viernes, 19 de junio de 2015

Nacionalismo identitario

Xaviel Vilareyo, en un texto luminoso, nos invita a reconocer que todos los individuos y colectivos humanos somos, de alguna manera “identitarios”. Lo que cambia, lo que experimenta variación es, precisamente, aquello con respecto de lo cual fijamos una identidad. Si una parte considerable de la izquierda radical asturiana decide tomar como señas de identidad la “Revolución” de 1934, la dinamita de los mineros, el trabajo y los usos propios de las Cuencas Mineras, o quizá las barricadas y el “antifascismo”, esa facción ideológica está –desde el principio- agitando las banderas de la identidad, de una cierta identidad de lo que ellos creen que supone “ser asturiano”. Como mínimo, al margen de hipérboles y deformaciones, estas gentes toman la parte por el Todo. Para ellos, ser “asturiano” es, pura y llanamente, ser un minero revolucionario internacionalista. Cuando menos ese es el prototipo (en el sentido de la Psicología Cognitiva de Rosch) o el tipo ideal (Max Weber) que utilizan. Es la opción identitaria imaginaria, que ellos exhiben, cultivan (en el sentido de que la practican y le rinden culto) e incluso imponen. Cuando rechazan el “nacionalismo” como si se tratara de una ideología al mismo nivel que la suya, lo rechazan por tratarse de una opción identitaria (a menudo tildada de “esencialista” e “interclasista”), mientras que la suya, revolucionaria e internacionalista, supuestamente no lo es.

Pero precisamente la cuestión estriba en que sí lo es. El aparato identitario del izquierdismo asturiano es un esencialismo de la peor especie. Un esencialismo abstracto, que se desprende de la realidad más a mano, de la más cercana al suelo y a la raíz, próxima al sentimiento y al inconsciente: la nación. De ahí que esa izquierda radical, teñida a veces de “soberanismo” (esto es, dotada de unos símbolos identitarios parciales y deformados) no haya contado nunca con un respaldo masivo entre el Pueblo.



Pero un aparato identitario deformado y parcial la izquierda asturiana, que dice anteponer lo “social” y lo “emancipador” sobre lo identitario, no hace otra cosa que proyectar en el sentido psicoanalítico de la palabra: caen en el mismo error mórbido que ellos encuentran en el fantasma construido como rival, en el enemigo a abatir se ven a sí mismos. Los nacionalistas identitarios somos tildados de esencialistas, de defensores de una realidad ajena, abstracta y metafísica con relación a la lucha de clases mundial. Lo cierto es que ocurre justamente a la inversa. Las realidades abstractas y abstrusas son las que manejan los detractores del planteamiento genuinamente identitario. La nación es “carnal”, concreta (con-crescere, crecemos juntos los individuos y la nación). De esa carnalidad está más cerca del asturiano normal La Santina y don Pelayo que Belarmino Tomás, Largo Caballero o Lenin. El proletariado internacional, la lucha de clases, la sociedad sin clases... lamentablemente son construcciones abstractas, que la propia historia ha derrotado. El nacionalista identitario defiende su concreción, sin perjuicio de comprometerse en construcciones identitarias más amplias, que exigen más voluntad y entendimiento globales: España, Europa. Por eso, el nacionalista identitario asturiano puede ser independentista, españolista, federalista, regionalista, foralista y mil cosas más en lo que hace a la cuestión de Las Españas o de la unidad de Europa. Por el contrario, el identitario del comunismo internacional, del anti-capitalismo, del antifascismo (esos “anti” negativos ya expresan su pensamiento meramente abstracto) no se puede reconocer nunca como hombre o mujer encarnados en un suelo, en una patria de carne y de sangre, en una tradición muy anterior a 1934, en una tradición que puede, incluso remontarse a la Edad del Hierro, como es el caso de la tradición de Asturias.

