jueves, 4 de abril de 2013

El Fracaso de Occidente


 

Carlos Javier Blanco Martín.
 
 

 

El mundo que conocíamos se nos derrumba. Cada vez más, con sensación creciente, notamos que la tierra se hunde bajo nuestros pies, que se nos va lejos, aun cuando pensamos anclarnos firmemente en ella. No queríamos Tradición, y al abandonar la Tradición, ella –junto con la Tierra y los Antepasados- nos deja solos, a nuestra suerte. La Patria no eran solamente los coetáneos: también la forman los coterráneos. El hombre de cultura y de civilización ya no es un nómada. No puede serlo aunque viaje mucho o emigre. Hay una patria que sigue allí. La patria es la casa de los mayores, el solar que ellos labraron y la naturaleza humanizada por una nación. Quien no posee nación es un hombre muy pobre. Quien cambia de solar no tiene necesidad de cambiar de nación, aunque puede suceder que al moverse ni ésta existía ya en su alma, como ocurre ya con millones de nómadas, de cosmopolitas, de hombres pobres hasta el extremo de vivir sin nación.

 

El mundo se mueve: un caos y un magma inmenso, una serie de nubarrones que parecen poderes informes se columbran en lontananza. Es todo tan confuso, hay tanta gente por las calles, y queda tan desierto el campo que ya nadie, salvo las máquinas, lo pisa: el campo es suelo cruelmente despedazado, granero para las bocas inmensas de la gran ciudad. La masa ya no piensa en patrias porque para ser masa hace falta no tener patria. Europa entera se ve inmersa en un sórdido proceso de extinción de patrias. Ellas, como las lenguas pequeñas y los dialectos, no se mueren heroicamente para forjar unidades grandes, empresas de gigantes y sueños más altos. Antes al contrario, muere la diversidad para que el mundo se rija exclusivamente por los cauces de la Técnica y del pensar calculador. En Italia, en las ciudades burguesas del Renacimiento, unos tenderos comenzaron a hacer números y a regular el mundo bajo un sistema de contabilidad, tras una lenta serie de intentos a fines de la Edad Media. Ninguno de ellos soñaba con el crimen que, al hacer esto, se iba a cometer en la Civilización Europea, pero solamente era preciso dejar andar al tiempo. Una fiebre de hacer números, una febril mentalidad de tenderos trastocó la cultura fáustica de Europa. Una fiebre de pensar en números y con ello, de pensar en ganancias que llevó al europeo a enajenarse hasta el infinito. El alma del europeo ya llevaba consigo un afán de alcanzar el cielo infinito: la aguja gótica frente a la cueva cupular de la cueva mágica ¡qué magnífico contraste! ¡Cuánto más cerca está el cristianismo bizantino, mozárabe o ruso de la cueva islámica que de la verticalidad del gótico-fáustico! La monomanía técnica, aritmética, contable y –sobre todo- la monomanía occidental por la ganancia tuvo que enraizar en esta modalidad de alma, que fue el alma gótico-fáustica, para acabar aniquilándola.

 

En la catedral gótica, así como en la Reconquista astur o en la Cruzada francogermánica, así en la expedición vikinga como en la búsqueda del perpetuum mobile, en todas estas manifestaciones ya estaba presente ese afán de infinito, ese anhelo de vencer al espacio y al tiempo. No hay recogimiento ni sumisión: incluso los místicos fáusticos se parecen más a los inventores fáusticos que a los otros místicos de la sumisión, islámicos, arameos, mozárabes. Se trata de una mística de la divinización (teosis) de superación del hombre por su conversión en Dios, no de una mística de la muerte (sumisión y anulación en la propia muerte, una vez fundidos con Dios). El hombre fáustico es un aprendiz de Brujo y ha querido hacer suyos todos los atributos que previamente había asignado al Dios fáustico: una pura Voluntad, un nudo Centro de Acción y de Poder. Al principio era la acción.

 

La catedral gótica, vertical, infinita, representa una superación de la vieja Alquimia. Ese hombre que se sacude del Oriente en Covadonga o en Poitiers, que planta muros de guerreros y milicias de labradores y pastores entre África y Europa, para defender su alma, llega a concebir una nueva Alquimia, un nuevo saber de transmutación: el alma humana es pura energía de transformación y se eleva hacia el infinito, identificándose con Dios. La catedral era máquina mística volitiva. La catedral gótica parece que ya anuncia la voluntad técnica de dominio. Los actuales cohetes espaciales, los gigantescos puentes de acero y los rascacielos de hormigón y cristal no son sino una fría y enteca herencia de aquellos extraños templos que inundaron Europa y que canalizaron su verdadero Renacimiento, que inició su andadura mucho antes del siglo XV.

