martes, 21 de febrero de 2012

La decadencia del alma faústica

La Decadencia de la Civilización Faústica.





Carlos Javier Blanco Martín
Doctor en Filosofía
cblancomartin@yahoo.es










Resumen:
Según Spengler, toda cultura experimenta un ciclo vital y la antesala de su muerte es la rigidez de sus formas, así como la pérdida del alma que antiguamente las animó. La Civilización Occidental es el producto final de una Cultura “faústica”, caracterizada por su espíritu imperativo y la conquista de toda clase de posibilidades, la negación de los límites. Ahora, como forma muerta de aquella Cultura, Europa y sus derivaciones occidentales se enfrentan a la muerte pues nada es eterno.




Summary:
According to Spengler, every culture experiences a life cycle and the prelude to his death is the rigidity of its forms, and the loss of the soul that once animated. Western Civilization is the end product of a Culture "Faustian", characterized by its imperative spirit and winning all sorts of possibilities, the denial of the limits. Now, as a dead form of that culture, Western Europe and its derivatives, faces death because nothing is eternal.

Palabras clave: Cultura, Civilización, Fáústico, Simbólico, Socialismo, Nacionalismo.
Key words: Culture, Civilization, Faustian, Symbolic, Socialism, Nationalism.





1. Introducción. La ciencia de lo Transitorio. Europa caduca.



¿Qué tiempos vivimos en Occidente? Tiempos de declive, de decadencia absoluta. ¿Qué es Occidente? La Civilización Europea que se propagó, primeramente, hacia América y después se hizo dueña del resto del mundo. Pero Europa, la única civilización que hizo de la Historia una concepción de sí misma, la única que de forma direccional sabía de sí misma que estaba “haciendo historia”, hace aguas bajo su crudo mecanicismo. El mecanicismo y la dialéctica de una Ilustración convertida en dominación. Proponemos al lector la relectura de algunas partes de la inmensa obra de Oswald Spengler, La Decadencia de Occidente. De tal obra sacamos algunas conclusiones sobre lo que es la Historia: novedad, pero también caducidad. ¿Podemos creer en Occidente que nunca va a llegar nuestro fin como forma de vida? Es un dogma absurdo, un prejuicio etnocéntrico, una humorada mientras vemos signos por doquier que hablan de un fin.



Todo producto es transitorio. Transitorios son los pueblos, las lenguas, las razas, las culturas. Dentro de varios siglos no habrá cultura occidental, no habrá alemanes, ingleses, ni franceses, como en tiempo de Justiniano no había ya romanos; y no porque la serie de las generaciones humanas se hubiese acabado, sino porque no existía ya la forma interior de un pueblo, la que había reunido a un gran número de generaciones en un gesto común. El civis romanus, uno de los más vigorosos símbolos de la existencia antigua, no duró, como forma, mas que unos siglos. El mismo Protofenómeno de las grandes culturas habrá desaparecido algún día, y con él, el espectáculo de la historia universal, y el hombre mismo, y la vida animal y vegetal en la superficie de la tierra, y la tierra y el sol y el universo de los sistemas solares. Todo arte es mortal, y mortales son no sólo las obras, sino las artes mismas.



Llegará un día en que habrán cesado de existir el último retrato de
Rembrandt y el último compás de Mozart, aun cuando siga habiendo todavía lienzos pintados y partituras grabadas; será justamente el día en que hayan desaparecido los últimos
ojos y los últimos oídos capaces de entender el lenguaje de esas formas. Transitorio es todo pensamiento, todo dogma, toda ciencia, que dejan de existir tan pronto como se extinguen las almas y los espíritus en cuyos mundos sus «eternas verdades» parecieron necesariamente verdaderas. Transitorios han sido los mundos estelares, que contemplaban los astrónomos del Nilo y del Eufrates; en efecto, eran mundos para aquellos ojos, y los ojos nuestros—también transitorios—son harto diferentes. Sabemos eso. Un animal no lo sabe, y lo que no sabe no existe en la intuición de su mundo circundante. Pero cuando desaparece la imagen del pasado, desaparece asimismo el anhelo de dar a lo transitorio un sentido más profundo. Y así puede expresarse la idea del macrocosmos humano con las palabras a que toda nuestra exposición ulterior ha de estar dedicada: Todo lo transitorio es un símbolo
. [LDO, I, 257-258]




Alles Gewordne ist vergänglich. Vergänglich sind nicht nur Völker, Sprachen,
Rassen, Kulturen. Es wird in wenigen Jahrhunderten keine westeuropäische Kultur,
keinen Deutschen, Engländer, Franzosen mehr geben, wie es zur Zeit Justinians keinen
Römer mehr gab. Nicht die Folge menschlicher Generationen war erloschen; die innere
Form eines Volkes, die eine Anzahl von ihnen zu einheitlicher Gebärde zusammengefaßt
hatte, war nicht mehr da. Der civis Romanus, eines der mächtigsten Symbole antiken
Seins, war gleichwohl als Form nur von der Dauer einiger Jahrhunderte. Aber das
Urphänomen der großen Kultur überhaupt wird einmal wieder verschwunden sein, und
mit ihm das Schauspiel der Weltgeschichte, und endlich der Mensch selbst und darüber
hinaus die Erscheinung des pflanzlichen und tierischen Lebens an der Erdoberfläche, die
Erde, die Sonne und die ganze Welt der Sonnensysteme. Alle Kunst ist sterblich, nicht nur
die einzelnen Werke, sondern die Künste selbst.

Es wird eines Tages das letzte Bildnis Rembrandts und der letzte Takt Mozartscher Musik
aufgehört haben zu sein, obwohl eine bemalte Leinwand und ein Notenblatt vielleicht
übrig sind, weil das letzte Auge und Ohr verschwand, das ihrer Formensprache zugänglich
war. Vergänglich ist jeder Gedanke, jeder Glaube, jede Wissenschaft, sobald die Geister
erloschen sind, in deren Welten ihre »ewigen Wahrheiten« mit Notwendigkeit als wahr
empfunden wurden. Vergänglich sind sogar die Sternenwelten, welche den Astronomen
am Nil und Euphrat »erscheinen«, als Welten für ein Auge, denn unser – ebenso
vergängliches – Auge ist ein anderes. Wir wissen das. Ein Tier weiß es nicht, und was es
nicht weiß, ist im Erlebnis seiner Umwelt nicht vorhanden. Mit dem Bilde der
Vergangenheit aber schwindet auch die Sehnsucht, dem Vergänglichen einen tieferen
Sinn zu geben. Und so läßt sich der Gedanke des rein menschlichen Makrokosmos wieder
an das Wort knüpfen, dem die ganze fernere Darstellung gewidmet sein soll: Alles
Vergängliche ist nur ein Gleichnis.
[DUA, I, 216].





