viernes, 13 de septiembre de 2013

Ortega y el regionalismo asturiano

Ortega y el regionalismo asturiano

 

 

Ortega y Gasset cuando escribía sobre Asturias, lo hacía casi en calidad de extranjero. Hablaba de nosotros con distancia, pero con agudeza. Y hay que examinar Asturies desde lejos para ver sus males y sus posibilidades. A veces, hay que reclutar al “foriatu” o al nativo emigrado para tan útil tarea.

 

El gran filósofo madrileño comprendía muy bien el mal de España. Su proyecto de reforma, ajeno a todo populismo, consistía en “nación y trabajo”: era preciso, según decía, elevar el nivel medio del hombre español, para hacerle capaz de afrontar los retos en Europa y en el mundo. De no hacerse así, el español se vería condenado a la esclavitud o a la vida vegetativa.

 

Y elevar ese nivel pasa por el regionalismo.

 

Conviene comentar los cambios semánticos que, de un siglo hasta aquí, han experimentado los términos “regionalismo” y “nacionalismo”. Casi contrariamente al discurso de hoy, regionalismo en España equivale a política y discurso sobre y desde un ethnos, la realidad regional es realidad étnica. En ese sentido, Ortega jamás pone en entredicho que España es plural étnicamente: asturianos, gallegos, vascongados, andaluces, aragoneses… El nacionalismo, en cambio, para Ortega, es la supeditación de la política a la realidad del Estado-nación… En este aspecto, es un “-ismo”, como el socialismo o el liberalismo, esto es, hemiplejía, unilateralidad. El Estado, en su caso, España, es una nación política y ésta siempre es resultado de unión de pueblos o etnias bajo un destino común.

 

Para Ortega, España es una Nación (política) porque ha unido un buen puñado de regiones y pueblos étnicamente diversos. No vamos a entrar en una crítica de sus ideas, solamente vamos a precisar que la palabra “regionalismo” parece cobrar en el corpus orteguiano un sentido mucho más fuerte, identitario y materialmente ineludible en la construcción de las naciones políticas que el que hoy se le quiere atribuir. Es frecuente leer entre los “soberanistas” palabras despectivas sobre el regionalismo político: para ellos, se trataría poco menos que un nacionalismo descafeinado, sin pretensiones separatistas, una especie de prehistoria del nacionalismo “fuerte”, generalmente derechista o “interclasista”. En Ortega –y en sus tiempos- no tiene nada que ver con eso: regionalismo significa proyecto regenerador que un “ethnos” se hace de sí mismo, y la unión de varios regionalismos no folklóricos, pero sí identitarios y con vocación de futuro, fortalece siempre a la nación política.

 

De una manera tal se dirige Ortega a los asturianos en su Discurso de Oviedo, dado en el teatro Campoamor (1932). Nos dice que tenemos que practicar un regionalismo con vocación histórica, o lo que viene a ser lo mismo, apuntando hacia el futuro. Es verdad que en su discurso hay un párrafo más bien irritante para con lo nuestro, y más irritante todavía si viene dicho por un madrileño. Hay un momento en que nos dice que “nada de gaitas, nada de bable”, etc. En realidad Ortega no pretendía, nos parece, que alejáramos del regionalismo asturiano nuestros elementos más identitarios (que un madrileño tan viajado y agudo en su mirar como él eran más que evidentes), sino otra cosa. Él nos encomienda que nos olvidáramos del viejo folklorismo, de la mirada nostálgica (“señardosa”) de una Arcadia feliz, pero perdida. Un Asturies folclorizada es una Asturies de museo, un País que mira los rasgos más queridos de su identidad con la mirada de quien ya no vive el pasado y, paradójicamente, se encuentra viviendo en el pasado.