 

Hoy en día, a partir de unos embriones de capitalismo que Werner Sombart estudió magistralmente (el señor feudal, el pirata o corsario, el funcionario, el judío, el comerciante…) ese anhelo infinito, esa voluntad insaciable de alcanzar lucro y poder ha llegado a hacer del mundo una fábrica. Nadie mejor que Spengler describe cómo el orbe se ha supeditado a este “espíritu de empresa” posible por la técnica faústica:

 

“La naturaleza se agota; el globo terráqueo se sacrifica al pensamiento fáustico de la energía. La Tierra, trabajando: he aquí el cuadro fáustico (…). Nada se opone más completamente a la realidad quieta de la época imperial antigua. El ingeniero es quien más alejado está del pensamiento jurídico romano. Él conseguirá, sin duda, que su economía obtenga el derecho que le corresponde, un derecho en donde las fuerzas y los rendimientos ocupen el puesto de las personas y las cosas”. [LDO, II, 776].

 

La Tierra entera se ha puesto a trabajar al servicio del espíritu capitalista de empresa. Nada se detiene ante ese espíritu que es monomaníaco, corrosivo, pasa por encima de la Persona, los Derechos, las Patrias, las Culturas. La gran desacralización del mundo, la muerte de todos los dioses, la muerte del hombre mismo –en fin- consiste en la expansión de ese espíritu de empresa. Sombart ya ve raíces del mismo en la piratería, verdadera prolongación de las expediciones vikingas y verdadera política naval de los Estados. Igualmente hay raíces de él en la política comercial sin escrúpulos practicada por las minorías heréticas: el hereje, al verse privado de otras ocupaciones y cargos, concentra sus esfuerzos en actividades lucrativas no controladas por el estamento, ajenas al cuerpo social. El otro por antonomasia en la Europa anterior a la Reforma es el judío: verdadero cuerpo extraño incrustado entre los cristianos, sometido a su propia ley y obligado secularmente a la usura y a una actividad comercial dúplice (negocios con los hermanos de raza, negocios con cristianos), el judío es uno de los artífices del moderno capitalismo y muy especialmente del capitalismo usurario, que dará lugar a la Bolsa (Werner Sombart: El Burgués). El sentimiento vital “que aspira a la lejanía y a la altura” [LDO, II, 773] domina el mundo de hoy, en la medida en que es un mundo occidentalizado, del alma fáustica lo impregna todo, inunda toda la febril actividad del planeta.

 

“Así surge ese tráfico fantástico que en pocos días atraviesa continentes, surca océanos en ciudades flotantes, horada montañas, construye laberintos subterráneos, convierte las máquina de vapor, agotadas en sus posibilidades, en máquinas de esencia, y, cansado de caminar por carreteras y rieles, alza su vuelo por el aire. La palabra hablada irradia en un instante sobre los mares. Por doquiera se manifiesta la ambición de superar marcas y aumentar dimensiones, construir gigantescas salas para gigantescas máquinas, enormes naves, altísimos puentes y rascacielos, reunir fabulosas fuerzas en una llavecita que un niño pude manejar, alzar vibrantes edificios de acero y vidrio en donde el hombre, minúsculo, se mueve como señor omnipotente, sintiendo bajo sus pies, vencida, la naturaleza” [LDO, II, 773-774].

 

Es un tipo de alma que, como advertía por su parte Sombart, no dejaba de poseer los rasgos propios de un alma infantil. Estos rasgos, tal y como los describe en El Burgués, incluyen el gusto por lo grande: lo gigantesco es en sí mismo fascinante para el niño. El afán por la movilidad (más rápido, ir de aquí para allá), es otro rasgo de nuestra civilización técnica y capitalista. Ese ir más rápido, y ese gusto por la acumulación en sí misma, sin plantearse el para qué. También se ha de añadir el cambio constante de actividad: un objeto novedoso sustituye a otro con la celeridad infantil, la novedad por la novedad es la que manda. Todo, absolutamente, todo se pone de moda y pasa de moda. Este cariz efímero mata la filosofía y el arte, mata la naturaleza y la perdurabilidad de las cosas es ignorada o resulta objeto de la más enérgica de las repulsas. Joyas de la arquitectura y paisajes milenarios caen bajo la pala excavadora. Como el niño, el occidental ha arrojado por la borda su propia Historia y el carácter perdurable de lo esencial. Con ello, se suicida.