Todo es perecedero, frágil y transitorio. En la cultura faústica, esa que allá por el año 1.000, “desde el Tajo hasta el Elba”, rompió en dos el milenio que los historiadores convencionales llaman Medievo, surge esta idea de caducidad (vergänlich) del Mundo y de lo que el Hombre hace en el Mundo pero con proyección a un Futuro, a un espacio infinito que las catedrales góticas pronto querrían representar.



2. El mundo faústico.




Pero ese mundo faústico cuya alma hace a los europeos proyectarse en todas las direcciones del globo, a desparramarse en la formación colonias y en forja de imperios, a crear en América –especialmente- otra Europa menos estrecha, más amplia de horizontes, tendría en el aspecto espiritual, y ya no solo geopolítico, tremendas consecuencias. Se rompe con la matemática euclidiana (Descartes, Leibniz, Newton) y un Espacio que ya no es meramente lugar, ni atributo de cuerpos, un Espacio que es homogeneidad infinita y trascendente respecto de cualesquiera cuerpos, se constituye como otro poderoso símbolo del alma occidental que ya, en su faceta religiosa, había roto con el pasado cueviforme. Este pasado cueviforme lo sitúa Spengler desde la época de Augusto, y brotó en los márgenes orientales de Roma. La bóveda del cielo era el límite del hombre tardoantiguo, profundamente orientalizado, con independencia total de su raza y lengua. Esa orientalización, ese espíritu de la cueva, lo vemos en San Agustín y en todo el neoplatonismo de los primeros siglos cristianos. Pero de la Europa nórdica y central, como salida de un largo sueño, y aprovechando esos elementos dualistas, neoplatónicos, judeocristianos, surge un alma nueva que orienta sus anhelos de forma completamente distinta. En el año 1.000 –aproximadamente- hay un cristianismo en Europa completamente distinto al anterior. Otros pueblos lo profesan, y una mentalidad muy otra distinta de la que le alimentó en sus inicios. El Renacimiento, el Barroco, la Ilustración y todos los periodos convencionales de la Historia hunden sus raíces no en una oscura y monolítica Edad Media, como a veces se pretende. Hay en Spengler otras periodizaciones: en el año 1000 nace el alma europea.

Pero, esto es lo importante, lo que nace muere. Hoy, esa alma ya da muestras de agotamiento. Todas las Grandes Culturas (acaso en la Historia Universal no haya más de doce grandes organismos culturales, pero el número exacto no es importante) nacen, llegan a su mediodía de esplendor, dejan atrás una fresca primavera y, tras un otoño o atardecer, cristalizadas en formas rígidas, es decir, bajo el aspecto de una Civilización, esperan su ocaso definitivo. Ocaso que puede suponer una mutación, un nacimiento de un Organismo completamente distinto aprovechando como mera materia los restos de lo anterior. La extinción definitiva, como hemos visto en la cita acotada arriba, acontece cuando el mismo Protofenómeno (Urphänomen) se pierde. En la Historia sucede de igual manera que en el Cosmos: las actuales configuraciones de galaxias y sistemas estelares se volatilizarán un día. En realidad el Cosmos físico, que es visto sistemáticamente como red de conexiones causales, es el mismo que la Historia, historia cósmica que alberga la efímera existencia de la especie humana en este insignificante planeta. Pero la historia humana nunca se alcanza si no es por medio de una Fisiognómica: una intuición plástica que va más allá de toda conexión causal y toda explicación racional o finalista.




3. Los símbolos.



Las culturas viven mientras viven sus símbolos. Los símbolos cumplen la misión protectora de defenderse del terror. Todo este jardín magnífico (aunque humilde desde el punto de vista cósmico) ha brotado del Terror Cósmico. En el momento en que unos animales pintorescos, erguidos y fabricantes, comenzaron a pensar en la muerte, y hubieron de incluirla en sus obras, previsiones, manipulaciones, cesó la primitiva espontaneidad de la vida animal, nació –a decir de Spengler- la Cultura.



Las cosas no son realmente reales en el mundo; tienen también un sentido, que depende de cómo nos «aparecen» en nuestra intuición del mundo. AI principio, no tenían mas que una referencia al hombre; ahora el hombre posee también una referencia a ellas. Ahora se han convertido en símbolos de su existencia. La esencia de todo simbolismo auténtico— inconsciente e íntimamente necesario—tiene su origen en el conocimiento de la muerte, que nos descubre el misterio del espacio. Todo simbolismo significa una defensa.
Es la expresión de un profundo temor, en el doble sentido de la palabra; en efecto, su lenguaje de formas nos habla a un tiempo mismo de hostilidad y de respeto
. [LDO, I, 257]





Die Dinge sind nicht nur wirklich innerhalb der Umwelt, sondern sie haben, so wie sie »erscheinen«,
innerhalb der Welt»anschauung« auch einen Sinn. Zuerst besaßen sie allein ein Verhältnis
zum Menschen, jetzt besitzt der Mensch auch sein Verhältnis zu ihnen. Sie sind
Sinnbilder seines Daseins geworden. So geht das Wesen aller echten – unbewußten und
innerlich notwendigen – Symbolik aus dem Wissen des Todes hervor, in dem sich das
Geheimnis des Raumes enthüllt. Alle Symbolik bedeutet eine Abwehr. Sie ist Ausdruck
einer tiefen Scheu im alten Doppelsinn des Wortes: ihre Formensprache redet zugleich
von Feindschaft und Ehrfurcht
.[DUA, I, 216]





Animadversión y veneración [Feindschaft und Ehrfurcht], términos muy cercanos a los que empleó Rudolph Otto [mysterium tremendum et fascinans], para referirse a la fenomenología de lo Numinoso. Un numen, el pavor ante una presencia (monstruosa, zoomórfica) o si se quiere, ante una teofanía, en suma, la constatación de un acontecimiento inescapable como el morir y lo que significa sumirse en la Nada… todo esto es raíz o fundamento de los primeros simbolismos. El hombre es animal simbólico, y ya el estudio de las cavernas prehistóricas de nuestros antepasados manifiesta que la Religión o Mito, junto con el Arte, todo ello en confusa mixtura primigenia, ya eran sistemas de respuesta simbólica ante tremendos enigmas y terrores. Solo surge la Cultura de esos temores y del simbolismo que ellos generan. El hombre fabricó imágenes dadoras de sentido [Sinnbilder], símbolos, hace varios miles de años. Con ello, salió de la nuda animalidad.



Somos animales simbólicos, dadores de sentido desde las entrañas más inconscientes de nuestra alma. Aquí encajaría perfectamente la teoría de Carl G. Jung sobre los Arquetipos. Solo por manera secundaria, nuestro intelectualismo interviene con conceptos elaborados, con lógica y técnica. El rayo y el trueno, como aparición numinosa siempre son previos a esos mismos fenómenos en cuanto que procesos físicos, meterológicos.




