domingo, 10 de noviembre de 2013

Imperialismo yanki, Europa e Izquierdismo


 

Convendría hacer reflexión sobre qué es esa entidad, Unión Europea, que va a dirigir nuestras vidas en asuntos esenciales y que ha acaparado funciones antaño consideradas como soberanas por los estados.

Para empezar la U.E. es una unión de estados, y en cambio casi para nada es una unión de los pueblos. Estados y pueblos: dos categorías conceptuales que son disjuntas. No coinciden. Los estados de Europa se han formado a partir de fechas muy precisas, y nada remotas. Acudir a una fecha anterior a la paz de Westfalia (1648) sería hacer una demostración de apología de los estados-nación actualmente existentes. Los estados-nación se hicieron a sí mismos siendo, antes que otra cosa, nada más que estados, máquinas de poder, concentración de poder. Las naciones que los integraban no eran sino pueblos que resultaron anexionados y conquistados a partir de un “centro” de absorción. Castilla fue el vórtice para todas sus periferias desde el siglo XV. Inglaterra lo fue para los pueblos celtas que la rodeaban. La Francia homogénea que hoy conocemos también es un producto del absolutismo monárquico, de la “estatolatría”.

La Europa de los pueblos, la Europa de las naciones sin estado, es hoy un asunto olvidado de forma lamentable por nuestros euroburócratas. La estúpida campaña europeísta del PPSOE no es otra cosa que un vertedero de insultos y una escenificación de reproches recíprocos entre los dos partidos de la Restauración Borbónica, teatro que siempre esta girando en torno a problemas “de España”, casi nunca sobre temática estrictamente europea, casi nunca sobre las políticas económicas, demográficas, agrarias, ecológicas, etc., que sin embargo son unos capítulos sobre los que la U.E. goza de amplias competencias, y que sí inciden de manera muy grave sobre los pueblos, sobre las regiones, sobre las naciones sin estado. Europa carece hoy de una verdadera política federada ante sus enemigos y circunstancias exteriores. Todo un mundo convulso llama a su puertas, pidiendo a gritos ayuda humanitaria, inmigración libre, intervención bélica. Y Europa carece de una cabeza unificada para tomar una decisión con personalidad propia. Es un juguete del americanismo y del sionismo. No posee un ejército propio, verdaderamente, y su economicismo ramplón impide una educación exigente y disciplinada de sus ciudadanos en pro de una verdadera Unión Federal Europea. Cada país, cada Estado, es abandonado a los imperativos de una Alemania que, dentro de su economicismo capitalista, también ha renunciado a “germanizar” sus periferias: simplemente las explota.

Nuestra lamentable casta política hispana ha convertido las elecciones europeas en unas primarias de las elecciones “nacionales”. Y lo mismo han hecho con las municipales y las autonómicas: una especie de test o encuesta previa, y es así en especial en aquellas autonomías donde no existen grupos nacionalistas decisivos. El test PPSOE, es el test de las dos gotas de agua en asuntos verdaderamente cruciales: política económica, directrices europeas, modelo de vida a desear y planificar… Entre dos gotas de agua, hay poco que escoger. Además, y cuando les interesa a los políticos “oficiales”, el Estado de España casi no existe, según nos dicen ellos, es una especie de ONG “que vela por la solidaridad” entre autonomías, y demás paparruchas.

El populismo de los crecientes grupos UPyD e IU no les va a la zaga. Agitando viejos pendones, ya ajados y polvorientos, como la Unidad de España, en el primer caso, o un izquierdismo sin Marx, difuso y oportunista, en el caso de IU, no altera en absoluto el panorama. Ni un nacionalismo español al estilo jacobino, como el de UPyD, ni un postcomunismo sin Marx (y por tanto, sin análisis actualizado del modo de producción capitalista en términos de explotación, plusvalía y alienación) tienen ningún futuro a la larga. Siempre contarán con una contestación dura. Son ideologías viejas o tácticas gastadas que incitan a la sospecha, potencian la partitocracia y benefician a algún sector de la oligarquía. Son incapaces de trascender el actual marco: “España” y “Europa” las piensan en términos de categorías vieja, vacías. Además, ignoran la geopolítica presente: un Islam en guerra civil, una africanización de Europa, una reorganización de las potencias extracomunitarias (China, Rusia, India, Brasil...) que hace peligroso nuestro maridaje con los E.E.U.U.. etc.