 

Pero aún queda un cuarto instinto infantil, un rasgo propio del alma de un niño: el ansia de poder. Sombart nos pone el ejemplo de un niño disfrutando con la tarea de arrancarle las alas a una mosca. Esa fruición al poder ejercer control sobre animales, cosas, o personas. El embrujo que la técnica ejerce sobre el hombre se basa en mecanismos instintivos del tipo más infantil. La emoción de sentirse un Dios con solo pulsar un botón y ejercer así un absoluto dominio sobre el mundo. Cada vez es más económico –en la escala individual- mover enormes masas de energía con solo hacer un clic en el ratón del ordenador, o difundir torrentes de información por medios digitales (Internet, satélite, etc), si bien los costes colectivos para la especie y el planeta son ingentes.

 

El mundo de la máquina sustituye ya a todo “mundo material”. La voluntad del individuo cede y se desvanece: ya no hay Voluntad Humana si no es Voluntad incorporada a un Mundo-Máquina:

 

“Y esas máquinas van tomando cada día formas menos humanas; van siendo cada día más ascéticas, místicas, esotéricas. Envuelven la Tierra en una red infinita de finas fuerzas, corrientes y tensiones. Su cuerpo se hace cada día más espiritual, más taciturno. Estas ruedas, cilindros y palancas, ya no hablan. Todo lo que es decisivo se recluye en lo interior. Con razón ha sido la máquina considerada como diabólica. Para un creyente significa el destronamiento de Dios. Entrega al hombre la sagrada causalidad, y el hombre la pone en movimiento silenciosamente, irresistiblemente, con una especie de previdente omnisciencia” [LDO,II, 774].

 

Es riguroso afirmar que la Técnica hoy ha devorado a la Ciencia, a la Filosofía, a la Magia, a la Religión. Cuando los hombres atribuyen cualidades satánicas a las máquinas, éstos no son del todo conscientes de la exactitud de tal declaración. Se trata de un principio cuasidivino –por que es Omnipotente- que se rebela contra el Creador. Las máquinas sustituyen al Mundo y lo desacralizan, lo arrancan de sus propios fundamentos y raíles naturales, y todo poder emana de ellas mismas y se lo hacen saber al hombre. Spengler comenta que el poder de la máquina y el encumbramiento del estamento de los ingenieros es creación de la burguesía, diagnóstico cuya prioridad hay que reconocerle a Marx. Sin embargo Spengler observa en una nota [LDO, II, 775; nota 91] que Karl Marx seguía prisionero del esquema lineal progresista (Edad Antigua- Edad Media- Edad Moderna), un esquema universalista que no reconoce diversidad irreductible de Culturas y, por ende, no reconoce diversidad de almas a la hora de enfrentarse con la Técnica. El oriental, el árabe, el ruso, el indio, todos pueden aprender la Técnica de Occidente, decía Spengler, pero como medio comercial y con cierto asco y terror hacia su esencial (técnica diabólica). La inventiva ¿se detendrá cuando la Técnica deje de estar en manos de europeos y occidentales y pase a otras manos? Ese espíritu fáustico ¿se apoderará del chino, del indio, como hace tiempo parece haberse apoderado ya del japonés? Difícil juzgarlo sin caer en el etnocentrismo de quien escribe, un europeo a fin de cuentas. Hay signos que parecen indicar que la inventiva decae en las naciones europeas, que se hunden en una laxitud y en una condición felah cada vez más hondas. La modorra en que vive el europeo contemporáneo, que se ve a sí mismo como un sujeto “que ya ha hecho historia”, que ha cumplido con su misión, con su sino, parece muy difícil de extirpar. Acaso las agitaciones propias de un paso de la democracia mediática hacia el cesarismo, acaso también las amenazas tangibles de poderes, ora extraños culturalmente (el Islam), ora informes (potencias “emergentes”, bloques imperiales nuevos) despierten de la modorra al pacifista europeo. Es difícil preverlo.

 

En cualquier caso, la Técnica fue creación burguesa europea moderna, esto es, nacida en unas condiciones morfogenéticas de la Historia muy concretas, pero ahora la Técnica se ha generalizado, y ya ha extendido sus redes y máquinas a todos los pueblos y culturas del planeta. Parece como si Técnica se coaligara con todos los demás vicios de la decadencia civilizada para hacer del europeo futuro un ser muelle y presto en su totalidad para la esclavitud. Pero la fama de pesimista que arrastra Spengler no se justifica plenamente si atendemos a la totalidad de los textos. Hay cualidades que pueden conservarse en una minoría, y éstas son fuente de esperanza:

 