Sobre aquél se actúa prácticamente, padeciendo o haciendo; éste queda sometido a la
cronología, símbolo magno del irrevocable pasado. Miramos hacia atrás y vivimos
hacia adelante, hacia lo imprevisto; pero en la imagen del acontecer singular y único
insinúanse desde la niñez, por obra de la experiencia técnica, los rasgos de lo previsible, la
imagen de una naturaleza regular, legal, que no depende del tacto fisiognómico, sino del
cálculo intelectualista. Vemos una res, y nos aparece primero como un ser vivo y en
seguida como un alimento; vemos caer un rayo, y primero lo sentimos como un peligro,
pero en seguida lo consideramos como una descarga eléctrica. Esta imagen del mundo,
secundaria, posterior y, por decirlo así, petrificada, va poco a poco substituyendo a la
primera. La imagen del pasado se mecaniza, se materializa, y nos permite extraer de su
seno una serie de reglas causales, que se aplican al presente y al futuro. Y así nace la
creencia de que existen leyes históricas y de que podemos adquirir una experiencia
intelectual de ellas.
[LDO, I, 238]





In jene greift man praktisch ein, leidend oder handelnd; ist der Chronologie als dem großen
Symbol des unwiderruflich Vergangenen verfallen. Wir blicken rückwärts und leben
vorwärts, dem Unvorhergesehenen entgegen, aber in das Bild des einmaligen Geschehens
dringen nun, von der technischen Erfahrung schon der Kinderzeit her, die Züge des
Vorherzusehenden ein, das Bild einer gesetzmäßigen Natur, die nicht dem
physiognomischen Takt, sondern der Berechnung unterliegt. Wir erfassen ein Stück Wild
als beseeltes Wesen und gleich darauf als Nahrungsmittel; wir sehen in einem Blitz eine
Gefahr oder eine elektrische Entladung. Und dieses zweite, spätere, versteinernde Bild der
Welt überwältigt in den großen Städten mehr und mehr das erste: das Bild der
Vergangenheit wird mechanisiert, materialisiert, und aus ihm für Gegenwart und Zukunft
eine Summe kausaler Regeln gezogen. Man glaubt an geschichtliche Gesetze und eine
verstandesmäßige Erfahrung von ihnen.
[DUA, I, 199].





El pasado es irrevocable (unwiderruflich). El hecho de habernos situado en una posición secundaria, tardía, “ciudadana”, ha impedido que grandes mases y sucesivas generaciones pierdan de manera gradual el contacto con los sentidos primarios de la existencia, aquellos con que el hombre invistió de sentido el mundo, e hizo que su medio circundante (Umwelt) le envolviera como tal sentido y le impulsara a la creación de símbolos. Hay un símbolo primario, la extensión [Ausgedehntheit, Ausdehnung], en torno al cual pudieron ordenarse los ulteriores símbolos de las distintas culturas.




Llamaremos en adelante símbolo primario de una cultura a su modo de sentir la extensión.
El símbolo primario es la base de donde hay que derivar todo el lenguaje de formas que nos
habla la realidad de cada cultura; él da a cada cultura una fisonomía que la distingue de las
demás, y sobre todo del mundo que circunda al hombre primitivo, mundo que casi no tiene
fisonomía. En efecto, la interpretación de la profundidad se exalta y se convierte en un acto,
en una expresión que produce obras y transforma la realidad, la cual ya no sirve, como
entre los animales, para satisfacer las necesidades, sino para construir símbolos vitales, con
el auxilio de todos los elementos de la extensión: materia, línea, color, sonido, movimiento,
Y esos símbolos a veces se presentan muchos siglos después en la imagen cósmica de otros
seres, y, ejerciendo sobre ellos su encanto propio, dan testimonio de la manera cómo sus
creadores comprendieron el universo
. [LDO,I, 266]





Die Art der Ausgedehntheit soll von nun an das Ursymbol einer Kultur genannt
werden. Die gesamte Formensprache ihrer Wirklichkeit, ihre Physiognomie im
Unterschiede von der jeder anderen Kultur und vor allem von der beinahe
physiognomielosen Umwelt des primitiven Menschen ist aus ihr abzuleiten; denn die
Deutung der Tiefe erhebt sich nun zur Tat, zum gestaltenden Ausdruck in Werken, zur
Umgestaltung des Wirklichen, die nicht mehr wie bei Tieren einer Not des Lebens dient,
sondern ein Sinnbild des Lebens aufrichten soll, das sich aller Elemente der Ausdehnung,
der Stoffe, Linien, Farben, Töne, Bewegungen bedient, und oft noch nach Jahrhunderten,
indem es im Weltbild späterer Wesen auftaucht und seinen Zauber übt, von der Art zeugt,
wie seine Urheber die Welt verstanden haben.[DUA, I, 226
].





Hay un símbolo primario (Ursymbol) en la cultura antigua, apolínea, que es el cuerpo delimitado en su macicez. Hay otro símbolo primario en la cultura occidental posterior al año 1000 que es el espacio puro. A partir del símbolo primario podemos llegar a comprender mejor todo el despliegue de símbolos religiosos o artísticos de una Cultura. Las obras y la propia sociedad quedan impregnadas necesariamente por ese símbolo.




Cabe preguntarse, entonces, si el símbolo primario de la ya anciana Civilización Occidental, ese espacio puro, no habrá alcanzado proporciones y desarrollos terribles en la Economía Política. El espacio puro de la Cosmología, que tan grande ha hecho nuestro universo y en tal medida nos ha empequeñecido, es primariamente también el espacio puro de una Economía Política basada no en la satisfacción de las necesidades sino en la abstracción sin límites que supondrá un Mercado donde no hay fronteras –especialmente para el capital y su plusvalía- y en donde no hay raíces ni límites de ninguna clase para un desarrollo técnico al servicio de ese anhelo infinito e insaciable.




El alma faústica es voluntad, y nada más que voluntad. Cuando se pone un fin por delante, este fin es una mentira que va a permitir insuflar más energía a esa voluntad, un “invento” que anticipa y mantiene una continuidad en la acción. Un alma faústica irreligiosa, como es la del hombre occidental de las grandes urbes, el decadente que mantiene los fósiles de su vieja Cultura bajo formas civilizadas, no cree en nada –es nihilista- pero no puede por menos de dejar de actuar.