Mientras tanto, la U.E. mantiene a un buen ejército de euroburócratas y exparlamentarios que en sus respectivos estados sobraban, estorbaban y había que mandarlos a un exilio dorado. Mayor Oreja, Almunia y López Aguilar eran trastos inservibles en su casa, y entonces el paquete se envía lejos, a las instituciones europeas que legislan y ordenan desde lejos, demasiado lejos.

Siempre estuvo Madrid demasiado lejos de la gente real, por ejemplo la gente de “provincias” o la gente del campo ¡Imagínense Bruselas! Este es el planteamiento de mucha gente de a pie, viendo siempre los peligros de la federación, no viendo nunca las ventajas.

Bruselas hace y deshace en nuestras vidas desde una distancia todavía mayor. Los que dicen que la U.E. es un antídoto contra el estatalismo saben que mienten. La U.E. es una entidad monstruosa, una entidad de signo claramente capitalista y a los servicios de la gran acumulación de plusvalía. La U.E. no es “menos estado”, ni en un sentido liberal ni en un sentido anarquista: sencillamente es el club de los estados-nación actualmente existentes y el instrumento de unos pocos de ellos con cuya primacía van a poder ejercer una suerte de neo-colonialismo sobre los demás. Rumanas y polacas recogen cosecha en Francia por 6 euros cada diez días de duro trabajo. El Ejido, el que un día fue uno de los mayores campamentos de esclavos de la U.E., es hoy un modelo generalizable en toda la Unión. La misma Unión maravillosa que en su día permitió los genocidios en las guerras de la antigua Yugoslavia. La misma “unión de destino en lo universal” que hace poco amparó y ocultó los vuelos secretos de la CIA. Y encima, el día de las elecciones europeas iremos cantando “el himno de la alegría”, porque somos más europeístas que nadie. Está muy mal visto ser euroescéptico, casi suena a “disidente”. Quiten, quiten…

En estos tiempos los acontecimientos suelen sobresaltar de golpe la conciencia del televidente burgués y occidental. El 11-S, como antes la caída de la U.R.S.S, los conflicto de Irak, Siria, Libia, o cualquier otro hecho de relevancia mundial salta a escena de los media, y a todos nos pilla desprevenidos. Esta situación no revela más que nuestra ignorancia acerca de las corrientes menos superficiales que agitan el mar de la historia y la política del globo. La ignorancia en tales cuestiones es construida y buscada. Forma parte del actual sistema imperial de dominación, y sólo una campaña sistemática de manipulaciones hace posible nuestros sobresaltos de sillón y telediario, pues lo más habitual es que vivamos “inopinadamente”.

Esta representación de la historia como cruce de corrientes y fuerzas, latentes a veces, expresadas y estruendosas otras, es una de las más cómodas metáforas que ilustra el fascinante papel de la epistemología –el conocimiento de la totalidad social- en la marcha real de los acontecimientos. Los diversos niveles de profundidad con que se vuelven “visibles” los hechos, no es en sí un dato bruto o una suerte de a priori. Por el contrario, los propios niveles de conocimiento/ignorancia de lo que (nos) está pasando forman parte del proceso histórico, y obedecen siempre a intenciones de actores.

La vulnerabilidad del Imperio es uno de los icebergs que más estrepitosamente chocaron con la conciencia del televidente europeo medio. Se hundirán muchos prejuicios cimentados a partir de miles de películas y otros aparatos de propaganda, y se vendrán al subsuelo de lo cotidiano acompañados de mucha sangre y de muchos cambios en todos los órdenes. Pero el conflicto global, sin lugar a dudas, se ha vuelto mucho más visible, precisamente por su cariz inevitable ante los ojos de los media, por su incuestionable fuerza simbólica así como por tener como escenario el propio corazón imperial.