“El más pequeño resto de dichas formas que se conserve en la existencia de alguna minoría cerrada, crecerá pronto hasta convertirse en inmensurable valor y producirá efectos históricos que en este momento nadie considera posibles. Las tradiciones de una vieja monarquía, de una vieja nobleza, si son aún bastante sanas para alejar de sí la política como negocio o como abstracción, si poseen honra, renuncia, disciplina, auténtico sentido de una gran misión, cualidades de raza, crianza, sentido de los deberes y sacrificios, pueden llebar a ser el centro que contenga el curso vital de un pueblo y le ayuden a trasponer estos tiempos y abordar las costas del futuro. Todo estriba en estar “en forma”. Se trata de la época más difícil que conoce la historia de una gran cultura. La última raza “en forma”, la última tradición viva, el último jefe que tenga ambas cosas tras de sí, pasará vencedor y llegará a la meta”, [LDO, II, 666].

 

Claro está que la conservación de buenas cualidades en la etapa cesarista en la que ahora entramos. Es algo reservado a unos pocos hombres aptos para hacerse con el poder, pero el poder como tal se volverá informe. Se trata de un regreso desde lo Histórico a lo Biológico (lo “cósmico ahistórico”) [LDO, II, 667]. Este regreso se da cuando lo civilizado no puede ser más civilizado aún, y se torna rígido, frío, cadavérico. Es la culminación del Poder del Dinero: Democracia más Técnica y universal urbanización del planeta.

 

“Al principio, cuando la civilización se desenvuelve en plena florescencia –hoy-, se ofrece el milagro de la ciudad mundial, magno símbolo pétreo de lo informe y enorme, suntuosa, dilatada en orgullo acaparador. Aspira las corrientes vitales del impotente campo, chupa las masas humanas que caen sobre ella como capas de arena empujadas por el viento, que se introducen entre las piedras. En la ciudad mundial celebran el espíritu y el dinero su última y suprema victoria. Es la ciudad mundial lo más artificioso y refinado que se ofrece bajo la luz del mundo a los humanos ojos; algo inquietante e inverosímil que casi se encuentra ya allende las posibilidades de la forma cósmica”. [LDO, II, 667].

 

El Poder del Dinero, su dictadura que se hace llamar “democracia” es cada vez más urbana, refinada y sin raíz. Todo se torna artificial y por ello desprecia el campo, la profesión, la vieja y cuidada crianza y la selección de la sangre. Hay un continuum entre la Técnica y una vida artificial que ya no es, propiamente, vida, sino un sistema muy complejo de Técnica. Y para la vida civilizada, controlada por la Técnica y el Dinero, los ideales y los libros no valen apenas nada. Es una Dictadura Fáctica, el Imperio de los Hechos. Unos hechos a menudo brutales e informes.

 

“Poco después desaparecen, desnudos y gigantescos, los hechos puros, sin ideas. El ritmo eterno del cosmos ha superado definitivamente las tensiones espirituales de pocos siglos. El dinero triunfó bajo la forma de la democracia. Hubo un tiempo en que él solo, o casi solo, hacia la política. Pero tan pronto como ha destruido los viejos órdenes de la cultura, surge sobre el caos una magnitud nueva, prepotente, que ahonda sus raíces hasta el fondo de todo suceder: los hombres de cuño cesáreo”. [LDO, II, 667]

 

Esto que ahora denominamos Democracia es, para Spengler, dictadura del dinero y precisamente sobre la base del dinero, hay un día en que -como todo lo histórico, como todo lo humano- ese régimen debe llegar a su fin. El dinero transformado en Capital, y el Capital que emplea todo lo natural y social como simple medio para su fin, que es la acumulación, consiste en causa eficiente de toda realidad organizada que encuentre a su paso. Lo humano, lo social, la cultura y el equilibrio natural, todo, absolutamente todo, cede a su paso arrollador. Al Moloch del Capital se entregan todas las víctimas. Un mundo como Técnica y exclusivamente como Técnica, como medio para el Fin último y sin sentido, que es la acumulación, hacia ese mundo es hacia el que nos dirigimos.

 

Werner Sombart en su obra El Burgués, escribía:

 

“(…) ya vimos que el espíritu del burgués de nuestros días se caracteriza por su total desinterés por la suerte que corra el hombre. Veíamos que el hombre ha sido desalojado del centro de la valoración económica, que ya sólo interesa el proceso (de producción, de transporte, de fijación de precios, etc.): fiat productio et pereat homo. Pero, ¿no es esta nueva mentalidad del sujeto económico mera consecuencia de la metamorfosis sufrida por el proceso técnico? Sabemos que la tecnología moderna ha desligado el proceso de producción de su órgano productor: el hombre. En lugar de una estructura orgánica basada en la persona viva, los procesos de producción presentan ahora una organización mecánica y utilitaria orientada exclusivamente hacia el éxito” (p. 340).

