sábado, 14 de diciembre de 2013

La Religión de los Esclavos


La Religión de los Esclavos

 

 

 

La única verdad acerca de la vida: el dolor. Este es el mensaje amargo que nos envía Schopenhauer. Caminamos sobre carbones al rojo vivo, y los breves tramos en que los pies encuentran frío suelo constituyen la espoleta para toda clase de ilusiones. Una pequeña alegría, un breve suspiro ya justifican vanas esperanzas y promesas hueras sobre un futuro de felicidad. El hombre, como fenómeno, es un cuerpo dotado de racionalidad que vive en el dolor, que se lanza absurdamente al mundo como superficie carnal destinada a experimentar el dolor. El hecho de contar con entendimiento y razón no hace más que incrementar el grado de sufrimiento, las cotas de sensibilidad. El hombre es el animal sufriente por naturaleza. Los palos que se descargan sobre la bestia de tiro y arrastre, la fusta que azuza al jumento, la soga que encadena al mulo a una noria…todo ello lo vive la criatura irracional con innata ataraxia. Solo su entendimiento irracional protege sus superficies corporales de los efectos de la agresión. Hay en la bestia una respuesta sensible en sus terminaciones nerviosas, hay incluso respuesta psíquica de un oscuro resentimiento, mas no existe conciencia de la humillación recibida, no hay amplificación mental del daño epidérmico sufrido. El dolor del irracional es pura exterioridad. Pero en el hombre, el dolor le rebaja en dignidad, le recuerda en cada pinchazo el cariz fenoménico de su existir, la vacuidad que él, como cuerpo individualizado, lleva consigo. El dolor, físico o moral, le hace caer del Paraíso de las falsas representaciones. Porque si el hombre se siente algo más que una superficie corporal expuesta al dolor, si se cree algo más que un animal que cumple con los designios de su especie, si se cree que no es un mero ejemplar de una Idea objetivada en cuerpos individuales, si vive –en suma- preso de tantas ilusiones, ello no es por otra cosa que por obediencia al ciego impulso de una Voluntad ciega, omnipotente, ajena al espacio y al tiempo. La Voluntad, según Schopenhauer, se objetiva según grados diferentes y llega a plasmarse en el fenómeno: dentro del ámbito fenoménico, nuestro cuerpo anhela, desea, y como Sísifo, su roca vuelve a rodar hacia abajo tras los ímprobos esfuerzos en contra de la gravedad. La voluntad del individuo es, en su esencia, idéntica a la Voluntad del mundo entero. El individuo, aguijoneado por el principio de razón, se abre paso entre representaciones, como fenómeno entre fenómenos. Y de entre ellos, bajo motivos (esto es, representaciones que actúan como causas que determinan el comportamiento) lucha por saciar su sed volitiva. Sed y deseo del individuo que pugna con la sed y los deseos de otros individuos. En realidad toda dialéctica es lucha de la Voluntad contra sí misma. El mundo es escenario de una guerra en sí misma absurda. Las partes enfrentadas forman parte de un mismo y absoluto ser. Un ciego dios, pues no es persona que no sabe sino que primaria y esencialmente quiere, ha inventado el saber, se ha dotado de órganos de conocimiento dentro de los cuerpos sufrientes.

 

Toda criatura racional obra por motivos, y no ya solo por reactividad ante estimulaciones ni por efecto de causas puramente materiales. El hombre es un cuerpo dotado de sentidos y de razón y arrastra su vida entre otros cuerpos, racionales o no. Es un individuo y ve el mundo bajo el prisma de su propia individuación. Este principio de la individuación es el que le ha arrojado al mundo del espacio y tiempo, el que ha apretujado la materia en torno a un centro. Pero el centro, como todo punto posible en el espacio, es un punto que forma parte de la Voluntad. La Voluntad sólo quiere vivir, pero la vida es una lucha contra otros centros que dimanan de la Voluntad. Es la lucha de la Voluntad contra sí misma.

 

Schopenhauer es, claramente, un difamador de la Vida. Las iras de Nietzsche se justifican plenamente. La Vida es el absurdo que deriva de la Voluntad, es la Voluntad misma que sólo desea y sólo quiere. Cada deseo satisfecho impulsa al individuo a nuevos dolores, y cada deseo que queda sin satisfacer es una nueva punzada en el ser sufriente. La proximidad entre el placer y el dolor ha sido señalada repetidas veces por los psicólogos y los filósofos. El orgasmo es “la pequeña muerte” y el abandono del propio que experimenta el animal racional en su culmen hedónico no es más que su vinculación con la nada, la promesa de un reingreso en ella. Toda explicación psiquiátrica del sadomasoquismo debería contar con el trasfondo metafísico de la propia vida: la Vida es una tensión hacia deseos inalcanzables, parcialmente satisfechos o frustrados. Todo ello implica dolor y por ello, quien desea infligir dolor o quien voluntariamente anhela y busca el sufrimiento es un animal que, a fin de cuentas, se aferra a la Vida. Al degradarla, la macerar la carne y excitar los sentidos con castigos y mortificaciones, el sujeto se recuerda a sí mismo que él está vivo, que él es vida, que es voluntad, que posee carne y que su espíritu –enfermo, tullido, arrugado- se esconde bajo un cuerpo que aún late y se arrastra por el mundo.

