorbiendo el espíritu industrial (en lugar de contradecirle) acontece en Prusia, la Prusia de finales del XIX y comienzos del XX. El imperialismo germano combinó la existencia de una sociedad civil industriosa y un nivel tecnológico muy elevado, con el espíritu militarista, basado en los principios de jerarquía, servicio (“El Rey es el primer servidor del Estado”), y lealtad. De las ideas de Spengler se deduce que el factor comunitario es el que hubo de variar considerablemente a la hora de cotejar ambos imperialismos, el hispánico y el prusiano. La española fue monarquía Católica, esto es, universalista por esencia, la communitas se corresponde con una asamblea (Ecclesia) de almas, en torno a una fe. Ramiro de Maeztu habría de rescatar del olvido, ya en el siglo XX, esa idea “espiritualista” y “dogmática” (en absoluto nacional o racial) de la Hispanidad. [6] Muchos otros autores son críticos para con el débil sentir nacionalitario de España, nación hoy casi dispuesta a fragmentarse, lo cual estaría relacionado con ese mismo proyecto universalista, quebrado a partir de la independencia de las repúblicas americanas a lo largo del XIX. Pero, por el contrario, la Monarquía prusiana incorporó ya, siguiendo a Spengler, las más adelantadas ideas y logros técnicos de la ciencia moderna. La Comunidad ahora no será una sociedad de orantes (de soldados, labriegos y frailes) sino de productores, de obreros y profesionales titulados, una base social amplia de hombres con preparación científica. Prusia contaría con una base civil que pudiera aportar la sangre, los músculos y los cerebros a la nación. Así concebía Spengler el “socialismo prusiano”. En el socialismo prusiano ya hay nación. En el Imperialismo castellano, el parto nacionalitario, las Españas de ambos lados del Océano, fue infructuoso, o al menos parcialmente fallido.

Entre el tiempo de la Monarquía Católica hispana (siglos XVI y XVII) y el Reich prusiano (siglos XIX-XX), se abre la esfera multinacional de la Europa de los equilibrios. Occidente se forja en la pugna por los océanos y en la pugna por los territorios. Occidente, en medio de esa Europa de los equilibrios. Los equilibrios de tregua entre potencias y guerras sometidas a pauta, alianzas entre “potencias” para que ninguna se alce como la única, control de potencias secundarias para evitar la desmesura. Es un periodo en que Europa se configura como un espacio colonizador y guerrero en las Américas, y como un espacio guerrero y diplomático en el Viejo Continente. La colonización de las potencias hegemónicas dentro de su limes propiamente europeo, adquiere también visos de crueldad. Imposición de una lengua oficial, imposición de un credo oficial, uniformización étnica pareja a la uniformización jurídica y política. En realidad, los procesos nacionalitarios de la Vieja Europa constituyeron “violencias” contra las innumerables patrias que la conforman, violencia de la nación grande sobre la patria pequeña. La creación de mercados “nacionales” y de “estados nación” fueron procesos subyacentes a esa Europa de los equilibrios. Las naciones se entendieron como “potencias”, y ser potencias implicaba a) jugar un papel de hegemonista o equilibrador en el juego europeo, b) colonizar el lote de tierras ultramarinas correspondiente, c) colonizar las regiones y las nacionalidades internas, buscando la homogeneidad, bloqueando cualquier asomo de fractura posible o deslealtad al proyecto unitarista.

