lunes, 7 de enero de 2013

Capitalismo Spengleriano




 

La comprensión oficial de los fenómenos sociales suele hacerse bajo la óptica de un fatalismo que nos debe resultar, cuando menos, sospechoso. Las cosas suceden sin más, acaso bajo el impulso remoto de ciertas determinaciones económicas o leyes cuasi naturales. Del mismo modo que acontece un cataclismo, como las glaciaciones, los terremotos y las sequías, a la sociedad de masas se le vienen encima unas "catástrofes", unas lacras. Esta sociedad de masas será, ya naturalizada de la forma descrita, la propia protagonista y causante de los males que le vienen. La contradicción ya la estamos resaltando: las masas "hacen" y las masas "padecen". Tengo para mí que hay que hurgar en la hipocresía de nuestra ciencia social para poder salir de esta aparente contradicción y usar un fino escalpelo y hallar, de otro modo, la verdadera contradicción en que vive nuestra sociedad.



Nuestra sociedad europea vive en un proceso de imparable urbanización. Las grandes masas de campesinos comenzaron a emigrar desde sus aldeas y terruños, depositarias ancestrales de toda la cultura celtogermánica y cristiana. La ciudad, hasta el siglo XVI equilibrada con el campo, inició su poderío definitivo, su imperialismo sobre el agro, su colonización absoluta del campo. La ciudad pasó a convertirse en sumidero y crisol de todas las fuerzas humanas desperdigadas en la naturaleza circundante. La vieja cultura agrícola y ganadera, todo su maduro sistema de valores de uso, sucumbió a estos centros urbanos que, primeramente, fueron mercados, meros puntos de concurrencia pero, en un segundo momento, pasaron a ser centros de producción explotadora. La colonización del campo por la ciudad supuso la conversión de grandes masas aldeanas en masas proletarias. La ciudad como mercado pasó a ser la ciudad como ergástulo: centro inmenso de producción y acumulación de plusvalía. Había que concentrar la fuerza de trabajo –la mercancía humana- y desligarla de la tierra para producir plusvalía, casi exclusiva y principalmente plusvalía: el resto de "servicios" o creaciones de la civilización urbana fueron dotaciones para la burguesía y para que la clase burguesa pudiera alojar y explotar a las masas fabriles. Todavía hoy, cuando una comarca del mundo experimenta esa fase desarrollista, las ciudades que crecen monstruosas presentan todo el aspecto de ser exactamente eso: sumideros inmensos de fuerza de trabajo, dotación mínima de servicios (bancos, prostíbulos, tabernas), barriadas míseras separadas de la zona residencial lujosa, desorden "bajo control", niveles de delincuencia máximos pero compatibles con la explotación económica más cruda, degeneración absoluta del animal humano.



Es preciso recordar que al hablar de Europa como cultura debemos hablar de las grandes culturas de raíz aldeana que hicieron florecer ciudades, estados, obras de arte y de ciencia, y todo género de creaciones antes de que la ciudad, como monstruosidad capitalista, sumergiera al campo circundante en el fango de la explotación, antes de reducir el campo a una mera fuente emisora de materias primas, alimentos, fuerza laboral. A partir de ese entonces, la Cultura europea pasó a convertirse en Civilización, con todos los atributos spenglerianos que corresponden a la palabra: senilidad, agotamiento de la creatividad, fosilización de instituciones y estructuras, rigidez de las formas y los hábitos.



Los europeos procedemos de forma dúplice de estos dos estratos, superpuestos de manera compleja. Un primer estrato rural, que hunde sus más viejas raíces en el paganismo celtogermánico y en el mundo clásico. Un sustrato que se cristianizó y que guardaba el tesoro de la sabiduría aldeana y guerrera: un sustrato esencialmente único para todos los pueblos de Europa, aunque revestido de grandes diferencias de formas.



