domingo, 31 de mayo de 2015

Las Españas

Fuerzas muy poderosas se están desatando en estos momentos. Se trata de una liberación de energía hasta ahora atrapada en el interior del hombre-átomo, y la explosión nuclear va a afectar a todo el contorno de Occidente, que ya es –desde hace tiempo- el Mundo mismo. La tensión venía acumulándose desde la caída misma del Muro de Berlín, desde el ocaso del llamado (y muy mal llamado) “socialismo real”. La tensión de potencias emergentes y de una regionalización del “Poder”. Desde 1945 se ha querido ver el mundo como una esfera dividida en “cosmovisiones”, en “ideologías”. Los mapas escolares representaban en azul el orbe capitalista y en rojo el comunista. La dualidad, pretendida más que real, ha dado paso a un panorama multipolar en el que ya las ideologías –y por ende, toda representación idealista de las cosas- carecen de utilidad para comprender qué (nos) está pasando.


La tesis, mejor dicho, el cacareo del “fin de las ideologías” contenía, como todo ensayo ideológico, una semilla de verdad. Pero la verdad era que el fin del comunismo no suponía –linealmente- el triunfo “a la americana” de un neoliberalismo respaldado por misiles, portaviones y escudos tecnológicos made in USA. El fin del comunismo (en rigor, el fin del capitalismo de Estado) supuso abrir la espita de otros demonios, además del sistema de explotación ilimitado de las compañías transnacionales. Este sistema, desarrollado en una fase de capitalismo financiero dictatorial, pues no en vano se habla de la “dictadura de los mercados”, coincide con el advenimiento de “anti-ideologías”, de ideas-fuerza que el burgués semiculto y neoilustrado es incapaz de comprender. ¿Qué es para éste el auge macabro del integrismo islámico? Un “regreso a la Edad Media”. Pero en este tipo de respuestas expeditivas no se hace cuestión de las causas que verdaderamente llevaron a ese supuesto “regreso”. Ni la Edad Media fue siempre, y en todo lugar, “integrista” ni tampoco hay un camino trazado de forma permanente sobre la tierra sobre el que desandar los pasos. Los pueblos avanzan por caminos que, a sus espaldas, van difuminándose. El reparto por territorios, la ocupación de nichos de desarrollo económico, la pujanza demográfica de unas regiones frente a otras, el poder de ideas-fuerza de sociedades jóvenes y frustradas frente a las viejas y decaídas, toda esta fenomenología se escapa al analista superficial, especialmente a quien se deja cegar por fantasmas economicistas.


El fantasma economicista, que recorre los pasillos de marxistas tanto como los de los liberales, insiste en que el capitalismo tiende a un Mercado Global y se encamina hacia una División Internacional del Trabajo. El internacionalismo, entendido no como utopía sino como telos inexorable hacia el que tiene que dirigirse el sistema capitalista mundial, sin embargo, forma parte de ese mismo fantasma. Nada parecido a una solidaridad internacional creciente de los trabajadores del mundo, ningún nexo vital entre la explotación del obrero europeo privilegiado relativamente en el primer mundo y el trabajador ultraexplotado de las potencias “emergentes”. La clase obrera universal se ha venido abajo, como muchos mitos extra-científicos del marxismo. El grado de explotación y las condiciones vitales (históricas, sociales, culturales) en que ésta se realiza en cada país puede ser objeto de interés técnico y académico, pero es un asunto que no da pie a considerar que en el mundo se esté dando una lucha de clases enteriza, homogénea, universal. Todo lo contrario, bajo acicates nacionalistas, religiosos o bajo la simple aspiración colectiva a “mejorar el nivel de vida”, masas heterogéneas de distintos continentes se entregan al capital explotador. Hoy la humanidad, más que nunca, está dejando de ser unidad y de ser unidad como “clase”. Solamente encontramos cuellos anhelando que se les ponga una argolla, brazos esperando cadenas y cuerpos a la búsqueda de amos.


No somos profetas, pero necesitamos comprender el presente viendo líneas de desarrollo futuro. Lejos de la esperanza (todavía muy eurocéntrica) marxiana de un Capitalismo Mundial al que sucederá un Comunismo Mundial, encontramos en el Escenario mundial una serie de actores en retirada así como otros personajes, nuevos y estrambóticos, que salen desde detrás de las cortinas. La retirada que los USA tratan de hacer de los distintos avisperos (Afganistán e Irak, principalmente), la inhibición y parálisis de la Unión Europea en el ámbito internacional, la existencia puramente burocrática de organizaciones antaño temidas, como la OTAN, etc. invitan a pensar en una efectiva “Decadencia de Occidente”. Está por ver qué representará de “Occidente” la emergencia desarrollista de potencias inesperadas hasta hace poco (Brasil, por ejemplo) desde América. Habrá que seguir la pista, en Oriente, del desarrollismo autocrático (“comunista”) de una República Popular China que, al asimilar gran parte de la lógica capitalista, se dota a sí misma de un patrón occidentalizador veloz, vertiginoso. Y de la Federación Rusa, otra autocracia, ciclópea por su tamaño, sus dimensiones demográficas, territoriales, energéticas… ¿Qué va a ser de la impotente Unión Europea, corroída por los misteriosos “mercados” ante el factum geoestratégico de que hay un integrismo islámico al sur, y unos gigantes autocráticos al este?


