domingo, 1 de febrero de 2015

Desventuras del post-marxismo

Las ideologías, a diferencia de las naciones y otras identidades, caducan muy pronto. No sobreviven más allá de un siglo y si parecen prolongar su existencia esto no es sino a costa de graves mutaciones que perjudican su esencia, la hacen morir. Llamaremos metábasis este cambio sustancial de las ideologías.
No puede dejar de existir metábasis ideológica cuando se dan transformaciones sociales de gran envergadura. El vínculo funcional entre los productos ideológicos y las condiciones sociales que los generaron se rompe con los cambios socioeconómicos. Es evidente que una sociedad puede dejar hacer uso de productos ideológicos genuinos, acogiéndose a residuos y fantasmas de ideologías ya pasadas: entonces esas ideologías fosilizadas, no evolucionadas, acaban desempeñando pese a todo su función social. Esta situación es la que nos presenta una Totalidad Social: todo, lo genuino y lo falseado, es por igual producto y agente causal. Una ideología es “actual” (las ideologías no son verdaderas ni falsas, sino que siempre se trata de realidades deformadas) o “caduca”. Y en ambas situaciones, una ideología siempre es activa y funcional. Hay ideologías vigentes o caducas, pero todas son efectivas, todas cumplen un papel real y efectivo, todas son deformaciones epistémicamente hablando.


Después de años estudiando el marxismo, me he dado cuenta de que su componente ideológico (más allá de su utillaje y sus categorías, aún válidas, en el análisis filosófico o económico-político) se encuentra hoy –siglo XXI- en una situación idéntica a la del liberalismo. Como ideologías decimonónicas ambas, nacidas al calor de un movimiento de emancipación de la burguesía, el marxismo y el liberalismo nacieron como movimientos derivados del espíritu jacobino. Tras Rousseau y la Ilustración, nadie lo puede negar, vinieron las guillotinas y Robespierre.


Fue Oswald Spengler quien señaló que cada movimiento emancipador o revolucionario posee una “denominación de origen”, una carta de naturaleza nacional. “Revolución” no significa lo mismo en Inglaterra, en Alemania o en Francia. La emancipación burguesa en Francia hubo de hacerse en medio de espectáculos sangrientos, declamaciones retóricas, guillotinas afiladas que lo mismo cortaban cabezas que segaban desde el suelo tradiciones inveteradas. Por el contrario, la emancipación de los burgueses de Inglaterra no necesitó salir al “foro” político, al “ágora” tumultuaria y asamblearia. Bastó una alianza con la nobleza y la corona para destruir la comunidad campesina isleña y proletarizarla. Los hijos de Locke y Adam Smith contaron con el Estado para llevar a cabo su revolución. El secreto liberal del “Estado mínimo”, de la subordinación del Estado al dictado de la ya todopoderosa Economía, consistió sencillamente en el uso de todo el aparato violento y represivo de ese Estado (alianza de burgueses, nobles y realeza) contra el Pueblo. La “Acumulación Primitiva” de Marx, o la “Gran Transformación” de Polanyi son conceptos que explican todo esto muy bien.