4. El socialismo.



Interesa sobremanera describir la visión que del socialismo nos ofrece Spengler. Nuestro filósofo dice que, a esta altura de la Historia, “todos somos socialistas”. Incluso aquellos que se enfrentan al socialismo con diatribas, en la lucha ideológica, en la arena política, todos somos socialistas igual que todo romano pre-cristiano (de la época “pre-mágica”en terminología de Spengler) era estoico. El socialismo esconde, de forma civilizada, irreligiosa (como acontece con las religiones decadentes, sin dioses ni alma, materialistas a su manera, a saber, la estoica, la budista) la voluntad de poder del hombre occidental tardío, única fuerza que le anima a seguir siendo parte de ese estilo de alma. Los fines puestos en un tiempo futuro le son por completo desconocidos: el paraíso socialista de la igualdad, de la fraternidad, la abolición de las clases. Nada sabe nada acerca de todo eso. Marx mismo no se entretuvo en la descripción de utopías, que al carecer de topos, carecen de realidad. En lugar de los topoi, el alma faústica sabe únicamente que hay una voluntad imperativa, esto es, una realización de los imperativos categóricos: “Tu debes”, “Obra de tal manera…”. Quizá por ello, el socialista cuando no conquista las masas, cuando no dirige ejércitos revolucionarios, confía en que al menos le queda la Educación. No busca sabios, busca ciudadanos. Se engorda la esfera de la “Educación para la ciudadanía” a expensas del verdadero saber, pues no hay saber sin poder. Un socialista, cuando no puede ser revolucionario, como Lenin, como Mao, se torna ineluctablemente un kantiano. Se torna funcionario del Estado, y el propio Estado deviene congelación de la voluntad de poder y expresión marmórea de la misma.




El hombre occidental tardío, al igual que se torna irreligioso, sin raíz, sin dioses, sin cultura, también pierde la patria. Las naciones, que todavía en época feudal eran regiones y comunidades humanas independientes desde el punto de vista de la lógica, de los principados soberanos que las reunían, llegaron a la modernidad como vehículos idóneos de la voluntad fáústica de poder. Era preciso “inventar España” para conquistar las Indias los siglos XVI y XVII. Era preciso “nacionalizar” la Gran Bretaña y la Francia para crear así los respectivos imperios coloniales. Una Europa regional, un mosaico feudal de individualidades étnicas, de peculiaridades lingüísticas y jurídicas, así como raciales, confesionales, etc. hubo de dar paso a una gran Horma: la horma del Estado-Nación, vehículo y arma de la voluntad de poder y así expandirse hacia nuevos, muy lejanos, horizontes. La esfericidad de la Tierra tenía que ser Europa misma.



5. El nacionalismo.




Pero, desde el momento mismo en que comienza a vislumbrarse el climacterium de esa expansión imperialista, Herder sustituye a Kant, el romanticismo añora la región, la patria, la raíz, la nación pequeña tal y como era antes de lanzarse a la empresa ultramarina, expansionista. La voluntad de poder se repliega y se piensa a sí misma como voluntad del indígena. Los europeos se ven, gracias al romanticismo, como indígenas de otros europeos, como objetos de servidumbre y de colonización por potencias ajenas. Las Indias están en Europa, la Europa de las patrias, no la Europa de los Imperios. La voluntad de poder como afán de resistencia y recuperación de la Patria está muy ligada al Espacio, al profundo sentimiento de Espacio, el poder del Suelo (al que se vincula la sangre, que es la que riega el Suelo), a la fuerza de las raíces. Estos sentimientos, este tipo de alma, es netamente Septentrional según Oswald Spengler. La hebra judeocristiana no armoniza bien con este aspecto del alma europea. El judío y el cristiano “mágico” (contrapuesto al cristiano fáustico surgido desde el año 1000) conocen horizontes universalistas: el Pueblo de Dios es el rebaño de ovejas idénticas. El ingreso en esa Ciudad de Dios solamente exige una conversión de tipo mágico, incorpóreo. Nada se dice de paisajes, de suelos, de color de piel o de otros factores visuales, terrenos. Pero la comunidad formada por hombres faústicos está regida por ese sentimiento misterioso de la morriña, por completo desconocida del sureño y del hombre mágico.




Cada cultura tiene su propio concepto del país natal y de la patria, concepto difícil de
aprehender, casi inefable, lleno de obscuras relaciones metafísicas y, sin embargo, de
tendencia inequívoca. El sentimiento antiguo de la patria, que sujetaba al individuo con
fuerza corpórea y euclidiana a la Polis a la ciudad, se contrapone a la misteriosa
nostalgia o morriña del septentrional, que tiene algo de musical, algo de errabundo y
supraterrestre. El hombre antiguo siente por patria lo que su vista abarca desde el castillo de
la ciudad natal. Allí donde termina el horizonte de Atenas comienza lo extraño, lo hostil, la
«patria» de los otros. El romano, incluso el romano de los últimos tiempos de la República,
no entendió por patria nunca Italia, ni siquiera el Lacio, sino la urbs Roma.
[LDO,I, 470].




Jede Kultur besitzt ihren eignen Begriff von Heimat und Vaterland, schwer greifbar,
kaum in Worte zu fassen, voller dunkler metaphysischer Beziehungen, aber trotzdem von
unzweideutiger Tendenz. Das antike Heimatgefühl, das den einzelnen ganz leibhaft und
euklidisch an die Polis band, steht hier jenem rätselhaften Heimweh des Nordländers
gegenüber, das etwas Musikhaftes, Schweifendes und Unirdisches hat. Der antike Mensch
empfindet als Heimat nur, was er von der Burg seiner Vaterstadt aus übersehen kann. Wo
der Horizont von Athen endet, beginnt die Fremde, der Feind, das »Vaterland« der
andern. Der Römer selbst der letzten republikanischen Zeit hat unter patria niemals
Italien, auch nicht Latium, stets nur die Urbs Roma verstanden.
[DUA, I, 430-432]





El país natal (Heimat), la Tierra de los Padres (Vaterland) posee una significación muy diferente como símbolo en el hombre del Norte frente al hombre del Sur. Y a su vez, nada tiene que ver este símbolo si lo aplicamos a las distintas culturas: apolínea (antigua), mágica (tardoantigua, árabe, cristiana primitiva) y fáustica (occidental). Al servicio de la voluntad de poder, la patria es nacionalismo expansivo: desde el suelo original se busca suelo a colonizar, se busca la agresión para una incorporación. Al servicio de una voluntad de resistencia, por el contrario, es morriña, extrañamiento. El sentirse extraño por estar fuera del terruño y de las raíces. El dolor por no estar en casa (Heimweh), que supone siempre un vagar fuera de ella, un contraste permanente entre quien se ve forzado a salir de sus bosques o riscos originarios y dominar hacia los cuatro puntos cardinales las planicies y los mares ajenos. Los antiguos celtas y germanos, así como los vikingos y, tras ellos, ya desde el siglo XV, los españoles, holandeses, ingleses… todos estos pueblos fáusticos hubieron de conocer el dolor por no estar en casa, la nostalgia. Primero como conquistadores. Después, como emigrantes. Conoce este sentimiento (Heimatgefühl), musical, en modo alguno cosificado, quien se desplaza y sabe que hay una dialéctica entre un horizonte lejano y una tierruca de la cual nació y a la que se debe. Spengler lo contrasta con la patria política –y nada más que política, en el sentido en que lo era la polis griega. La ciudad-estado era un punto en el espacio euclidiano, y como bulto, era una superficie delimitadora de lo propio frente a lo ajeno. Las colonias griegas, así como las ciudades provinciales romanas no podían ser más que duplicados, copias fieles de un original. El agro circundante se oponía al núcleo urbano, al foro y ágora de la deliberación y de los decretos. Eran patrias delimitadas en un espacio ordenado desde ellas, sojuzgado a ellas. De análoga manera, la tierra de nacimiento para el alma mágica es un desierto donde nada puede arraigar y todo es espejismo y duna cambiante, de ahí que se vea en la bóveda celeste el techo prototípico de la futura mezquita y antes aún, el de la cueva que acoge en su seno a un fiel sometido. La universalidad del hombre que hoy proclama, la Declaración de los Derechos Humanos, procede de la idea de una Fraternidad, de una comunidad mágica de seres humanos sin patria terrestre o enlazados por invisibles vínculos. La nostalgia, es decir, el sentimiento de regreso, por el contrario, el dolor por una patria perdida hacia la que la mente vuelve de continuo, es faústico, occidental. Solamente la flecha lanzada hacia delante sabe de sus orígenes y quiere ver en la tierra de los padres el arco que la tensó. En ocasiones puede ser también política, expresión de una política faústica y poco formalista, a diferencia de la polis o la urbs romana. Mas esta nostalgia convertida en nacionalismo político no es su única manifestación.