Los nacionalismos centrípetos, italiano y alemán, se sumaron a ese proyecto contemporáneo, post-napoleónico, de una Europa de los equilibrios. Los regionalismos y nacionalismos centrífugos, por el contrario, chocaban de frente con la idea sub-imperial del Estado nación, contradecían la idea de la balanza de las “potencias europeas”. La idea sub-imperial prevaleció entre nosotros hasta 1945. Se trataba de ahogar (con sangre, en el olvido, con la represión pedagógica) toda divergencia étnica. La nación “canónica” era el núcleo duro de las potencias. Los ingleses aparecen como nación canónica para el Imperio Británico: escoceses, galeses, irlandeses, aparecen bien como colonizados o bien como “socios” de segundo orden. Los franceses, pero no los vascos o los bretones, pero no los alsacianos o los provenzales, los franceses, decimos, serán ejemplo perfecto de la nación “canónica”. En el caso español, de haber triunfado el proceso nacionalitario, Castilla debería haber sido el núcleo de nación canónica de un Imperio Universal rebajado ahora a la condición de potencia nacional de segunda fila. Pero Castilla entró en la modernidad demasiado débil para ejercer ese papel. En la historia del Imperio Hispánico se echa de ver como tras la idea del Imperium puede albergarse la pluralidad étnica, regional, nacional, confesional que rebrota tras cada retirada de lo imperial. Lo Imperial no tiene por qué matar la pequeña nación, el estado-nación sí. La idea imperial no contradice la pluralidad de fueros, etnias, confesiones. En cambio en la idea sub-imperial del Estado-nación, de la “potencia”, se tiende al unitarismo, a la colonización interior. La manera en que Londres o París arrasaron las “patrias”, las lealtades y querencias locales y regionales, es un pecado que ahora va pasando factura, pues Europa desde siempre es pluralidad de pueblos arraigados. Ahora las naciones-estado no son nada ante los flujos migratorios internacionales, alimentados desde las corporaciones trans-nacionales. La pluralidad interna debe ahora ceder terreno ante el “multiculturalismo” impuesto.
Debe distinguirse dos clases de pluralidad, pues, y su exacta delimitación constituye la encrucijada en que nuestra Civilización se halla. La pluralidad basada en el arraigo, es la pluralidad de grupos étnicos, en el fondo emparentados, que cohabitan en las mismas regiones o países desde hace siglos, cuando no milenios. Pongamos un ejemplo. La etnicidad del vasco, tan distinta a ojos de un asturiano o un gallego, por ejemplo, en el contexto común de la Península Ibérica, semeja ser una etnicidad muy cercana a la del castellano de la Meseta Norte, más castellano que el castellano, por decirlo así. Las fronteras permeables durante siglos, el cruce de genes, el dato de que la hechura del Castellano en tiempos de la Reconquista sea fruto de una agrupación de gentes cántabras, vasconas y mozárabes (godos e hispanorromanos huidos de la ocupación mora) puede ser un buen ejemplo de lo que decimos, etnicidad basada en el arraigo y de mezcla lenta. La historia secular explica el arraigo y la vecindad, acaso el mestizaje, de las numerosas etnias constituyentes. Quizás entre cien y doscientas unidades étnicas nativas, todas muy cercanas entre sí, mezcladas o con fronteras regionales permeables, sean las que conviven por debajo de los “Estado-nación” europeos actuales. En realidad, a partir del siglo VIII estas unidades fueron federándose unas a otras. Los reyes, la nobleza, la Iglesia, todos estos actores supieron contar con estas unidades, pasando por encima de ellas, fundiéndolas o limitando sus esferas de poder. Lo político y lo étnico se distinguieron en Europa desde sus mismos inicios como civilización, a principios del siglo VIII, justo como también se distinguió lo político y lo religioso.
De muy distinto jaez es el actual “multiculturalismo”, es decir, la convivencia forzada de personas de culturas planetarias muy alejadas, causada por la importación que los capitalistas hacen de mano de obra extranjera muy barata, al precio de romper la identidad de los pueblos y la convivencia entre los hombres.

La idea de Imperium es intrínsecamente multiétnica. La propia escala en la que se mueve, la escala universal, cuenta ya con la diversidad de etnias. Etnias, nacionalidades, principados, reinos, ciudades autónomas, corporaciones, regiones, cantones. Si hay simbiosis, si hay arraigo, existe la posibilidad de un Imperium aglutinante. Este es el modelo germánico (El Sacro Imperio Romano Germánico) frente al modelo romano (Imperio absorbente).

