sábado, 16 de marzo de 2013

Pueblos y Naciones.


 

Carlos X. Blanco Martín

 


(En la imagen un Stabbur, hórreo noruego).



 

Me parece que el filósofo alemán Oswald Spengler es el mayor pensador del siglo XX. Del siglo XIX tenemos las cimas de Hegel y Marx. En la bisagra de estos dos siglos, tan antitéticos, contamos con Nietzsche. Pero Spengler es, epocalmente, “el nuestro”

 

Ningún filósofo debe ser profeta, pero Spengler, alzado sobre las cimas de los ya citados, se aproxima a esta figura de vaticinador entre sombras, figura augural lanzada al porvenir: su misión fue ver más lejos que nadie. Él vio que Europa muere, a no ser…

 

Europa muere, pero quedan posibilidades para ser recorridas, nunca hay una perdición inescapable. De Europa viene la “nación”. La nación por antonomasia es una nación europea. Los hombres ajenos a nuestra cultura han aprendido lo que significa ser nación a partir de la experiencia europea, imitándola sin hallar, fuera de este “enjambre de pueblos” (Ortega) su verdadero hondón. Del nacionalismo “de campanario” a la Nación Europea como sistema federado de nacionalidades hay mucho sendero que recorrer, mucho género para pensar. Estas líneas pretenden aclarar este asunto: ¿qué es nación?

 

He nacido en un lugar llamado Asturias, y allí están todas mis raíces. Este país es en sí presto a las paradojas (es un Norte de una Europa del Sur) y mi propia experiencia vital y mi conciencia identitaria me ha llevado a ciertas reflexiones que el pensador germano, Oswald Spengler, naturalmente, no podía emprender. Desde aquí, mi cuna, lanzo estas consideraciones sobre ideas difíciles, aviesas, como son las ideas de nación, pueblo, raza, cultura. Quiero reivindicar a Spengler como el gran filósofo y augur para el siglo XXI. No me atrevo a desvalorar las aportaciones de un Heidegger, de un Ortega, de una parte de la Escuela de Frankfurt (olvidémonos de Habermas), de un Schmitt. Pero creo, a parte de ellos, que es Spengler quien contiene las claves fundamentales de nuestra civilización. Claves de su curso, de su diferencia para con otras, de su porvenir, de su más que posible ruina.

 

En este Norte de la Europa del Sur, en esta periferia imposible, pues la europeidad de los iberos se rescató aquí, y por tanto es centro, y siempre bajo unos planteamientos identitarios, independientes en todo de la “hemiplejia mental” (como decía Ortega) que cae en la unilateralidades de izquierdas y derechas, creo que se puede dar una nueva luz sobre Covadonga, sobre Asturias (o Asturies), sobre España y Europa. Enfrentado a cuanto fue mi anterior formación intelectual, enfrentado a quienes quisieron ver en mi “uno de los suyos” y ven, quizá con asco, una reivindicación de Oswald Spengler (sé bien que muy poco “correcto” para los filisteos de este tiempo), digo en alto que en la obra de este autor alemán hay un manantial para comprender lo que nos está pasando. Las aguas son cristalinas en la obra de Spengler, a pesar de ciertos errores, parcialidades y excesos suyos.

 

Veamos qué nos dice Spengler sobre Pueblos y Naciones.

 

El concepto de pueblo (que se “inventa”, según dice, en 1813, aunque yo veo que la fecha precisa sería 1808), según Spengler es una creación romántica. Brota en la Europa Occidental asociado al otro invento romántico que es el de nación (1789) [II, 177]. [1]

 

La Revolución francesa, como estallido que anuncia el fin de la cultura occidental y el inicio de la civilización occidental, el imperio de un espíritu burgués sobre todos los demás aspectos de la vida, señala el comienzo de esta fase postrimera donde se busca un protagonista de cualquier fenómeno histórico. Ese protagonista, en un principio, es la nación (nation) que decapita sus reyes y hace valer exclusivamente su espíritu burgués por las calles, neutralizando y difuminando a las otras clases, las clases primarias de la nobleza y sacerdocio. Desde la época de la guillotina y el Terror, toda clase privilegiada y dominante ha de ser clase burguesa, y con su imperio, la constelación conceptual de la gran urbe da pie a la nueva fase del capitalismo, la fase industrial. La constelación de conceptos de la nation está dada desde 1789: racionalismo, dinero, democracia [II, 156].

 

Como complemento, por más que la inteligencia urbana lo presente como opuesto, aparece también en el periodo romántico el concepto de pueblo (1813, según data Spengler). Es la reacción de Europa ante las ideas revolucionarias y ante su heredero confeso, Napoleón. Reacción de masas campesinas, pequeños ciudadanos, clero retardatario, nobleza marginada, en definitiva, reacción un tanto informe por parte de todos aquellos a los que todavía les faltaba un siglo o más de evolución para poder entrar por los aros y cuadrículas de lo que ya hoy proclamamos como ciudadanía. Pueblo y no nation fue lo que se enfrentó a Bonaparte en España desde 1808, modificando, tanto o más que la Revolución de 1789, los destinos de Occidente.

 

Más significación para el sino de Europa tuvo la aparición de la guerrilla española, como forma de guerra total y como consideración del Enemigo como Enemigo Absoluto (Carl Schmitt), que el episodio revolucionario de 1789. La nación de ciudadanos (nation) es concepto racionalista, de factura lógica y jurídica, que pasa por encorsetar a todas las clases sociales primarias (nobles, clero, aldeanos) bajo las cadenas formalistas del Derecho burgués. Por el contrario, el pueblo no se atiene al Derecho, desconoce las reglas formales incluso en la Guerra, especialmente cuando hace la Guerra. El pueblo es, como creación romántica, una representación de la Totalidad por encima de las clases, y por encima de formulismos burgueses. No deja de resultar curioso que hoy, en una fase todavía más envejecida de Europa, los sectores autodenominados progresistas y de izquierda tiendan a invertir la carga semántica de los términos, escamoteando el concepto ciudadano, burgués y jurídico de nación y sustituyéndolo por el de pueblo, presuntamente más interclasista y aglutinador, y no comprometido con la existencia de un Estado propio. Pero la cuestión, en clave spengleriana, es justamente la inversa: el Pueblo es una creación romántica totalizadora, una confusión creada desde el 2 de mayo español, podríamos decir, y seguida de otros levantamientos contra Napoleón en el resto de Europa. Y como creación confusa y totalizadora que es, hay que someterla a análisis, oponerle categorías que la cruzan y cuyo entretejimiento da cuenta de la realidad.

