martes, 19 de noviembre de 2013

El marxismo no es “Izquierda”. El marxismo no es “Progresismo”.


 

El marxismo no es “Izquierda”. El marxismo no es “Progresismo”.

Carlos X. Blanco.

 



Es el momento de abolir y trascender la dicotomía “izquierdas” y “derechas”. Ya sé que esto se ha intentado innumerables veces a lo largo del siglo XX, y algunos de estos intentos han resultado macabros, sospechosos, falsos. Las “terceras posiciones” se condenan de antemano, pero cuando los jueces e inquisidores se sitúan en sus juicios desde uno u otro de los polos, y en concreto, desde las posiciones de izquierdas, siempre se echa mano de un juicio taxativo, anulador, terminante y terminal: negar la bipolaridad antedicha es “fascismo”. Sin embargo, en este ensayo yo pretendo mostrar que la bipolaridad se mueve en un plano muy concreto, cual es el plano de las ideologías. Un plano que de por sí nos remite a la irracionalidad o, cuando menos, a una racionalidad defectuosa, sometida al “interés” partidista o de clase. Dejando a un lado el oportunismo de los derechistas acomplejados, que dicen abominar de la derecha para disimular que lo son, y yendo más allá de la nefasta historia de los fascismos europeos (el nacionalsocialismo, el fascio, la falange), el verdadero acto intelectual del trascender de esa dicotomía entre izquierdas y derechas debería moverse en un plano no ideológico, sino filosófico. La filosofía, en cuanto análisis crítico de la realidad, su puesta en duda, el cuestionamiento de las vigentes formas de dominación y tergiversación social, no puede encuadrarse en una ideología en concreto, ni siquiera simpatizar con ella y hacer un viaje en su compañía, por más dulzura o calor que los discursos ideológicos le ofrezca. Una de las autoridades filosóficas más serias en lengua castellana es la de Ortega y Gasset. Para él, ser de la izquierda o ser de la derecha es, literalmente, una de las formas que tiene el hombre de ser imbécil. Esto fue dicho hace muchos años, antes de conocer el transcurso de graves acontecimientos que sucedieron tras su muerte, incluyendo la caída de la URSS, el neocapitalismo chino, la amenaza islamista radical, etc.

 


La frase de Ortega jamás debería interpretarse como un intento de escamotear la cruda realidad, realidad social que incluye la lucha de partidos –con sus oligarquías propias- por el poder. También es socorrido (y falso) entender la frase de Ortega como la vaga y difuminada intención de inspirar una suerte de Falange que rompa la geometría política por medio una revolución nacional por la bisectriz de esa línea. Las críticas que hoy se hacen a UPyD, un partido populista, jacobino y socialdemócrata (siendo generosos a la hora de buscar “algo” de ideología a su caudillo, Rosa Díez) son tan pueriles como las de aquellos que sentencian y crucifican “en efigie” a Ortega y Gasset como precedente del falangismo y de la “tercera posición”. Ortega proponía, nada menos, que el retorno de una Filosofía verdadera como solución a Europa: algo que nunca podrán entender ideólogos, sindicalistas liberados, ministros infames como Wert, tecnócratas y, en general, las hordas de “conservadores” y de “progresistas”. Todos ellos son partes del Sistema, beneficiados del mismo, antifilosóficos hasta la médula. Su propia razón de ser y de vivir del cuento se justifica con este antifilosofismo, con su exacerbada ideologización de su discurso. La necesidad de refundar Europa, o el mundo entero, sobre nuevas bases racionales que trasciendan imágenes jacobinas o reaccionarias del siglo XVIII es hoy más apremiante que nunca, y las críticas ideológicas a una Filosofía que no sea, ella misma, pasto de la ideologización, no se encuentran a la altura de las circunstancias. Desde el bando “conservador”, libros tan inteligentes como el de Gonzalo Fernández de la Mora, un “franquista”, “El Crepúsculo de las Ideologías”, recayeron, tras un acertado análisis de la decadencia de éstas como motores para la salubridad pública, en un nuevo ideologismo: recalcar el papel de una tecnocracia aséptica, racional y fría, elevar a los altares a un Comte que, en nombre de un avance racional y técnico, garantice el bienestar ciudadano sin maximalismos. Las terceras posiciones, ni de izquierda ni de derecha, rápidamente caen en sumideros conocidos: fascismos, populismos, positivismos comteanos. El propio Marx, el Marx filósofo antes que el Marx “líder obrero” ha sido fagocitado por toda una banda de ideólogos, pseudomarxistas ellos a su vez, que lo reclaman como “izquierdista” (en el degradado y vacuo sentido actual) y nos lo presentan –de un modo u otro- como una especie de santón de los “derechos humanos”, de la “democracia participativa”, del “socialismo democrático” y demás virtudes teologales.


