sábado, 3 de marzo de 2012

Ortega y los Estados Unidos de Europa

Los Estados Unidos de Europa. Relectura de Ortega.
Carlos Javier Blanco Martín
Doctor en Filosofía
cblancomartin@yahoo.es





Vivimos sumidos en la decadencia, y Europa no tendrá solución a no ser…A no ser que surja una verdadera filosofía. Este diagnóstico coincide con el ofrecido en las páginas inmortales de José Ortega y Gasset en La Rebelión de las Masas. Es cierto que Ortega desea mantenerse crítico con las ideas al uso sobre la decadencia.

Depende de qué se entienda por tal caída. No debe entenderse en términos cuantitativos ni de potencia. La Europa, y por extensión, el Occidente, consiste en realidad en el largo recorrido de posibilidades para hacer: viajar mucho y muy deprisa. Consumir mucho y vivir como antes vivían los príncipes. Disfrutar de los colchones de un Estado del Bienestar y disponer gratis de mil artículos y servicios antaño reservados a la alta aristocracia y a la gran burguesía.

Occidente ha traído la Técnica. Los hallazgos del racionalismo mecanicista de los siglos XVII y XVIII nos trajeron mil máquinas en el hogar y en el trabajo que convierten en magia (deseos hechos realidad) lo que antes eran sueños inalcanzables en medio de una naturaleza hostil que ofrecía muchas resistencias al empeño del hombre. Occidente entregó la Técnica al mundo, y ahora ese lugar del mundo reposa viejo, cansado. El mundo, formado por inmensas periferias (Extremo Oriente, Sudamérica, Rusia, India) sale de su excentricidad y armado de la Técnica de los europeos y americanos reclama su propia centralidad, su “derecho al desarrollo”.

Spengler, en su obra Años Decisivos, describe esa ofrenda suicida que el hombre blanco ha dado al resto de la humanidad. La Tecnología se transfiere, ya sea comprada ya pirateada, pero se escapa –en todo caso- de las manos que un día le dieron forma- y acaba en poder de culturas emergentes que no comparten el alma faústica, no participan de la contextura en que esa planta floreció. La Técnica generalizada, ya del todo libre del programa faústico de dominación, pero también del conocimiento de la naturaleza, es ahora un arma poderosa para la esclavización del hombre, incluido aquel hombre europeo que se tendió al sol a descansar, satisfecho de todos sus hallazgos que hacían la vida fácil, pero un tipo de hombre también despojado de toda voluntad de poder. El europeo de la civilización técnica y cansada es como el anciano de piel quemada, que bajando del sol del septentrión, se recuesta desnudo en las hamacas del sur español y del norte africano. Ignora (o prefiere hacerlo) que su continente camina hacia el desierto industrial, una vez que ya dejó morir su espíritu de granjero y abandonó el campo como si allí se encontrara la peste y no las raíces. Y mientras el sol quema su piel, se hace roja y se entrega al cáncer, tribus numerosas le escrutan tras la tapia del hotel. Esos nativos, avezados al buen olor de los platos y ansiosos por cambiar sus selvas y desiertos por piscinas, esperan la ocasión de saltar, y quitarse a tanto viejo tostado de encima. Y que nadie se engañe: esto no es una lucha de razas. Es una pugna entre una civilización caduca, la nuestra, y unos pueblos periféricos que, con todo su arcaísmo y, con toda su exótica ordinariez (esto piensa con mente de autista el europeo cansado) van a reclamar lo que de todas formas es muy humano y natural: el derecho al consumo.

