sábado, 1 de noviembre de 2014

El nacionalismo bien entendido.

La democracia sólo es posible en comunidades que posean un carácter orgánico. Las comunidades orgánicas son aquellas que presentan un cierto carácter homogéneo lo cual no es, necesariamente una uniformidad étnica. Más bien la homogeneidad ha de entenderse como sistema de valores compartidos, y solidez en los lazos de solidaridad y lealtad entre coterráneos y coetáneos (Adam Müller). Una comunidad así es un producto "histórico", conformado durante generaciones, con lazos estrechísimos precisamente entre esas generaciones. Nada de esto encontramos en las ideologías modernas, a derecha (liberalismo, reaccionarios) o izquierda (socialismo, anarquismo, comunismo). Todas las ideologías modernas surgen a partir de un esquema burgués y mercantilista: el individuo y el mercado. El individuo se toma en la Modernidad como una entidad absoluta, esto es, "suelta", desligada de toda comunidad sincrónica (coetáneos) y desligada de toda tradición diacrónica (coterráneos). Ni los antepasados ni la tierra cuentan. Es un individuo sin "padre" (pater, patria). No es de extrañar que esta ideología individualista fuera la adecuada para la liberación de las fuerzas productivas en la fase ascendente del capitalismo. El burgués no reconoce patria, ni en el sentido de la patria de sus mayores ni en el sentido de la patria de la tierra. En su fase ascendente (desde el siglo XIV hasta 1789) el burgués es revolucionario en este sentido: rompe con las ligazones, no reconoce jerarquías, asideros, lealtades. Solamente su bolsillo cuenta, un bolsillo donde se realiza la acumulación de dinero, donde el dinero se metamorfosea en capital. Los pactos de compra-venta sirven de modelo, de patrón obligado para reconstituir la Política y la Cultura: es la edad dorada de las teorías del Contrato Social. Si solamente hay individuos ansiosos por ganar dinero, si en vez de reconocerse la existencia de una Comunidad (sangre y suelo, coterráneos y coetáneos) sólo hay agentes en un Mercado, razonó el burgués, este individuo absoluto y este Mercado omnipotente precisan necesariamente de una reconstitución de los productos y logros históricos: necesitan una nueva sociedad hecha a imagen y semejanza del hombre nuevo. Se destruye la Comunidad originaria y se fabrica a machamartillo una sociedad capitalista. El liberalismo nace en esta fase ascendente como el "ala izquierda" que anhela destruir las viejas lealtades y jerarquías del antiguo régimen, que pugna por eliminar obstáculos a la marcha imparable de la acumulación capitalista en Europa. A su vez, la "reacción" pasará a venir formada por aquellos sectores que en el "ala derecha" lucharán por limitar el alcance de la destrucción de las viejas estructuras jerárquicas y desiguales. Pero el reaccionario no existe sino por el engendro ante el cual reacciona. Los reaccionarios que se horrorizaron ante las guillotinas y el terrorismo de izquierda no atacarán la raíz del modo de producción, la esencia y razón de ser del burgués mismo: se limitarán, tal y como se limitan hoy, a reconducir al burgués al que consideran su legítimo redil junto a estamentos privilegiados (nobleza y clero) que, a su vez se aburguesan para no renunciar al saqueo del pueblo. Esto es lo que caracteriza hoy a buena parte de la ideología de derecha: rechazando la Revolución desde sus mismos fundamentos, se acomodan oportunistamente junto a los que nacieron revolucionarios, los burgueses, para conformar un bloque hegemónico capaz de explotar al pueblo. Así, el reaccionario devino liberal y el liberal dejó de ser revolucionario. Pero quedaron el individualismo y el Mercado sacrosantos.

Bajo la misma mentalidad individualista y mercantilista surge el "ala izquierda" de la modernidad. Así ha de entenderse su defensa de un "nuevo hombre" y de una sociedad fabricada ex novo, así debemos comprender su necesidad de reformar la naturaleza humana y de orientar al hombre, entendido de manera igualitaria y abstracta, hacia un telos paradisíaco, hacia un Progreso. También el burgués de izquierda es un "buen salvaje" roussoniano. Quiere ir desnudo en todo cuanto se refiere a solidaridades y lealtades contraídas históricamente, con sus grupos étnicos y sus comunidades orgánicas. Abajo con ellas. Se lleva puesto nada más que el traje ajustado a los negocios en el mercado, aun cuando este Mercado sea, algún día, superado y suprimido (socialismo) y convertido en una "administración de las cosas". Difícilmente, el izquierdista, hijo de la modernidad, aceptará que toda vida civilizada es un "gobierno sobre los hombres". La Política con mayúscula, el Estado como realidad orgánica, como expresión la voluntad de poder de un Pueblo, sólo serán vistos como "males menores", justamente igual que en la más vieja tradición cristiana. Pues en el judeocristianismo el Poder Sacerdotal recela por principio del Poder de hombres libres y armados, recela –en suma- de la Democracia Orgánica, que en sus inicios fue el Poder de la asamblea de hombres capaces de defenderse. La izquierda, esto es la burguesía igualitaria posterior a 1789, que postula un hombre "nuevo" y un paraíso terrestre, recupera con fuerza la idea teocrática: por encima de los pueblos y de los estados hay una "Humanidad", una Iglesia mística que conduce al rebaño hacia un Paraíso, paraíso terrestre de bovinos humanoides igualados en cuanto a su capacidad de consumir en abundancia.


La restauración de una Democracia orgánica y participativa supone volver a buscar raíces: reencontrarse con la patria (la patria de la tierra y la patria de los padres). El hombre deslocalizado, igual que nuestra productividad deslocalizada, camino derecho a la neurosis, acelera la entropía de la sociedad, se encamina hacia la esclavitud. La historia nunca se detiene, en contra de los que desean su Fin (Marx, Fukuyama) y ante esa marcha, la comunidad orgánica debe suponer la realización de un destino histórico en un contexto en modo alguno irenista. Cada pueblo se define, se defiende y se afirma ante otros pueblos. La forma de poder público que damos en llamar Democracia consiste en desarrollarse personalmente cada uno como ser que se sabe parte de un Todo, de un Todo que llama suyo. El nacionalismo bien entendido es, con justa motivo, el demonio para los liberales, para los reaccionarios y los izquierdistas. Es la recuperación misma de la Idea de Democracia.

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