La extinción de la civilización de Occidente va a realizarse, pues, en el sentido socialista, según Spengler. Esto no significa, según las coordenadas biográficas en que vivió nuestro filósofo, un triunfo del bolchevismo ruso o de la socialdemocracia alemana. Socialista, y socialista de Estado, era también –y acaso de forma eminente- el prusianismo imperial. Un Estado sólido y fuerte, una educación rigurosa, una organización disciplinada del trabajo y de la sociedad toda, estas serían formas serias de socialismo como voluntad de poder solidificada, no como instrumento del caos. Pero incluso así, en una forma elevada, la civilización occidental, ya enderezada bajo el socialismo prusiano, no hará otra cosa que retrasar su muerte y su sustitución por otras culturas más frescas y vivas, que ahora no podemos profetizar. Desde esas culturas del futuro se alcanzarán de nuevo la vista de pájaro. Ahora, los cansados occidentales, en cambio, apenas nos remontamos de una perspectiva de batracio.




Contemplar el mundo no desde la altitud de un Esquilo, de un Platón, de un Dante, de un
Goethe, sino desde el punto de vista de la necesidad diaria y la realidad apremiante, es lo
que yo llamo cambiar en orden a la vida la perspectiva del pájaro por la perspectiva de la
rana. Justamente éste es el descenso de una cultura a una civilización. Toda ética formula
la visión que el alma tiene de su sino: heroica o práctica, grande o vulgar, viril o senil. Y
por eso distingo yo una moral trágica y una moral plebeya. La moral trágica de una cultura
conoce y comprende el peso de la realidad; pero de este conocimiento extrae el sentimiento
del orgullo, para sobrellevarla.
[LDO, I, 492]

Die Welt statt aus der Höhe, wie Aischylos, Plato, Dante, Goethe, unter dem
Gesichtspunkt der alltäglichen Notdurft und andrängenden Wirklichkeit betrachten: das
nenne ich die Vogelperspektive des Lebens mit der Froschperspektive vertauschen. Und
eben das ist der Abstieg von einer Kultur zur Zivilisation. Jede Ethik formuliert den Blick
der Seele auf ihr Schicksal: heroisch oder praktisch, groß oder gemein, männlich oder
greisenhaft. Und so unterscheide ich denn eine tragische und eine Plebejermoral. Die
tragische Moral einer Kultur kennt und begreift die Schwere des Seins, aber sie zieht
daraus das Gefühl des Stolzes, es zu tragen. [
DUA, 453]




La perspectiva de batracio hace que los “intelectuales” de la decadencia se preocupen por la digestión, la higiene, la dieta y el sexo. Las necesidades del cuerpo en el día a día son su objeto de preocupación. De toda la literatura de higiene corporal y “autoayuda” que masivamente se consume hoy, podemos obtener la imagen de la decadencia que nuestro siglo XXI ofrece sin ambages. Nada hay de profundidad, nada de misterio, ninguna metafísica honda sino una regulación de las vísceras: a eso ha venido a reducirse nuestra psicología, nuestra ética, nuestra visión del mundo. El punto de vista plebeyo es el de la voluntad de vivir, voluntad no tanto de Poder como voluntad de seguir viviendo, de conservar el pellejo, disminuir el dolor y aumentar el placer. La voluntad de seguir croando y de que las vísceras y glándulas funcionen correctamente. La crítica de Nietzsche a su antiguo maestro Schopenhauer viene muy al caso aquí. Toda una metafísica de la Voluntad al servicio de una Ética, o dicho de otra manera, la elevación de la Ética al rango principesco de ciencia de las regulaciones biológicas, al rango de fármaco atenuante de los dolores del existir. Nietzsche –por el contrario- intuyó muy bien el cariz trágico de la existencia, y la actitud heroica. Una actitud que ha de ser, por encima de todo, amoral. El héroe no conoce de regulaciones glandulares. El héroe solo conoce el reto del sino: apoderarse de él o sucumbir ante él.




A los ojos del hombre fáustico todo es en el mundo movimiento hacia un fin. El hombre
mismo vive bajo esa condición, Vivir significa para él luchar, superar, imponerse. La lucha
por la existencia, como forma de la existencia, pertenece ya a la época gótica y claramente
se expresa en su arquitectura. El siglo XIX le ha dado una forma mecánico utilitaria.
[LDO, I, 476]

Vor den Augen des faustischen Menschen, in seiner Welt ist alles Bewegtheit einem
Ziele zu. Er selbst lebt unter dieser Bedingung. Leben heißt für ihn kämpfen, überwinden,
sich durchsetzen. Der Kampf ums Dasein als ideale Form des Daseins gehört schon der
gotischen Zeit an und liegt ihrer Architektur deutlich genug zugrunde. Das 19.
Jahrhundert hat ihm nur eine mechanistisch-utilitarische Fassung gegeben.
[DUA, I, 436]



La vida como lucha y superación (überwinden). Antes que Darwin y Nietzsche, tenemos a Hegel y a Schopenhauer. Y todos ellos, supuestamente incompatibles entre sí, dejaron claramente establecida la esencia del alma faústica. La realidad posee como forma ideal la lucha por la existencia (Der Kampf ums Dasein). Bajo una compostura (Fassung) utilitaria, como corresponde al imperio de la Economía Política y de la lucha por la supervivencia, la voluntad de poder del alma fáustica, el hacer la realidad a su medida y no el medirse de acuerdo con dicha realidad, es como la Historia Universal se fabrica- o se rompe- con el empeño de Occidente. Las restantes culturas se vienen abajo, y las viejas civilizaciones se conmueven fatalmente por los efectos de los imperativos del europeo: “Obra de tal manera…”. El colonialismo, el imperialismo, el reparto del mundo que acontecen en la segunda mitad del siglo XIX, preparan la venida de su propio Anticristo en el XXI: La Europa Asilo de Ancianos, envejecida, sin natalidad. La Europa multicultural y repleta de mezquitas. La Europa cansada con su proyección americana rota, vencida. La derrota humillante ante el terrorismo talibán. Parece como si el utilitarismo mismo no fuera bastante a disimular, a engastar el alma faústica, pues era en la mente utilitaria donde se refugió Occidente.