 

Estas dos categorías spenglerianas que vienen a sustituir y, en cierta manera destrozar, el concepto de Pueblo son la raza y el idioma [II, pps. 177 y ss.].

 

Cualquier realización artística, política, religiosa, militar o de otra índole, es un fenómeno histórico que, en el acto, la historiografía quiere vincular con un supuesto protagonista colectivo: el Pueblo. Pero tal sujeto es confuso, y contiene los dos aspectos del cosmos. El primero, el aspecto macrocósmico de la existencia: la raza. El otro es el aspecto microcósmico de la “conciencia vigilante”.

 

Comencemos por el primero. El sentido spengleriano de la palabra raza es muy distinto del que suele ofrecernos la ruda biología de su época. En realidad, nuestro filósofo no comparte ninguna de las tesis de la pseudociencia raciológica que, con el conde de Gobineau y Chamberlain, llegan hasta Hitler y el nacionalsocialismo. Ciertamente, el concepto de raza en Spengler tiene mucho de espiritual, bien comprendido que tampoco hay dualismo entre cuerpo y alma en su filosofía. En efecto, mucho antes del surgimiento de cualquiera de las grandes culturas humanas, sobre la superficie del orbe, había razas humanas. Éstas brotan de un solar concreto y el poder de ese suelo se transmite a su fisonomía. En opinión de Spengler, las migraciones de las antiguas razas acaban determinando mutaciones decisivas por el nuevo suelo en que han de arraigar. Se nos ocurre que los suevos, vándalos y godos anclados en Hispania y en otras tierras alejadas de su Heimat, de su hogar ancestral, debieron mudar de forma notabilísima y no precisamente por obra de hibridaciones, que es la tesis querida en su día por el botánico Darlington. En general, en su grueso libro Evolución del Hombre y la Sociedad,[2] el biólogo inglés explica la Historia humana en términos de estrategias de propagación, cruzamiento, reproducción, etc. Así, por ejemplo, los pueblos conquistadores (los godos en Hispania) pueden optar por un política endogámica de cruzamientos para mantenerse separados de la masa hispanorromana mucho más numerosa pero aún dotada de su propia aristocracia. No descabezar esta aristocracia supone siempre la posibilidad de la hibridación con la masa conquistada, la cual empezaría por las cúpulas superiores, y sería una cuestión de tiempo –nada más- que se extendiera el relajamiento por imitación de los nobles de ambas etnias. En otros casos, si la nobleza vencida es exterminada, la hibridación podría comenzar por medio de la clandestina y marginal, y desde ahí, ir extendiéndose por toda la formación social.

 

En todo caso, para Oswald Spengler la raza viene a ser como el cuerpo de un individuo, pero tomada en una dimensión temporal, pre-histórica y supra-histórica. Consiste en realidad en un torrente de sangre, en buena medida inconsciente. Cuando Spengler habla de razas no habla de una colección de rasgos anatómicos o genéticos mensurables, susceptibles de ser descritos y correlacionados con los métodos de las matemáticas y de las ciencias físico-químicas. Muy por el contrario a mí me recuerda  otras creaciones intelectuales del pensamiento germano, aunque desprovistos de todo contenido universalista: el Inconsciente Colectivo, del psicólogo suizo Carl G. Jung, o la Voluntad de Schopenhauer exhiben ciertos parecidos con la raza spengleriana. Son entidades supraindividuales, trascendentes, aunque en gran medida se identifican con la vida, con la propia esencia cósmica de los fenómenos orgánicos. La raza en Spengler viene a ser como un Inconsciente Colectivo jungiano, pero específico de una cierta “composición sanguínea que, después, con un solar primigenio, un idioma y ciertas realizaciones originales, dará pie a una Cultura. Recuérdese que, por el contrario, el Inconsciente Colectivo jungiano es universal, común a toda la Humanidad, y consiste en el depósito de imágenes o arquetipos que, por encima de los individuos o la formación cultural concreta del sujeto, se le aparecen cual revelaciones. En cualquier caso es un depósito anímico recibido por el individuo, de la misma manera en que –en un plano más biológico- todo individuo recibe una combinación de genes que él no ha elegido y que le son por completo trascendentes –en los dos sentidos, pasado y venidero- así como incontrolables.

 

Lo mismo cabe decir de la Voluntad en Schopenhauer. Esta ciega fuerza, absolutamente carente de sentido, sin luz en sí misma, se dota de órganos de conocimiento, de antenas y marionetas para orientarse e intervenir en el mundo de los fenómenos, permaneciendo ella misma resguardada de toda expresión fenoménica, pues el principio de individuación afecta a los hombres que, en el espacio, en el tiempo y con un cuerpo animal se arrastran por este mundo esperando la muerte, luchando y anhelando al servicio, sin saberlo, de la monstruosa Voluntad. Los individuos de una raza también pueden ser marionetas o instrumentos de ella, y aman, luchan, paren hijos, etc., obedeciendo los “llamados de la sangre”, unos dictados de los que no poseen conciencia, pero que siempre se traducen en hechos, en obediencia, justamente como si la Voluntad fuera independiente de la conciencia (tesis schopenhaueriana crucial en Spengler), e independiente del individuo. También procede directamente de Schopenhauer, aunque no es reconocido explícitamente por el autor de La Decadencia de Occidente, la distinción entre ese Poder supraindividual y suprarracional (la Voluntad, la Raza) y la conciencia de cuanto hay que hacer. Los individuos actúan a lo largo de las generaciones por medio del tacto, del instinto, por la acción imperiosa del suelo y de la sangre y sólo tardíamente la conciencia vigilante hace oír su voz. La conciencia vigilante es, como la razón en Schopenhauer, posterior a la vida y subproducto de ésta. Un medio de la vida (o Voluntad macrocósmica) para perpetuarse y seguir siendo. Me parece que la herencia –no reconocida- recibida de Schopenhauer es innegable en Spengler.