Debemos distinguir la idea imperial aglutinante de la idea imperial absorbente. En ésta última, hay un patrón inicial, fundador y modélico, que se aplica y trasplanta a todas las unidades conquistadas, colonizadas, administradas. La urbs romana de la Antigüedad se multiplica, se distribuye, se reproduce totalitariamente en cada una de las capitales provinciales. Si una ciudad se conservaba “indígena” en su esencia y en su apariencia, eso era señal de que allí el Poder de Roma no se había asentado plenamente. Nos parece que la Monarquía Hispana, un milenio largo después, reproduce todavía muchos aspectos del Imperium de Roma: multiplicación, “clonación” del módulo inicial, castellano, en las Indias. Todavía hoy se aprecia perfectamente en el casco antiguo de las más viejas ciudades americanas ese indiscutible aire castellano y andaluz. Los acentos, las músicas, los ritos católicos, las formas políticas y artísticas (barrocas, hispano-meridionales) son las del módulo castellano. Las formas de una Reconquista tardía y trasplantada allende los mares, y las formas de un Barroco, igualmente católico y meridional que, al arraigar, hubo de hacerlo entre los climas y las culturas ya arrumbadas de los indios. Poco se aprecia en las Américas, sin embargo, del rastro de las gentes norteñas en esa fase del Imperium hispano (gallegos, asturianos, vascos), aunque formalmente eran parte de la Corona de Castilla, y ello a pesar del enorme caudal de emigrados que aportó a la sangre americana, caudal que, no obstante, se intensificó una vez desaparecido el Imperio y, por tanto, no se expresó objetivamente pues ya se había dado la cristalización de sus formas características.
La presencia de la cultura clásica, y de las formas político-administrativas del Imperium romano, dentro del orbe católico e hispano era muy fuerte, y se hizo contando con un módulo, el castellano, que a la altura de finales del siglo XV, parecía prometedor y suficiente. Esa Castilla pujante, recién salida de guerras civiles y crisis graves, no pudo llevar a cabo –no obstante- un proceso nacionalitario en la propia península Ibérica. Pues el “entorno” inmediato de la Corona de Castilla, absolutista y teocéntrica, era más bien similar al del ámbito feudal y germánico. La situación de la Corona de Aragón, excluida de la Conquista americana, con sus propios fueros y Cortes, mal integrada y a veces mal avenida con la de Castilla, debe recordárnoslo. Y el propio norte peninsular, recientemente anexionado, era, matriz de origen de Castilla, pero también una alteridad frente a ella (Asturias, Galicia, Vasconia). La Modernidad debía arrancar como una muerte del Clasicismo, y la propia historia de España es muestra perfecta de ello. En la España peninsular se amontonaron las contradicciones. La Conquista de América aparece paradógicamente como continuación de la Reconquista a los moros, pero también como inicio de la “era de los descubrimientos”. Imperio no colonial, sino multiplicativo de una Castilla totalitaria, pero al tiempo debilidad de una proto-nación –Castilla- que había abortado su incipiente burguesía y, por tanto, los procesos nacionalitarios.
Con su habitual extremismo, dice G. Faye en “La Modernidad: ambigüedades de un concepto fundamental”[7], que tenemos que plantar cara a este concepto ambiguo, oscuro, que atrae lo mismo que repele. Faye sigue a su vez a Spengler, “para quien la modernidad escondía, a la vez, la vitalidad de una transformación optimista del mundo y las tendencias mortíferas de una ideología abstracta, que pretendía normalizar todo el planeta[8]. Pongamos a cada lado, para contrastar, dos imágenes: la conquista del espacio exterior y demás logros fáusticos, propios de la dominación técnica de la naturaleza, por una parte, y la sequedad cadavérica de las grandes urbes mundiales, sin alma, sin “cultura”, habitada por hombres cosmopolitas, inanes, carentes de raíz. Para Spengler, como para Faye, la Modernidad repele y atrae. Y hoy, tras el fracaso del reparto “ideológico” de la Guerra Fría, la dúplice condición de la era que nos toca, fáustica y decadente a la vez, sigue desconcertando.
La frialdad de la era burguesa, era “calculística” (W. Sombart) ha tocado techo. Se ha dado de bruces precisamente con la caída del telón de acero, el derribo del Muro de Berlín, y del “fin de las ideologías”. Las ideologías, esos productos para-racionales ingeniosamente elaborados por doctrinarios, cócteles fabricados a partir de tardías filosofías de la historia, pierden día a día vigencia y visos de efectividad. Ya no es posible creer en una lucha entre (neo) liberalismo frente al comunismo. Los dos mundos ideologizados en realidad se reducían a uno solo, tecnocrático y cientifista. La marcha de la Historia ya no conoce aquellas luchas ideológicas de hace unas décadas. La historia se mueve hoy en día sin el disfraz de las doctrinas “modernas” sobre una sociedad ideal. Es la lucha de Civilizaciones la que hoy regresa (Huntington). El mundo se ha reordenado rápidamente tras la caída de la URSS y el declive norteamericano. Son civilizaciones recíprocamente inasimilables las que hoy se enfrentan por la hegemonía. Al menos por una hegemonía regional, ya no planetaria. Asistimos en estos momentos a la imposibilidad, al fracaso de la hegemonía universal norteamericana, que ha querido encarnar metonímicamente lo “Occidental” y presentarse como vehículo transmisor de la occidentalización del mundo. Aquellos que soñaron con el Fin de la Historia (Fukuyama), y sus fantasías de fusión de un neoliberalismo económico con un norteamericanismo cultural, deberían quedarse perplejos al observar el auge, igualmente neoliberal, de potencias regionales emergentes y que, a nivel cultural, saben adoptar solamente lo justo de tal americanismo cultural.
La era burguesa se liquidó, pero esto no significa que el capitalismo haya desaparecido. Antes al contrario, el capitalismo más feroz y suicida (en términos de suicidio de especie, y suicidio etno-cultural) triunfa por doquier. Pero es un capitalismo mundial que no representará el sueño de la Aldea Global por vía del “Mercado Mundial”. Más bien será el capitalismo pivotado sobre Estados centrales, sobre centros cuasi-imperiales, ejerciendo su dominación hegemónica imperfecta sobre una región del planeta. Así, por ejemplo, es el capitalismo chino el hegemónico en el Extremo Oriente, y el que se va a enfrentar el capitalismo de Occidente. De hecho ya lleva años haciéndolo. Eventualmente, el enfrentamiento concernirá cada vez más al capitalismo ruso, al hindú, etc. Las alianzas, como pronosticó Huntington, así como la identificación de los “enemigos”, son acontecimientos que se desarrollarán en función de afinidades civilizatorias. La Modernidad ya no es burguesa: la lucha de proletarios contra patronos ya no marcará el destino, y menos aún la lucha entre Sistemas (socialista, corporativista, liberal…). Asistimos a la vuelta del lenguaje histórico. La historia ya habla por sus propios fueros, y no precisa más del disfraz económico-ideológico. La Edad Media europea se esclarece, toda ella, por la resistencia de la Cruz ante la Media Luna, si bien hubo entonces, igualmente, luchas entre etnias, reinos, así como guerras por el control de rutas y recursos. Pero estas guerras económicas, de razas o de reinos ¿fueron la clave del Medievo? Todo se subordinó, durante largos siglos de hierro, a la lucha civilizatoria. Yihad, Reconquista, Cruzada, etc., son ya, de nuevo, conceptos del lenguaje histórico. No constituyen un revival medieval en medio de un mundo frío, tecnologizado y capitalista. En absoluto. Son estos conceptos destino, y nada más que destino. La diferencia entre este tramo del ciclo que estamos viviendo, y el medieval o el renacentista (Covadonga, Poitiers, La Navas de Tolosa, Granada, Lepanto) es que las otras civilizaciones más alejadas del Mare Nostrum también entran en escena. Es evidente, ahora las distancias son más cortas, y en medio de las “guerras santas”, Rusia, China, India, quizá Brasil o Sudáfrica tendrán algo que decir.