 

La Asturies franquista de los Coros y Danzas, del I.D.E.A. (Instituto de Estudios Asturianos), de los “sensatos y pensantes” que pretendían fragmentar el bable y momificar todo aquello que es rigurosamente nuestro. No hay tanta diferencia entre esa Asturies folklorizada y la política cultural de la FSA (Federación Socialista Asturiana)... Esa Asturies ya no es asturiana, es una momia sin vida creada por la casta dirigente. En definitiva, la misma casta de siempre: se trata de una misma casta política, de una misma oligarquía, que por cuestiones puramente generacionales cambiaron la camisa azul por el puño y la rosa. Justificando siempre su provincianismo, su caciquismo de la “Provincia de Oviedo” con la coartada del “interés nacional” (léase madrileño), entierran la cultura asturiana. He ahí el Niemeyer avilesino: monumento funerario de la cultura asturiana, que nos recuerda, solo con mirar su frías y anodinas líneas, cómo se derrumba el Arte Asturiano de nuestra monarquía, y un sinfín de edificaciones medievales, así como hórreos y paneras. Folklorismo, con Franco o con socialistas, que es etnocida: destruye y momifica los aspectos más identitarios de Asturies, y lo hace de una manera muy peculiar. Son embalsamadores que corren a asesinar sus víctimas con el fin de musealizarlas rápidamente, aún palpitantes.

 

Creo que así podemos leer al Ortega, quien nos proponía un regionalismo de futuro, no de pasado. Un regionalismo con base étnica, fundamental para lo que él consideraba únicamente como Nación política (España). Nada de pseudoseparatismos. Nada de pre-nacionalismos.

 

Y su propuesta a los asturianos, hecha en 1932, poco antes de nuestro desastre, “embarcazu” o revolución de 1934, debería resonar ante nosotros ahora, en 2013: elevar el nivel medio del asturiano, pues eso elevará el nivel medio del español. Aportar “ideas claras” al conjunto de los pueblos del Estado, pues como él dice, no todos los pueblos de España poseen la claridad de ideas que los asturianos tenemos. Si bien no los nombra  ¿quién no ha de acordarse de los ilustrados de mente clara, esto es, Feijóo, Xovellanos, Campumanes, Flórez…? ¿Qué hubiera sido del “poblachón manchego” madrileño, anegado por chulos y chulapas, sitiado por el ruralismo cejijunto y carpetovetónico de no ser por el “clan” de hidalgos asturianos y vascos que dieron claridad a ese Reino que, en vísperas y rescacas de la Revolución de 1789 era más africano que europeo?

 

Y ahora vamos al presente. Asturies tiene algo que decir a España y su problema “territorial”. Su regionalismo futuro y posible, por no decir su nacionalismo, apenas visible ahora, debe entenderse en términos constructivos. El madrileñismo denunciado por Ortega, es el alter ego del provincialismo de todos los demás territorios del Reino. Ahora, que el barco “España” parece hundirse, renovemos los votos para una redefinición de la cosa política: Estado, Autonomía, territorio, identidad. Y hemos de verlo en clave internacional.

 

Las pequeñas naciones de Europa reposan sobre el polvorín de su propia ceguera, de su renovado provincialismo. Al igual que los pequeños principados alemanes de un Sacro Imperio Romano Germánico de oropel, las naciones pequeñas de Europa se han vuelto provincias de un Imperio que esconde sus emblemas. El Imperio que realmente ejerció su potestad sobre las ruinas de Europa, los Estados Unidos, aún emplea a la Unión Europea como colonia económica, que le viene a las mil maravillas para su dólar. En realidad, la gran Alemania merkeliana es un arrendamiento: Alemania ejerce su dictadura económica sobre la periferia sureña de Europa, “coloniza” financieramente a la Europa vaga y maleante, pero la Unión, como tal Unión arrendada por los E.E.U.U., los verdaderos dueños, no existe, no funciona. No se trata de unión solidaria: ni en impuestos, ni en defensa, ni en igualdad, ni en derechos ni oportunidades.

 

En todo este marco global, parece que el Imperio yanki en la sombra enflaquece. Un gran bloque euroasiático se adivina, con varios miles de millones de pobladores, con enormes reservas energéticas (URSS) y productivas (Capital, Trabajo: R.P. China). Formidable alianza convierte en pequeño al más grande. Otros estados emergentes (Brasil, India, Sudáfrica) y regiones ultracapitalistas (Asia del Sur) parecen augurar un declive de los Estados Unidos. Una Alemania tiránica en su conducción de la Unión Europea siempre tendrá los pies de barro si tanto su amo verdadero, Estados Unidos como su punta de lanza británica, decaen ante la emergencia de los nuevos poderes.