 

Así pues, existencia y vigilia: desde este doble plano hemos de cifrar el secreto de la Historia y del Universo mismo. Y también a partir de la radical asimetría entre ambos aspectos, pues sólo puede aparecer la vigilia una vez que ya es dada la existencia, mas no al revés. A la mera existencia corresponde la naturaleza vegetativa de las cosas. Ya en la ontogénesis de los seres se advierte la presencia del elemento animal diferenciado del vegetativo. Lo animal es siempre móvil, errante, vigil. Lo vegetal, en cambio, permanece anclado, conectado de forma forzosa a una raíz y ésta a su vez a un microcosmos. En el mundo vegetal, inmóvil e inconsciente, hay ritmo pero no polaridad. El aspecto vegetal de los animales y del propio hombre, lo que de existencia pura –preconsciente e inconsciente- hay en los animales y en el hombre consiste en un sentido del ritmo. Ello es evidente en las labores del campesino. Todo el ciclo anual es un ajuste y armonía con los acontecimientos astronómicos. La siembra, la siega, la recolección, todo se somete a las pautas macrocósmicas y se desconoce la oposición, el enfrentamiento. Desde que los cazadores-recolectores abandonan su vida nómada y arraigan, cultivan el suelo y encierran animales que cuidan y explotan, desde ese momento la existencia puramente animal basada en una conciencia de la presa y la vigilancia ante enemigos da un aparente paso atrás para recobrar un impulso extraordinario: la agricultura es un cierto regreso y una cierta recuperación de la existencia vegetal, en la medida en que el hombre arraiga, es planta fija al suelo y conectada al macrocosmo, pero con su transformación del medio ambiente, radical e irreversible, se prepara el nacimiento de la Cultura. Ya no habrá simplemente “razas”, habrá en la superficie terrestre Culturas.

 

Pero en las Culturas va surgiendo cada vez más el microcosmos, el hombre con conciencia vigilante, que no se limita a escrutar el medio ambiente buscando presas, refugios, botines, sino el animal que sabe encerrarse en sí, al principio por medio de muy breves momentos pasajeros, y re-flexiona el mundo en su interior. El extraño animal que sabe aplazar el impulso, detener el imperativo de los genes o de la sangre, que modula y aclimata sus respuestas, que se enfrentan al macrocosmos. Su alma microcósmica es ya una oposición al ritmo macrocósmico. El hombre con conciencia vigilante es el animal sumido en las oposiciones, en las bipolaridades que crean tensión. La propia agricultura (que junto a la ganadería es la base de la Cultura) es ya esa tensión: tensión entre la naturaleza que da, ofrece, pero también arrebata y tiraniza, por un lado, y lo que el artificio humano crea, aísla, transforma en ella. La casa campesina, así, se nos muestra como la manifestación suprema y primaria de una raza. Como antítesis a la faceta activa del hombre agricultor que hiende con sus herramientas la tierra y encauza para sus fines la naturaleza toda, transformándola, la cultura campesina retorna –desde un plano superior- a la base vegetativa, haciéndose sedentarios los aldeanos, renunciando a la animalidad que implica la vida nómada, la errática cacería y el prehistórico abrazar del microcosmos, ante cuya enormidad el nómada reforzaba su conciencia microcósmica.

 

Desde estas parejas de términos antagónicos, vegetal y animal, macrocosmos y microcosmos, Spengler desarrolla toda una filosofía de la historia no dualista, pues las parejas de términos antagónicos muestran su dialéctica en los más diversos planos, desde el más básico de la biología prehumana hasta los más refinados y complejos productos de las civilizaciones superiores. Así, por tanto, el hombre precultural y campesino retorna a una existencia vegetativa por comparación al nómada, animal cazador y explorador, pura conciencia vigilante sin raíces. Y es ese hombre que arraiga en un solar primigenio, trabajándolo, haciendo suyo su paisaje, quien va a ser instrumento de esas “plantas” de orden superior que son las culturas. Son las culturas las que van a dar forma a los pueblos y a los hombres que las integran, y no a la inversa.

 

Las grandes culturas recorren su ciclo, siguen el curso del sino y todas devienen civilizaciones ineluctablemente. Esto ha acontecido en la cultura occidental. Los diversos pueblos que formaron parte de ella han sido formados por la cultura occidental, que todavía hoy muestra el paisaje de una diversidad de naciones. Es preciso subrayar que no es lo mismo nación que pueblo. Los pueblos pueden llevar, durante docenas de siglos, una existencia al margen de la nación. También sucede a menudo que un pueblo llega a formarse como nación y, después de un cierto tramo de recorrido histórico, regresar a una existencia no nacional, pues las naciones se pueden destruir arrojando a la corriente de la historia el devenir de los pueblos. Los pueblos que han perdido su existencia nacional –que a su vez nada tiene que ver con la posesión de un Estado- retroceden a una nueva forma de primitivismo, a saber, la existencia de los pueblos felahs.

 

El prototipo de pueblo felah lo constituyen los campesinos egipcios que, una vez decaída su civilización, quedan formando parte del sustrato de otras culturas o naciones dominantes. El helenismo y Roma ignoraron por completo a este antiguo representante de una gran civilización, ya a los ojos antiguos enteramente muerta después de una larga decadencia. El labrador egipcio era pueblo felah en tiempos romanos porque ya no era protagonista de su historia, dejó de ser “nación”, y este estado prosiguió durante los siglos de dominación bizantina, árabe y turca.