Ser liberal hoy, por tanto, no significa nada. Es la ideología del “Estado mínimo” que surgió en el siglo XVIII para proletarizar a las masas campesinas, para dotarse de una clase fabril apta para ser explotada y para liberar las fuerzas productivas que un capitalismo en la nueva fase necesitaba. Hoy en día el capitalismo mundial se encuentra en una fase completamente distinta, y quienes se reclaman del liberalismo no hacen otra cosa que ponerse del lado de esa subordinación del Estado a la Economía, y poco más. Pero el asunto sustancioso es que nunca se trata de un Estado desaparecido. Es un Estado bien presente y feroz cuando se encuentra frente a los enemigos de todo proceso de apropiación y acumulación de plusvalía. Hoy en día, los productos ideológicos del liberalismo (igualdad formal, libertad de mercado, universalismo, homogeneidad…) se han vuelto más y más claros en su intención y funcionalidad: esos principios devinieron recursos del Capital para que nada estorbe a la explotación de la fuerza de trabajo humana. Y si un día, la burguesía incipiente se sirvió del Estado nacional para que el Capital y el Mercado se divinizaran como entes todopoderosos, ahora, más allá del Estado nacional, el Capital subvierte este instrumento a su servicio, socava el principio de Soberanía y en base a los mismos principios que el siglo ilustrado proclamó, anula los derechos colectivos del hombre. El liberalismo fue impuesto por decreto sirviéndose del Estado, con “leyes de pobres”, evacuaciones masivas de campesinos, intervenciones armadas, expropiaciones. El liberalismo no se hubiera impuesto sin el Estado y sus órganos (ejército, parlamento, jueces, etc.). Ahora, en el siglo XXI, el neo-liberalismo invoca viejos y gastados principios para socavar la soberanía del mismo Estado que tanto ayudó a la burguesía, y que había llegado a ser una “oficina de empleados al servicio del capital”. Este es el momento (escribo en el año 2015) en que el Capital recurre a una nueva instrumentalización del Estado, desnacionalizándolo, enajenándolo aún más de su vínculo con el pueblo y convirtiéndolo en una agencia de gestión de los intereses de grandes corporaciones transnacionales y de lobbies poderosos. El Estado, así humillado, debe poner en práctica principios letales, que minan su propio poder efectivo. Por ejemplo, al someterse a criterios “internacionales” el Estado debe permitir unas fronteras permeables. Se le impide ejercer su soberanía, que de manera clásica implicaba el control fronterizo en la circulación de personas y bienes. Por encima de la soberanía nacional parece que sobrevuelan, de manera celeste, unos principios ideológicos que surgieron ora de Locke, ora de Rousseau. Principios del liberalismo británico o del democratismo francés, pero principios convertidos en religión, en dogma, en fósil. Fósil  pues en su aplicación no se tiene en cuenta la transformación social. Lo que toda persona racional debe plantearse no es por qué un fósil ideológico o un dogma sobreviven. Más bien la clave es la sobrevivencia misma fuera del tiempo, sin vigencia, el por qué hay poderes que dotan de funcionalidad o rol causal al dogma anacrónico o ucrónico. Se dice que el Cid venció en una batalla incluso después de muerto, al menos eso cuenta la leyenda. Ahora, las sociedades europeas viven bajo el signo de una leyenda, de un fantasma. El fantasma ideológico que aúlla diciéndonos que no se deben poner trabas al proceso universalista, globalizador. El liberalismo fosilizado, incluso dentro de un marxismo también caduco, no deja de ser un cáncer destructor de nuestra Civilización. En el fondo, aquí se trata de atacar el cáncer en su raíz: el liberalismo mismo, si es que deseamos proteger los valores de nuestra Civilización.


Del mismo modo en que se utilizan los principios liberales fuera de época, de lugar y de vínculo con el presente, con el objeto de liquidar los obstáculos a la acumulación del Capital, lo propio está sucediendo con los principios del marxismo. Estos devinieron muy pronto en religión oficial, con dogmas, papas y anti-papas, sectas, escisiones, liturgia, etc. No me interesa ahora desacreditar una tradición ideológica, ni mucho menos, como es la tradición que dice provenir del marxismo. La obra de Karl Marx que perdurará es la de un filósofo y la de un economista de gran talla. Una obra fundamental aunque plagada de errores. Es en el ámbito ideológico donde esta tradición ha jugado un papel doble, y la desacreditación que “ella sola” se ha ganado a pulso, contiene el reverso que pasa desapercibido. El reverso de un marxismo derrotado, desacreditado como fundamento doctrinal de un sistema autoritario de capitalismo de estado (URSS, China, Cuba, etc.) es el de un marxismo ideológico-cultural que ha triunfado en Europa y en “Occidente”.
En realidad, en la época bipolar de la Guerra Fría, los dos capitalismos, el occidental y el oriental (“socialismo real”) compartían principios básicos. Productivismo, fe en el progreso, igualitarismo, una “Humanidad” abstracta y universal, la idea de que la gran industria maquinista y el avance indefinido de las nuevas tecnologías son los factores que permitirán la realización de la utopía. El comunismo será, justamente igual que en liberalismo, una sociedad de abundancia material de bienes y de poco trabajo. Trabajar poco y poder consumir mucho era la utopía a lograr, y en esto Marx deja traslucir su raigambre liberal. Poseía el filósofo un alma liberal en lo más hondo, y compartía con toda una generación esa fe en un Cuerno de la Abundancia.
Para llegar al Cuerno de la Abundancia, al Comunismo era preciso realizar todo tipo de sacrificios. La fase del socialismo era la fase de transición, es decir, la Historia escamoteada, la sangrienta y cruel arena de lo Empírico, toda ella cubierta de víctimas. El Comunismo como utopía vacía de contenido (salvando las referencias al Cuerno de la Abundancia y otros sueños propios del liberal Marx) fue la coartada para el “socialismo”, en rigor, un Capitalismo de Estado que afectó a la titularidad jurídica de las empresas – estatalismo y colectivismo- pero que no pudo (¿cómo iba a poder?) cancelar la explotación y la desigualdad en cuanto a la distribución de privilegios, ni la base misma de la producción (promoción del industrialismo y opresión del campesinado).

