lunes, 27 de octubre de 2014

Imperium

En la historia de Europa nunca se ha dado un olvido completo de la Idea de Imperium. En rigor, esta es la idea de un Estado soberano que aglutina la diversidad de etnias, de naciones. En rigor el Imperio es la Soberanía. Y, como sostiene Carl Schmitt, la Soberanía es el Poder sobre las últimas cuestiones, la instancia decisoria definitiva, terminante, cuando las otras instancias han sido agotadas. Este concepto de Soberanía prevalece sobre la accidental forma, extensión o composición de los estados. El concepto de Imperium y de Soberanía recubre enteramente el concepto contingente, azaroso desde el punto de vista histórico, de los estados, especialmente de los estados-nación. 


Es cierto que el paradigma de Imperium durante el transcurso de los siglos medievales fue el romano. Esta conciencia nostálgica dio pie a lo que Ortega señala como el carácter dúplice, de "hombre escalonado" del occidente medieval. El germano ya mezclado con el romano y prerromano ponía su mirada en una lejana Antigüedad en la que cifraba su anhelo de olvidar la barbarie y superar la ausencia de derecho, la sublimidad de una moral transmutada en Estado, el imperio de una Ley y de un modo de vida superior. Pero el resto del tiempo, el tiempo en que no se podía pensar en edades de oro, era el tiempo feudal y bárbaro, un tiempo que él llevaba consigo y que él no hacía sino consumar, hacer efectivo. Así nace la prodigiosa idea medieval de un Imperio igualmente escalonado, con al menos dos superficies jerárquicamente dispuestas, una en plano superior, realización mística y desiderativa de aquel Imperium perdido. La otra, en una superficie más pedestre de la realidad, era la correspondiente a las baronías y principados, reinos y ciudades autónomas, donde la vida local y étnica se llevaba a cabo "acorde con los tiempos", tiempos en los que verdaderamente la germanidad se iba dotando de una propia idea de Estado, se iba invistiendo de unas formas legales y de soberanía subsidiaria propias de su pasado más ancestral. El pasado era el propio de una Democracia guerrera, en la que la asamblea (Thing) de hombres armados era la instancia decisiva pero no absolutista. Esta Asamblea se desenvolverá en términos de unidades políticas de variada composición étnica, más homogéneas al principio, en la era de las grandes migraciones, y más heterogénea ya tras el asalto a la romanidad. En cualquier caso las unidades populares-militares devinieron unidades políticas tras la caída del Imperio y en ellas el cariz jerárquico y personal de la lealtad deviene en algo así como la "ley del medievo". Es el juramento personal o de un individuo, de un pueblo o de una unidad política el que establece la jerarquía de poderes. Las personas intrínsecamente libres no son "ciudadanos" al estilo latino o, después jacobino, sino soberanos en su esfera al tiempo que vasallos leales ante instancias más elevadas, si las hubiera. La instancia más elevada en la cadena de lealtades vendría a ser así, precisamente, la idea aglutinante del Imperio en el medievo. "Romano" en cuanto que se recupera el viejo sueño, el escalón superior de la Antigüedad, de la pax romana sujeta a una suprema Ley. "Germánico" en cuanto que el componente principal de aquella Idea recuperada a la vez que superada (aufhebung) era el ethnos de los nuevos europeos, los migrantes e invasores que se adueñaron del occidente romano y quienes impusieron el nuevo sentido "democrático" de la sociedad y la política. Es poder del Pueblo no en el sentido de una igualdad nivelada por una "carta de derechos", sino del Pueblo previamente jerarquizado en cadenas de lealtades entre hombres libres. La existencia fáctica de esclavos y de siervos en condiciones próximas a la esclavitud no debe empañar este esquema. De acuerdo con Oswald Spengler, se trataría de auténticas pseudomorfosis, fósiles vivientes que, por cierto, el Islam reactivaría en el sur y en el este de nuestro continente.


Con algunos de los teóricos más atinados sobre la Democracia Europea, entre los que cuento a Ortega y Gasset y a Alan de Benoist, sostengo que la democracia es condición indispensable de nuestra idea de Imperium. Idea Europea, lejana de los moldes de Roma o de los jacobinismos posteriores a 1789. Se trata de una organización de las propias nacionalidades, de las propias comunidades orgánicas con un máximo de participación popular aunado a un respeto máximo a la suprema instancia decisoria, imperial, una "Soberanía de Segundo Grado" que tome las grandes decisiones de defensa del espacio civilizatorio común (Europa), y las grandes líneas de prevención de conflictos internos así como de planificación económica. Democratizar no es "andar votando todo el santo día", como ocurre hoy en día, esto es, días en que hasta los niños votan en el colegio la fecha del examen y en donde la voz del maestro no pinta nada. Democratizar no es eso: es hacer efectiva una forma de Soberanía Política que no excluye jerarquía ni aristocracia (en el sentido literal del término), antes bien son éstas dos, jerarquía y aristocracia, condiciones necesarias para dotar de contenido a este proceso de devolver al Pueblo su poder.

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