sábado, 2 de junio de 2012

La Gran Ocultación de los Arquetipos de Occidente



Carlos Javier Blanco Martín



La vida, o lo que viene a ser lo mismo, la Historia, no admite lo evanescente. Siempre queda un resto de cuanto acontece. Siempre hay un poso al que llamamos recuerdo o tradición cuando el poso es consciente o deja testimonio material y las ruinas de lo acontecido se alojan ora en las mentes, ora bajo metros de profundidad a la espera de ser excavadas. Pero con frecuencia olvidamos que también hay un poso, una “madre” inconsciente en lo más hondo de nuestro vivir. Con nosotros va siempre ese poso, aun cuando carezca de la solidez de las ruinas, aun cuando nunca pueda ser puesto en palabras. Y es que el Hombre, sin lugar a dudas, es heredero, como dijo Goethe y nos recordó Ortega: heredero y no solo sucesor.



Somos herederos de una Tradición y ésta no precisa ser de índole material ni de naturaleza consciente. Un alma colectiva, un poder de la sangre, una corriente subterránea de actitudes y sentimientos… de mil maneras se ha querido dar forma verbal a esa herencia. Quizá el problema estriba en que la propia Ilustración, el patrón de moldes de pensamiento impuesto por el Racionalismo, fue la que proporcionó las categorías con que pretendemos todavía pensar aquello que es previo, trascendente y supraordenado a esas mismas categorías. El arqueólogo, el etnólogo, el psicólogo y toda una legión de especialistas hijastros de la Ilustración pueden coleccionar atisbos del legado que, parcial y confusamente, nos llega hasta las manos. El legado, siempre tratado como un tesoro de ruinas y curiosidades, no posee fuerza vivificadora en el hombre moderno. Allí se conservará, en los museos del alma, en los sótanos de la religión, como energía para investir la voluntad de poder, como arquetipo para las artes y las preferencias morales. El legado existe siempre, pero no pasa de ser materia prima para actividades humanas diversas que sólo puntualmente rebasan la inmanencia del vivir pre-ocupado. La herencia más sagrada se banaliza así, se torna instrumento o materia prima, se despotencia de una forma lastimosa. Aquello que daría vida y justificación a la vida se rebaja a la mísera condición de ingrediente, estímulo, instrumento.



El aspecto específico que la Tradición toma en el alma del hombre europeo ha sido objeto de una Gran Ocultación, y los procesos psíquicos por los cuales los occidentales pueden reconocer sus más genuinos arquetipos se han visto perturbados de una manera siniestra, alienante, diabólica. El hombre occidental es hoy, quizá más que el hombre de cualquier cultura, el ser más esclavizado y torturado en su psiquismo precisamente por este proceso de Gran Ocultación que un día comenzó en el llamado Renacimiento. Desde los orígenes de una Europa en la que todavía el hombre vivía inserto en un cristianismo faústico (que no mágico, a tenor de la famosa distinción spengleriana), es decir, en pleno cristianismo gótico, se intenta desde el Meridión –Italia- una vuelta al clasicismo, a la Antigüedad. Oswald Spengler subrayó el disfraz, la mendacidad con que los hombres góticos de la Europa renacentista quisieron vestirse con ropajes griegos y romanos. La cultura gótica de Europa había nacido siglos atrás a raíz del descenso de una antiquísima Tradición solar (que Evola denomina hiperbórea) a tierras más templadas o incluso resecas, dándose entonces una transfiguración de la misma por contacto con la civilización mediterránea. Como dice Ortega, y esto es especialmente significativo en la Península Ibérica, todo aquello que no es Europa (esto es, sucesora de la Cultura nórdica y céltica) permanece como lo Mediterráneo.



Los pueblos germánicos y célticos que se impusieron a las estructuras mediterráneas, bien como conquistadores, bien como resistentes, llevaban consigo –pese a la rudeza de sus formas- la herencia de una viejísima Tradición solar. Toda una Tradición áurea que se transmitía bajo experiencias iniciáticas de naturaleza regia y heroica. En aquellas sociedades guerreras la aristocracia y una cúspide regia de la misma (más deseada que lograda de manera efectiva) asumía a un tiempo los dos polos, el del amor y del vínculo (Religión) y el de la guerra (Imperio). También los romanos y los helenos en sus tiempos más primitivos participaron de esta Tradición solar, nórdica, pues todos los pueblos indoeuropeos formaron (de manera lingüística, cultural, religiosa, más que “racial”) una unidad rigurosa. Todos bebieron de una única y remotísima fuente de Tradición.



Sucedió que el devenir mismo de la Cuenca Mediterránea es el de un crisol. Mediterráneo es también el Levante y el norte de África, el mundo arameo, judío, semita. Hasta el Mediterráneo se asoman los bereberes, los antiguos iberos y ligures, e incluso la propia negritud, cuando el Sahara no representaba obstáculo, y esa parte de la humanidad asomaba tímidamente en sus costas. Las colonizaciones púnicas, helénicas, tartésicas, primero, y la historia imperial de Roma, después, fueron expresiones y momentos de ese Mediterráneo crisol, de esa cuenca honda hacia la que descendieron los cursos de muy diversas sangres. La arabización de ese crisol, a partir del siglo VII d.C. fue el último episodio culturalmente importante en esa Cuenca. El Mediterráneo es, en comparanza con la Europa nórdico-céltica, una puerta a otras civilizaciones: allí confluyen lo nórdico o indo-europeo con lo semita, lo africano (en su doble vertiente beréber y negra), y lo oriental. El perfil de las culturas estrictamente mediterráneas contiene elementos –en proporción diversa- de todo ese variado origen. Todavía hoy, por ejemplo, la España norteña y húmeda, Galicia y Las Asturias, dejando a un lado las superestructuras políticas modernas y lo que trajo consigo la urbanización e industrialización en los modos de vida, sigue siendo muy celtogermánica, esto es, europea, y poco mediterránea.



La Tradición solar, heroica y regia, puede atestiguarse en la plástica: he aquí el tema artístico popular de las ruedas solares, los trisqueles, los tetrasqueles y demás símbolos, presentes en un sinfín de manifestaciones y variantes. Suelen asociarse al dominio de la civilización céltica, dominio que en la Península se corresponde casi rigurosamente con el Noroeste de la misma, y prácticamente toda la Meseta Norte. Lo cierto es que estos símbolos solares son omnipresentes en toda Eurasia, lo que da cierta verosimilitud a la hipótesis de una comunidad tradicional –más que étnica- de los pueblos que, desde el remoto Septentrión y desde lejanas llanuras centrales, descendieron hasta el Mediterráneo hace milenios. Los humildes y modestos artesanos de aldea que, hasta hace un siglo, tallaban tales ruedas solares, svásticas y triskeles, por ejemplo, en la madera de los hórreos asturianos, no podían ser conocedores del remoto arquetipo del que vinieron y en el que “estaban”. Pero el remoto arquetipo actuaba en ellos, y tales símbolos populares, mágicos y tradicionales recuerdan la procedencia de una cultura viejísima, ajena al Mare Nostrum, una cultura guerrera y un saber arcano que la latinidad y el cristianismo embozaron.



Las superestructuras pueden acabar arraigando, llegar hasta los fondos más íntimos de la cultura, es decir, del alma. Pero ese proceso es muy lento y de alcance desigual. Es más fácil que la superestructura se la lleve el viento al cabo de unos pocos siglos, y en la Modernidad, al cabo de unas décadas. En cambio, el alma, y más aún, el alma colectiva de los pueblos, es sustancia que nunca muere. El propio cristianismo, en su origen religión oriental (levantina, o como diría Spengler mágica y aramea) no penetró con idéntica hondura ni se adaptó con la misma composición y naturaleza en las diversas áreas de la cultura tradicional de Occidente. El propio cristianismo carece de Unidad, pues la Unidad de la Tradición es muy anterior, y durante largos siglos fue la religión de pueblos mediterráneos intensamente acrisolados, sometidos a violentos procesos de mezcla, desarraigo, aculturización. Fue religión de los pueblos fellahs, y el hecho de que el Imperio de Roma la acogiese como religión oficial no expresa otra realidad que la propia sociedad imperial romana: enjambre de pueblos aculturizados, el auge oficializado del fellahismo. Los pueblos fellahs fueron, una vez, miembros de elevadas culturas y civilizaciones. Con la caída de éstas y la llegada al poder de nuevos amos, estos pueblos degeneran al nivel de una existencia puramente vegetativa. Dejan de ser dueños de su historia, se convierten en sustrato inerte de unidades étnicas o políticas superiores. En la Península, por ejemplo, tras la invasión islámica del siglo VIII, ese fue el estado en que quedó sumida la masa romanogoda, después denominada mozarabía. Aculturación progresiva, irrelevancia política, existencia vegetativa. Hoy, la Europa del siglo XXI, la Europa que ha dejado de mandar en el mundo, tras dos guerras mundiales, tras la vergüenza del Holocausto, tras el triunfo del fanatismo –ya sea el fascista, ya el bolchevique- y de la sociedad de masas, es una Europa se prepara para la Gran Ocultación.



Ortega, hace ya muchos años, vio esta situación con claridad y anunció que:



“...llegaba pronto para Europa una coyuntura en que iba a perder el mando sobre el mundo que desde hacía cuatro siglos ejercía, que lo iba a perder si no oponía a este destino una rectificación drástica y certera, y que esa pérdida del mando al hacer perder a los europeos la confianza en sí mismos, y la ilusión por su papel histórico, corría el riesgo de envilecerlos y encanallarlos, haciéndolos caer en plena desmoralización, convertidos en agentes inertes de la historia, literalmente en esclavos de otros continentes; en suma, que se iba a repetir en ellos el pertinaz destino de todos los pueblos que un día mandaron y otro dejaron de mandar, es decir, quedaron condenados a obedecer y sólo obedecer –definición del esclavo- y se transformaron en pueblos fellahs, fellah es el labriego labrador de Egipto, residuo de aquel primero y tres veces milenario imperio cuyos hombres desde hace dos mil quinientos años ha dejado de hacer historia y reducidos a una existencia como botánica o vegetal aran cotidiana e idénticamente su surco sobre la tierra. Inclinada la cabeza ingloriosa sobre la gleba, mientras por encima de ellos, sin contar con ellos acontece ese maravilloso y siempre nuevo acontecer que llamamos la vida histórica, la marcha de la historia.” (Sobre la Razón Histórica, p. 218).



Desde luego, la Gran Ocultación consiste en no querer ver, en cegarse. Los pueblos se vuelven fellahs cuando ignoran y aun desprecian la Tradición de la que vienen, la fuente de vida de donde beben para seguir en pie. La Gran Ocultación consiste en no reconocer adecuadamente la Tradición que al “enjambre de pueblos” que es Europa, destinada a sobrevivir como ultra-nación o morirse, lleva siglos insuflando vida. Confundir las identidades exclusivamente con pertenencias a una religión o ámbito lingüistico (catolicismo versus protestantismo, romanismo versus germanismo) es desvirtuar la cuestión decisiva. Ésta cuestión, de vida o muerte, consiste en transmitir una Tradición que desde hace quizá milenios pretende potenciar una elevación espiritual del espíritu, un anhelo de perfeccionamiento que poco o nada tiene que ver con el ascetismo de origen afro-oriental. La iniciación es heroica e incluye la santidad. Del ejercicio de las armas y del destilado más selecto de las virtudes nobles, la religión solar se impone por encima de la decaída religión lunar de amplios estratos de las civilizaciones viejas (y, en términos de Spengler, toda civilización es ya vejez).



La Tradición céltico-nórdica, de signo viril, por lo que tiene de iniciático-guerrera y regia es, al mismo tiempo, la verdadera defensora del Principio Femenino en la Sociedad. Adam Müller, a principios del siglo XIX, había sostenido esta tesis para vindicar la riqueza espiritual de la Edad Media Cristiana: la esencial vinculación entre el principio caballeresco y el principio femenino. Dos opuestos que se necesitan, dos gametos que dieron nacimiento a Europa.



El afeminamiento meridional, tan detectable en el supuesto machismo histriónico de los pueblos latinos y levantinos (contraria sunt circa eadem), visible en el talle de figurín de un bailaor de flamenco, o en un torero, es complementario de la hombruna “mujer de temperamento” sureña. Los restos lunares son claramente detectables en los tópicos del Meridión que con energía y terror rechazan los nórdicos. La ambivalencia de lo masculino y lo femenino tan habitual en los climas soleados y mediterráneos sería testimonio de las viejas civilizaciones remansadas en lo lunar. Lo que no es Europeo es, como ya decía Ortega, “lo Mediterráneo”, esto es, pervivencia de la Antigüedad e inercia del viejo Crisol.



Para Julius Evola, también la Edad Media es la clave de comprensión de lo Europeo por contraste con lo (meramente) Mediterráneo. El descenso de la Tradición hiperbórea hasta el Meridión tardo-antiguo supuso la transfiguración del guerrero –con todo lo que conlleva de violencia “demoníaca” en caballero. Se profundizó el espíritu del hombre de armas y cristalizaron los arquetipos del caballero noble y del Imperium. El proyecto, no sólo utópico sino también efectivo en parte, del Sacro Imperio Romano Germánico: una Unidad de la cristiandad por encima de cualquier gobierno teocrático y trascendiendo por completo la voluntad de poder, en exceso romana y en exceso levítica, del Papa y de la casta sacerdotal: el Imperium como jerarquía militar-espiritual.





La decadencia interna y, por último, el derrumbamiento político de la antigua Roma constituyó el colapso del intento de formar Occidente de acuerdo con el símbolo imperial.

La posterior intervención del cristianismo, debido al tipo particular de dualismo afirmado por él y su carácter de tradición simplemente religiosa, precipitó el proceso de disociación, hasta el punto de que, tras la irrupción de las razas nórdicas, cobró forma la civilización medieval y resurgió el símbolo del imperio. El Sacro Imperio Romano fue restauratio et continuatio, por cuanto su significado último, al margen de cualquier aspecto exterior, de cualquier compromiso con la realidad contingente y, a menudo, del conocimiento limitado y de la diversa dignidad de los exponentes de su idea como individuos, fue una continuación del movimiento romano hacia una síntesis «solar» ecuménica: continuación que implicaba, lógicamente, la superación del cristianismo y que, por lo tanto, debía entrar en conflicto con la pretendida hegemonía que alegaba cada vez más la Iglesia de Roma. En efecto, la Iglesia de Roma no podía admitir el Imperio como un principio superior al representado por ella: si acaso, en manifiesta contradicción con sus premisas evangélicas,intentó usurpar sus derechos, y así surgió el intento teocrático güelfo." [El Misterio del Grial, pps. 138-139] .



La lucha del Papado contra el Imperio no fue sólo una lucha contingente por el Poder –en el sentido político más restringido- en una Europa feudal donde dos cabezas supremas echaban su pulso. Fue también la lucha entre un Septentrión y un Meridión, entre las mitologías del Sol y las de la Luna, entre la Orden militar espiritual y la Casta sacerdotal romana. Evola indaga continuidades de una Tradición viejísima, “pagana” en los tiempos de antes de Cristo y de las invasiones germánicas del Imperio, y sus desarrollos ulteriores, que parecen fruto la misma corriente subterránea que se una Tradición contingentemente cristiana, amén de superadora del propio Cristianismo, después.



Lo que llamamos “Europa” era, según Oswald Spengler, el fruto del Cristianismo faústico, la autora de una nueva cultura que nacería en Covadonga, en el Asturorum Regnum de Pelayo en 722 y que daría pie al Cristianismo gótico frente al Cristianismo mágico. Poco después, con rasgos similares de un tipo celtogermánico, el Imperio Carolingio y su sucesor, el Sacro Imperio Germánico, formarían las entidades político-culturales de donde todos venimos frente al universalismo de la Iglesia Romana. El cristianismo tardoantiguo y mágico sobrevivía aún en Oriente, en Bizancio, en Siria, en el norte de África y sur de España, incluso bajo dominio musulmán. La vitalidad espiritual del Reino Asturiano en el siglo VIII, donde un Beato de Liébana da reprimendas nada menos al Metropolitano mozárabe de Toledo, es una señal de que está naciendo Europa, un síntoma del nacimiento de una gran ultra-nación que se resiste a quedar convertida en una provincia cultural de Oriente. En las montañas asturianas de la Liébana, Beato está dando origen a Europa. Ex septentrione lux, en vez de ex oriente lux.



Frente al tópico continuista, que insiste en ver que Europa (la Europa naciente en el Medievo) es la sucesora directa de la Antigüedad clásica, una vez invadidos los territorios romanos de Occidente por un enjambre de pueblos bárbaros, se alza una percepción mucho más ajustada a los hechos, que Evola resume así, concediendo al elemento “bárbaro” el papel positivo y creador que le corresponde:





En su conjunto, la civilización medieval según la concepción corriente, que al menos como punto de partida es también la justa, resultó de tres elementos: nórdico-pagano uno, cristiano el segundo, y romano el último. El primero tuvo un papel decisivo por lo que respecta al modo de vida, la ética y la constitución social. El régimen feudal, la moral caballeresca, la civilización de las cortes, la sustancia originaria que hizo posible el arrojo de los cruzados, son inimaginables sin una referencia a la sangre y al espíritu nórdicopagano. Pero si a las razas llegadas del norte a Roma no se las considera «bárbaras» desde este punto de vista, y más bien nos aparecen aquí portadoras de valores superiores respecto de una civilización ya descompuesta en sus principios y en sus hombres, cabe hablar sin embargo de cierta barbarie, que no significa primitivismo, sino mas bien involución, por cuanto atañe a sus tradiciones propiamente espirituales.” [Evola, op. cit. p. 139].



Para este autor, la tradición “hiperbórea” había conocido toda una involución. Los Eddas y demás restos oscuros y degenerados dan la impresión de escaso desarrollo (primitivismo) cultural, que en los esquemas evolianos más bien habría que considerar degeneraciones. Se maneja aquí un Mito de las Edades, comenzando por la Edad de Oro, que se toma al pie de la letra. Pues bien, el guerrero nórdico se revitaliza y transfigura en caballero por contacto con el cristianismo.





“Pero tan pronto como se produjo el contacto con el cristianismo y con el símbolo de Roma, entró en juego una condición diferente. Este tipo de contacto actuó de modo vivificador. El cristianismo reavivó, pese a todo, el sentimiento genérico de una trascendencia, de un orden sobrenatural. El símbolo romano ofreció la idea de un regnum universal, de una aeternitas llevada por un poder imperial. Todo ello complementó la sustancia nórdica, dio puntos superiores de referencia a su ethos guerrero, hasta encaminarlo gradualmente hacia uno de esos ciclos de restauración que hemos denominado «heroicos» en un sentido especial. He aquí, pues, que del tipo del simple guerrero surge el tipo del caballero; he aquí que las antiguas tradiciones germánicas de la guerra en función del Walhalla se desarrollan hasta la épica supranacional de la «guerra sagrada» de las cruzadas; he aquí que del tipo del príncipe de una raza particular se pasa al tipo del emperador sagrado y ecuménico que afirma tener, como principio de su poder, un carácter y un origen no menos sobrenatural y trascendente que el de la Iglesia.



Ese verdadero renacimiento, ese grandioso desarrollo y esa maravillosa transmutación de fuerzas, requería, sin embargo, un último punto de referencia, un centro supremo de cristalización más elevado que la idea cristiana incluso romanizada, más alto que la ideología externa, política, del Imperio.” [Evola, op.cit. p. 140].



La leyenda del Grial y todo el ciclo artúrico, tan conectado a ella, tienen que representar, pues, mucho más que una pervivencia de tradiciones nórdico-célticas en una Europa cristianizada. El corpus de relatos de espíritu caballeresco fue incorporando elementos cristianos del medio de donde fue aflorando, todo el Occidente que Spengler llamaría “gótico” y “faústico”. Pese a ello, nada de espíritu sacerdotal encontraremos en él, ni un resquicio del espiritualismo “mágico”, que iría encontrando refugio en la España mora o en la Provenza dualista y cátara, en la orilla sur del Mediterráneo, en la propia Roma y en Bizancio. Los dos cristianismos, el mágico y levítico (romano), de una parte, y el caballeresco, nórdico-céltico, de otra, tendrían que colisionar. Las leyendas del Grial nunca fueron aceptadas dentro del corpus de la Iglesia, y oficialmente se redujeron a la condición de “literatura” o espiritualidad “popular”. Desde la Edad Media, y por la imposición católico-romanista, todo lo europeo (celto-germánico) naciente (o si hacemos caso a Evola, re-naciente) quedó relegado a la condición de “popular”. Hasta que ya en tiempos modernos, y tras los prismas de la Reforma y la Ilustración, no broten con fuerza las irradiaciones de las distintas nacionalidades, y se reivindique el Pueblo (das Volk) como sujeto protagonista de la historia, y no sólo sujeto pasivo o “rebaño” de la Iglesia, y no rebrotará la Tradición de donde los pueblos del norte y de occidente vinieron, y aun llevan (al menos como arquetipos inconscientes) en su alma.



Pero ahora Europa, Occidente en general, y también el resto de las grandes civilizaciones mundiales en la medida en que se han visto afectadas por el capitalismo y la tecnociencia occidentales, viven prisioneras, sometidas a la Gran Ocultación de que venimos hablando. La Técnica posee el poder demoníaco de reducir al hombre a un mero ejecutor de mecanismos prefijados. El espíritu del hombre se empequeñece, se mecaniza en un mundo rodeado de aparatos, dispositivos y “protocolos”. Nunca como ahora se han enterrado en lo más hondo los arquetipos colectivos, nunca como ahora la inmediatez demoníaca de la Técnica ha sumergido y tratado de disgregar los genuinos arquetipos. Lo más humano del hombre es, al tiempo, lo más divino: el heroísmo, el amor, el afán de perfeccionamiento, la restauración de la Edad de Oro y la reconquista de lo Sacro…Esto que es humano-divino se sustituye por una demoníaca voluntad de Poder. El Poder de dominación sobe la Naturaleza (esto es la Técnica) pasa necesariamente por la dominación de los hombres: esclavización, perversión en las relaciones entre los sexos, racismo, culto al Estado, explotación y fanatismo. Son terribles las fuerzas que se han desatado por obra de la Gran Ocultación. El espíritu faústico que caracterizó al europeo en su “nacimiento” medieval, restringido unilateralmente al servicio de la Técnica, y sin la orientación y disciplina adecuadas, esto es, sin la jerarquía aristocrática (en sentido literal: Fuerza de los Mejores) correspondiente, lleva al hombre moderno –hablo al menos del hombre occidental- hacia un pozo de esclavitud, de bestialismo, de absoluta e irreversible degeneración. Solamente un redescubrimiento de los viejos arquetipos (que es, a la vez, una revivificación) puede domeñar la Técnica: ponerle riendas, sujetarla, ponerla a los pies del Hombre para que le rinda servicio, para que vuelva a ser parte integrante de su divina unidad y no el demonio que anhela poseer al hijo de Adán.













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