Las respuestas imperiales son terribles y feroces. Pero ineficaces, con el efecto “colateral” de ganarse antipatías en antiguos aliados, colaboradores, indecisos y público en general. Estos zarpazos, entre histéricos y nacionalistas, no nos deben confundir. Los E.E.U.U. constituyen una cuasinación altamente inflamada de patriotismo en consonancia con su poderío militar. Su eficacia militar, fundamentalmente, es una eficacia industrial. Es potencia en el sentido económico del término y ello se traduce en la potencia militar. Su enorme capacidad productiva depende de lo que se ha dado en llamar “complejo industrial-militar”, y es lógico que un patriotismo que vive de ese complejo deba por necesidad de manifestarse. El histerismo, los himnos, las banderas y los funerales, eso que se llama “sentimientos patrios” son el ritual concomitante a las acciones de guerra que el imperio despliega en el globo. Imperialismo en el sentido militar y cultural (patriótico-ritual) y globalización no son conceptos punto por punto coincidentes, aunque es del todo visible que van asociados de forma causalmente estrecha. Pero son una cuasi-nación: además de su juventud (independencia lograda en el siglo XVIII), hay que mencionar su trayectoria divergente con respecto a la cultura inglesa y, más en general, europea. La alianza actual con Europa es puramente coyuntural, y llegará el día en que la veamos rota. Las interferencias de los sionistas, los rusos y los chinos, el conflicto con las fuerzas más expansionistas del Islam, etc. tendrán que ver con ello. Occidental y Europeo serán términos no coincidentes. No lo son ya, pero la divergencia no hará sino acusarse en las próximas décadas.

En cuestiones de ciencia social e historia, una historia causal es una historia genética. De acuerdo con esto, ‘globalización’ no es sino el nombre de moda que resume las tendencias expansivas, intromisivas y destructoras del capitalismo a escala planetaria. Es, por así decir, un desarrollo extensivo y cuantitativo de una especie de régimen de dominación (ya no sólo de producción) que, si cabe, no muere salvo por intensificación de sus mismas propiedades internas y la deducción de sus consecuencias. Ese capitalismo, desde final del s. XIX es un imperialismo, y como tal ha venido adaptándose a coyunturas bélicas, económico-sociales y políticas de todo el mundo. Los rasgos de aquel imperialismo –que intensifican la esencia misma del capitalismo, ya descritos por Lenin- no nos pueden sorprender hoy, aunque las nuevas tecnologías al servicio de este régimen de dominación cambien la forma de las relaciones sociales y condicionen un desarrollo llevado hasta la hipertrofia de las patologías propias del imperialismo del Capital: esclavismo, bestialización del ser humano, barbarización cultural, hambre, narcotización y prostitución generalizadas, mezcolanza de culturas y etnicidades, desarraigo, etc.

El imperialismo yanqui es el agente militar de avanzadilla y globalización forzada entendida ésta en el sentido estrictamente económico, la globalización que ejerce el Capital mundial. La labor de avanzadilla, de suyo, es de tipo extraeconómico. Se corresponde con el proceso de “acumulación originaria” que Marx describe en El Capital. Enormes territorios y bolsas de pre-capitalismo subsisten en este siglo XXI, y la misión imperial consiste en ponerlos de rodillas ante la fuerza del Capital, allí donde no era posible su penetración por los cauces aparentemente más tranquilos del mercado. El pecado original de estas grandes regiones del globo, su “pobreza”, consiste en una historia colonial aún no conclusa. Su detención en el tiempo tendrá que ser redimida por la planificación de golpes de estado, o la imposición de gobiernos pro-yanquis pagados y diseñados por la CIA, fomento de guerrillas por medio de fajos de dinero. Cuando la resistencia popular toma las armas, o la calle, o ambas cosas a la vez, se ponen en práctica lo más diversos métodos: escuadrones de la muerte, ajuste del aparato local represivo (fuerzas del orden) o la descarada invasión militar del territorio “soberano”.