 

Pero Marx no fue nada de esto. El filósofo de Trèveris fue muy crítico con todos estos conceptos de raigambre liberal o ideologías de tipo reformista, aunque éstas se hayan lanzado teñidas de socialismo. El Marx filósofo fue un gigante, en comparación con el Marx cabecilla de obreros. Su obra, en efecto, fue hecha al servicio de la emancipación de la clase obrera de su tiempo (¡pero es que en su tiempo existía una importante clase obrera!) y pergeñada en la arena política de su siglo XIX, el siglo en que las naciones de Europa y Norte América se estaban industrializando, fue una “filosofía verdadera”, porque lo que verdaderamente sucedía en esas regiones del mundo era una lucha de clases.

 

Hoy, tras todo lo que ha llovido, en modo alguno podemos decir que la “lucha de clases” exista, y no queda nada claro qué cosa significa, por ejemplo, en la España de 2013, una “clase social”. Cuando en las calles ciertos partidos “de la izquierda” llaman a movilizarnos y sacan sus pancartas y gorritos los dos grandes y consabidos “sindicatos de clase”, espero que nadie sea tan ingenuo como para seguir pensando que tales movilizaciones son concreciones de lucha clasista, aún planteadas en términos de “obreros” dispuestos a defender su identidad como clase ante “patronos” explotadores. De hecho, son tan pocos los obreros de perfil clásico en este Reino de España, que sus luchas puntuales por evitar despidos o bajadas salariales quedan ahogadas por una enorme nube de “reivindicaciones personalistas” que nada tienen que ver con Marx, y menos aún con la larga tradición de Lenin, Trotski, Mao y demás líderes que se reclaman del marxismo, líderes que, por cierto, regentaron sistemas que muy probablemente hubieran ahogado con sangre las fantasías “pequeño-burguesas”, personalistas y, en el fondo, liberales que nada tienen que ver con el socialismo: el derecho a decidir de los catalanes o de las madres abortistas, la convivencia marital de los gays y lesbianas, la “indignación” quincemayista, etc.

 

Me parece grotesco que todos aquellos a los que un “marxista” de los viejos tiempos hubiera fusilado sin vacilar, se reclamen ahora de la izquierda, ahondando en unas causas propias de lo que se ha dado en llamar –sobre todo en el ámbito anglosajón- los “derechos civiles”. Tal parece que lo que ahora se llama izquierda es, en realidad, toda aquella ideología neoliberal que, sin tocar un ápice del sistema capitalista depredador vigente, se alegre y se entretenga en pequeñas conquistas jurídicas. Así las cosas, todo un tullido en política, como Rodríguez Zapatero, pudo presentarse ante el mundo como campeón de esos “derechos civiles”. Abogado del matrimonio de homosexuales y del diálogo con civilizaciones que dialogan a su vez con lapidaciones y látigos, éste señor, presidente de un gobierno que nos llevó a la ruina, dejó intocado, sin embargo, el papel subalterno del Estado español ante los mercados especulativos internacionales. El mismo partido que se dice “socialista” quiere enarbolar banderas liberales de derechos civiles conquistados, a la vez que oculta las prácticas, igualmente liberales y “feroces” contra la clase trabajadora. Felipe González, su antecesor, y todos sus ministros, fueron auténticos matarifes de la clase obrera, y su matanza y desarticulación, que yo conocí bien en mis años mozos en Asturies, contó con el beneplácito y la colaboración necesaria de la oligarquía sindical y de la siempre cómplice y perrito de faldas, la eterna Izquierda Unida, que en todo momento se mostró prolongación de su “hermano mayor”, “de izquierdas.