 

En nuestra historia peninsular contamos con un espléndido ejemplo de conversión de un pueblo, antaño civilizado y orgulloso, en felahs. Son los mozárabes. Toda la población hispanorromana, ya bajo dominación goda, había visto cómo un pueblo extranjero se hacía con su suelo, con el gobierno, los privilegios. No ofrecer resistencia armada a una invasión, aceptar un modus vivendi con el intruso para no perder comodidades y vidas puede ser el inicio seguro de un proceso de felahismo. En el momento de la invasión musulmana, los elementos felahs de Hispania no tuvieron sangre ni motivación alguna para defender un reino que no sentían como suyo. El abundante proletariado urbano y rural, muy numeroso en el sur (La Bética) y en el Levante simplemente cambió de amos, y como atestiguan las crónicas, de este proletariado y sector urbano (cosmopolita) destacó el contingente judaico como quinta columna del invasor moro. Se cuenta que los judíos abrían las puertas de las murallas a las tropas muslimes y que éstas, una vez capturada la ciudad, dejaban una guarnición hebrea para proseguir la conquista del reino godo.

 

Pues bien, el elemento mozárabe (ya integrando sin distinciones a godos e hispanorromanos) que no emigró a Asturias o a tierras de los francos, y después de una heroica resistencia civil en ciudades patricias, antaño orgullosas y ricas (Mérida, Córdoba), decayó progresivamente en cuanto a conciencia identitaria, rebeldía y vigor intelectual. Un siglo de dominación sobre un pueblo es un lapso fatal, si se vive bajo presión y marginación, como fue el caso de los cristianos mozárabes. Cuando las distintas tierras al sur del Duero volvieron a manos cristianas, había transcurrido el suficiente tiempo como para que la diferencia básica entre naciones “mágicas” a la altura del siglo VIII (cristianos, judíos y musulmanes) se transformara en una diferencia entre la nación fáustica (Asturies y otros pequeños núcleos norteños) y la nación “arábiga” de la que formaba parte Al-andalus.

 

Hemos de observar que la diferencia entre una Península Ibérica norteña, cantábrica y el resto (meseta, Levante, Sur) vino marcada, previa a la invasión mora, por dos oposiciones fundamentales y que el elemento invasor sólo pudo perpetuar. Me refiero a la oposición campo-ciudad y a la oposición entre alma mágica y alma fáustica. Por medio de estas bipolaridades establecidas por Spengler podemos salir al paso de los errores reduccionistas de la historiografía convencional.

 

a)      De una parte el error etnicista. Ciertamente el elemento beréber – a pesar de una posible relación con el sustrato protohistórico íbero del Levante y del Sur, hipótesis en la que no me detengo- era, en 711, un elemento foráneo y disonante frente a las realidades del Reino Godo, de norte a sur, de este a oeste. Este elemento beréber disminuyó muy pronto, y las guarniciones norteñas quedaron abandonadas a los pocos años. Mientras tanto, otros elementos semitas, como la élite árabe y las tropas sirias, eran muy exiguos, aunque dominantes en lo político y militar. La oposición entre el norte cristiano y el sur moro puede distorsionar nuestra visión de la historia una vez que consideramos la conversión en masa al Islam de muchas gentes hispanorromanas y godas. Si acaso estas masas del sur y del levante ya mantenían diferencias culturales –más que raciales- con las del norte, previas a la venida de los moros. Con lo cual el criterio etnicista se vuelve muy problemático, no sirve como motor causal o fuente explicativa de procesos históricos tan relevantes en Occidente como la caída del reino godo y la penetración del Islam en Europa. Creo no pueden esclarecerse por medio de esta categoría.

 

b)      De otra parte el error determinista geográfico. El marco geográfico, como la composición étnica, tampoco sirve como motor de cambios históricos, siendo como es esencialmente su escenario. La geografía entendida bajo criterios históricos no es una red de elementos absolutos, sino más bien es un resultado de procesos históricos. Por ejemplo, el hecho de que el Levante y el Sur del antiguo reino toledano hayan sucumbido desde mucho tiempo atrás a toda clase de influencias afrosemíticas, y “antiguas” en el sentido spengleriano (púnicas, romanas, griegas) da pie a considerar que dos tercios del Reino eran ya territorios civilizados en el sentido spengleriano, esto es, regiones inmersas en la decadencia, habitadas densamente por una población urbana, por un proletariado acrisolado y sin raíces. Más allá del clima –extremadamente opuesto al del atlántico de los pueblos norteños, astures, cántabros, galaicos- del orbe mediterráneo, cabe pensar en el poderoso influjo que ejerce el mundo artificial de piedra sobre las almas de los hombres. Hombres que son “espíritu” pero no “sangre” ni “raza”. El mundo cantábrico de montes altísimos, vegetación exuberante de tipo atlántico y centroeuropeo, el clima templado y húmedo, habitado por pastores dispersos sin ciudades y razas poco romanizadas y en permanente estado en forma, una forma militar poco, muy poco tenía que ver con ese otro mundo sobre el que romanos, y después godos y moros pudieron extender completamente su dominio. El mundo civilizado de las postrimerías, el mundo de la cives, en donde el alma mágica había empezado siglos atrás a echar sus raíces mucho antes de la invasión mora. Un alma mágica que brotaba entre esas gentes que dormían y se arrastraban sobre el mármol ajado de la pseudomorfosis tardía romana, tan ajena –como a años luz- del alma, más “primitiva” del guerrero astur que pisa verdes prados o explora espesísimos bosques, que otea llanuras inmensas por conquistar desde altozanos donde comparte nidos con las águilas.