De no verse el mundo enredado en una insegura anarquía productiva, en un caos energético, en una hecatombe cultural y ecológica, acaso el alma faústica hubiera podido desplegarse hacia los inmensos infinitos de la exploración espacial extraterrestre. Los conquistadores españoles de las Indias, los asturleoneses de la Reconquista y sus contemporáneos los vikingos, los cruzados y caballeros teutones, así como todos los grandes navegantes de la Modernidad, ensanchadores de horizontes, se acabaron para desgracia de Occidente. Ese espíritu de conquista, de rapiña, de búsqueda de fronteras que se enfrenten a la posibilidad propia, esto es, la búsqueda de grandes retos, se ha acabado. Las propias consecuencias del avance, cruel, amoral e inhumano, del ya viejo Occidente, vuelven con penoso efecto boomerang. Los despojos de culturas rotas y civilizaciones no europeas van a acabar rebelándose de una manera u otra.




Los signos de la Decadencia de Occidente se encuentran por doquier:

Este es el sentido de todas las decadencias en la historia —cumplimiento interior y exterior,
acabamiento que inevitablemente sobreviene a toda cultura viva—. La de más limpios
contornos se halla ante nuestros ojos; es la «decadencia de la antigüedad». Y ya hoy
podemos rastrear claramente en nosotros y en torno a nosotros los primeros síntomas de la
decadencia propia, de la «decadencia de Occidente», acontecimiento que por su transcurso
y duración coincide plenamente con la decadencia de la antigüedad y se sitúa en los
primeros siglos del próximo milenio
. [LDO, I, 184-185]





Dies ist der Sinn aller Untergänge in der Geschichte – der inneren und äußeren
Vollendung, des Fertigseins, das jeder lebendigen Kultur bevorsteht –, von denen der in
seinen Umrissen deutlichste als »Untergang der Antike« vor uns steht, während wir die
frühesten Anzeichen des eignen, eines nach Verlauf und Dauer jenem völlig gleichartigen
Ereignisses, das den ersten Jahrhunderten des nächsten Jahrtausends angehört, den
»Untergang des Abendlandes«, heute schon deutlich in und um uns spüren
.[DUA, I, 144]





Nosotros tenemos la ventaja de formar parte de una civilización “historicista”, es decir, que atesora antigüedades y que siempre desea expandir la línea del Tiempo hacia atrás, como lo hace hacia delante, tratando de conocer el sino. Por el contrario el antiguo se dejaba caer por la rampa, hacia un hundimiento que no quería profetizar. No se profetizó hasta que lo “clásico” o apolíneo ya había mutado en “mágico” y en las almas de los hombres había penetrado el milenarismo. Nosotros, que somos historicistas, queremos auscultar un futuro lejano, lejanísimo, que habla de posibilidades a ser recorridas, cumplidas, acabadas [der inneren und äußeren Vollendung, des Fertigseins]. Los apolíneos de la Antigüedad vivían su plenitud, su areté no como infinitud, sino más bien como presente eternamente inmortalizado. En cambio, nosotros, los faústicos podemos establecer correspondencias, tratar de comprender las homologías entre civilizaciones sustancialmente diferentes aunque susceptibles de coordinación. Es ostensible para nosotros: esto se va a caer. La religión de la Tecnología, al igual que nuestros mitos sobre el Átomo, el Big-Bang o la Hermandad Universal de los Seres Humanos, caerán ineluctablemente, y acaso eso suceda con mucha más ansiedad que en la Roma tardía, donde el último pagano vivía entre ciudadanos de la ciudad “mágica” (La Ciudad de Dios, de Agustín de Hipona) sin comprenderlos, como si fueran fantasmas cada vez más ruidosos y abundantes.




La palabra “decadencia” viene aquí referida exclusivamente al descenso del tono vital de una Cultura que devino Civilización. Como fenómeno biológico, sería muy recomendable evitar connotaciones morales de ningún tipo. ¿Quién censurará al anciano por serlo? No es la avanzada edad de un individuo lo reprensible, sino proyectar y dar inicio a acciones inapropiadas a esa edad. Occidente comienza su ocaso sin poder canalizar sus energías hacia verdaderos infinitos, por ejemplo la exploración del espacio. Las limitaciones tecnológicas y presupuestarias evitaron ese desagüe, esa verdadera posibilidad de relanzamiento del alma faústica, al haberse hecho muy pequeño el planeta. Los mares son “autopistas acuáticas” y los continentes lejanos, sino se han vuelto meros parques extractivos de las transnacionales, son la patria de moradores hostiles o sistemas inestables en este mundo que cada vez más se le aparece al occidental como una olla a presión.




Los mundos científicos son mundos superficiales, mundos prácticos, inánimes, puramente
extensivos. Estos mundos sirven de base a las intuiciones del budismo, del estoicismo, del
socialismo. Vivir la vida no con evidencia indeliberada y apenas consciente, cual un
sino providencial, sino considerándola como problemática, poniéndola en escena sobre una
base de nociones intelectuales, haciéndola «finalista» «intelectualista», he aquí el fondo
común a los tres casos. Rige el cerebro, porque el alma se ha despedido. Los hombres
cultos viven inconscientes; los civilizados, conscientemente. El aldeano, arraigado en la
tierra, ante las puertas de las grandes ciudades, que ahora—escépticas, prácticas,
artificiales—representan solas la civilización, no cuenta ya para nada. El «pueblo» es ahora
el pueblo de las urbes, masa inorgánica y fluctuante
.[LDO, I, 490]




Wissenschaftliche Welten sind oberflächliche Welten, praktische, seelenlose, rein
extensive Welten. Sie liegen den Anschauungen des Buddhismus, Stoizismus und
Sozialismus gleichmäßig zugrunde. Das Leben nicht mehr mit kaum bewußter,
wahlloser Selbstverständlichkeit leben, es als gottgewolltes Schicksal hinnehmen, sondern
es als problematisch betrachten, es auf Grund intellektueller Einsichten in Szene setzen,
»zweckmäßig«, »vernunftgemäß« – das ist in allen drei Fällen der Hintergrund. Das
Gehirn regiert, weil die Seele abdankte. Kulturmenschen leben unbewußt, zivilisierte
Menschen leben bewußt. Das im Boden wurzelnde Bauerntum vor den Toren der großen
Städte, die jetzt – skeptisch, praktisch, künstlich – allein die Zivilisation repräsentieren,
zählt nicht mehr mit. »Volk« – das ist jetzt Stadtvolk, anorganische Masse, etwas
Fluktuierendes
.[DUA, I, 451]