 

Los años han acabado dejándome muy claro que una cosa es “la izquierda”, un rótulo políticamente correcto para justificar nuevas agresiones a la clase trabajadora, y otra cosa bien diferente es el marxismo. Incluso, dentro de éste, y como ya denuncié en otro ensayo –“Crítica del Marxismo (multi)cultural”- es posible apreciar una tergiversación y fosilización creciente de la “ciencia marxista”, que comenzó nada más morirse el viejo Marx. Todavía su amigo fiel, Engels, no se descuidaba de los aspectos geoestratégicos y militares que dicha ciencia social revolucionaria había de tomar en consideración. Transversalmente a la lucha de clases que se daba (y hoy ya no se da) en muchos de los países occidentales, se sucede una feroz lucha de imperios y bloques político-económicos y militares. Que no hay un proletariado universal capaz de mostrarse unido ante la dialéctica de grandes bloques, que aparejan conceptos de civilización irreconciliables, es algo que todo marxista “científico” debería constatar, a diferencia de lo que hace el marxista “cultural”. Los obreros de distintas naciones e imperios se mataron entre sí en la I Guerra Mundial: ese es un hecho que nadie podrá negar, y es una realidad que sepultó para siempre la fantástica equiparación entre la Humanidad (así, en singular, en abstracto, con mayúscula) y una Clase Obrera Internacional. Es hora de decirlo ya a voces: esa Clase Obrera Internacional no existe y no hay especiales lazos solidarios entre el obrero bien remunerado de Alemania y el ultraexplotado trabajador de la “maquila” sudamericana, africana o asiática. Es más, la “ideología de clase”, al igual que sucede con otras ideologías pseudomarxistas contemporáneas (“ideología de género”, “ideología de la igualdad”...) no es sino un mecanismo superestructural altamente eficaz para mantener la dominación económica sobre una parte sustancial de la población. Por medio del mito del Proletariado Universal intrínsecamente solidario, los salarios de la clase trabajadora en los países del Primer Mundo no han hecho más que descender, y sus mecanismos tradicionales de resistencia a la explotación (huelgas, sindicatos, votos a partidos “obreros”) se han visto quebrados para siempre, como juguetes destripados y sin pilas, y esto desde el momento en que irrumpieron en ese Primer Mundo oleadas de emigrantes dispuestos a trabajar por debajo de los salarios pactados, trabajadores de otra cultura dispuestos a dejarse explotar en condiciones ajenas a cuanto habían consolidado las negociaciones entre centrales patronales, sindicales y gobiernos de cada país. La propia ideología cosmopolita, que predica de forma insensata la abolición de fronteras para las personas, más allá de un humanitarismo primario (que muchos podemos compartir antes de mayor análisis, porque es verdad que en ocasiones las “fronteras matan”) es la que ha roto la unidad de la clase obrera, unidad clave a la hora de resistirse a la explotación. Por desgracia, los naufragios de pateras y los asaltos a las vallas fronterizas pueden ocasionar muertes muy lamentables: sí, las fronteras matan, pero también es cierto que desde hace siglos las fronteras protegen. Y hace tiempo que al quebrarse la unidad de la clase obrera por medio de una “globalización” de la fuerza de trabajo, o más bien, una reordenación en la división internacional del trabajo, la “izquierda” ha dejado de ser por completo útil a los propósitos con los que históricamente se lanzó a la arena de la historia: la protección de la clase trabajadora.