El imperialismo en su faceta militar y cultural trata de cerrar las heridas, despistes y desastres de una globalización económica que en parte es ciega por obra del ciego dominio que tiene el capital financiero sobre los otros capitales y sobre la totalidad social mundial en general. Las medidas que los nuevos organismos de control y dominación mundial (FMI, BM, OMC, etc.) no pueden lograr una adhesión total de los gobiernos y las clases populares nativas, y como toda decisión a estudiar en la ciencia social, ésta siempre es acción y reacción que debe tomar en cuenta cadenas (a veces imprevisibles) de acción-reacción. Pero las soluciones ofrecidas por la vía político-militar no hacen sino agravar sobremanera los ya de por sí destructivos efectos de la globalización económica. Es más, ésta no llega a imponerse sin el concurso de aquella imposición militar y política, con vistas a superar resistencias de gobiernos y pueblos.

La globalización estrictamente económica nunca se da sino es revestida de acciones y reacciones políticas, militares y culturales. La imposición del “american way of life” no es más que una de las manifestaciones estéticas de este proceso, así como también es fenómeno de superficie (pero cruento y no menos real) la política hegemónica de los Estados Unidos por la vía militar, o por la vía de la Policía Económica, tal y como es ejercida por obra de la diplomacia y de aquellos foros y superestructuras supra-gubernamentales y que velan por los intereses de esta potencia. El modo de vida americano lo vemos hoy perfectamente en nuestra Europa: las raíces de cada pueblo, región o comunidad local, la Europa de las naciones, debe dejar paso a una amorfa realidad multicultural en el sentido vertical, no en el sentido horizontal. El multiculturalismo en Europa y en el Mundo es deseable: el hombre siempre se dice en plural: hay hombres, hay culturas que deben respetarse entre sí, aprender unas de otras, reconocerse, pero desde la cuna y la raíz de cada una. No cabe europeizar África o China: eso es absurdo, imposible y criminal. En cambio se ha pretendido americanizar el Mundo (eso es la Globalización), y esto se ha hecho verticalmente: promoviendo la mezcla cultural entre las clases más bajas y menos arraigadas culturalmente con el fin de enfrentarlas a las élites y capas medias más embebidas de su propia tradición.

A nivel local, todo país y comarca mantiene su “nomenclatura”. Un listado selecto de personalidades clave que ocupan puestos relevantes para la dominación y pertrecho de la sociedad política. No ya sólo al frente de la administración, sino también al mando de sindicatos, agrupaciones políticas, religiosas y ciudadanas, clubes de patronos y asociaciones profesionales de toda índole. La formación elitista de esta nomenclatura se adquiere, en ciertas cumbres, en los EEUU, pero ya no es enteramente imprescindible. El mundo occidental globalizado cuenta con muchas Mecas, y sucursales del Imperio y especialmente la nomenclatura izquierdista usa vías indígenas de formación, que parecen suficientes para sujetar las riendas de sus organizaciones respectivas y, burocratizándolas, plegarlas así a los dictados del Imperio, por más que parezcan–en el ámbito de su “patio interno”- entrar en riñas con la patronal y la derecha nativas. Los grandes sindicatos domesticados abominan de toda consigna emancipadora y se sienten a gusto con su integración en el “sistema”. Son “instituciones”, como puedan serlo la Casa Real, el Ejército, la Iglesia o el Defensor del Pueblo. De esta manera, la sociedad política se aliena de la sociedad, propiamente dicha, pues no está conformada por clases ni estamentos de ella, y se ciñe a ser política, política que en un proceso imperialista cada vez va excluyendo con mayor tenacidad las vías locales de autogobierno y de gestión social.