El segundo estrato se alzó sobre las ruinas del feudalismo, sobre el proceso de descomposición de la comunidad campesina originaria inscrita o no en la trama jerárquica feudal, a raíz de la Revolución Industrial y el auge del capitalismo. Las masas campesinas, una vez removidas de sus terruños, afluyeron a la ciudad y, si bien llevaron consigo parte de su acervo, de su cultura, en tal éxodo también perdieron el sentido de la tierra y de la sangre. El aldeano transmutado en obrero pierde vínculos, uno y muy fundamental es el vínculo con la tierra y la propiedad. La propiedad de la tierra es muy diversa de la propiedad de las mercancías, y en el orden pre-capitalista en modo alguno puede hablarse de la tierra como mercancía.



La gran ciudad-mercado y la gran-ciudad fabril o ergástulo, han dado paso a la gran ciudad cosmopolita, a la ciudad-mundo. La tendencia que hoy vemos en un gran número de cosmópolis consiste en hacer de cada ciudad una especie de mónada que se arrogue la representatividad de todo el planeta. En la ciudad mónada deben estar representadas todas las culturas, todas las razas, las innumerables religiones, el abanico completo de los modos humanos de vida y de pensamiento. Se lleva a la práctica toda la abstracción: toda cultura debe desprenderse de sus raíces y enviar algunos emigrantes y embajadores a la ciudad-mundo donde llevará una existencia artificial, mestiza, degradada pues es el asfalto lo que yace a los pies, y bajo un edificio artificial de pseudocultura no hay raíces. Los pies africanos danzan ritmos de la selva en Nueva York o París, pero ya no es el alma nativa del negro en su entorno natural, es un alma sincrética, que quiere y no puede. Los rezos orientados a la Meca, lejos de la arena del desierto, se dan hoy muy cerca con la minifalda y la igualdad de los sexos, pero esa misma convivencia es una bomba de relojería, que la ciudad-mundo y su ideología anti-dialéctica pretende promover. Al promover estos paisajes bizarros, la ciudad-mundo promueve el conflicto. Sincretismo, irenismo y mestizaje ilimitado pueden acarrear, y de hecho acarrean, toda clase de enfrentamientos. Bajo las mismas ordenanzas municipales y una misma Constitución conviven tribus y hordas, clanes y linajes de la más diversa procedencia. Los nativos pasan a sentirse minoría, a huir hacia zonas residenciales –cuando sus posibles lo permiten- o bien se envuelven en la pasta cosmopolita debidamente amasada por los medios de comunicación y los ideólogos oficiales, llegando a formar parte de ella, de manera indiferenciada.



El siglo XXI va a ser más bien un siglo de lucha de identidades que de lucha de clases. Esto no quiere decir que desaparezca la explotación capitalista, antes bien, se intensificará y ese planeta de ciudades-mundo con su puré multicultural lo permitirá, es más, será una condición previa para realizar la ultraexplotación. La defensa de un cierto nivel de salarios y de ciertas condiciones laborales dignas ha sido llevada a cabo en Europa por unas clases obreras nacionales debidamente organizadas y dotadas de un alto sentido de la disciplina. La disciplina cuasi militar de un sindicato o partido obrero viene garantizada por cuadros y líderes ejemplares, por una especie de "prusianismo" trasladado a la causa de la clase trabajadora, suficientemente homogénea para responder como un solo hombre ante las amenazas del Capital. Pero éste, aprendiendo las lecciones de los siglos XIX y XX, ha reaccionado astutamente, minando las bases de aquella unidad férrea y disciplinada: incentivando, por un lado la emigración de personas ajenas a la cultura anfitriona y, por el otro, la deslocalización de empresas.



La manera más sencilla de romper el nivel de salarios que una clase obrera organizada ha defendido tras décadas de lucha consiste en importar contingentes de emigrantes. Estos trabajadores proceden de otra cultura y necesitan al menos una generación o dos para integrarse con el resto de los obreros nativos y hacer causa común con ellos, militar en la misma organización, etc. Mientras tanto, aceptan salarios muy inferiores y sirven para romper la unidad de la clase obrera, aceptando condiciones que para los nativos serían inaceptables. La importación de emigrantes lleva a la práctica el ideal del Capitalismo, por más que se repita que es un slogan marxista: "el Proletario no tiene Patria". En efecto, el Proletario es un producto del capitalismo (una aberración de lo humano inducida por el modo de explotación capitalista) y al sistema no le interesa ninguna clase de identidad que refuerce los lazos de unión entre los trabajadores. El sexo, la raza o la religión deben ser abstraídos con el fin de lograr una masa de átomos individuales que sólo lleguen a relacionarse por medio de la producción de mercancías. El capitalismo es un inmenso engranaje que, tendencialmente, sólo permite la relación de los individuos en tanto de consumidores y productores de mercancías, hasta el punto de que ese individuo sin sexo, sin raza y sin identidad nacional o religiosa, será tendencialmente una mercancía y sólo mercancía.



Ahora bien, el capitalismo no se desarrolla sin contradicciones. Proclamando la "igualdad" de sexos, razas, culturas, quiere negar lo que es imposible borrar del todo en unas pocas generaciones. Todavía no se ha fabricado el andrógino o ángel sin sexo al que tiende la ideología feminista. Todavía no se ha efectuado el sincretismo religioso absoluto ni el mestizaje universal. La Historia es Proceso y es Mediación. Para que esté disponible ese producto altamente aprovechable (explotable y convertido de forma absoluta en Mercancía) el capitalismo genera conflictos locales al tratar de dar respuesta y solución universal. El hombre se resiste a ser, en efecto, una "Humanidad" genérica o abstracta. Sigue habiendo hombres y mujeres, sigue habiendo heterosexuales, sigue habiendo cristianos, musulmanes, budistas, ateos, etc. , sigue habiendo minifaldas muy cerca de las mezquitas "europeas"… La diversidad o pluralidad por sí mismas no tienen por qué ocupar un puesto elevado en la Axiología, como su contrarios, la homogeneidad, la uniformidad…Estas son posiciones relativas en un proceso de cambio, de perpetua transformación. Tanto Marx como Spengler, tan diversos como nos parecen en sus planteamientos, coinciden en todo con Hegel y Heráclito: la vida es Historia, la Historia es devenir, todo pasa y nada se olvida del todo.



El capitalismo, al querer suprimir la diversidad humana frente al Imperio de la Mercancía, sólo consigue crear el conflicto. El radicalismo con que se ha esparcido el mensaje ideológico trinitario (Libertad, Igualdad, Fraternidad) es una verdadera pesadilla mundial, una raíz de conflictos, pues estas proclamas burguesas, descontextualizadas, ya lejos de la época de la Ilustración, lejos de Rousseau o de la Revolución Francesa, acarrean la destrucción de los valores mismos de la Civilización. Por ejemplo, la tolerancia religiosa que se empezaba a reclamar en el siglo de Locke, en el XVII, concernía exclusivamente a la convivencia entre sectas cristianas bajo un mismo rey. Por ejemplo, la Igualdad burguesa se refería a la igualdad de todos los ciudadanos bajo el Imperio de una misma Ley (Igualdad jurídica) aboliéndose la servidumbre y la esclavitud, por tanto. La Igualdad entre el hombre y la mujer, también concierne a una igualdad jurídica, los mismos derechos y deberes, sin renuncia alguna a la condición femenina o a la masculinidad. Y así sucesivamente. Pero en la ciudad-mundo la radicalización de esta Trinidad supone su aberración. Los términos proclamados por nuestros antepasados ilustrados pierden todo su sentido y raíz al querer insuflárseles nuevos significados: al extender su denotación se pulveriza o se pudre su connotación. ¿Cómo pudo darse esta situación? Al crearse el hombre-masa, ese producto de la Civilización decadente, cansada y perversa, se exacerban y sacan de quicio algunos de los valores que un día forjaron su subsuelo. La tolerancia pasa a convertirse en relativismo. Y pronto veremos defensores occidentales de la ablación de clítoris o del castigo corporal de la mujer, por "tolerancia" hacia otros credos y por "respeto" a una creciente fe. Pronto veremos (ya lo estamos viendo) un escarnio de la virilidad y de los antaño respetables valores guerreros (disciplina, lealtad, fuerza, arrojo). Cada día la masa gusta más del prototipo de hombre afeminado, así como del ideal de la mujer hombruna. La Civilización (que es Cultura vieja, cansada), abomina de la Ley Natural. El hombre masa de las grandes ciudades sólo entiende por "realidad" un inmenso entramado de realidades construidas, de procedimientos y hábitos técnicos, de ingenios y artificiosidades. Él mismo se considera ya una máquina, cosa construida y mercancía. Las relaciones sociales, tal y como él las ha vivido, se reducen a procedimientos técnicos y mercantiles. No es de extrañar que el hombre masa quiera legalizar e incluso exaltar la prostitución. Los economistas, tanto como los mass media, le han enseñado que todo se compra y todo se vende en este mundo. Fue la primera lección de la ciudad-mercado (todo cuanto importa en este mundo "es dinero"). Después, la ciudad-fábrica le enseñó que la propia humanidad es una especie de naranja a la que se le puede exprimir el jugo. El hombre es cosa y es máquina semoviente, una máquina que presta servicios y rendimientos. El fracaso de la Humanidad coincidió con el origen mismo de la Mercancía, y de la producción industrial de las mismas.



El continente europeo, muy probablemente, y si no revive una especie de terremoto en sus valores, es hoy un continente condenado a la esclavitud. La deslocalización de las grandes empresas, el plan estúpido de querer hacer de Europa un simple embudo de plusvalías, llevará a mucha muerte y dolor, y todos seremos pronto esclavos. Las nuevas potencias emergen justo allí donde las compañías trasnacionales han emigrado (sus capitales han emigrado). Las propias empresas del capitalismo mundial y globalizador no poseen patria ni identidad en el momento en que evaden impuestos. Buscando mano de obra barata ultramarina, y buscando no pagar impuestos en la patria, esas compañías desaparecen en el haber de cada país europeo. Es un capital nómada, flotante, que no conoce fronteras y que ni siquiera desea gastar un céntimo en proteger fronteras que, verdaderamente, ya no le interesan. Al ciudadano medio, el que lleva los grilletes y la piel marcada por una nómina, sí se le van a exigir más y más esfuerzos "patrióticos", vale decir fiscales. Y le van a recordar que todos debemos contribuir a que nuestra sociedad se conserve en los términos en que nos han educado: en la libertad, la igualdad y fraternidad. Mientras el Capital apoya ese mensaje, se evade de él. Y entonces, una masa de asalariados que sostienen los Estados con todo su sudor y sacrificio verá cómo los salarios bajan, los empleos escasean, con lo cual los salarios volverán a caer, y verá además que más y más extranjeros haciendo cola querrán tu empleo por la mitad del sueldo, o quizá por menos. El Capitalismo sabe que en Europa no se puede contener la caída de la tasa de ganancia, que esa tasa se puede recuperar en países hasta ahora "periféricos" donde no importará nada que sus regímenes sean despóticos, aberrantes, peligrosos para la Civilización misma. Esos despotismos extraeuropeos apoyarán con sus armas y técnicos a una multinacionales "cosmopolitas", buscando entre nosotros, los repugnantes hombres blancos, antaño cristianos y expoliadores, una nueva masa de esclavos. Pues nuestra Europa será poco más que un solar improductivo y un asilo de ancianos sin memoria, en medio de la masa indiferenciada de habitantes de la ciudad-mundo.

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