 

El hombre, cada día, “cuenta menos”. No es el señor de la creación, es un medio al servicio de lo que antaño fue creación suya, la máquina, creación demoníaca que ha devenido en Poder divino y alienante. En la estela de Marx, Weber y demás grandes filósofos de la técnica, también Spengler y Sombart apuntan hacia la condena de la máquina. Todo muere bajo el imperio de la máquina:

 

“El mundo natural, el mundo vivo, se ha desmoronado, y sobre sus ruinas se levanta un mundo artificial, compuesto de inventos humanos y materiales inertes: y esto es aplicable tanto a la economía como a la técnica. No cabe duda de que este desplazamiento del proceder técnico ha influido esencialmente en la conmoción que ha sufrido nuestra valoración del mundo: a medida que la técnica iba usurpando al hombre la primacía en el proceso de producción, desaparecía también el ser humano del centro de la valoración económica y cultural en general” (pps. 340-341).

 

En este mundo donde se ha usurpado a la naturaleza y al hombre, para destruirlos, el Poder mediático no es otra cosa distinta del poder técnico sobre las cosas y sobre las personas. Los “medios” despiertan todo nuestro interés, ocupan el centro de toda valoración. Algo que en el pasado y en otras culturas debería ser objeto de desprecio, o de atención subsidiaria, es elevado a categoría sacra:

 

Los “medios se han hecho tan complejos que despiertan nuestra admiración y acaparan por completo nuestro interés”, y se olvidan por completo los fines. Este mundo instrumentalizado, artificial, creado enteramente en torno a las categorías del número, el cálculo, el beneficio, etc., hunde sus raíces en la mentalidad judeocristiana, desde luego, aunque todo el componente letal de un espíritu capitalista viene dado por todo elemento  fáustico que surge a fines de la Edad Media. Judeocristiana es la raíz ascética de los primeros burgueses: la represión de los instintos sexuales, señala Sombart, fue una de las fuentes de la mentalidad ascética, ahorrativa, del burgués consagrado al ahorro, el esfuerzo, la abnegada entrega al negocio. Sin embargo no ha de creerse, a la manera de Max Weber, que esta mentalidad ha sido logro pionero del puritanismo protestante. Sombart señala que los escolásticos, el propio Santo Tomás, partían de una concepción mucho más sutil y desarrollada del capitalismo en ciernes –tal y como ya apuntaba en la Italia del siglo XIII- que los protestantes, como Lutero, fundamentalmente aldeanos. La filosofía económica de los escolásticos tomaba más contacto con la realidad del capitalismo emergente, que la protestante, y hay que esperar, por ejemplo, a la variante escocesa del puritanismo religioso, para ver en el ámbito cristiano esa mezcla necesaria de piedad terrible y fanática con la falta de escrúpulos comerciales. En contra de Weber, Sombart afirma que es insostenible que la Escolástica (en concreto la católica) fuera una filosofía anticapitalista y justificadora del feudalismo, retardataria o ignorante de los cambios. En realidad, los historiadores de la economía señalan que fue en Italia, y en el comercio mediterráneo el escenario donde se desarrolló el capitalismo. Las instituciones precapitalistas, tal y como se configuraron a fines del medievo, fueron transformándose en instituciones capitalistas (“empresas”). Los estados italianos fueron ya, desde fines de la Edad Media, verdaderas repúblicas burguesas, orientadas en toda su política –exterior o interior- hacia el lucro. Florencia destaca como república pionera en la imposición de sistemas de contabilidad y en la educación de las gentes hacia el “pensar en números” que es, a la vez, un “pensar en dinero”. Otros puntos del Mediterráneo (Barcelona) destacan en lo referente a este capitalismo medieval. Aquí no hay nada de protestantismo todavía, hay un mundo católico, latino, mediterráneo, en donde se mezcla la piratería con el comercio marítimo, la usura judía con la ética escolástica basada en no despreciar la riqueza (que no es mala en sí misma, según los escolásticos, pese a ciertas frases evangélicas que en efecto la condenan).