Un tipo de institución, plenamente integrada en el Estado y colaboradora esencial en el mantenimiento del status quo del capitalismo son los sindicatos. Unida a la labor ideológica y el control mediático, las enormes organizaciones sindicales sirven como freno a la labor espontánea de resistencia y autoorganización popular. Junto a esto, el mantenimiento de ejércitos de trabajadores “liberados”, destinados a labores paralelas a la administración del estado, y control ideológico de sus antiguos compañeros, es fenómeno masivo y causa de todo el desprestigio del movimiento sindical. Sus posibilidades de agitación son, igualmente, meramente burocrático-simbólicas. Alineándose con las fuerzas políticas de la socialdemocracia y el sentir de las clases medias neoliberales, su funcionamiento en la calle en las “grandes ocasiones” se corresponde punto por punto al que se puede llamar “izquierda ritual”. Sus pancartas y consignas son el extremo final de una cadena jerárquica de mando. Desde arriba, las cúpulas de poder sindical, orgánicamente soldadas a todas las restantes (eclesiales, patronales, militares, etc.), accionan los resortes de agitación oficial que no pueden ser más que simbólicos o catárticos, pues en el fondo son agentes colaboracionistas del neoliberalismo. Las enormes oficinas y edificios rebosan de cuadros intermedios que hacen las labores de coordinación, escritura e ideologización. El desconocimiento de las necesidades y demandas concretas del obrero se hace notable, y la impostura de hablar en nombre de todo colectivo y de todo sector se convierten en freno a la agitación autoorganizada de los trabajadores “reales”, que no participan ni pueden participar en esa sociedad política parasitaria. Las grandes centrales sindicales son parte, pues, de la sociedad política en el sentido de vivir de la sociedad civil, y más gravemente, divorciados de la sociedad civil productiva. La subvención millonaria que año tras año reciben del Estado con el fin de mantener a esos cargos parasitarios y colaboradores de la sociedad política, aleja cualquier duda: es ostensible su carácter orgánico a la hora de colaborar con las finalidades centrales del Estado capitalista oligárquico: mantener y restablecer el orden público, garantizar la explotación –según grados negociables- del Capital sobre el Trabajo, adhesión a los principios ideológicos oficiales del mismo. En el momento en que estas organizaciones se radicalizaran (que no es posible salvo por expulsión o escisión de una minoría), sus miembros quedarían privados de la legitimidad que el Estado les concede por la vía de las subvenciones, libranzas de trabajo, acceso a los medios masivos de comunicación, etc. Unos sindicatos que viven a espaldas de las necesidades del pueblo más vapuleado por el sistema, y que existen como asociación cultural y recreativa al servicio del buen funcionamiento y acumulación del Capital, se asemejan más bien a la comparsa del patrono, cuando precisa de mucho ruido y acompañamiento institucional en sus consignas: mantenimiento de su “estado de derecho”, “defensa de los valores constitucionales” y de la convivencia, y todas las demás monsergas. Por lo demás, en el marco simbólico y ritual en el que se mueven todas las democracias formales, es de todo punto imprescindible disfrazar como negociación todas y cada una de las claudicaciones que el Trabajo, por obra de sus falsos representantes, ha venido haciendo al Capital en las últimas décadas.

En materia ideológica los sindicatos y la izquierda en España han hecho cuanto han podido para degradar al propio pueblo trabajador: su ideología inmigracionista defendida con tanto entusiasmo no ha hecho más que provocar bajadas salariales y paro entre los nativos, lo cual viene de maravilla a la patronal, y ha provocado un efecto llamada entre extranjeros de baja cualificación y escasa capacidad de integración cultural. El “progresismo” pedagógico de los sindicatos y fuerzas de la izquierda no ha hecho más que rebajar el nivel y la calidad en los centros públicos, lo cual resulta perfecto para la Enseñanza Privada, a donde con mayor o menor esfuerzo paterno acudirán en masa los niños y jóvenes que quieran estudiar en un ambiente tranquilo, y con unas garantías minimas no ya solo en lo académico, sino también en cuanto a su seguridad personal (el multiculturalismo vertical en las aulas ya ha dinamitado para siempre la educación pública en España).

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada