sábado, 25 de octubre de 2014

Aion

Carl G. Jung,[Aion, Betrige zur Symbolik des Selbes, publicado en alemán, 1976 por Walter-Verlag AG Olten, Suiza,], Aion. Contribución a los simbolismos del sí-mismo, 2007, 301 páginas, Paidós, Barcelona.

Carlos Javier Blanco Martín.

En este libro, el célebre psicólogo suizo, Carl Gustav Jung, que ya no precisa de presentación, desarrolla a lo largo de quince capítulos su concepto del sí-mismo con abundante material “empírico” tal y como Jung entiende este, esto es, en un sentido muy amplio. Por material empírico no se refiere únicamente al habitual corpus de datos extraídos de la práctica clínica (análisis de sueños, informes) sino el repaso a una ingente cantidad de textos, en su mayor parte antiguos y desconocidos incluso para el público universitario y culto. Hecha esta precisión, revisaremos la estructura de la obra.

Los cuatro primeros capítulos pueden verse como introducción al complejo concepto de sí-mismo. Cada uno de sus títulos indica un concepto central en la estructura de la personalidad según Jung, que ahora enumeramos (I. El Yo, II, La sombra, III. La scigia: ánima y animus; IV. El sí-mismo).

Una vez realizada esta presentación, el autor dedica el grueso del libro –capítulos del VI al XV- a trazar una extensa genealogía espiritual del concepto de sí-mismo a lo largo del decurso de la civilización, especialmente de la civilización europea en sus dos grandes etapas, que además de etapas son hebras destinadas a cruzarse, la pagana tardo-antigua, y la judeocristiana. En este grueso del libro es donde cabe enumerar las fuentes culturales que de nuestra civilización bebe Jung para fundamentar su concepto del sí-mismo. Es muy sabido que el psicólogo suizo era un gran conocedor no ya solo de la historia de la filosofía –lo que sería de esperar de todo psicólogo y psiquiatra- sino igualmente de la teología, la mitología y la religión comparada. Sin embargo, en esta obra, Aion, el conocimiento de estas disciplinas se subordina al análisis de otras tradiciones espirituales de occidente que han resultado marginadas y sepultadas en el olvido especialmente desde el siglo XVIII: astrología, alquimia, gnosticismo. Queramos reconocerlo o no, y creo que esta es una tesis que recorre todo el libro, el racionalismo y el materialismo modernos son productos derivados de aquellos saberes que expresaban inconscientemente la idea del sí-mismo, su búsqueda, su reconstitución. Vayamos por partes.

El capítulo V, “Cristo, símbolo del sí-mismo”, es uno de los más claros conceptualmente dentro de una obra tan densa y compleja. Presenta un gran interés incluso para el teólogo, más allá de la psicología. Jamás debería olvidarse que en el seno de la psicología jungiana hay un enfoque dialéctico, según el cual toda figura psíquica genera su contrario. La poderosa figura de Cristo como símbolo del sí-mismo, esto es, de totalidad, no podía por menos de “exigir” –al menos inconscientemente- un opuesto que, si bien se signifique como “hermano”, de similar naturaleza, descargue energéticamente o compense la presencia tal fuerte de la primera figura. Es de mención obligada, pues, la idea gnóstica del demonio como hermano de Cristo, y muchas otras construcciones que la Iglesia fue anatematizando. Con acierto se ve que los gnósticos y demás herejías de la cristiandad, desde sus primeros siglos de vida hasta la Reforma, fueron construcciones de teólogos que, sin poder disponer de las categorías psicológicas modernas (por ejemplo la distinción entre el Yo consciente y el Inconsciente) expresaban simbólicamente –con todo- una tensión de opuestos que se daba en el fondo común inconsciente de la humanidad.

Desde el capítulo VI hasta el XV, capítulo éste de conclusiones, Jung repasa un ingente material compuesto de citas y fragmentos de Astrología, Alquimia, Teología y Religión comparada. El lector poco avezado a estas cuestiones corre el peligro de perderse, si bien se capta la gran preparación filológica, filosófica y teológica, en un psicólogo como Jung, dotado de una formación inicialmente médica. Una formación que ya en sus tiempos estaba más bien volcada unilateralmente, como hoy lo está en mayor medida si cabe, a las ciencias naturales, a la biología, pero que Jung –como individualidad difícilmente repetible en la historia- superó ampliamente. Lo cierto es que la psicología y la psiquiatría, incluso apoyadas por los conocimientos humanísticos, en los siglos XIX y XX, tan dominadas por el racionalismo, positivismo y el materialismo, malamente  podían atender a unas “ciencias ocultas” o “saberes herméticos”, desechados en el rincón del olvido, primero por la Iglesia, y después por la Ciencia. Como es sabido, Jung coleccionó y tradujo tratados antiguos, medievales y modernos, especialmente de Alquimia, y por ello ofrece un material “empírico” de primera mano en muchas ocasiones. Lejos de presentarlos como “curiosidades” históricas o aberraciones para-científicas, aquí se nos muestran como pruebas y testimonios del Inconsciente de sus autores, necesitado de buscar y conformar un símbolo de la Totalidad. Sin conocimientos de psicología, gnósticos y alquimistas fueron psicólogos ingenuos y a la par profundos al buscar y encontrar esos símbolos del sí-mismo.


El capitulo XII (“Generalidades sobre la psicología de la simbólica alquímico-cristiana”) hace un alto antes del final en tal masa de citas y pruebas documentales, para retomar sintéticamente lo que ya se ha visto. Sólo en nuestros días, con el trabajo pionero de Sigmund Freud, pudo la humanidad escindir conceptualmente la parte consciente de la inconsciente en su alma. La idea es que el Yo solamente ocupa una reducida parte central en el seno de un círculo grande y muy desconocido, el inconsciente personal, y a su vez en el centro y un círculo potencialmente infinito, el inconsciente colectivo. De este recibimos, pasivamente las más de las veces, un influjo simbólico que deberíamos saber interpretar y cuyo manejo sería deseable, no para dejarse llevar por él, como de una corriente, ni para sufrir “inundaciones” que dejen al Yo destartalado y roto (patología psíquica), sino para poder vivir sanamente y alertas ante influjos arquetípicos que vienen de muy atrás. En este sentido, la Tradición espiritual de Europa, lejos de ser rechazada e ignorada, debería ser conocida y manejada. En vez de tildar a Jung como un aficionado al ocultismo y las ciencias esotéricas, como a veces se ha hecho, debería vérsele como un sincero integrador de nuestras tradiciones en una cultura escindida como la nuestra. A partir de cierto momento, del auge de las “luces” en el siglo XVIII trata de cortarse con una tradición que, arrancando del gnosticismo pagano y paleocristiano, continua viva con la alquimia, tomando en cuenta el papel intermediario de los árabes en esta tradición. La mutua compenetración de lo físico y lo psíquico solo ha podido verse con claridad de nuevo en la ciencia del siglo XX. Jung creía que los avances en física atómica, por un lado, y en psicología del inconsciente y del arquetipo, por el otro, daban fe de esa imbricación perdida por tres centurias de racionalismo y materialismo de corte unilateral:

“Tarde o temprano la física atómica y la psicología del inconsciente llegarán a aproximarse de modo significativo, pues ambas, independientemente y desde lados opuestos, asedian el ámbito trascendental, la primera con la idea del átomo, la segunda con la del arquetipo.

La analogía de orden físico no es mera digresión, en la medida en que el propio esquema simbólico representa el descenso en la materia y requiere la identidad de lo externo con lo interno. La psique no puede ser nada “enteramente otro” que la materia, pues, si no, ¿cómo podría moverse la sustancia material? Y esta sustancia no puede ser ajena a la psique, pues si no, ¿cómo podría aquella generar a esta? Psique y materia son uno y el mismo mundo, y la una participa de la otra, pues si no su acción recíproca sería imposible. Por lo tanto, si la investigación pudiera avanzar lo suficiente, tendríamos que llegar a una coincidencia última de los conceptos físicos con los psicológicos” (p. 274).”

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