 

En la visión judeocristiana del mundo hay implícita una consideración instrumental de la Naturaleza. En los textos bíblicos, la totalidad de los seres, vivos o no vivos, son objetos al servicio del Hombre, a la vez que el Hombre –hijo de Dios- pese a su dignidad y semejanza con el ser divino, debe existir con ignorancia del Plan que el Creador ha trazado para él (“De este fruto no comerás”). La Libertad y la voluntad del hombre se ven consustancialmente limitadas: el Hombre no se puede endiosar. Toda infinitud de la Voluntad humana es condenada, toda teosis –divinización del Hombre- es soberbia y blasfema. No encaja con el judeocristianismo la idea, tan helenística, del dios-hombre, del dios antropomorfo tanto como la del hombre teomorfo. El Jesús más helenístico no es el Salvador del Pueblo hebreo (Mesías) o de la Especie Humana, sino el Dios como forma humana o el Hombre de naturaleza divina.

 

El pueblo judío ha colonizado a muchas otras razas y naciones con su monoteísmo radical. Todo puritanismo, ya sea en materia económica, sexual, político-moral, etc., proceden de él. En el Mediterráneo católico, en los países que conservan importantes jirones del Imperio Romano, muy rara vez ha podido conservarse en estado puro esta mentalidad judaica. Más bien se vivió durante siglos en un henoteísmo: el culto a Dios –al dios celosamente único, invisible y omnipotente- hubo de adaptarse a un culto plural y local de dioses o figuras divinizadas (los Santos y sus santuarios locales son adaptaciones de la religión pagana, celtorromana y helenística, en gran medida), y también –según Spengler- ese monoteísmo judaico que tan fuertemente reaparece en explosiones terribles de puritanismo (el Islam, el Calvinismo) y de espíritu iconoclasta, encuentra fuertes resistencias en el alma de pueblos que, milenariamente, han sido paganos y politeístas. Por si fuera poco, la divinización de María, que según Oswald Spengler expresa el triunfo del alma fáustica en el orbe cristiano occidental, consigue romper amarras con el Cristianismo “mágico” basado en un estricto monoteísmo iconoclasta y en una cierta consideración del hombre como muñeco instrumentado por la única Voluntad propiamente dicha que era la Voluntad del Padre.

 

En la cultura fáustica, en el mundo germano, celta y latino que apunta a su florecimiento en torno al año 1.000, resurge una cierta concepción nueva de la Naturaleza y de la Historia. En apariencia es un retorno a las ideas griegas, una revancha de Atenas sobre Jerusalén: la Naturaleza también es Divina y hay que amarla y respetarla, el Hombre también es Divino y no un cacharro de barro insuflado por su Espíritu, la Historia pasa por edades (Joaquín de Fiore) y no es una línea homogénea que parte de Dios y vuelve a Él (una Historia “Trinitaria”).

 

Todavía hoy es perfectamente reconocible el papel de las ideas teológicas en las distintas Filosofía de la Historia y, por ende, en la diferente concepción que del Capitalismo se tenga como fenómeno histórico. Toda la concepción del “Progreso” que domina en Occidente, desde la Ilustración hasta hoy mismo, hunde su raíz en una visión monoteísta y providencial, de la que no se libra el socialismo, en la medida en que tanto la visión liberal como la socialista comparten una misma raíz, son hermanas en lo más sustancial, y entienden este Valle de Lágrimas –con sus conflictos e imperfecciones- como un tránsito lineal y ascendente hacia el Paraíso. El Paraíso mundano, “la mayor felicidad para el mayor número de ciudadanos”, es un Paraíso fundado en el consumo de Bienes y en el ahorro de esfuerzo individual. No dejó Marx de beber y de empaparse del liberalismo decimonónico incluso en sus (muy escasas y parcas) consideraciones en torno a qué será el Comunismo si el proletariado triunfa en su Revolución Mundial: una vida con ahorro de dolor, con escaso trabajo y un Cuerno de la Abundancia al lado, un Cuerno de Consumo abundante que el “nivel de desarrollo de las fuerzas productivas” garantizará. Es por ello que la izquierda supuestamente ortodoxa y leal con las ideas de Marx comparte con la rigidez lineal de los monoteístas, este gusto por ideas tales como “desarrollo”, “progreso”, “avance”. La secreta admiración del comunista por el modo de vida burgués, no se puede disimular hoy. El modo de vida burgués hoy es mucho más confortable y menos ascético gracias a la Técnica y la poca necesidad de exhibir virtudes personales, que son circunstancias propias de un Sistema ya maduro, consolidado y cada vez más objetivo, menos necesitado de heroísmos y de santidades.

 

Frente a esto, las concepciones circulares y esféricas (“paganas”) de la Historia resultan completamente heréticas. Siendo como son, verdaderamente revolucionarias, el progresista liberal o socialista las tacha justamente de lo contrario, reaccionarias. Lo que se da es, realmente, una incompatibilidad radical entre ellas. Vico, Nietzsche y Spengler siguen siendo demasiado peligrosos para los fundamentos capitalistas y, en último extremo, judeocristianos, de esta Civilización técnica de Occidente. Que pueda retornar una nueva Edad Media, con sus caballeros, sus cruzadas, su retorno a la Tierra y a las Tradiciones, es algo verdaderamente alternativo al Capitalismo actual. No decimos algo deseable, dejemos a un lado las valoraciones: algo mucho más alternativo que un sistema socialista tecnocrático (que a fin de cuentas supondría poco más que una nueva regulación jurídica sobre la Propiedad Privada).

 

¿Qué es “avance” y qué es “retorno”? Avance objetivo lo hay si se pudiera establecer un contraste entre los rendimientos habidos hasta el momento y un telos establecido de antemano. Cuando los dirigentes soviéticos hablaban, seis décadas después de la Revolución, de un acercamiento de su socialismo hacia el Comunismo, escamoteaban sistemáticamente la definición –imposible- de su telos, de su causa final. Hoy en día, nuestros “demócratas” establecen metas mucho más ramplonas, definidas en términos de corto y medio plazo: “pleno empleo”, “bienestar –consumo- para todos”, etc. Pensar en términos estrictamente políticos es sospechoso. Debe actuarse de acuerdo con una despolitización efectiva de las masas para no obstaculizar el proyecto Capitalista, lineal, monomaníaco, de una acumulación mayor de capital. El discurso político oficial se reduce salvajemente a discurso práctico sobre recetas económicas. Cuando un político de nuestro tiempo dice tonterías tales como “nosotros defendemos un futuro de Progreso”, lo que se debe interpretar de inmediato es: “ cualquier medida que se tome es facilitar la producción de plusvalía y aumentarla”.

 

Las concepciones no lineales de la Historia (Vico, Nietzsche, Spengler) hacen posible, por el contrario, un regreso a la vieja, antiquísima concepción indoeuropea de la vida, que es una concepción trágica de punta al cabo. La concepción trágica de la historia es la propia de quien no se resigna a padecer la Historia, sino que quiere hacer la Historia. Como escribió Spengler:

 

“La vida del individuo no es importante para nadie más que para él mismo. Lo que importa es que quiera sustraerla de la historia o sacrificarla por ella. La historia no tiene nada que ver con la lógica humana”. [Años Decisivos, p. 33].

 

Hay culturas heroicas o trágicas, frente a culturas basadas en la sumisión y en la renuncia. A pesar de que el Cristianismo infectó en su médula a los pueblos europeos de la Antigüedad tardía, alterando para siempre su alma, el fondo guerrero y “hacedor de la Historia” no se ha podido perder del todo. Hay pueblos que, por razones de una geopolítica cambiante, acaban ocupando un papel decisivo en esta lucha trágica por Europa.

 

En el caso de Alemania, Spengler es muy claro.  Alemania fue, desde los tiempos modernos, el escenario de lucha de las potencias europeas, el campo de batalla central para instaurar ese inestable “equilibrio de potencias” que dio el tono a la Alta Política del Barroco y la Ilustración hasta 1789. Una Alemania disgregada en miniestados impotentes y provincianos era el “centro” de Europa. A partir de los logros de Bismarck, una Alemania como potencia nacional se ha encontrado de repente como frontera con Asia. Rusia y los demás países eslavos corren peligro siempre de “orientalizarse”. La analogía entre Alemania y España es notoria. Ambos países comparten una tradición germanolatina, son cruciales para entender Europa. Ambos, partiendo de una pluralidad (más bien étnica en el caso de España, y de miniestados, en el caso germano) pasaron de ocupar un “centro” a verse en zona de Frontera. Por el Este los alemanes tocan con el mundo eslavo, no bien integrado en el “concierto europeo” y con una Rusia siempre en proceso de orientalización. El egoísmo de las potencias europeas permitió la existencia de un lánguido despotismo turco en plena Europa, a tiro de piedra de Viena. De manera parecida, la languidez de la Monarquía Hispánica hasta el siglo XVIII devino en la conversión de España en pobre país periférico. Su pauperización, su división interna, está en la base de que el Magreb sea hoy un inmenso hervidero de fanatismo islámico y no en una serie de naciones occidentales mediterráneas, herederas de la civilización romana, una especie de Andalucía “al otro lado” del mar. Como consecuencia de la marginación de España, de su derrota como Imperio en el concierto moderno, el territorio de frontera –en términos étnicos y de choque potencial de culturas- lo tenemos no en África, en un norte de África que habría podido ser europeizado por España, Francia, Italia, sino en la propia Andalucía y en el Levante español.