El fin de ciclo de esta tradición liberal-marxista. Tras el desplome de la URSS y de sus satélites la izquierda europea perdió los papeles incluso cuando los PCs y organizaciones obreras marxistas perdieron el referente. Y lo hicieron incluso aquellos grupos que ya habían abominado del bolchevismo, que habían dado pasos hacia la socialdemocracia o el eurocomunismo. Pues es un hecho que la existencia de un espantajo sirve también para legitimarse, para hacerlo blanco de todos los dardos, para resaltar las bondades propias. Tras derrumbarse el Muro en Berlín las izquierdas de la tradición marxista no pudieron seguir diciendo que lo “malo” y lo liberticida era lo soviético. Se acentuó un incomprensible “anti-fascismo” visceral. En efecto el fascismo y el nazismo fueron derrotados en 1945, pero la obsesión por su resurgimiento entre los extremistas del marxismo-lenisimo en sus diversas variantes nunca había desaparecido en nuestro continente. Pero esa obsesión se recrudeció y se generalizó. Cualquier régimen autoritario no autodenominado “socialista” era “fascismo”. La desaparición del Bloque del Este, incluso cuando esta desaparición dio paso a regímenes autoritarios de todo signo a lo largo y ancho del planeta, despertó en la izquierda una furia anti-fascista absolutamente unilateral. Asistimos hoy, por ejemplo, al espectáculo terrible de ver a unos biznietos de Rousseau y nietos de Marx mostrar la más absoluta complacencia ante el “fascismo” del islamismo, un islamismo que se extiende impunemente captando adeptos y practicando el “entrismo” en las Instituciones, en la sociedad civil, en la enseñanza, en la composición étnica de las naciones, regiones y ciudades. Un marxismo que calla ante este horror, pero que se obsesiona con otros –ismos que ve como enemigos a aplastar, aun cuando su peligrosidad no es, ni con mucho, equiparable a la de la islamización. La localización del “malo” se ejerce inquisitorialmente por parte de una extrema izquierda que ha visto que es imposible reproducir modelos autoritarios de Capitalismo de Estado en Europa (“socialismo”, “democracias populares”) pues las raíces en que el Capital se ha asentado en el mundo desarrollado son difíciles de extirpar. También se ha visto que el colectivismo centralista y la planificación estatal son inviables. Con la motivación desplazada, tal como lo entiende la Psicología, y con grandes dosis de resentimiento, la caza de brujas se ha orientado hacia el llamado “pensamiento políticamente incorrecto”. Así pues, la veta totalitaria que había surgido del trotskismo, del maoísmo y del leninismo, se reorienta hacia todo disidente señalado como enemigo a abatir y que no pueda defenderse. Los terroristas islámicos atacan antes de defenderse, se les tiene miedo y, como hacen los impotentes y los  desvirilizados, en el fondo se les admira. Son los nuevos “Che” y los nuevos Ho-Chi-Min. El extremista de izquierda ama a estos asesinos fanatizados y brutalmente “confesionales”, y sueña en el fondo con ser como ellos.  