 

Bien puede decirse que allí donde había ya un alma mágica ya los moros tenían el trabajo prácticamente hecho para hacer sus conquistas, tan fulgurantes que bien podrían compararse a simples paseos militares. El alma mágica ya existía en Egipto, Siria, Mesopotamia, en el norte de África: todas estas tierras de Bizancio acogieron, en gran parte, a los jóvenes arábigos como libertadores. Sus guerreros, henchidos del nuevo fanatismo, sólo hallaron tierra y pueblos felahs bajo las pezuñas de los caballos. Quien no era un felah era un hermano de alma, que tiempo atrás ya vivía bajo la cueva cósmica, en esa especie de mundo fabuloso –como de cuento- en donde se hace preciso luchar –con espada o con fervor- denodadamente en contra la oscuridad. La yihad y la cultura arábiga toda es un producto genuino del miedo: el miedo a la oscuridad.

 

La geografía como escenario, y el suelo de una comarca como factor determinante de la aparición de distintas clases de alma y, si acaso, de diferentes clases de cultura: Este es el punto que hemos de comprender con exactitud. El historiador traza mapa entre religiones, fronteras que dividen el orbe cristiano de otros que le son vecinos y contemporáneos. Y ya esto es falsear los hechos. Antes de Mahoma ya hubo tres cristianismos: el occidental (paulino) que hizo presa entre los antiguos seguidores de la “Iglesia” pagana grecorromana, el meridional (petrino) que actuó sobre los antiguos talmudistas judíos y sus áreas naturales de expansión al sur, y el oriental (nestoriano, monofisita, p.e.) que bien poco debía diferenciarse del mazdeísmo y de otras gnosis y cultos pérsicos. Spengler destroza el concepto enterizo de “cristiandad”. No existió tal unidad cristiana salvo en el nombre: ni en el espacio ni en el tiempo. Las distintas comarcas geográficas, tomando como referencia el Mediterráneo (Occidente, Sur, Oriente) determinan distintas formas anímicas, predisposiciones del alma y ellas han de albergar evoluciones religiosas que, al igual que las políticas o las artísticas, se amoldarán a tales cauces o arquetipos.

 

La España mozárabe ya albergaba felahs en sus ciudades y latifundios mucho antes de la invasión mora, no menos que las provincias norteafricanas del antiguo Imperio, no menos que Egipto y el Próximo Oriente. La “España” nórdica, en cambio, aunque no exenta del todo de influencias romanas, era una región sin ciudades, sin pseudomorfosis, era una promesa de nueva alma, la que andando el tiempo daría en llamarse alma fáustica y gótica.

 

En los años iniciales del Reino Asturiano, aquellos elementos celtogermánicos que pelearon por su libertad, refugiados en los Picos de Europa (macizo cuyo actual nombre es un evocador perfecto de aquellos hechos remotos, pues Europa se salvó entonces en Covadonga y en los hechos inmediatos), el sector culto que bendijo la revuelta (Beato de Liébana, muy destacadamente) se veía inmerso en los esquemas apocalípticos del alma mágica. Como subraya José Luis Villacañas, en su obra La Formación de los Reinos Hispánicos,[3] la mentalidad profética y apocalíptica se haya muy presente en las Crónicas Asturianas. Los hechos en los que astures, cántabros y godos norteños se veían inmersos proseguían sin solución de continuidad el curso bíblico de acontecimientos, previsto por Dios. Si bien la nación goda había pagado por sus pecados con la destrucción de su Reino, una nueva nación brotaba en Asturias. Y he aquí un dato de interés supremo: que propios y ajenos, esto es, los propios redactores de las Crónicas así como las fuentes musulmanas, coincidían en subrayar que los rebeldes del norte eran un pueblo nuevo. El ritual, la ideología restauradora, los símbolos de la realeza, todo remitía al viejo Toledo, al perdido esplendor de los godos. Pero en Covadonga se había dado una etnogénesis, un proceso conformador según el cual de algunos pueblos diversos se forma una Nación. ¿Y cómo? Luchando juntos, evidentemente. La unión de armas crea afinidades fundamentales entre los pueblos, lazos de solidaridad y camaradería.

 

El parto de las naciones: según Spengler esto es obra de las clases primarias, y viene facilitado por la guerra ante enemigo común. La vieja nobleza goda presente en Asturias no debía ser de alto postín (los magnates se islamizaron para conservar sus riquezas, siervos y latifundios), sino media y baja, la menos dada a la molicie. Y de entre los asturcántabros cabe decir que su estructura de gens era, de siempre, guerrera, y por necesidad dotada de jerarquías militares nativas, como todos los pueblos indoeuropeos y especialmente, como en los pueblos celtizados. La empresa de luchar por la propia libertad, por escapar de los tributos, de los harenes y de las castraciones, por no ser vendidos como esclavos o aniquilados bajo el filo del acero era motivación bastante para ir depurando una casta de caudillos nacidos para pelear. De tal casta reorganizadora, se forma algo más que un pueblo en resistencia: se forma una nación en armas. En poco tiempo se advirtió la diferencia: de la escasa vitalidad demográfica de Al-andalus, en donde la tropa era mercenaria e importada, a la expansión astur (ya de signo fáustico bajo Alfonso III) hay todo un mundo. Si en un principio las Crónicas hablan de dos “naciones” mágicas –cristiana y musulmana, bien pronto se advierte que al delimitar una frontera en torno al Duero, las naciones en liza se corresponden con culturas –en el sentido spengleriano- distintas, cada una en una fase de la vida completamente diferente. La nación fáustica incipiente, cuyos templos (por ejemplo los magníficos edificios del periodo de reinado de Ramiro I) y cuyas batallas parecen anunciar el infinito afán de afirmarse, de ser, llevaba consigo el destino de repoblar desiertos, ganar tierras, no formar parte de un Oriente que ya había tocado techo en lo militar y en lo reproductivo. El viejo problema del mundo antiguo, a saber, la esterilidad, se presentaba con toda su crudeza en el sur y en Levante peninsulares.

 

Por otro lado el incipiente Reino Astur no fue presa del quijotismo, esa enfermedad romántica que mueve a ciertos caudillos y grupos dirigentes querer recuperar imperios perdidos. Esto es objeto de la máxima reprobación en Spengler: el romanticismo. Carlos I de España y V de Alemania no fue, por ejemplo, un nuevo Carlomagno, y menos aún un sucesor de los césares romanos. Fue una borrachera convertida en monarca, a quien el azar había dado en acumular multitud de territorios dispares, con leyes y etnias dispares, carentes de vinculación orgánica. El romanticismo de los Austrias, así como la existencia amorfa del Sacro Imperio Romano Germánico desde el medievo hasta el mismo siglo XIX, demuestran el carácter romántico o quijotesco de ciertos proyectos y organizaciones políticas. Suponen un mirar hacia atrás. Esta clase de proyectos quijotescos y nostálgicos van contra la nación y contra las naciones, limitándose a usar a los pueblos como meros instrumentos o bultos inertes. Muchas veces los pueblos instrumentalizados (así Castilla) se desangran y degeneran sensiblemente ante el romanticismo imperial. Otras veces, el Imperio quijotesco funciona a modo de semillero o incubadora donde las futuras naciones despertarán a pesar de la gran estructura anacrónica levantada (así, multitud de pueblos germánicos bajo Carlomagno) o disgregados en un provincianismo deplorable pese a la indudable y perseverante unidad nacional (v.gr. los alemanes a pesar del Sacro Imperio y su mosaico de estados).

 

El salto de pueblo a nación es una especie de despertar (II, 286). En realidad, los pueblos de occidente pueden llevar una oscura existencia milenaria sin acceder jamás a la condición nacional. Semejante amanecer, según nuestro filósofo, es obra y posesión de una minoría. Ella es la que entusiasma a la multitud. Un pueblo entusiasmado por esa minoría, ya entra en la historia. Occidente, especialmente Europa, es una comunidad de naciones en la medida en que estas han ingresado en la Historia: y el ámbito de la Historia es el de los hechos, no es de los conceptos ni de las verdades. El derecho a existir de una Nación no atiende a razonamientos, es inmune a la lógica. Y su supervivencia de facto, contra toda lógica –abstracta o utilitaria- suele ir contra la “verdad”. La verdad es ajena al tiempo, a la historia. La verdad es para el sacerdote o para el sabio inactivo. Trasladada al ámbito de la política contemporánea la Verdad se traduce en una Constitución, en un “Estado de Derecho”, y en el terreno ético-social la Verdad es la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el código ético que se desprende de la proclamas a favor de la “Libertad, Igualdad y Fraternidad”. La inflación de la ética que sufre nuestro mundo, civilizado y occidental de las grandes ciudades postrimeras toma su sentido aquí. Todo se quiere juzgar de acuerdo con un formalismo ético, con una legalidad universal. Sobre cada ciudadano se quiere inyectar la aguja punzante del “Yo debo”, y en este sentido todo credo religioso o imperativo político, da lo mismo que sea socialista o cristiano, liberal o anárquico, ha degenerado en esto. Ya no hay religión ni “gran política”. Todo ha devenido para el hombre cosmopolita en un decálogo de “imperativos categóricos”.

 

La ética, como dice Spengler, nada sabe de los hechos, es ahistórica. El dualismo entre hechos y verdades, que recorre todo el libro de La Decadencia de Occidente es fundamental. Es una bipolaridad irreductible. Se haya muy bien personificada por el odio e incomprensión mutuas entre el guerrero y el sacerdote, entre el castillo y el templo. La ética de nuestros sacerdotes laicos pretende ser intemporal. Estos sacerdotes sin Dios toman como templo el foro político o las aulas, la prensa o la “educación para la ciudadanía”, trabajan por la paz en una ONG o sermonean desde un sindicato. Pero son sacerdotes que esconden en sus más recónditos sótanos y recovecos un poso de muerte o, de ascesis, que en definitiva es preparación y dosificación de la muerte.

 

La ascesis fáustica es una voluntad fuerte que debe dominar a la propia voluntad. La ascesis mágica es la anulación de toda voluntad, su emasculación dentro de la cueva cósmica. Desde los tiempos más juveniles en que la ascesis formaba parte de la religión hasta los tiempos postrimeros o civilizados, hay una gran degeneración del impulso ascético, pero este no se extingue, a lo sumo se divulga, se populariza, se pretende hacer más cómodo y “accesible para todos”. En los tiempos actuales de la pedagogía del “¡aprende sin esfuerzo!” y del hedonismo como doctrina regulatoria oficial (“aprende a vivir, cuídate”) debe –por necesidad y coherencia- ofrecerse una ética social como sustituto de toda religión y toda metafísica (que en su raíz son la misma cosa), y el ascetismo o verdad clavada para el habitante de la gran ciudad debe ser un cierto altruismo genérico, un sacrificio por el otro. Todo el cristianismo que circula hoy por Occidente ya es esto y sólo esto. Cristo se ha puesto al nivel del Che Guevara y de Martin Luther King, de Gandhi y de cualquier revolucionario ético-social.

 

Spengler sostiene que el Jesús histórico fue un hijo del mundo arameo. Un mundo que ignoraba las grandes realizaciones occidentales de Roma, un mundo formalmente incluido en aquel Imperio pero de suelo oriental, un mundo de campo sin ciudades, de gentes sencillas que ya vivían dentro y bajo la cueva cósmica. Ese mundo de campesinos arameos que tiembla ante oscuras presencias, diabólicas, malignas. Mientras los propios judíos de ciudad eran, en realidad, hombres helenísticos en todo el sentido, que hablaban griego y se desnudaban en el gimnasio, al margen del suelo que pisaban –como todo hombre de ciudad a quien el pavimento aísla del poder del suelo y de la madre tierra- los sencillos arameos del entorno inicial de Jesús andaban muy lejos de necesitar mensajes ético-sociales y más bien anhelaban apaciguar sus terrores cósmicos. La religión aramea de Jesús es la religión del terror a la oscuridad, como todo niño siente al apagarse la luz de su cuarto o al sentirse solo en un espacio inmenso. De este Jesús de la cueva cósmica, el arameo y ya, a todos los efectos, “arábigo”, la historia de Occidente habrá de conocer más bien la edificación hecha por Pablo, el verdadero creador de una Iglesia “romana”.