Estas potencias regionales, sub-imperiales, serán el objeto futuro de los desvelos de esta Europa cansada y de rodillas. Europa tiene el Islam demasiado cerca, y éste ya se está volviendo demasiado violento e inseguro. Además es la civilización foránea más incrustada en el seno de la vieja Europa. La “Nación de la Cruz”, surgida allá en el siglo VIII y que arranca con el Reino Asturiano y el Imperio Carolingio, conoció, desde su fundación como Cristianismo fáustico, un proceso de hiper-espiritualización. De su vieja sed de infinito, de espacios inmensos y aventuras, hasta la frialdad, la cobardía, la parálisis. Como señaló G. Faye, en la misma línea de Spengler:

“Según Spengler, lo moderno señala el fin de las Hochkulturen, de la edad de las altas culturas y termina en la era de la espiritualización (Vergeistigung) de los pueblos, y por consiguiente de su fuerza vital. Los tiempos modernos rompieron el equilibrio entre la vida y el espíritu intelectual, en beneficio de éste último como señaló Helmut Klages, y empujaron al racionalismo hasta el escepticismo y la pérdida de sentido” [9]. 
 
Esta es, pues, la era de la “moral chata” (Verflachung) y del nihilismo. Una era de espíritus sutiles, alambicados, asténicos, de seres acomodaticios, ávidos de “seguridad”. Una era en la que los valores marciales decaen estrepitosamente. El nihilismo, el “materialismo”, la androginia, el pacifismo y demás tendencias enfermizas de nuestra Europa decadente son síntomas que ya habían sido detectados hacía décadas por Nietzsche, Spengler, Heidegger, Klages, etc. Antes que todos ellos, y por supuesto, antes de que toda “Nueva Derecha” o “Revolución Conservadora” alemana, esos síntomas fueron señalados por Nietzsche con gran audacia.

El gran Nietzsche contrapuso –de manera anti-progresista- las “edades oscuras” a nuestra propia oscuridad contemporánea. El alma viril y los siglos de hierro (micénicos, vikingos, reconquista, cruzadas, etc.) no tienen por qué concitar más condenación que nuestros horrores civilizados y ultratécnicos. Hoy se asesina “en vivo y en directo, se mata “en tiempo real”. El espectáculo reciente del asesinato de cristianos y occidentales, gratuitamente distribuido en la era del satélite y de internet, mientras “el pueblo” devora hamburguesas y se lleva las manos al cuello, con leve angustia, esperando a ser el próximo cordero de Alá, es algo que debe hacernos meditar. La ONU, la UNESCO y todos los que se suman al proyecto mundial de “educar a la ciudadanía” predican tolerancia, pero la palabra “tolerancia” se va volviendo odiosa en medio de este ambiente. El consumidor satisfecho espera aún del “amigo americano” (EEUU) un desembolso en moneda, un gasto en bombas, para detener así, desde el cielo, a los monstruos integristas que siegan vidas de forma mediática. Pero junto a esa pereza occidental, y a ese abandono del instinto de supervivencia, campa un intelectualismo extremo, que lleva al hombre europeo a plantear las más peregrinas justificaciones del terrorismo fanático y a aceptar la imposición del islamismo sobre tierras y gentes que nunca formaron parte del área civilizatoria de la Media Luna. Cuando una civilización decae, y su instinto colectivo de defensa agoniza, nunca faltan los masoquistas y las víctimas del Síndrome de Estocolmo, que desean adelantarse a futuros dolores o abrir las puertas de las murallas al bárbaro.