Lo que de verdad fuimos, en Occidente, hemos de verlo ahora en la aldea y en sus habitantes. El aldeano no es demócrata, dice Spengler. Hay en él un alto parentesco con la nobleza y el alto clero. No entiende nada de los “movimientos de la masa”, de las corrientes de opinión. En las aldeas de la vieja Europa todavía hay “afinidades” familiares entre los tres estamentos (nobleza, clero, campesino), siempre y cuando algo de su pureza puedan conservar, lejos de las ciudades. Hay en la sencilla compostura del aldeano una integración completa y orgánica con el País. Es el residuo del viejo Pueblo antes de quedar este elemento vital de la Cultura completamente vapuleado bajo la Ciudad. El aldeano es Cultura a la que se le ha cercenado la cabeza dirigente con puño de hierro (la nobleza) y la reflexión (clero). El aldeano es Pueblo (Volk) y volvería a ser fáustico, heroico, de contar con los estamentos supremos de nuevo: cabezas y puños de hierro. Pero no es pueblo que se pueda integrar junto con las masas viscosas de la ciudad.




Pero en el Occidente cansado, las masas urbanas deben pensar mecánicamente, como mecánicos son los lazos con la urbe, con “lo social”. En el aldeano hay vínculo con el País –no sólo con la Tierra- de tipo orgánico, como la planta, su raíz y su mundo entorno. Lo “social” no forma un cuerpo con el que haya que hacer una “gestión”. El siglo XIX mostró ya todos lo síntomas de la decadencia al ser un siglo de ciudades, de barriadas obreras, de cuestión social. La Economía Política sustituye a la Metafísica, se apodera de su lenguaje, se hace, ella misma “la Metafísica”. Spengler subraya los grandes parentescos, la afinidad de fondo, entre todos los discípulos de Malthus: Marx, Schopenhauer, Darwin, Nietzsche. En todos ellos subyace el materialismo que necesariamente ha de fundar una nueva Ética de la lucha por la vida y de la voluntad de seguir viviendo, de la Producción y Reproducción del Todo social.




Y este materialismo es el remedo de una metafísica que subyace, en el fondo a una Ética: gestión del cuerpo propio y gestión del cuerpo social. Por ello, el hombre práctico, descreído, materialista, el refinado burgués o el obrero culto que se forma en la ciudad occidental del siglo XIX, no puede pensar sino en términos de Ética. Toma de Kant la “Razón Práctica”, no la Razón Pura, no el misterio que subyace a esa inmensa dualidad entre mundo de los fenómenos y cosa en sí. Toma de Schopenhauer la Ética, y no la Voluntad Metafísica que le sirve de fundamento. El Occidente cansado solo entiende la Metafísica, así como la más profunda Mitología y Religión en la medida en que sirve de fundamentación de la Ética, y aun la metafísica que se elabora en la ciudad de hombres inteligentes, pero fríos y sin raíz es pobre, seca, puro sistema de conceptos. También en la Historia de la Filosofía hay un ciclo: nacer, esplendor, decadencia y muerte. En la época de Spengler, las cátedras de Psicología, Lógica, teoría del conocimiento, no ofrecían sino erudición y escoria de un gran pasado. Primero, tras los balbuceos, vienen los grandes místicos y sacerdotes, con una filosofía que es, por necesidad, esotérica. Pitágoras y Platón son antitéticos de Aristóteles y Kant. Con estos últimos, los filósofos del concepto, no los de la gran intuición se acaba una época y da inicio a los “éticos”. Y se elaboran sistemas de ética con adornos metafísicos, científicos, etc. hasta que llegan a degradarse en gestión del sistema digestivo, higiene genital y gimnasia relajante. Toda esta degradación es bien conocida en España a partir de la LOGSE y la hipertrofia de lo ético y lo “cívico” que trajo consigo.




Desde el materialismo subyacente a todos (darwinistas, marxistas, nietzscheanos) ¿qué quedó en Occidente por debajo de las proclamaciones universalistas y fraternas? ¿Es que acaso toda la filosofía en el sentido grande –no en el sentido profesoral- es una conjura milenaria contra la liberté, égalité y fraternité?




La pregunta sacude de arriba abajo los cimientos de una filosofía de funcionarios sentada en medio de un Estado que gestiona necesidades, tutela ciudadanos y explica pedagógicamente las leyes a una masa ciudadana ajena a cualquier “Verdad”, atenta más bien a la gestión de su bolsillo, de su estómago, de sus genitales. Spengler reinterpreta la voluntad de potencia de Nietzsche haciendo uso, previamente, de un bisturí: quitémosle los ropajes románticos. La Voluntad de Poder es, en el fondo, una cuestión de crianza. Este mensaje estremecedor que nos lanza Spengler, que conecta de forma directa con La República de Platón, nos obliga a pensar una y otra vez sobre qué es filosofía. Desde luego consiste en mantener la “vista de pájaro” en contraposición con la “perspectiva de la rana”. En la alborada de una nueva Cultura, el gran Filósofo es el “creador de nuevos valores”, como Sabio, como fundador de religiones, como inspirado metafísico o místico. Un orden nuevo se apunta en cada uno de sus pensamientos, ideas que se imponen. Y según Spengler es inevitable que tal voluntad imperativa en el Occidente que nos ha tocado vivir sea en el fondo, incluso bajo fraseología contraria, un socialismo. Sorprende leer en Spengler que Nietzsche, el gran fustigador del socialismo y de todo fenómeno de masas, sea él mismo un socialista. El socialismo como voluntad de dominio y como instaurador de un nuevo sistema de crianza, y no como catecismo ético o como ideología partidista concreta.





Se comprende mejor en qué sentido la civilización faústica se ha embarcado en un socialismo, con una necesidad morfológica, siguiendo un ineluctable llamado del sino. Se trata de un inmenso sistema de crianza cuya superación pasa por la crianza de los mejores, por una suerte de restauración de la aristocracia y de la jerarquía. Platón o Nietzsche resuenan detrás de los mejores análisis de nuestro capitalismo. Hacer del mundo un inmenso mercado y un inmenso sumidero de acumulación de capital, con las necesarias destrucciones parciales de plusvalía únicamente para que se acumule más y más en órdenes crecientes. ¿Qué habrá detrás del análisis de Marx? ¿Un simple socialismo ético y una proclamación comunista de los Derechos Humanos? ¿Un triunfo del Comunismo en sentido “mágico”, esto es, la horizontalidad de unos hermanos fraternos que contraerán relaciones armónicas, puras, sencillas? Nada de eso. El agujero negro de la acumulación de plusvalía se tragará la propia civilización faústica, sino a la humanidad misma. De sobrevivir ésta, vendrá forzosamente un sistema de crianza y jerarquía.