Cedamos la voz a Xaviel Vilareyo:
El nacionalismo identitario
“El nacionalismo como idea más que como ideología se fundamenta en la reivindicación de la nación. El concepto de nación como entidad dotada de una identidad propia, parecida o diferente a otras es lo de menos, es una realidad incustionable por todos. No existe nación sin identidad nacional o al menos es difícil entender una nación sin unos elementos culturales o históricos con los que la identificamos como tal. También por este motivo podemos hablar no sólo de una identidad individual sino tamién de unas identidades colectivas que en el caso de las naciones se convierten en identidades nacionales. Ha ocurrido en la última década con la palabra nacionalismo, a la cual se ha conseguido pegarle todo tipo de sospechas: agresividad, exacerbación, desprecio al otro, victimismo, exclusión, xenofobia… Da igual que un historiador de las ideas tan extraordinario como Isaiah Berlin escribiera magníficos textos demostrando hasta qué punto era imposible comprender el mundo actual sin la fuerza del nacionalismo. Ni sirve que se demuestre el nacionalismo de los supuestamente no nacionalistas, como hizo quince años atrás Michael Billig en Banal nationalism.

Ahora, en este país ya no se reconocen como nacionalistas ni los propios defensores de esta gran nación aun en construcción, Asturias, y que en su día lo fueron con orgullo. Por no hablar de esa rara teorización de un cierto independentismo-soberanismo que también hace ascos del nacionalismo.
Y es que en los últimos años, ganada la batalla conceptual contra el nacionalismo, ahora los cañones apuntan a la idea de identidad y lo identitario. Desde una óptica equivocada de los planteamientos llamados por algunos como "de izquierdas" se rechazan con virulencia las cuestiones identitarias, sugiriendo que estas se podían separar de las políticas sociales y progresistas en general, lo que es a todas luces una falacia. . Ni que decir tiene que esta alergia hacia lo identitario tiene un radio de acción muy localizado: se trata de una prevención a todo lo identitario asturiano que pueda marcar un ámbito de reconocimiento que lo distinga de lo identitario español.


Mientras, la identidad española, en la medida en que tiene el apoyo del Estado, no tiene que vencer ninguna resistencia y aparece como algo natural, contrariamente a la obsesión identitaria asturiana que se ve siempre como algo peligroso y disolvente.

Como suele decirse, viajar cura los localismos. El 21 de junio se celebró el "día del Español" (no del castellano) en los 70 centros del Instituto Cervantes de los 42 países en los que tiene centros abiertos, con más de 300 actividades. La calle de las ciudades en las que están sus delegaciones se convirtieron en “plazas del Español” por un día, con conciertos, talleres infantiles, recitales de poesía y muestras gastronómicas. Posiblemente, no me había enterado porque el despliegue no mereció ningún reproche en ningún foro de debate periodístico por el alto dispendio en actividades de fervor identitario en tiempos de crisis.  Lo que sí desequilibra el déficit público español son las delegaciones extranjeras de Asturias y de otras Comunidades Autónomas.


Identidad es un concepto de fácil manipulación porque a la gran complejidad  le corresponde una fácil simplificación ideológica. Para empezar, la identidad, como proceso de reconocimiento social, no es algo esencial e inamovible que se posea en lo más profundo de un individuo o una colectividad, sino un proceso siempre abierto y cambiante. Y, por esa razón, no se escapan de la lógica identitaria ni los que reniegan de ella. También son debates identitarios los que propone el feminismo, la prohibición del maltrato animal, las escuelas artísticas y filosóficas, las reivindicaciones juveniles, las de los gays y lesbianas, los gustos musicales, por no decir las oposiciones entre culturas sindicales, políticas o empresariales. Todos somos identitarios,ya que nuestras ansias por existir se traducen en luchas sociales por el reconocimiento.
La defensa de unos servicios públicos de calidad también tiene que ver con la identidad política de quien los prioriza, y por tanto, no es menos identitaria que cualquier otra voluntad de reconocimiento público. Si el problema es que unas identidades (la lengua asturiana, el territorio histórico asturiano) molestan más que otras (la defensa de la naturaleza asturiana, del estado del bienestar) , que se diga claro y se señalen. Pero, por respeto a la verdad, que no se pretenda distinguir entre debates identitarios y todos los demás. Todos tienen que ver directamente con la identidad, con alguna u otra identidad.”



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