Algunos, denominan a esos dogmas del pensamiento “políticamente correcto” con la etiqueta de “Marxismo Cultural”. En realidad se trata de un retroceso del marxismo revolucionario hacia sus ancestros ideológicos, pero revestido de intolerancia “monoteísta” como diría Alain de Benoist. La Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, entendidas de forma unilateral y despótica, resumen mucho mejor el programa universalista de esta izquierda que los gruesos y hegelianos tomos de Marx o los sesudos estudios neomarxianos sobre la caída de la tasa de ganancia. Se defiende un “democratismo” entendido de la manera más absurda y fanática que recae en el nivel de consigna de anarquismo de pistoleros. Con la proclamación religiosa, fanática, de una Humanidad Universal idéntica, monocorde, homogénea en cuanto a etnicidad, patria, religión, costumbres y capacidades, este marxismo retrogradado pone en peligro la misma vida civilizada.


Pues antes que una interpretación torcida y formal de la Democracia están los valores de la Civilización, de cada Civilización, como la nuestra, la europea. No se puede confundir un sistema de soberanía política, la Democracia –“el poder del Pueblo”- con los valores fundamentales de una nación y de una civilización. Hay valores que, sencillamente, no se pueden votar. Una asamblea coyuntural, por imperio de la mayoría numérica, no puede tomar decisiones que afecten a los pilares de la cultura. El anarquismo y el poso de origen liberal que hay en las raíces de esta izquierda degradada han fomentado que se entienda la Política como la suma de decisiones individuales, y la sociedad entendida como una masa agregada de votos. Mientras que se muestran feroces con los transgresores de los dogmas del pensamiento único –políticamente correcto- los extremistas democratistas y postmarxistas son, por el contrario, sumamente complacientes con las violaciones de derechos colectivos que, no lo olvidemos, son fundamentales para la vida civilizada. Algunos de los derechos fundamentales de una Civilización como la europea son:


a)      El Derecho a que una nación sea soberana sobre su territorio, sus fronteras y las entradas y salidas de seres humanos a través de éstas.
b)      El Derecho de toda Comunidad preservar su identidad cultural y a no dejarse colonizar culturalmente.
c)       El Derecho a regular bajo sus propios criterios la Hospitalidad hacia los foráneos.
d)      El Derecho a la autosuficiencia económica y a no dejarse colonizar por poderes extranjeros.
e)      El Derecho a expulsar a aquellos grupos étnicos o religiosos que son un peligro para la convivencia y para la supervivencia de la Civilización o la Nación que los ha acogido.


El gran talón de Aquiles de la izquierda europea, al menos desde el punto de vista intelectual, es su abandono del análisis racional de por qué desaparece la productividad en el Continente. Añadamos: el abandono de los propios métodos marxistas que explican por qué la izquierda de origen marxista ha perdido el contacto con la realidad. No sabe ya por qué cae la natalidad de los locales, por qué se disuelven las solidaridades entre los trabajadores nativos, por qué las empresas se deslocalizan y por qué los salarios descienden espantosamente ante las oleadas emigratorias. No saben ver por qué el Estado del Bienestar va siendo desmantelado, en la medida en que se ha convertido en un gigantesco cuerpo asistencial de personas que no han contribuido a la Comunidad, que llegan –en parte- con el único objetivo de beneficiarse de él.

La situación es pues muy curiosa. Si los postmarxistas fueran “más marxistas” de verdad, podrían ver todo esto con sus instrumentos de análisis a punto. Podrían detectar que las naciones de Europa han perdido el rumbo víctimas de una religión que se está volviendo tan fanática como la del Islam. La religión de los derechos acoge a la del Islam a pesar de todos los pesares, porque la “afinidad electiva” actúa secretamente. Es la afinidad monoteísta e inquisitorial.  El “Decálogo” son –hoy – los Derechos Humanos, unos Derechos que no se cumplen en ninguna parte pero que en realidad son el bloqueo efectivo de derechos mucho más realistas como los “derechos colectivos” enunciados más arriba, así como un obstáculo para el cumplimiento de derechos de la persona mucho más concretos. 

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