 

La clase trabajadora de cada nación, así como la clase media, vive hoy bajo un bloqueo impresionante de sus facultades mentales. Son eunucos desde el punto de vista crítico. El llamado pensamiento “políticamente correcto” les impide emplear recursos racionales apropiados para conectar las ideologías de su atmósfera (socialismo, comunismo, liberalismo, ecologismo...) con la realidad cotidiana que se vive y se palpa. Los asalariados se quedan en el paro, sin futuro para la jubilación, con los recibos más caros y la hipoteca más asfixiante que nunca, mientras observan que nuevos esclavos, foráneos muchos de ellos, ocupan los puestos y funciones que antes les estaban reservadas. En las listas de candidatos a empleo, una serie de premisas de discriminación “positiva” colocan en la parte trasera de la lista a quienes más han cumplido y a quienes más posibilidades tienen de cumplir con eficacia. Docentes de la escuela pública deben apretarse el cinturón del presupuesto familiar para mandar a sus hijos a la enseñanza privada y concertada y así proteger (sí, lectores, proteger) a sus hijos del mal ambiente creado por objetores escolares y gamberros de todas las nacionalidades (incluida la española), que presuntamente están “integrados” en un centro al que revientan desde dentro. Debe recordarse que muchos de estos alumnos que estropean el clima de convivencia en los centros educativos reciben además cuantiosas ayudas económicas y subvenciones por el mero hecho de cumplir con una Ley de obligado cumplimiento, como es la escolarización de todos los menores, sin exigírseles a cambio nada, ni buen comportamiento ni notas aprobadas. Lo que para un ciudadano contribuyente con sus impuestos es obligación, para otros, no contribuyentes, es  gratificación a cargo del presupuesto público. Los defensores pancarteros de la Escuela Pública deben hacer autocrítica y reconocer que su “progresismo”, impuesto por Ley a partir de la implantación de la LOGSE, así como sus dogmas en favor de una integración, obligatoriedad e igualación por los niveles bajos (de capacidad), han sido una punzada mortal a la clase asalariada y a uno de los mecanismos fundamentales de promoción social: la elevación por medio de la educación.

 

Toda una masa que se queda en paro, o que ve que le arrebatan “conquistas” fundamentales de antaño (sanidad, enseñanza, derechos laborales) precisamente en nombre de una izquierda que nada quiere saber sobre la explotación, la plusvalía o la lucha entre grandes bloques, que ve cómo se degradan sus barrios en nombre de una “asimilación” forzada desde los discursos políticos y progresistas y humanitaristas ¿qué va hacer con esa vieja chatarra? Lo que le salva es olvidarse de ella, por inútil, por peligrosa, por contraproducente. Hay que dejarse de infantilismos, de sueños propalados por la dictadura partidocrática y por los elefantes sindicales: todavía existen las naciones y las identidades, y los derechos se defienden y conquistan con ayuda de diversos recursos, entre ellos, los más importantes, los recursos de índole racional. La reorganización de la división internacional del trabajo implica que las condiciones del estilo “Taiwán” se van a imponer en aquellos lugares del mundo donde la sociedad está francamente desarmada y desesperada. Parte de la plusvalía generada servirá para sostener un “Panem et Circenses” en el antaño mundo privilegiado. Pero ni siquiera esta política de volvernos plebe aborregada y parásita durará mucho.

 

El verdadero marxismo supone un énfasis en el carácter productivo de toda sociedad humana: el que no trabaje que no coma. La sociedad se funda en el trabajo y no en un estúpido “fin del trabajo” que en realidad sirve, como ideología propia del capitalismo tardío, a los efectos de neutralizar los hábitos de resistencia y de conservación de la dignidad de los trabajadores de países donde esos hábitos eran fuertes. Neutralizar la contestación y entretenerla con causas y luchas abstractas forma parte de los nuevos procesos de acumulación de capital.

 

El nuevo socialismo a construir nada tendrá que ver con esa inquisición de lo “políticamente correcto”, y con esas cortinas de humo sobre “derechos específicos de colectivos específicos”. Cada colectivo hará lo que pueda por defender su terreno, pero el terreno de conservar un trabajo digno, de resistir contra la explotación, y de proteger grandes espacios nacionales contra la dominación económica foránea, es deber de todo marxista. Ser marxista no es ser ni de derechas ni de izquierdas. Ser marxista no es ser Progresista. Basta ya.

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