Y es que las masas que derribaron el Muro de Berlín reclamaron un “Derecho al Consumo”, y no la libertad de partidos o de prensa. Videos, consolas electrónicas, teléfonos móviles: ese tipo de cosas mueven a las masas a la revolución. Los despotismos y satrapías del Magreb y de Oriente acabarán cayendo con ayuda el empujón indignado de sus pueblos además de la podredumbre interna, pero lo harán en mayor medida movidos por el ansia de consumo que por el anhelo de compartir el ideal revolucionario francés. La libertad, la igualdad y la fraternidad bajo la sombra del Corán no pueden conformar un continuum desde 1789. Su reivindicación, su supuesta generalización desde Europa, es forzada. En puridad, la mentalidad revolucionaria y, como dice Ortega, el “politicismo”, fueron pesadillas estrictamente occidentales del siglo XIX y constituyeron retrocesos hacia la barbarie, una barbarie que la gran Cultura medieval –faústica- parecía ir olvidando. El politicismo del siglo XIX se gestó al calor de las revoluciones, y este rosario de revoluciones, que empieza en 1789 y se abrocha en la rusa de 1917 o en la asturiana de 1934, esta sucesión de temblores, digo, significa la recaída en el más atroz de los primitivismos. Esas masas de “hombres blancos” con sus caras pintarrajeadas a la puerta de los estadios de fútbol, esas acampadas en plena calle, entre perros piojosos y humaredas de droga consumida en público, esos contorsionistas cuasidesnudos que imitan en todo los bailes tribales. Todo eso vemos en Europa protagonizado por los hijos y los nietos de las sucesivas revoluciones. En ellas, una parte del proletariado adquirió disciplina y conciencia de clase, se autoeducó para hacer frente a una opresión. Pero sabido es que los herederos desconocen en una o dos generaciones la herencia de los padres. Conocen de ella el dato, el hecho bruto de los derechos de que disfrutan, pero que sienten como caídos del cielo. Y al mismo tiempo, como “señoritos satisfechos”, en palabras de Ortega, ignoran el origen de tales derechos. Esos derechos fueron arrancados con sangre y muertos sobre las barricadas. El europeo primitivista de nuestros tiempos es, como decía Ortega, el niño mimado. Se entrega a las inclinaciones más fáciles y desconoce todo cuanto implica esfuerzo, disciplina, concentración, deber, respeto a lo más alto, noble y difícil. El hijo y nieto del revolucionario es ese proletario o burgués, el “ciudadano” acostumbrado a la vida fácil, que no sabe exigirse a sí mismo, y que además ha difuminado por completo su conciencia histórica. Ésta, la historia, se ha volatilizado de la conciencia del europeo.

La volatilización de la conciencia histórica en la masa europea, fenómeno crucial de que nos hablaba Ortega, es causa activa y positiva de nuestra decadencia, y no sólo un epifenómeno de la necesidad morfológica (vide Spengler) de este mismo proceso. En pocas generaciones, masas ingentes de europeos son lanzadas a un escenario civilizado (y por lo tanto sutil, complejo, difícil, delicado). Estos europeos, que incluso cuentan con inteligencia (no sabiduría) y amplitud de posibilidades vitales como nunca hasta entonces, se parecen sin embargo a primitivos, a salvajes que, con anillos en la nariz, tatuajes y taparrabos, nacidos en el hoy, presos en el presente, quieren manejarse entre las sutiles redes de tecnología, administración, política, economía y jurisprudencia. Se benefician de la técnica, que al cabo les da de comer y preserva su salud, pero desconocen por completo el fundamento científico de la misma. Exigen “derechos humanos”, pero ignoran crasamente que los derechos fueron, en un comienzo, privilegios arrancados por la fuerza. Todas las noblezas, todos los estratos exigentes consigo mismos, decaen inexorablemente en el momento en que ignoran sus orígenes: esos orígenes fueron de lucha y conquista. Quien más se exigió a sí mismo, se hizo dueño y señor por sobre la masa, que como tal es inerte. Por ello la burguesía y el proletariado que en la actualidad vemos predominar en Europa, no poseen conciencia de dónde vienen. La democracia liberal y la técnica, la fórmula en que Ortega resume la constitución de la europeidad desde el siglo XIX, son hechos atmosféricos e inconscientes que, como tales, parecen como eternos a los nuevos bárbaros de hoy. El socialismo, bien entendido que ya no tendrá nada que ver con el orbe soviético, fenecido para siempre, hoy es un vocablo que se puede sustituir por el binomio orteguiano de “Democracia liberal más técnica”. Los que hoy se reclaman del socialismo, defienden y propagan en realidad una ideología previa a Marx, rezagada respecto a él: derechos humanos, sufragio universal, universalismo. A excepción de los extremistas, nadie cuestiona sinceramente la propiedad privada, la soberanía del mercado, el poder financiero.

Otra gallo cantaría si por socialismo entendiéramos algo completamente distinto de cuanto nos ha deparado la historia revolucionaria que, según diagnóstico orteguiano, consiste precisamente en la historia de la amnesia progresiva del hombre europeo, la ignorancia supina de todo cuanto significa raíces, tradición, confección primorosa de su civilización. Esa ignorancia de la propia historia es un mal pavoroso, que se ceba especialmente entre las clases semicultas de las grandes urbes. Si en una civilización declinante, urbana, envejecida, donde los nativos se cansan de sus propios valores y raíces -¡porque lo han olvidado, o mejor, nunca los han asimilado!- surge una orden de caballería, un grupo selecto de una nueva aristocracia dispuesta a sacar de sus raíles consumistas y tecnicistas a esta Europa vieja, entonces un nuevo socialismo sería posible. Es quijotesco en grado sumo restaurar una orden de caballería, imponer de entre la masa y contra la masa una nueva aristocracia…Pero la historia del hombre está plagada de ejemplos que nos hablan de ello. Nuevos comienzos, refundaciones, giros. El nuevo socialismo de Europa no puede representar en absoluto esa vieja mercancía, quincalla y antigualla, con que las masas fueron seducidas antaño: “reparto equitativo de la riqueza”, “planificación social de la producción”. Peor aún es el catecismo que reparten hoy en día los ex comunistas y ex socialdemócratas de hogaño, un remedo del viejo liberalismo: “igualdad de oportunidades”, “estado de bienestar”, “derechos humanos”… El nuevo socialismo, al menos el que vislumbramos de la mano de Ortega, de Spengler, consiste en partir del viejo liberalismo pero superándolo. Se trata de adivinar tras los nubarrones del futuro más inmediato un postliberalismo: que el individuo quede salvado, que el continuum de la tradición quede salvado, que volvamos a vivir alerta y en forma ante nuevos peligros. El nuevo socialismo supondría una devolución de la Política a su puesto de honor (otra cosa es el mal endémico del “politicismo”, muy padecido en los países mediterráneos especialmente).

La Gran Política consiste en una subordinación de la economía a las decisiones de un Estado. La plutocracia, el culto al mercado, la especulación financiera, la deslocalización de la producción…todos estos males deberán atajarse cuando volvamos a entender que la economía es y debe volver a ser siempre Política, Economía Política: una ciencia de la administración de las cosas al servicio de las personas, y no una ciencia de la explotación del hombre y de su conversión en bestia y mercancía…

Por supuesto, la creación de esa nueva orden de caballería, como si en la alborada de la cultura fáustica estuviéramos, oprimidos entre bárbaros externos y por bárbaros internos (o “verticales”) es un proceso que requiere de una nueva filosofía, una filosofía que sea verdadera y de una estrecha solidaridad entre las mentes más sanas y sabias de Europa. Es también un proceso que desborda por completo el reducido marco nacional. El propio nacionalismo –producto del romanticismo y cien por cien europeo - es solo un punto de partida. Europa es un enjambre, según bella metáfora orteguiana. Cientos de naciones y nacionalidades, pero una cultura común a ellas. Los universalismos de otro tiempo (Cristiandad, Racionalismo, Ilustración, Derechos Humanos, Unión Europea) pecaron todos de unilateralidad. En todos ellos faltó un verdadero concepto de Estado Federado Paneuropeo que dejara a sus espaldas los embriones o sus conatos: Imperio Romano, Sacro Imperio Romano Germánico, Monarquía Hispana. Las resistencias que generaron, y los defectos de estos planes universales explican la falta de una Gran Política Europea.