 

De la gran geopolítica hemos de bajar a la pequeña, casi doméstica, geopolítica hispana. La crisis de identidad que sufre Europa, ese “enjambre de naciones” de que hablaba Ortega, se intensifica especialmente en el Reino de España. No creo que en otros momentos pasados, ni siquiera en las oscuridades de los tiempos de Felipe IV y Carlos II, la decadencia haya sido tan grande. Debemos reflexionar con seriedad qué cosa ha sido “la Transición”. Con el curso de los acontecimientos económicos recientes, la “crisis” está revelando con toda su crudeza que “España” como símbolo, como marca, como proyecto capaz de ilusionar, es algo que hace agua por todas partes. Tiendo a pensar –cada vez más- que la palabra “Transición” escondía, nada más, que una Restauración. Una nueva Restauración Borbónica y, con ella, un aseguramiento en el poder de las viejas élites caciquiles y depredadoras.

 

Y es que la crisis económica de España es, en realidad, una crisis de identidad y de moralidad, es la invertebración más absoluta, el resultado natural e inexorable de una laxitud y permisividad totales por parte de esa casta depredadora y caciquil que se viene arrastrando desde el Franquismo, si es que no de antes.

 

La Transición no fue una “restauración de la legalidad democrática”: fue una Restauración de una Dinastía, la Borbónica que, parcialmente desalojada del Trono y de sus prebendas en 1931, debía –sin embargo- continuar con la verdadera empresa de Franco: mantener en sus tronos menores y poltronas a los pocos miles de caudillos (rentistas, latifundistas, especuladores) que seguían en Madrid y en algunas capitales provinciales con sus poderes intocados. El entramado institucional podía cambiar pero la casta depredadora y oligárquica solamente debía hacer una cosa muy simple: ampliarse. “Si no puedes eliminarlos, únete a ellos”. El viejo lema maquiavélico fue emprendido por el franquismo sociológico.

 

Ese franquismo sociológico ha sido objeto de burla y escarnio de una izquierda integrada y cortesana muy poco ejemplar ella misma: era fácil, a partir de 1978, hacer burla de los símbolos (yugo y flechas, nacionalcatolicismo, “conspiración judeomasónica”, etc.). Sin embargo el franquismo sociológico debería ser objeto de estudio en todo el mundo, como modelo maquiavélico perfecto. Mediante este modelo, una casta oligárquica conserva el Poder ampliando el botín y las prebendas a nuevas castas ávidas de enriquecimiento y de dominación. Toda la historia de la partitocracia y del sindicalismo oficial en la España posterior a 1978 debería verse bajo este prisma. La manera en que se improvisaron partidos políticos, a veces con dinero alemán (PSOE) sobreponiéndose a los que eran oposición (PCE) o los diversos embudos que se inventaron para recoger el legado franquista sociológico, es un proceso que, de analizarse en serio, podría explicar las deficiencias de democracia que siempre ha tenido este hispánico Sultanato Borbónico.

 

Los partidos y sindicatos han sido los grandes y verdaderos herederos del Franquismo, junto con el Rey Juan Carlos. No verlo así es no entender nada de la grave crisis identitaria de España, una España que quiso ser –pura retórica- nación de nacionalidades y regiones y que –sin embargo, en la práctica- escamoteó el problema territorial y nacionalista que ella tenía, por medio de un artificio: las Autonomías.

 

Hoy, que ya es vox populi el fracaso de estos entes, no se tiene tanto descaro de decir que las Autonomías sirven para “acercar la administración a los ciudadanos”. Ese acercamiento pudo realizarlo un Estado centralista sin dejar de serlo un ápice. Tampoco sirve a casi nadie de consuelo, especialmente para los federalistas y nacionalistas periféricos, ese comentario de que “las Autonomías suponen, en realidad, un federalismo”. No, señores de la partitocracia: las Autonomías no pueden servir a dos amos. Son un fiasco doble: como modelo de Estado unitario –cual es el que, en realidad, poseemos- y son un fiasco, un sucedáneo malo, malísimo, de un Estado federal o confederal.