 

Pablo, el rabino, el formalista, el escolástico avant la lettre. Fue el cristianismo paulino el que había de transformar a los fieles de la Iglesia “pagana” del helenismo en cristianos. Occidente fue para Pablo, el Sur para Pedro, y el Oriente para el llamado Juan y los dualistas. Todos los concilios de la Iglesia en los siglos primeros del cristianismo fueron en realidad, según la particular visión spengleriana, luchas entre distintas religiones que se hacen pasar por cristianas.

 

La visión morfológica de Oswald Spengler consiste en romper las unidades cronológicas y las unidades fenoménicas de la Historia, deshacerlas en virtud de otros conceptos mucho más ligados a la biografía peculiar de cada clase de alma colectiva que, arraigando en cada solar primitivo llega a denominarse Cultura y, una vez desarrollada, se vuelve rígida y estéril, esto es, Civilización. Así pues, no existen las tres edades –antigua, medieval y moderna- en que se divide el supuesto continnum ascendente en que los historiadores sacan a la luz hechos pasados hasta llegar a un luminoso Hoy. Los ciclos no son de una Humanidad enteriza, universal, sino específicos de cada cultura y esta cultura brota de un solar cuando estos pueblos –acaso nómadas anteriormente- arraigan y en su tierra madre (Heimat) acceden a la Historia precisamente por sus realizaciones, por sus hechos. Las grandes culturas, como la arábiga se corresponden a una clase de alma de naturaleza completamente diferente a las almas de otras culturas. El alma mágica se encuentra en contacto espaciotemporal con las otras culturas circundantes, y tomará influjos, préstamos, tesoros, pero ninguno será fundamental para el crecimiento y desarrollo de la propia alma mágica. En occidente esa alma mágica penetra incluso hasta los Pirineos, se cuela por la Provenza y tropieza con un muro, el macizo de los Picos de Europa, en Covadonga. Gran parte de los hispanos bajo dominación goda ya eran “mágicos” en su contextura anímica. Toda la ola de ascetismo (eremitas, monjes, santos) que se prolongó tras la invasión islámica, en forma mozárabe, pertenece al alma mágica: al alma que busca “verdades” y muerte, pero nada quiere saber de “hechos”.

 

En el mundo de los hechos se situaban ya las cabalgadas de los reyes asturianos: ávidos de botín, hambrientos de victorias. Es muy miserable la concepción histórico-materialista que se le limita a ver a unos montañeses –más o menos germanizados- luchar por tierras de labor y pelear por conseguir desagüe a su exceso poblacional, arrinconado en la estrecha franja verde que hay entre la cordillera cantábrica y el mar. Si de lo que se trataba era de vivir lo más normal hubiera sido buscar un modus vivendi, un entendimiento con el poder moro tal y como habían hecho todos los demás cristianos de la península. A algunos de ellos, en el sur islámico, incluso les había ido muy bien materialmente hablando, y no siempre por medio de una renuncia a la fe en Cristo, aunque islamizarse favorecía el ascenso social, la obtención de cargos, la exención de impuestos y demás ventajas.

 

En efecto, en un primero momento, en el siglo VIII, parece que es riguroso hablar de dos naciones mágicas frente a frente: la “nación” cristiana y la “nación” islámica, ambas compartiendo en gran medida una misma alma mágica, como correspondía a la órbita mediterránea en aquella época, en una amplia comarca que desde la Provenza hasta las primeras arenas del Sahara había despertado tiempo atrás a ese tipo de vida anímica por encima de cadáveres culturales, por encima de las pseudomorfosis de Roma. Pero la Península Ibérica no era toda ella conocedora de la pseudomorfosis del mundo antiguo: ni toda ella forma una unidad geográfica y étnica, ni toda ella había desintegrado sus pueblos bajo la uniformidad urbana que trajo consigo la romanización. En la Hispania del Noroeste vivían pueblos que, si bien latinizados en el “idioma” no lo habían sido en cuanto a la “raza”. Y el poder de la “raza” había de determinar el paso a un alma fáustica por parte de ellos, para hacer frente no ya a unos extranjeros (beréberes, árabes, etc.) sino a hombres anímicamente distintos: a hombres mágicos, a representantes de otra disposición anímica, a gentes “civilizadas” frente a gentes “cultas”.

 

Hay ejemplos abundantes en la historia que ilustran de manera plástica este encuentro de una cultura naciente –ruda, fresca, vital- frente a una imponente pero ya caduca civilización. Los micénicos frente a los cretenses. Las bandas de germánicos acampando fuera de los muros de enormes pero casi vacías ciudades de Roma. Spengler no se los ahorra en su magna obra. Pero le faltaba uno: Asturias, como avanzadilla, situada en pie de armas frente a un Islam –emiral y califal- habitado por una buena parte de población felah y organizado por una minoría oriental. Asturias, semillero y cabeza de puente de una cultura fáustica que nacería desde Finisterre hasta Rusia, frente al entramado de pseudomorfosis, frente al mundo civilizado por diversos estratos (grecorromano, arábigo).

 

En estos momentos incipientes, verdaderos amaneceres en que una nueva cultura nace, brota también una nación. Pueblos siempre hay y siempre habrá con independencia de la fase del ciclo en que ellos estén. La formación de una nación en Occidente es el tránsito desde un conglomerado de pueblos a una unidad superior, de lucha ante enemigos comunes y de apropiación de tierras y pretéritos. Los reyes astures, y la nobleza que ellos crearon y de que se rodearon “no eran ya visigodos” o mejor, lo fueron precisamente en el momento en que se apropiaron de un pasado mitificado, y en el momento en que adquirieron conciencia de su misión como legítimos poseedores de las tierras que aquella monarquía caída por obra del sarraceno una vez dominó. Del pueblo astur (asturcántabro sería mejor decir, si nos atenemos a las unidades federadas que recibieron denominación ya en la época de la conquista romana) siempre quedará, formando parte esencial de su alma, el elemento idiomático y el paisaje. La nobleza que de allí salió, expandiéndose y mezclándose con élites galaicas y vasconas, en las alas occidental y oriental respectivamente, fue la quintaesencia de su clase “aldeana” en el sentido de Spengler. La planta siempre arraiga hondo en el suelo, y precisa de ese suelo para desarrollarse plenamente. Los pueblos del norte ibérico son productos genuinos de ese suelo, ese clima, esa orografía. En ellos no fueron apreciables los efectos de una “repoblación”, esto es, de una etnogénesis secundaria.