La defensa orteguiana de unos Estados Unidos de Europa aparece hoy desdibujada por nuestros toscos “europeístas” que buscan en el filósofo español el adorno perfecto para su estúpida e insincera defensa de la Unión Europea, esto es, de un conglomerado burocrático y plutocrático que nada tiene que ver con una verdadera federación de pueblos. Fueron los intereses industriales y comerciales de un puñado de grandes corporaciones los que consiguieron hacer presión suficiente para ir dotando a Europa de una superestructura que, día tras día, se revela como plomiza e ineficaz. La presente crisis económica no es sólo económica. Es la crisis de aquel antiguo “equilibrio de potencias” que, no pudiendo ser ya un equilibrio también militar, es un equilibrio económico. Pero el equilibrio económico en la fase del capitalismo especulativo y deslocalizado consiste en ceder a Francia y Alemania, como potencias medias, toda su capacidad planificadora, precisamente en una fase en que no hay, no interesa y no puede haber planificación. Pues esta fase está dominada enteramente por agresivos agentes de especulación que actúan en la sombra y que conocen de manera sobrada las debilidades de estados que llevan años, décadas, desarmándose ante las potencias medias. Francia y Alemania, incluso ésta última tomada en solitario, son potencias pequeñas en comparanza con los nuevos grandes bloques, de factura imperial: Rusia, China, USA, India, Brasil. Todo ellos carecen del debido “estado del bienestar” uniformemente repartido entre sus poblaciones. Pero ¿desde cuándo a los imperios les importa algo esta “justa repartición de la riqueza y del bienestar”? A los imperios del nuevo capitalismo especulativo les importa que, de la pura acumulación de capital, se eleve una clase media suficiente, dotada para incorporarse a llevar las riendas del estado, aun cuando se eleve sobre montañas de pobreza.

Los Estados Unidos de Europa deberían significar el fin de la mediocre hegemonía de dos potencias medias, que se sienten impotentes para liderar el mundo, y se conforman con arrastrar a la Europa pobre, la Europa del Mediterráneo, a una superestructura en la que no creen, y cuyo antipático gigantismo no sirve para una verdadera educación de los pueblos. España misma anheló ir a Europa tras la muerte de Franco. Pero esa España no fue educada por Europa: fue objeto del mismo caciquismo secular, de la misma chusma oligárquica del pasado y las negociaciones de ingreso fueron encaminadas al desmantelamiento de su potencial productivo. Como solar para inversiones europeas, hizo España su papel de pariente pobre a las mil maravillas. Es, desde hace siglos, el Reino de España, un verdadero mausoleo de la dictadura de las masas, de la decadencia cultural y del encanallamiento. En este estado fallido, en realidad un Imperio menguante, las masas son las que imperan: de todas las clases sociales, y en especial, de aquellas que en cada época debían llevar el mando (nobleza, burguesía, clase media técnica y profesional) siempre nos encontramos con el hombre-masa llevando la batuta, estimulando la indocilidad, regodeándose en su incapacidad de reconocer a los mejores, asesinando a los verdaderos aristócratas en el sentido más puro de la palabra. Es en un estado fallido como éste, invertebrado, donde las masas se muestran más reacias a hacerse con una empresa. Incapaces, ciegas, haraganas, las masas ocupan los puestos de poder para el saqueo, para la perpetuación misma, y no saben qué hacer con España ni con Europa. No saben nada las masas salvo practicar todo género de mutilaciones y nivelaciones a mayor gloria de sí mismas. En España, probablemente, se llevan haciendo esas purgas y nivelaciones desde el siglo de oro, si no antes.

Europeización de España, o de sus nacionalidades y regiones integrantes, fue buena consigna en los tiempos orteguianos. Por el contrario, hoy parece que la senilidad, el declinar y el poderío de las masas son males de todo el Viejo Continente, y “europeizar” este viejo solar, antiguo imperio y patria de toda desmoralización es dar más veneno al envenenado. Quizá del frío y brumoso Norte se puedan arrancar vestigios de grandes valores que allí en parte perduran: disciplina, seriedad, mesura, boca cerrada, gusto por el trabajo y respeto por la naturaleza. Todo esto falta en dosis considerables a los pueblos mediterráneos, que por cierto no son los únicos que conforman el carácter español. Con esa antesala de lo africano que es la cuenca mediterránea, todo el poder de la masa puede arrastrar a una ruina anticipada de la civilización occidental. La aceptación del déspota y del cacique, la corrupción rampante, la gelatinosa sociedad civil, casi vampirizada por un Estado impostado, ineficaz, llevado de la mano por los demagogos. La africanización de Europa ya ha llegado por el Sur, por la puerta donde la arena del desierto y las banderas con media luna más fácilmente pueden penetrar. El capital, que un día se pensó germano (pero que como tal capital, no conoce patria) hizo mal negocio con esa Pseudo-Europa en la que aterrizó.

O refundamos Europa o el desierto no hará más que avanzar.

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