Todas las civilizaciones decadentes se comportan de análoga manera. Cuando la voluntad colectiva flojea, el espíritu se vuelve gélido entre un mundo de piedras, ladrillos, acero y cemento, el mundo sin alma de la Gran Ciudad. Los hombres se vuelven “inteligentes”, pero cobardes. No desean luchar una vez que en su sangre ya no existen gérmenes claros a los que poder prestar oído y obediencia. Hay en la sangre una voz que todos los pueblos sanos perciben con claridad cuando se ven en peligro: la voz del Nosotros. Y otro tanto se ha de decir de la Tierra ¿Qué es la Tierra para un nómada? Para un nómada de sangre fuerte, dice Spengler, en plena fase ascensional de su cultura, la Tierra es elemento de conquista, objeto de depredación, algo sobre lo que se desplaza a uña de caballo, extensión del propio yo cuando éste conquista el mundo. Ahora bien, el nómada postburgués, urbano, civilizado, no sabe nada sobre la Tierra. Duerme y habita en pequeños apartamentos en vertical: en unas torres nada señoriales, que más que símbolos de fuerza y dominación se alzan como verdaderas colmenas humanas. El nómada civilizado vive a gusto en Nueva York, Shanghai, Londres o París. No hay patria alrededor de las macrociudades mundiales. Podría vivir igual en cualquiera de ellas.

Estas urbes para nómadas ya no son, no necesitan ser, capitales de “naciones”, “patrias”, ni mucho menos, centros de civilizaciones. Son cuadrículas geométricamente transportables. Son la expresión de un espacio abstracto y homogéneo. Ni uno solo de esos nuevos cosmopolitas nómadas se ve a sí mismo como “hijo de una patria” o representante de una Civilización. El problema para ese nómada sin historia es que en este mundo “ha vuelto la Historia”, y ha vuelto a hablar su propio idioma, esto es, el lenguaje de las armas y de las efusiones de sangre, y los otros, los bárbaros, ven en el neonómada occidental poco más que un hombre desarmado, un esclavo en potencia, un cordero apto para degollar.
Las sociedades europeas, así como sus hijas más o menos mestizas, esto es, “Occidente”, son colectividades que se encuentran en una encrucijada. O mejor, con un pie en el abismo. No quieren admitir esto sus élites, ni tampoco la mayor parte de la masa cosmopolita. Pero en el pueblo menos contaminado por las ideologías, en las clases rurales, en los trabajadores no desarraigados, en las clases medias autosuficientes y sustentadoras del aparato estatal, ahí ya se sospecha brumosamente lo que está pasado. En contra de un pensamiento “políticamente correcto” algunos saben que no hay opción salvo volver a a una concepción marcial de la vida, una reducción del parasitismo social, una vuelta a la productividad relativamente autárquica y proteccionista. Esto no es exactamente una vuelta a las Cruzadas y a la Reconquista, pero sí es una determinada oposición a las ideologías mundialistas y las estrategias globalizadoras, que se ceban, precisamente, con aquellos que están sosteniendo el sistema.

Absurdo y trasnochado será volver a los enfoques lineales y progresistas, a la vieja “filosofía de la historia”, y anunciar la llegada de un espantajo: “¡Vuelta a la Edad Media! ¡Qué horror! ¡El regreso de la tribu!”. Pensar de esa manera es ser presa del error capital: mantener un esquema lineal que es pura mitología, irracionalidad que se sostiene de forma gratuita, sin pruebas. Nada regresa. La Historia es mudanza, y por eso la Historia vuelve.