¿Qué va a ser de Europa? Sencilla respuesta: un ahondamiento de lo que ya es hoy, una exacerbación de su irrelevancia. Una fútil superestructura, falsa e injusta. Debemos mirar hacia atrás, hacia todo lo que ha sido un tufo mareante de ideología “desarrollista”, compartida a diestra y siniestra (nunca mejor dicho) por los partidos políticos mayoritarios, centrales sindicales y patronales, por no hablar de la intelectualidad más lisonjeada. El desarrollismo en España consistió en realizar un sinfín de adaptaciones económicas que permitieran homologar este Estado a la Unión Europea, partiendo de la base (en sí misma nunca discutida) de que era preciso contarse entre los primeros. La homologación con Francia y Alemania fue la obsesión ya de los gobiernos felipistas. Las reconversiones más brutales se llevaron a cabo en los 80 y 90 del siglo pasado. Quien estas líneas escribe recuerda a la perfección la manera en que, por ejemplo en Asturies, los gobiernos del PSOE en Madrid, con el consentimiento y colaboración de los gobiernos autonómicos, también socialistas, se llevaron a cabo esas reconversiones. La combinación del palo (flotillas relámpago de antidisturbios venidos cotidianamente desde Castilla) y de la zanahoria (prejubilaciones de lujo, cooptación y soborno de líderes obreros, fondos millonarios para uso y derroche sindical). Con palos y zanahorias Asturies y otros territorios altamente industrializados del Estado perdieron casi de un plumazo su infraestructura industrial que, si obsoleta, hubiera podido recibir una nueva reorientación o un nuevo impulso tecnológico. Nada de eso, hubo que desertizar las regiones industriales, especializar las economías “nacionales”. En realidad, el proceso de concentración y centralización del capital exige de criterios geoestratégicos. La Unión Europea como superestructura “inauténtica” exigía a sus dos cabezas líderes, Francia y Alemania, la creación de un “centro” (ellos mismos y otros pequeños estados ricos) y una periferia. La periferia interna de la U.E. no era otra que la Europa Mediterránea.


Hace años que llevo explicando, en diversos artículos, que en el Estado de España “vamos al tercer mundo de cabeza”, o que este es un Estado dominado por una serie de “Cloacas Mediterráneas” en su tipo de economía. Por supuesto, la clase política y empresarial han querido ciegamente aprovechar la cresta de la ola, acumular capital sobre bases tan fáciles a corto plazo pero tan precarias y disolventes en el largo. Una vez desmantelado el tejido industrial, cual planta que se arranca de raíz, no quedó más suelo donde apoyarse que el de la producción y exportación de alimentos, el turismo (con un alto componente de turismo de sol, playa y prostitutas) y el ladrillo. Fue este último puntal, como es de sobra sabido, el que motivó una de las mayores crisis financieras, si no la mayor, en modo alguno justificable por el contexto internacional, pues ante cualquier galerna que venga de fuera, la clave está la solidez interna de sus estructuras.


El Estado Español hoy, se nos presenta más bien como algo parecido a un Sultanato. El Monarca abdicado -Juan Carlos- y sus cacerías de elefantes, en plena crisis económica y ataque-saqueo organizado a las clases trabajadoras y medias, ha exhibido impúdicamente la verdadera faz del Régimen imperante desde 1978. Desde la muerte de Franco, las pinzas con las que se ha pretendido apuntalar una especie de monarquía liberal o restauración borbónica, se nos muestran excesivamente frágiles. El miedo a un verdadero federalismo, el tratar de contentar a los caciques nacionalistas vasco-catalanes tanto como a los centralistas de Madrid-Castilla ha creado un engendro llamado “Estado de las Autonomías” cuyo verdadero defecto no ha residido en ser precisamente una síntesis de centralismo y federalismo, sino en la falta de simetría entre las comunidades y de corresponsabilidad en los gastos públicos. La crisis que nos corroe y devasta puede provocar nuevas reformas constitucionales y estamos a un paso de aniquilar todo resquicio de autonomismo. Los caciques nacional-periféricos con mando en plaza  son de dos grupos: PNV-Bildu y CiU-Esquerra. Como es habitual en ellos, van a jugar la carta de exigir más dinero al Estado y a abdicar de sus compromisos y deberes para con él, avisando de un fin del “café para todos”. Ellos reclaman para sí su condición de “naciones históricas”, lo cual, para un asturiano como el que les escribe, conocedor de la historia de su País, suena a risa y broma de mal gusto, pues fue Asturies la primera nación dotada de Estado propio frente a los francos y musulmanes, una entidad nacida en el siglo VIII y que, incorporada sin merma de soberanía a los Reinos de León, Castilla y España de forma sucesiva, contó con un autogobierno nunca interrumpido (aunque progresivamente mermado desde los Borbones) hasta bien entrado el siglo XIX.

Quizá la clave estribe en recuperar una idea vieja, la idea de los carlistas, la idea de la Tradición. Reconstruir "Las Españas", en plural, devolver los territorios a su realidad histórica y foral. Cultivar al máximo los rasgos de identidad étnica, lingüística e histórica privativos de cada Reino o nacionalidad conformante de las Españas, pero también máxima lealtad hacia un Estado fuerte, el Estado de las Españas, que vele por el bien común, que reivindique la soberanía y la haga valer ante las agresiones de la Globalización.

1 comentario:

  1. http://resistenciaidentitariasolidarista.blogspot.com.es/p/lo-que-queremos-para-espana.html

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