 

Para empezar, su desigualdad de base. Distintas competencias, distintas velocidades, conservación de privilegios y de discriminaciones. Como asturiano, y valga a título de ejemplo, siempre me parecerá irritante que llamen “comunidad histórica” a un País Vasco cuyas tres provincias (dejando a un lado la cuestión Navarra, cuestión que difícilmente se pude dejar a un lado) nunca formaron una entidad política en la Historia. Es comunidad “histórica” aquella que más sentimiento nacionalista posee al presente, por lo visto, o lo son aquellas que en la II República tenían estatutos de autonomía, ignorando que de no haberse abortado tal república (que tenía poco o nada de federalista) el 18 de julio de 1936 quizás otras “comunidades históricas” habrían accedido a ese estatus. En fin, no se sostiene un autonomismo asimétrico. Como no se sostiene el foralismo como residuo de las guerras carlistas. Otros tuvimos –los asturianos, por ejemplo- foralismo y Junta soberana, pero al no ser carlistas en el pasado aquí nos vemos, en la España de velocidad lenta.

 

Para continuar, arbitrariedad en la demarcación territorial. Todavía heredamos los desaguisados de don Javier de Burgos, las mutilaciones a las provincias que se han perpetrado en España desde 1835. No puede haber un verdadero desarrollo de conciencia regional o autonómica, que no es necesariamente “anti-española”, si el pueblo ve que una raya artificial separa administrativamente a sus hermanos de al lado. El desaguisado en el Norte de España es sangrante, pues allí los concejos, las comarcas y las regiones poseen entidad histórica desde la más lejana Edad Media. La Asturies de Santillana se sumerge en una Cantabria recién inventada para la ciudad de Santander, por ejemplo. Y, a la vez, a madrileños, riojanos, murcianos, se les dota de una autonomía uniprovincial quizás para no hacer una Comunidad con verdadero carácter nacional, que sería Castilla. Pero, en cambio, el País o la Región Leonesa “tiene que” estar en Castilla quiera o no quiera. Todo esto, señores, es violar la historia. Con el objeto de perpetuarse en el Poder, las oligarquías ampliadas no tuvieron empacho en trazar líneas de frontera interior donde les pareció, sin rigor ni respeto a los pueblos y nacionalidades implicadas.

 

Esto lleva muy mala traza. Un país de más de seis millones de parados, un país en donde se ponen más policías que manifestantes para defender el Congreso, no es un país. Un país donde su presidente del gobierno da conferencias de prensa a través de una pantalla no es un país. Un país cuyos partidos gobernantes cobran “en B”, así como la familia real entera, y toda una casta de, aproximadamente, medio millón de sindicalistas, patronales, políticos profesionales, oenegetas y “hombres de confianza”… no es un país, es una cloaca. Se trata de una cloaca donde ha fallado especialmente el sistema educativo: no hay gente preparada, y quienes lo están huyen a otros lugares donde se les sepa valorar.

 

La solución –en parte- pasa por rehacer un sistema territorial nacional con estas entidades federadas: Asturies, Galicia, León, Euskal Herria, Aargón, Castilla, Andalucía, Canarias y Países Catalanes. Sugiero la elaboración de consultas populares en ciertos territorios con mucha entidad propia para determinar su integración en entidades amplias (los navarros en Euskal Herria, los valencianos y baleares en los Países Catalanes…). Sugiero un federalismo interno en cada uno esos grandes espacios nacionales. Creo que el concepto, cada vez más abstracto (pero tampoco desdeñable históricamente) de “España” uqe los próceres de la Constitución, literalmente unos postfranquistas, es el gran causante de los separatismos. Por ejemplo el separatismo dentro del Noroeste de la Península (Galicia, Asturies y León, así como Portugal Norte, se dan la espalda, cuando podría crearse aquí una importante macro-región económica y cultural).

 

Las naciones se quedan pequeñas, podemos sacar beneficios yendo juntos, pero desde luego los tradicionales entes de Poder – España, entre ellos- o se reforman de arriba abajo, dejando en el olvido monstruosidades, como la jacobina o la autonómica, o nos hundimos en el lodo. Y una vez así, restaurada la verdad histórica, crear sólidos sistemas educativos que nos permitan defendernos de una situación geopolítica exterior verdaderamente preocupante. Pero en esta nueva configuración territorial e identitaria podemos ganar en autoestima. Ahora mismo vamos en camino hacia la esclavitud.

 

Por eso, es buenovolver a leer a Ortega, y pensar en los “deberes” que nos pone a los asturianos, en el contexto de un rescate y ejercicio positivo de nuestras señas de identidad, como parte del proceso de una política “a su nivel”, el nivel que Asturies se merece en España y en Europa, me parece tarea grata, útil, incluso necesaria. Pues hoy sigue habiendo “madrileñismo” y provincianismo imperando por doquier.

 

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