viernes, 31 de octubre de 2014

Año 2038: Europa deja de existir


Creo que estamos tocando fondo. El camino que han tomado los estados de Europa, y de manera especial este triste Reino de España, mucho más, es el camino de la esclavitud y el de la destrucción. Faltos de orgullo, sin rumbo ni élites dirigentes, todos, absolutamente todos nos hundimos en un sueño profundo y en una miseria moral. Aumenta el hambre y la corrupción en España, y el envejecimiento de la población es imparable. No nacen niños, el Noroeste de Iberia se despuebla. Pronto, los territorios de Galicia, León, Zamora, Asturies, Asturies de Santillana, etc. quedarán reducidos a geriátricos y sólo servirán como solares disponibles para la instalación de extranjeros venidos desde el sur y en masa. El mediterráneo, el sur andaluz y las grandes capitales (Madrid, Barcelona, Valencia) se islamizan rápidamente. La industria se ha deslocalizado. No hay trabajo cualificado para nadie. Una población nativa y desmoralizada, que ya pasa hambre y otras privaciones, debe competir por ayudas sociales con miles de extranjeros cuya afluencia no es impedida por nadie. La casa está abierta de par en par, todo se lo están llevando. Los bribones de la casta política no paran de desvalijarla. Emulando por un momento el futurismo de Guillaume Faye diremos que para 2038 –fecha arbitraria, pero que no me parece ni muy inmediata ni demasiado lejana- llegará el fin de esta civilización, empezando por España. Las tendencias suicidas actuales se agravarán, y un califato europeo así como bandas armadas de extracomunitarios "señores de la guerra" comenzarán a reírse de las Instituciones europeas y nacionales y a imponer feudalmente su ley. La civilización europea dejará de existir ¿Por medio de qué ley de vida podrá suceder esto?


Las culturas experimentan un ciclo vital, tal como los organismos. Este es el hallazgo que Oswald Spengler ha mostrado al mundo. Cada cultura es la expresión de un alma colectiva, enraizada en un suelo, vinculada a un paisaje. Cada cultura es un caudal de experiencias, acumuladas y fluyentes desde la prehistoria más remota. Todas esas experiencias se arremolinan y se organizan en torno a unas visiones primigenias. Después, la cultura experimenta un ciclo biológico: nacimiento (amanecer), plenitud (mediodía), decadencia (crepúsculo). Spengler denomina Civilización a la fase decrépita de una Cultura, al último estadio en que las formas que un día fueron plenas (la cultura "en forma" en el sentido deportivo del término) se vuelven decrépitas, rígidas, y recubren de manera fosilizada un alma cansada. El cansancio puede venir compensado y disfrazado por un sinfín de adornos bizarros, de falsas novedades, bizantinismos e "influencias". Los griegos y romanos, como nosotros los europeos ahora, se "orientalizaron" en esta fase decrépita. Abrirse a influencias extrañas, abominar de las propias, entregarse sin defensas a los atavíos y modas exógenas pueden ser síntomas de la decadencia. Toda una rica y poderosa cultura se amortaja como Civilización e inicia procesos de sumisión y entrega. En su seno, masas oscuras y amorfas pugnan por romper los rígidos corsés de tiempos ya pretéritos. Las pseudomorfosis, es decir, las formaciones caducas que envuelven los contenidos de un alma vieja y agotada, signo de tiempos ya pasados y de hábitos que ya no se viven como propios, encubren al principio a todo un "proletariado" subterráneo. Encubren masas desarraigadas, mayormente urbanas, que son las primeras en acogerse a los influjos foráneos. La presencia cada vez mayor de cultos orientales en Grecia y Roma suponía ya la tumba de la cultura clásica. La polis pasó a ser municipio de reinos helenísticos o bajo férula romana, y el sol resplandeciente de Europa, esto es, el pueblo griego, llegó a ser el pueblo de los "greciecillos" (graeculi). A saber, esclavos. Unos siglos más tarde, el temor y asombro del mundo, Roma, llegó a representar poco más que una aglomeración de descendientes de esclavos mezclados con bárbaros, todos ellos dispuestos a vender barata su libertad.


Ahora Europa, la vieja Europa que llegó dominar el mundo en sus cinco continentes, ha abierto sus puertas al bárbaro. El bárbaro está representado hoy en día por el americanismo y la islamización. Un pueblo y una civilización claudican cuando ya vemos en sus filas una disposición natural a cambiarse la indumentaria y el nombre. Esto se deja ver en España, una de las culturas más maltrechas de Europa: ¿cuántos jóvenes no han sido ya registrados y bautizados con nombres como "Jeniffer", "Kevin", "Sheyla", etc.? No es, entiéndase bien, una mera influencia "anglosajona". Se trata de una americanización, que no es otra cosa que la primera fase del proyecto occidental de implantar una globalización. España ya no se distingue, ni por sus indumentarias ni por sus nombres bárbaros, de los países sudamericanos (la "América Latina"): los adolescentes visten al modo de jugadores de béisbol o baloncesto americano, bailan y escuchan rap y copian las modas negroides, suburbiales y carcelarias que proceden de las películas norteamericanas. Apellidos de recia estirpe española, que brotan en su mayoría de los tiempos medievales de la Reconquista, se yuxtaponen a nombres de pila de horrísona o confusa procedencia. Ya se está preparando el terreno para una gran sustitución étnica, cultural: las masas indígenas (españolas, europeas), han de ser adoctrinadas en un cosmopolitismo, en un abandono de toda raíz, con el fin de entregarse a los nuevos amos. Las clases más ínfimas de un proletariado urbano son las primeras en acogerse a las formas foráneas, pues se les hace más ligero dejar a un lado las raíces que debieran ser sentidas como propias. Otro tanto se diga con el auge de los conversos al Islam en la España sureña y mediterránea, fundamentalmente. El débil huele pronto, pues es "sensible", el aroma varonil del que triunfa por medio del valor y las armas. Es ley de vida. El fanático con bombas y armas en sus manos es, en un siglo de cobardía y hedonismo, un macho atractivo. Nos cueste reconocerlo o no, en España y en Europa hay millones de personas "sensibles" dispuestas a ser esclavos, seguidores y amantes de los fanáticos religiosos del Islam. Dentro de su pacifismo y de su afán por el "diálogo de las civilizaciones" en las masas de conversos e islamófilos hay un secreto amor por quien huele a guerrero, aunque ese guerrero sea un fanático religioso carente de luces y racionalidad. 

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