 


En este orden, se contradice Schopenhauer al proponer al santo asceta como vencedor sobre la vida, como aquel que por conocimiento se vuelve contra la Voluntad y la anula, matando toda fuerza vital, angostando todo deseo de vivir. El asceta que el filósofo propone como modelo ético, ha de ser visto bajo la crítica de Nietzsche de muy otro modo: el asesino de la vida, su enemigo, el masoquista que dirige su instinto de vida, su libido irrefrenable y salvaje contra sí mismo, el actor del gran espectáculo del mundo que de manera impúdica muestra sus “vergüenzas”. El asceta se avergüenza de seguir vivo y de formar parte, pese a sus taras y fealdades, de la carne y del siglo. Y al excitar las agresiones contra sí mismo, al ingeniarse mil clases de látigos, grilletes y maldades contra sí mismo se cree libre exacerbando su esclavitud voluntaria siempre vivida como espectáculo. El masoquista tanto como el asceta precisan de espectadores, y ellos forman parte del Gran Teatro del Mundo. Al patio de butacas de los otros individuos, sale a escena este rijoso personaje, ya se esconda bajo los ropajes de fakir y santón, de ermitaño o cavernícola. “Mirad cuánto sufro, en esto soy superior a vosotros”… Superior en libido, superior en odio al prójimo. Su Dios o su mitología fanática sólo constituyen instrumentos de tortura contra su cuerpo, como los cilicios, los ayunos, las celdas y las flagelaciones. Quien anhela humillarse tanto y rodar entre el barro del propio mundo y la carne es quien secretamente se sabe superior. Afirma su fuerte voluntad, como el atleta cuya belleza le permite un encumbramiento y sabe de su potencia. El santón, el asceta, es un atleta de las mutilaciones y privaciones. Como todo masoquista, anda muy cercano al exhibicionista. En toda Hagiografía hay histrionismo y espectáculo. Se trata de voluntades muy fuertes, pero enfermas, mal dirigidas, ajenas a su destino natural, el poderío, o mejor dicho, dirigidas bajo el anhelo de un poderío retorcido. Mostrarse superior a los demás por medio del propio rebajamiento.

 

Las religiones del masoquismo y del desprecio por la vida entraron en Occidente hace dos o tres milenios, cuanto mucho. Históricamente se observa que son productos orientales todos ellos. Cuanto se deja ver hoy en día, como reliquias inextirpables, a lo largo y ancho del orbe Mediterráneo, como idolatría pseudocatólica, es un producto que procede de elementos semíticos del Próximo Oriente y, más allá, del Indostán. Las procesiones de flagelantes en Semana Santa, las automutilaciones sanguinolentas junto con el culto barroco a imágenes sufrientes de santos y vírgenes, exhiben a las claras un aire asiático y fue la Cuenca del Mar Mediterráneo, la puerta de entrada de tales aberraciones en plena pseudomorfosis del Mundo Antiguo. La mística guerrera de los antiguos pueblos indoeuropeos, basada en el máximo control del cuerpo-mente, de la individualidad dotada de ingente voluntad de señorío fue apaciguada por el grosero materialismo idolátrico de las imágenes y del desprecio por la vida, del masoquismo y de la esclavitud voluntaria. La mentalidad de los chandalas, el olor a sudor y mugre de los barrios proletarios y de los ergástulos de las viejas y mestizas ciudades de la Antigüedad tardía llegó como una oleada sobre la joven y fresca Europa de Occidente y del Norte. Los misioneros de la polis decaída extendieron sus garras sobre el paganus, aún sano. El trabajo de la tierra y el uso honroso de la espada, fundamento de la salud social y la vida noble, fueron sustituidas por el poder de la Ciudad: el poder del dinero, la mentalidad esclava. El triunfo del cristianismo fue el triunfo de la mente levantina sobre la celtogermánica y su domesticación. Habrá que esperar a la batalla de Covadonga, en el siglo VIII, en el Reino de Asturias, y a Carlomagno, poco después, para encontrarse con una nueva Cristiandad, la Cristiandad Fáustica, que rompe por completo con las pseudomorfosis asiáticas de la Antigüedad tardía.

 

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