Las civilizaciones hoy, como ayer las naciones, llevan a cabo una lucha existencial. Todas, salvo aquellas que ya se encuentran sumidas del todo en la más profunda postración, todas reclaman una identificación del enemigo. De nada sirve que muchos hombres no deseemos tener enemigos de ningún tipo. Estos existen, y han de ser reconocidos cuanto antes, al menos como enemigos potenciales. De una amenaza como la islámica, procede esa sospecha de vuelta de la Historia. No se ha detenido, no se ha ido. La Historia, y los choques civilizatorios, están entre nosotros. La amenaza es dúplice: (a) amenaza exterior, desde el Norte de África y Oriente; (b) Amenaza Interior, con las incrustaciones de emigrantes e hijos de emigrados con pésimas perspectivas de integración y en proceso de radicalización pseudo-religiosa. Entre tanta crueldad y catástrofe, la esperanza sólo puede venir de la mano del propio Destino. Es decir, de la Historia misma. La Historia ha regresado, anegando las ideologías y otras artificiosidades de la era burguesa. La Historia habla el lenguaje de la lucha existencial por la identidad, por el suelo, por la sangre, por la independencia. La Historia nos pone delante de nuestros ojos el propio juego de la vida (la vida siempre está en juego, y también una “forma” de vida, que es la Cultura y la Civilización). Ha cambiado la era, y se hace preciso volver a defenderse. No como lo han hecho los imperios decadentes de todo tiempo, esto es, por medio de la contratación de bárbaros mercenarios con el fin de que mueran por nosotros. La situación del mundo actual es justamente la inversa a esa: somos nosotros, los europeos y sus descendientes americanos (y australianos, etc.), los hijos de la antigua “nación de la Cruz” los que ponemos los muertos en este momento en que hay un auge de otras civilizaciones; “los bárbaros” siempre existen. Las telas de araña en nuestros cerebros se nos retirarán cuando veamos que, ante un enemigo brutal, con su propio lenguaje histórico-existencial, no caben más discusiones bizantinas.

No vive el hombre en una carrera, como esforzado atleta que se suma al pelotón de quienes avanzan hacia una meta prefijada. Más bien, el hombre es arrastrado, siempre dentro de culturas y civilizaciones, hacia un destino (Schicksal), que nada tiene que ver con un telos. La causa final, cualquiera que esta sea (Comunismo, Estado del Bienestar, Libre Competencia, Consumo Opulento) no es lo que arrastra, desde un Futuro, que como tal Futuro es inexistente. Las causas y condiciones materiales (económicas, geopolíticas, etc.) no explican por qué hay “carrera”, esto es, un supuesto progreso, o al menos un devenir. No explica qué hacen los atletas concurriendo. No explica por qué el esfuerzo, y para qué correr en la misma dirección. Se trata de pensar y remover toda una Filosofía de la Historia hegemónica, imperante, exclusivista, que oculta precisamente su dogma central: hay que correr hacia una meta. Esa es la raíz de nuestro fracaso, y no tan solo una “superestructura” sobrevoladora del modo de producción capitalista. Los filósofos de “la Modernidad” auparon a la clase burguesa y a su racionalismo estrecho y unilateral. Entendieron la Política en términos mecánicos, como mecánico era su modelo del Universo-Reloj. Pacto social, Derechos del Hombre, Igualdad, Fraternidad Universal... todos estos constructos ideológicos son –en sí mismos- la negación de la Historia. Para entender la historicidad, el doctrinario moderno debió insertar constructos ideológicos que bloquearan la pluralidad de visiones de esa misma historicidad. Las ideologías surgieron después, en el siglo XIX, como productos retrasados, esquematizados y unilaterales a partir de las Filosofías ilustradas y racionalistas -ahistóricas- de la Historia: liberales, socialistas, anarquistas… En puridad, todos esos “Grandes Relatos” ya han caducado, aunque en algunos lugares del mundo se muere todavía por ellos. Falta una verdadera Filosofía en Europa, falta una Justificación de Occidente, más allá de la puramente existencial. Ésta última reza así: “existo, luego tengo derecho a seguir existiendo”. La justificación puramente existencial, cuando se refiere a culturas y civilizaciones, y no sólo a individuos o grupos, lleva al derecho a conservar estilos, formas de vida, instituciones, lenguas. Conlleva una implícita declaración de Soberanía, la Soberanía de un “nosotros” que reclama el derecho a seguir afirmándose como primera persona del plural. El “nosotros” es una pluralidad, pero también es un centro de identificación y de agrupación de fuerzas. Hay un nosotros porque existen “ellos”. Occidente, abandonando la Filosofía, ha abandonado su capacidad para pensarse, las vías para reconcentrarse. Se ha colocado ante los ojos las gafas del economicismo, y, por tanto, nada más puede captar relaciones de producción, flujos de bienes y servicios, intercambios y luchas por el lucro. Las fronteras y las voluntades de los Estados y de los Credos, son “rigideces”.
El “nosotros” absoluto es imposible. Los conceptos-límite abocan a los hombres al desastre. Son totalitarios. Justamente como otros que se han ido desplegando entre las ruinas de la Modernidad. El nosotros absoluto – la “Humanidad” es un concepto totalitario y límite, como la “guerra final”, esa “guerra que termine de una vez con todas las guerras”, que ya denunciaba Carl Schmitt. Justamente como el concepto de “ciudadanía universal” o “Estado Universal”. Son ideologizaciones que exceden su estatus meramente utópico, irrealizable, ucrónico. Esta es una faceta de las mismas. A parte, y más allá de cada una de esas ideologizaciones, nos encontramos con el proyecto de la Modernidad tardía y decadente: ignorar la Historia, eternizar unas relaciones de producción y de dominación, remover cualquier traba que se alce en contra de la mundialización. El desajuste entre unos flujos de capital y de trabajo verdaderamente mundializados, y unas “inercias” de índole cultural, étnica, religiosa, etc., sirve para instruir a los pueblos en el carácter ineluctable de los procesos económicos. Presentar las cosas como un desajuste entre esos dos planos abstractamente separados es de una eficacia ideológica tremenda. Una “base” es la que manda, la que dicta el curso de la historia, y unas “superestructuras” no correspondientes a ella son las que intentarán, en vano, oponerse al Progreso invariablemente marcado. Jamás pudieron prever Marx y Engels su excesivo éxito. El dualismo base-superestructura, matizado por los marxistas más sutiles, abandonado por los propios padres fundadores cuando se lanzaron a análisis históricos (muy “weberianos” avant la lettre) se ha solidificado hoy como una herramienta ideológica muy eficaz para contentar, tranquilizar, crear indiferencia o sumisión.

Con esta herramienta, muchos conflictos o amenazas son tratados como meros asuntos “superestructurales” y, por ende, bastará con dejarlos pasar, o se “explicarán” en base a relaciones de dominación capitalistas subyacentes. En los recientes atentados y ejecuciones de 2015, cometidos por islamistas fanáticos, abundaron las explicaciones (en ocasiones rozando las justificaciones) “economicistas”, muy queridas en la izquierda occidental. Según esta vía discursiva, detrás de todos estos crímenes se esconden los oscuros intereses petrolíferos, el control o la desestabilización programada de ciertos países productores, contubernios de las multinacionales, planes geoestratégicos de los EEUU, etc. Admitiendo la verdad de cada factor económico como clave interpretativa, en su parcialidad, sin embargo la imagen del conjunto no aparece sino deforme y fantasmal. Pues ni los agentes ni los grupos que cometen estas atrocidades quieren saber gran cosa del dinero, si el dinero no es un medio para comprar armamento y aumentar su imperio de terror. La base sobre la cual ganan en Poder es el terror, no el dinero, aun cuando el dinero sirva para aumentar su imperio. De la misma manera que Almanzor se hizo dueño de la península Ibérica en el siglo X, y empleó toneladas de oro para comprar mercenarios e incluso sobornar a nobles cristianos, los terroristas de hogaño manejan ingentes recursos económicos, y pueden incluso emplear criterios de racionalidad capitalista para ello, pero su mentalidad no es “burguesa”, en modo alguno, como tampoco fue un burgués el dictador Almanzor, con sus cargamentos de oro destinados a la guerra santa.  En el Occidente del siglo XXI se ha extendido una incapacidad “marxiana” y economicista para poder comprender cuanto está pasando. Hay una “hipertrofia” de la sospecha.

