jueves, 29 de marzo de 2012

Los Viejos Bosques Europeos

Carlos Javier Blanco




Lejos del rumor de la ciudad, huyendo de su gris masa, mitad lupanar, mitad cementerio, se extiende un sendero. Lo gris deviene verde con timidez al principio, pero con frescura y orgullo después. Los manzanos en flor alaban a los espíritus de la naturaleza, siempre bienhechores. Todo gozo se concentra en un humilde pétalo de flor en la pomarada. Y a lo lejos, las cumbres desbordan la frescura que un día se transformará en regato, y después en río veloz y prístino.

El hombre de la ciudad se intoxica con los humos y humores de millones de axilas. Nada es puro allí, y los fondos del alma se confunden con demás recovecos del cuerpo humano, multiplicado por sustancias químicas que vomitan miles de chimeneas. El hombre de la ciudad vive aislado de su ser, y por ser no entiende apenas otra cosa que manipulación, medida y control. Pero esa concepción del mundo es tan artificial como los alimentos que fabrica y el espacio en que habita. No puede darse una mente natural en un ambiente tan artificial. El hombre de la ciudad no vive, realmente: le viven. Es la máquina que todos esperan de él, y su vida consiste ante todo en rendimiento, producción, operación. No se piensa, no se vive en la ciudad. Administración y trabajo productivo sustituyen al alma. El alma enjaulada de la ciudad es alma muerta. El hombre de asfalto es como un pájaro disecado. Ni siquiera necesita de la jaula: ya no puede escaparse.

Pero la profunda senda que se aleja de la ciudad de los humos y del asfalto, mitad lupanar, mitad cementerio, es un camino que reconduce a los Viejos Bosques. La masa verde y fresca disminuye cada año, y las hachas afiladas dejan muertos de madera tumbada y toneladas de papel que no dice nada, que expresa ideas igualmente muertas. Pero allí moran dioses. Dioses que no pueden morir, pues son muchos y de los muchos nunca sale el ateísmo.

Las abuelas acunaban a los pequeños con historias casi olvidadas, historias que hablaban de los dioses lejanos. La ciudad y el tiempo, esto es, el Olvido, quisieron arrojar capas de polvo y sedimento sobre ellos. Pero en las bocas de los dioses se contaba un viejo Mito, es decir, una Verdad: que había un Sagrado Matrimonio entre el ser humano y la tierra, y que el Hombre es Rey solo en virtud de su alianza respetuosa y henchida de amor hacia la Tierra. Nada había de dominio, vejación y asesinato: la Tierra es Madre y aliada del ser humano. Negarse a ello es caminar hacia el suicidio.

Suicidio que se inició cuando los antiguos filósofos griegos desoyeron las historias míticas y comenzaron a fabricar conceptos casi igual que supieron a fabricarse zapatos, naves, yelmos o vestimentas, con el mismo hábito mental. Con recortes y operaciones manuales, con técnica. No puede haber un “taller” de las ideas. Así las ideas, o sea, los dioses, mueren irremisiblemente.

Suicidio que se consumó después con el formalismo legalista de romanos y semitas. Ley y orden puestos sobre el papel, mentalidad jurídica que legisló sobre todo, y especialmente sobre el concepto. Bajo las normativas y la reseca lógica de las almas frías de todos los leguleyos, el Mediterráneo y el Levante consiguieron erigir un Templo a la Gran Ocultación. La Verdad fue sustituida por la Adecuación y el Concepto, y entonces ya no hubo mundo natural; hubo, pura y simplemente, “manipulación”.

Después del Derecho Romano y la Lógica Escolástica, vino la Experimentación, el Mundo Máquina, el Hombre Máquina y Auschwitz. Vino, en suma, el Horror.

Si no fuera por todo ese sufrimiento y muchedumbre de cadáveres dolientes, si no fuera por la humillación que el Hombre y la Naturaleza sufrieron en aras de la Ciencia y el Progreso, en aras de los Ídolos caníbales de nuestro tiempo, uno podría pensar que el camino hacia los Bosques Profundos sigue existiendo. Que subsiste a pesar de la hojarasca y la maleza cientifista y tecnocrática. Yo lo busco. Es un camino que debe serpentear por alguna parte, entre verdes praderas, granjas ubérrimas y campesinos fuertes y amables. Es un camino que ama la belleza, el honor y gusta de las gentes bellas y honorables. Que sabe de arroyos que susurran, montañas encrespadas de aire purísimo, que sabe de la Esencia Ancestral de los más viejos Bosques Europeos.

¿A dónde se fueron los dioses?

¿A dónde se fueron los dioses? Es evidente que la técnica los escondió. El Dios se ha muerto, como dijo Nietzsche. Pero los dioses siguen ahí, escondidos. La técnica esconde el ser, lo cubre con ropajes que se llaman cálculo, control, gestión, dominio, producción…Pero la técnica no es creadora. Es la gran ocultadora. Con la técnica el hombre deviene también un mero artefacto de la técnica: objeto medido, pesado, predicho, comprado y vendido. La técnica sustituye al hombre y hace de este muñeco de carne decir: ya no existimos como hombres. Somos muñecos de carne, sin raíces, sin suelo ni cielo, sin alma y sin dioses.

Los dioses se dejan escuchar cuando se guarda silencio. La técnica precisa del ruido de muchas voces, que es el ruido de los engranajes y dispositivos. El hombre ha devenido “animal con voz”, instrumento con capacidad vocálica. Pero para recuperar el mundo de los dioses hace falta callar y escuchar, no tanto decir. La planta crece recibiendo el sol. Sus raíces van a lo hondo, pero van a ello para recibir la sustancia mineral que les está reservada. No devoran. El hombre, si devora, pierde su ser y sus dioses. La Ecología no es “buena gestión”. Con ello persevera el hombre de la Ciudad en su necio control de los recursos. La naturaleza no es ni puede ser un depósito de recursos. La naturaleza es el Palacio de esos dioses. Hemos de volver a ella no para dominarla: somos plantas que adornan su jardín y habitantes cercanos a sus dueños, los dioses. Somos hermanos de dioses que han caído, ni siquiera hijos obedientes. Pero nuestra técnica nos ha hecho muñecos de carne, objetos para el mercado, envoltorios consumibles. La técnica tapa el mundo y tapa al hombre. Adán y Eva vivían desnudos en el Paraíso. Esa pareja era hermana de los dioses y vivía en su Palacio. Solamente la progresiva caída ha demandado la fabricación de los ropajes. El obrero explotado lleva en su traje manchas negras que se extienden por la cara y las manos. También los océanos se visten de negro. La prostituta se maquilla y adorna con fealdades su cuerpo mancillado. También la Tierra es maquillada por jardines y parques, pero los verdes pulmones van desapareciendo y dejando de respirar. El muñeco de carne ya no sabe quién es, tan solo conoce para qué está aquí, bajo el padre Sol y sobre la Madre Tierra: para algo. Terrible pecado éste de pensar que aquí el hombre está “para algo”.

Ya hace tiempo que el hombre no es ser pensante, sapiens. En realidad hace siglos que no sabemos nada. Hay tanta prisa. Hay tanta urgencia. El reloj piensa por él y los papeles ya lo reglamentan todo. Se vive de lo que alguien muy necio ha pensado y otros -más estúpidos aún- han puesto por escrito. Y la densa red de papeles y reglamentos se une a la técnica para encadenar a los que se arrastran detrás del para qué.

Mas el pensamiento es el qué, y se debe olvidar de los fines. El pensamiento, como el Arte, no domina ni devora. La Ecología no es más que recuperar a los dioses, ir en su búsqueda, volver a sentir cómo ellos se deslizan en el río, en la cumbre, en las olas, en los bosques y en las briznas de la hierba. Más que conservar, la Ecología es pensar, esto es, dejar que las cosas sean. El pensamiento es actitud de respeto y escucha, no “penetración”. La Filosofía quiso sustituir a los dioses cuando quiso penetrar en lugar de pensar: método, cálculo, adecuación…Todo eso dejó de ser Filosofía. La Filosofía se engolfa deviniendo Metodología y con este cambio el hombre, al menos el hombre de Europa, dejó de pensar.

Para conservar hay que pensar. Pero es preciso incluso que el hombre trascienda el conservar. Tanto en política como en ecología hay que trascender el conservadurismo. Lo que el hombre ha de hacer es gozar de la Tradición, no encerrarla en un museo. No ha de “gestionar” su patrimonio, ha de fundirse con él, volver a él para seguir siendo. Se trata, simplemente, de hacer que las cosas sean.

El Misterio

El misterio atrae y fascina (Otto). El misterio consiste en sentir la inmediación de los dioses. Ellos gustan de ocultarse. La Naturaleza es una Casa donde viven hombres, dioses y misterio. Pero la Naturaleza ha sido vejada tiempo ha. El hombre deshizo su casa y la entregó a poderes que él, neciamente, cree que son suyos. Mas estos poderes se le escapan de las manos tan pronto como creía tenerlos controlados. Ya no se percibe el misterio desde el rumor incesante de las ciudades. En las ciudades se percibe la niebla, el sudor, el trabajo y el tráfago. Sus tentáculos llegan todas partes en forma de vías de tren, autovías, industria. El campo ya no alberga vida: produce pero no genera. El campo es el esclavo de la ciudad y todo su sudor y cosecha se encamina a llenar las panzas del hombre de la ciudad. No se le permite una vida propia. No se le deja en paz. El campo no es la Naturaleza cuidada, ni el matrimonio de ésta con el hombre.

Los dioses son las antenas, los pies sigilosos, el oído atento de la Naturaleza. Cada bosque y cada cumbre, todos los seres físicos están repletos de ellos. Los que piensan en el cosmos como una gran panza, ávida de llenarse y de excretar, no saben de su existencia. Reducen los dioses a la figura de un Único. El monoteísmo humanizó en exceso los poderes de los dioses, y pensó en lo divino bajo las categorías de los poderes humanos: la técnica, la “causa”... Los dioses que se esconden, que provocan la atracción y fascinación en la physis, no son solamente poderes. Lo principal en ellos no es que “causen” el mundo. Lo fundamental es su existencia misma. Son. El hombre antiguo quiso ser como ellos, llegar a contar como socio y hermano suyo en sus asambleas. El hombre “creado”, por el contrario, hubo de ser su títere, su esclavo, su hijo sumiso. Con ello el poder causal y el poder del Imperativo (fiat) se unieron para siempre, y el hombre fue arrojado de las Asambleas Divinas. No hay Olimpo, ni Walhalla, ni Paraíso. Solo ante ese Único, el hombre perdió a sus dioses, canalizó el sentimiento del misterio hacia un punto cenital, y en su intento ascensional olvidó la línea horizontal, el radio que cubría todo cuanto vive a su alrededor. El roble fue talado, el lobo masacrado, la tierra herida de muerte con arados que no fecundan sino que arrasan.

Los poetas trataron de conservar esa Filosofía. Pero fueron expulsados de la ciudad, bajo pena de muerte. Fue preciso que los bardos ensalzaran al “hombre”, hablaran de sus “problemas”, de sus miserias y carencias. Con ello, murió también la poesía. Todo devino técnica. Esta técnica era al principio el poder de las manos, y con ellas el poder de revolver las cosas, cambiarlas de sitio, de aspecto. Pero unas manos envolventes, ajenas a todo control, envolvieron al hombre y le hicieron irreconocible. La técnica transformó al hombre antes que a la Naturaleza. Vino antes su esclavitud, la domesticación del hombre por el hombre. Esta “revolución” fue el inicio de toda la pérdida, de todo el olvido: la crianza de masas ingentes de dolientes, de máquinas humanas atadas con cadenas. El ojo del hombre de rapiña ya dejó de mirar a su alrededor: miró por su ganado humano. El amo llevaba siempre sus manos a la empuñadura: un acero afilado para la guerra contra otros, a la caza de ganado humano, y también al acecho de rebeliones. Siempre alerta está: el hombre vigila al hombre, pero no cuida su jardín. Es la tierra ya un campamento y un redil. Desde entonces ha sido expulsado de su Hogar y de las asambleas de los dioses.






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