 

Ser “frontera” y amar la paz por encima de la propia libertad es de locos, o de cobardes. Hay cobardías que son pura locura además. En el momento en que Spengler escribía Años Decisivos, la situación de Alemania, la Alemania de la preguerra que nuestro filósofo predecía con exactitud visionaria en 1933, era la situación de máximo peligro, cuando no caben pacifismos ni medias tintas.

 

La secreta raíz psicológica de nuestro pacifismo, en la estela de Nietzsche, es magistralmente descrita así.

 

“El hombre es un animal de presa. Lo repetiré siempre. Todos los modelos de virtudes y todos los moralistas sociales que pretenden estar o llegar por encima de ello no son más que animales de presa con los dientes rotos, que odian a otros por los ataques que ellos mismos evitan sabiamente. Vedlos: son demasiado débiles para leer un libro sobre guerras; pero se agolpan en la calle cuando ha sucedido una desgracia, para excitar sus nervios con la sangre y el griterío, y cuando no siquiera a esto pueden arriesgarse, lo saborean en las películas y en libros ilustrados. Cuando califico al hombre de animal de presa, ¿a quién ofendo con ello? ¿al hombre o al animal? Los grandes animales de presa son nobles criaturas de especie perfecta y son la hipocresía de la moral humana por debilidad”. [Años Decisivos, p. 34].

 

De la impotencia nace el amor a la Paz, pero en un mundo intrínsecamente conflictivo, donde la Paz es un interludio momentáneo de la Guerra permanente, y donde la Guerra sigue siendo –en última instancia y en sentido originario- la Política primordial de los pueblos y naciones, renunciar a la autodefensa, predicar el desarme, puede ser suicida. Y lo es para los Estados “frontera”, especialmente cuando la frontera se ha establecido –a través de los azares de la Historia- con otra Civilización. Es signo de nuestros tiempos –urbanos, cansados, mutilados mentalmente por la Técnica y la Democracia Mediática- que las calles se llenen de monjitas con pancartas, pidiendo la “Paz”, y haciéndolo además en nombre de Marx, de Lenin, de Kropotkin o de algún santón progresista que se ponga de moda en el momento. Ven la paja en el ojo ajeno, pero a ellos también les excita la sangre vertida y la victoria sobre el rival, una victoria que su impotencia les impide saborear en el plano real, que les frustra hasta lo indecible, y que les vuelve cada vez más rabiosos, biliosos, hasta el punto de llenar con su pus y veneno la civilización toda:

 

“Claman: ¡No más guerras!; pero quieren la lucha de clases. Se escandalizan cuando es ejecutado un asesino, pero gozan a escondidas al saber el asesinato de un adversario político. ¿Qué han tenido que objetar a las matanzas de los bolcheviques? No; la lucha es el hecho primordial de la vida, es la vida misma, y ni siquiera el más lamentable pacifista consigue desterrar por completo de su alma el placer que despierta. Por lo menos teóricamente, quisiera combatir y aniquilar a todos los adversarios del pacifismo” [Años Decisivos, p. 34].

 

En estos momentos en que todas las naciones y pueblos de Europa viven en un mundo de gran riesgo, oscuros poderes informes acechan en los territorios fronterizos, y por medio de la ósmosis creciente que ha provocado la globalización y la emigración masiva, esos poderes se encuentran intramuros, dispuestos a asestar golpes definitivos. La guerra internacional de los E.E.U.U. e Israel contra “el terrorismo” se muestra como una farsa, con descaro y con signos evidentes de fracaso. Europa pagará todos los platos rotos del declinar de este poder judeoamericano: Fracaso en Oriente Medio y en Oriente Próximo, fracaso en Afganistán. Previsible fracaso ante Irán y ante los nuevos regímenes islamistas posrevolucionarios del Magreb. Este “Occidente” armado no ha conseguido exterminar ni un solo régimen islamofascista, ni ha logrado erradicar ni una sola organización de terroristas fanáticos. Por otro lado, ni se plantea hacer frente –desde un punto de vista geopolítico y de estrategia militar, a los grandes imperios ruso y chino. Los “guardianes” de Occidente a los que Europa se entregó, desnuda y sin armas, creyendo que así pagaba mercenarios para defenderse, no han cumplido ninguna misión histórica. Mientras tanto, los pueblos y naciones de Europa han hecho desaparecer su sentido de la milicia, y en medio de una sociedad felah, multicultural, nivelada, alienada, desvían su instinto de lucha –en si inalienable- hacia otros cauces distintos de los de la propia autodefensa.

 

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