Se habló hace poco de los Maestros de la Sospecha (Marx, Nietzsche, Freud). En realidad, los maestros suspicaces eran autores neo-ilustrados, que aplicaron la distinción platónica entre apariencia y realidad para levantarle el faldón a la sociedad occidental. Las clases semicultas de la burguesía occidental aprendieron de ellos a creerse importantes por este simple acto: levantando el faldón a Occidente se supo ver la cloaca libidinosa bajo lo más noble y espiritualizado de la Cultura (Freud), o quizá adivinando el ansia de Poder y el resentimiento (Nietzsche) o sorprendiendo los hilos y manejos del Capital, ávido de dominar conciencias para así acumular y explotar mejor (Marx). A partir de todas estas aportaciones de los “maestros de la sospecha” hemos ido a parar, un siglo más tarde, a una situación en la que se cuentan por miles, quizá cientos de miles de discípulos de la sospecha que se reparten por el mundo como intelectualidad. Casta que se ve a sí misma poderosa ya sólo por haber aprendido a ser irreverentes con la Cultura recibida, con la Civilización decaída que presenta como “inteligente” a todo aquel que sabe burlarse de la misma. En la actitud de la sospecha, durante la fase ascendente y volteriana, se remueven en efecto obstáculos para el despliegue de las posibilidades culturales de Occidente, lo cual puede ser saludable, pero en una fase decadente, de sospecha hipertrofiada, se llega a perder el sentido existencial de defensa de un modo de vida. El anarquismo y un cierto “marxismo cultural” se vuelven opiniones de buena nota, propias de gente con buen gusto. Ser descreído, nihilista, parece elegante, indispensable para poder ser aceptado en “sociedad”. De esta manera, podemos apreciar que el valor de una ideologización es relativo, según la fase del proceso histórico de Occidente en el que se desenvuelva. Allá por 1848, cuando había un embrión de marxismo, éste embrión aparecía como la más adecuada herencia ilustrada, contrapeso ideológico en una fase ascendente del poder burgués, que se volvía omnímodo por medio de la industria. Pero a la altura de 2015, en una fase del capitalismo completamente distinta, en la que Europa y otros países occidentales conocen deslocalizaciones, emigración de la productividad a las “periferias” (que ya reclaman ser “centros”, si bien centros regionales) y la llegada masiva de inmigrantes al “centro”, la actitud volteriana, nihilista, anti-sistema, etc., puede llegar a tomar dimensiones masoquistas. El hara-kiri de la Civilización puede ser síntoma de una derrota filosófica antes, mucho antes incluso, que la derrota geopolítica, económica y militar. Europa ya no tiene nada que ofrecer –al menos, de momento- en todos estos terrenos. Es un “protectorado” de los EEUU, una potencia ésta, a su vez, que comprueba día a día cómo pierde su hegemonía mundial, y a la que incluso el “patio de su casa”, las Américas del Centro y del Sur, se le va de las manos. La Norteamérica multirracial sigue su propio camino de des-europeización, camina directamente a una redimensión de su poderío trasatlántico, y es cada vez menos “WASP”, menos “blanca”, “anglosajona”, “protestante”. Las regiones planetarias ya no verán en este Imperio un sucesor histórico de la antigua hegemonía británica y, en general, europea sobre el mundo. Al resto de los pueblos americanos les queda abrir su propia senda. Las tendencias son contradictorias, todavía difusas: el hispanismo, el indigenismo, populismos nacionales, etc. Lo decisivo es constatar que las identidades –viejas o inventadas- aparecen cuando los imperios se retiran. Ya ha sucedido en otras ocasiones de la Historia. Hubo un renacimiento céltico en el Occidente de Europa cuando cayó Roma en 476. La Vieja Europa, de momento, está inerme, inane, inconsciente. Es un protectorado del “amigo americano” , amigo poco fiable que puede un día retirarse, o meterle en líos todavía más gordos. Líos que conciernen al Pentágono, a Israel, a las Corporaciones Transnacionales, pero no son “líos” de los pueblos de Europa. Los pueblos a los que se les ha privado de una Filosofía.

Ya sabemos que la Filosofía siempre fue, y es, una ocupación de minorías. Minorías selectas cuando se trata de verdadera filosofía. Pero la ocupación de los verdaderos filósofos, ahora olvidados del gran público, desconocidos para los media y para las masas, va filtrándose en vía descendente, va alcanzando las bases de la pirámide. Quizá una noble tarea sea devolver la autoconsciencia a la dormida y postrada civilización a la que pertenecen.





[1] Véase nuestro trabajo: “Hacia una Comunidad Orgánica de la mano de Ortega y Gasset”. Revista La Razón Histórica, nº 22 (2013), 14-29; http://www.revistalarazonhistorica.com/22-4/

[2] Vide nuestro trabajo: Cultura y civilización. L'Asturies celtoxermánica a la lluz d'Oswald Spengler. N'ast: cartafueyos d'ensayu, Nº. 7, 2011 , págs. 23-39


[3] Nuestros trabajos sobre Spengler van siendo recogidos en este blog:  http://decadenciadeeuropa.blogspot.com.es/
[4] La Edad Media española y la empresa de América. Madrid, Cultura Hispánica, 1983.

[5] Sombart, Werner (1913): Der Bourgeois: zur Geistesgeschichte des modernen Wirtschaftsmenschen. München: Duncker & Humblot, 1920. Traducción al español: El burgués: contribución a la historia espiritual del hombre económico moderno. Madrid, Alianza, 1993. Versión de María Pilar Lorenzo
[6] Ramiro de Maeztu: La Crisis del Humanismo, Colegio de España/Ambos Mundos, Salamanca, 2001.
[7] Artículo que figura en la antología de trabajos de Alain de Benoist y Guillaume Faye, Las ideas de la “Nueva Derecha”. Una respuesta al colonialismo cultura. Nuevo Arte Thor. Barcelona, 1986; pp. 169-183.
[8] Op. Cit. p. 169.
[9] Op. cit. p. 172

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