 

Ahora bien, con la guerra se funden los pueblos desde la cúspide hacia abajo, se forman las capas superiores de una manera natural cuyos rudimentos se observan ya en los animales. Los cabecillas momentáneos de una horda, de una tribu, no pueden –sin embargo- fundar un principio dinástico. El principio dinástico supone una proyección en el tiempo, un dominio de la idea que se extiende hacia el futuro. Todas las naciones de Occidente fueron, según Spengler, forjadas bajo este principio de la duración y de la transmisión de la sangre que ya, en una versión modesta y aldeana, sigue dándose hoy en la más ignota y perdida casería, ese pequeño reino cuya sede trasciende al ocupante actual y transitorio.

 

La realeza de la cultura fáustica es incompatible con toda especie de califato. La jefatura militar y popular de aquellos reyes del amanecer fáustico implicó la lucha por la duración, la imposición de una regla sucesoria y la gestión de las ramas colaterales y secundarias del árbol genealógico. La genealogía –junto a los hechos de armas- era el todo de la política fáustica. El califa, en cambio, es la cabeza en donde se reúne el consensus mágico. La oposición entre papado e imperio es exclusiva de Occidente.

 

Los primeros monarcas de la cultura fáustica salvaron a la Iglesia o, por mejor decir, crearon su Iglesia. En el caso de Asturias tanto como en el Imperio de Carlomagno, bajo idéntico programa, la dominación del tiempo buscó apoyo y edificó los fundamentos de una nueva dominación del espacio. Según Spengler, recordemos, las dos clases primarias son nobleza y sacerdocio. La nobleza es el imperio del Tiempo, de ahí su principio dinástico que explica incluso la vida de las más modestas familias. El sacerdocio es la negación del tiempo y, significa el imperio del Espacio: los hijos de un sacerdote o la herencia de la función sacerdotal son la negación misma de su esencia. La cultura fáustica naciente debía cortar los lazos con los viejos usos mágicos y “antiguos” del sacerdocio. Son bien conocidas las enérgicas rupturas con la clerecía mozarabita de los reyes astures. Beato frente a Elipando: acaso aquí se esconde un símbolo mucho más trascendental, algo que va infinitamente más allá de una ruptura política entre Oviedo y Toledo, algo que sobrepasa un enfrentamiento doctrinal estrictamente teológico. Se trataba no de distinguir posiciones académicas en Teología, como se hace ahora, sino de romper una cultura nueva con todo lazo que la uniera a la antigua, la civilización felah. La nación cristiana se rompió, y los cristianos de la Península tuvieron, desde entonces, que escoger entre la felahización mozarabita, o la emigración hacia el norte que fue, también, la emigración hacia una nueva alma, y una nueva vida.

 

La historia es el transcurso de los hechos, no el de las verdades. La política, en los momentos iniciales de la cultura fáustica, consiste en la sucesión de acciones enérgicas y decididas de una pequeña clase “con raza”, que obran al dictado de cuanto les pide su propia sangre y que viven acorde con los “ritmos” animales (II, 566 y 567). La historia nunca ha sido, nunca es, el relato de un deber ser. Nada cuentan los ideales y los programas de ideólogos, a la postre. Es cuestión banal, en el fondo, preguntarse si los reyes astures después de Covadonga, y sobre todo, con Alfonso III el Magno, quisieron “restaurar el ejército y la monarquía de los godos”, o si Carlomagno quiso ser, de nuevo, un emperador de Roma. El hecho fue que sus empresas políticas se alzaron en el torrente de los hechos históricos como creaciones enteramente nuevas. No fue una romántica nostalgia –el “ir contra los hechos”- lo que hizo que pueblos nuevos se convirtieran en naciones entre los siglos VIII y XII. Los románticos acaban enredados en sus fracasos (Alejandro, Justiniano, Carlos V), los creadores, en cambio, no: siguen el curso y el ritmo de su sangre. Para ello hay que tener raza y estar en forma.

 

En la historia de las naciones y de los estados fáusticos cabe reconocer una historia interna y otra externa. En la historia externa los estados luchan por defenderse o imponerse a otros, y es el equilibrio bélico o bien la dominación vertical de unas naciones sobre otras la que se impone a los ojos del estudioso. El “universalismo” como ideal, que no como idea, no se ha realizado por ninguna parte. Siempre consiste en el patrimonio ideológico de una cierta clase, normalmente una clase muy intelectual pero con poca “raza”, quien lo defiende. En la edad media, alborada y no noche de la que todos los occidentales venimos, el universalismo y el cosmopolitismo de los judíos del gueto fue retomado luego por el sacerdocio cristiano, el mozarabita y el fáustico, como justificación misma de la existencia de una casta no hereditaria ni guerrera, pero una casta necesaria incluso en una época de hierro en que llevan el mando los nobles y los reyes guerreros. Pues a medida que la planta de la Cultura crece va afinándose la vigilia, y ésta va diferenciándose en inteligencia y visión consciente.

 



[1] El número romano se refiere al volumen II, y la paginación a la siguiente traducción : Spengler, O. (1998): La Decadencia de Occidente. Bosquejo de una Morfología de la Historia Universal. 2 Vols. Trad. de Manuel García Morente. Espasa Calpe. Madrid.
[2] C.D. Darlington: Evolución del Hombre y la Sociedad, Madrid, 1974, traducción de Juan García-Puente.
[3] José Luis Villacañas: La Formación de los Reinos Hispánicos. Espasa, Madrid, 2006.

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