6. La Física faústica.




El moderno imperialismo de la física encaja de lleno en el mismo sistema orgánico de la Civilización Occidental, y se precisa. Reducir toda índole de conocimiento a medida, a número, relaciones espaciales, a causalidad. La propia ciencia, dice Spengler, es un derivado de la religión. No podemos dejarnos engañar con las disputas entre religión y ciencia que suelen animar los debates que tanto se divulgan: creacionismo versus evolucionismo, teoría del Big-Bang versus creación ex nihilo, cerebro versus alma…La propia ciencia se apoya en un sistema de mitos en el que los dioses se llaman ahora “átomos”, “fuerzas”, “quarks”, “números”, etc.





De aquí se sigue que todo «saber» acerca de la naturaleza, incluso el más exacto, tiene por
base una creencia religiosa.
La física occidental señala como su fin último el reducir la naturaleza a mecánica pura, y a
ese propósito se encamina todo su idioma de imágenes. Mas la mecánica pura presupone un
dogma, a saber: la imagen religiosa del universo en los siglos góticos; y ese dogma es el
que hace de la mecánica una propiedad espiritual de la humanidad culta de Occidente y
sólo de ésta. No existe ciencia sin hipótesis inconscientes de esta especie, sobre las cuales
el investigador carece de poder; y esas hipótesis se retrotraen hasta los primeros días de la
cultura incipiente, No hay ciencia de la naturaleza sin una religión antecedente. En este
punto no existe diferencia entre la intuición católica y la intuición materialista de la
naturaleza: las dos dicen lo mismo con distintas palabras. La física atea tiene religión; la
mecánica moderna es punto por punto una reproducción de las visiones religiosas.
[LDO,I, 525-526]





Daraus ergibt sich, daß allem »Wissen« von der Natur, auch dem exaktesten, ein religiöser
Glaube zugrunde liegt. Die reine Mechanik, auf welche die Natur zurückzuführen die
abendländische Physik als ihr Endziel bezeichnet, ein Ziel, dem diese Bildersprache dient,
setzt ein Dogma, nämlich das religiöse Weltbild der gotischen Jahrhunderte voraus, durch
welches sie geistiges Eigentum der abendländischen Kulturmenschheit und nur dieser ist.
Es gibt keine Wissenschaft ohne unbewußte Voraussetzungen solcher Art, über welche
der Forscher keine Macht besitzt, und zwar Voraussetzungen, welche sich bis in die
frühesten Tage der erwachenden Kultur zurückführen lassen. Es gibt keine
Naturwissenschaft ohne eine voraufgegangene Religion. In diesem Punkte besteht kein
Unterschied zwischen katholischer und materialistischer Naturanschauung: sie sagen
beide dasselbe mit andern Worten. Auch die atheistische Naturforschung hat Religion; die
moderne Mechanik ist Stück für Stück ein Nachbild gläubigen Schauern.
[DUA,I, 487].





Para hacer ciencia es de todo punto necesario partir de los requisitos inconscientes [unbewußte Voraussetzungen] que el investigador lleva consigo, como hijo de una determinada cultura o civilización. Ellos son el dogma. Einstein, Planck o Hawking proceden del cristianismo gótico, cuyo derivado hoy no es una filosofía escolástica sino una física fáustica. Tal tesis, que sonará extraña a muchos oídos, puede comprometer la tan querida independencia objetiva del saber científico. Tal tesis sonará hoy como un peligroso relativismo de signo irracionalista. Pero convendría entenderla en un sentido estrictamente morfológico: también las fases de un insecto, la diferencia entre larva y adulto, reflejan un cambio radical en el aspecto, detrás del cual subyace un Plan constructivo del animal. El Plan –el sino- de la cultura fáustica consistió en substituir la religión por la ciencia, imprimiendo el anhelo de infinito, la direccionalidad del espacio, el afán imperativo de conquista en un nuevo sistema de imágenes (Bildersprache).




Distinta cuestión es que la gran física faústica, la de Leibniz y Newton, que llega hoy hasta Einstein y sus epígonos, deje de ser la “Religión” en un mundo tecnologizado que no es resultado simple de una aplicación de conceptos-dogma al sistema de la Producción. La verdadera “Religión” del Occidente declinante es la Economía Política. Un sistema de signos, de imágenes mitológicas que se arroparon con el dogma del número, la medición, los equilibrios dinámicos, etc., pero que esconden el afán infinito de acumulación. Detrás de la economía hay “ansia”. Y ese ansia antecede una búsqueda religiosa tanto como científica. Mas al hacer del mundo una máquina, y con él el hombre como productor y consumidor, Occidente rompe en sus entrañas. Se ofrece él mismo en forma de holocausto gigante. El triunfo de la Mecánica, la rebelión iniciada por Galileo, no fue otra cosa que la persistencia de las anteriores visiones religiosas, pero bajo un idioma de símbolos remozado [die moderne Mechanik ist Stück für Stück ein Nachbild gläubigen Schauern].




Hay quien en nombre de una ciencia neutral, denuncia el cariz manipulador, tecnocrático, dominante, que ha ido tomando esta. Pero el problema está en que esa denuncia sigue asimilando la ciencia a un “conocimiento”. Llamamos ciencia, en realidad, al sistema de representaciones imaginarias que sirve a los efectos de control de la naturaleza y del hombre. Las intuiciones elevadas sobre el Espacio, el Tiempo, las Fuerzas fundamentales, la Materia, son el remedo de la vieja intuición de Dios en torno a la cual, y por cuya imagen se puede ejercer esa dominación de la naturaleza y del hombre. Domesticación de la naturaleza, violarla y torturarla hasta poder extraer de ella todas sus posibilidades. ¿Acaso esperábamos algo diferente del programa baconiano de reforma de la ciencia? ¿Acaso la voluntad de poder podía hacer otra cosa con sus “mentiras” útiles (verdad, objetividad, leyes, causas) que llevar la dialéctica de la Ilustración hasta sus últimas consecuencias?




No hay física absoluta. Cada Cultura en el sentido elevado posee su propia Física, como posee su Arte, su Religión.




La «naturaleza» del hombre antiguo halló su más alto símbolo artístico en la estatua
desnuda. De ella se deriva consecuentemente una estática de cuerpos, una física de la
proximidad. A la cultura árabe pertenecen el arabesco y el abovedado de la mezquita en
forma de cueva; de este sentimiento cósmico derívase la alquimia, con la representación de
substancias que tienen efectos misteriosos, como el «mercurio de los filósofos», que no es
ni una materia ni una propiedad, sino algo que por mágico modo sirve de base a la
existencia de los colores en los metales y puede convertir uno en otro. La
«naturaleza» del hombre fáustico, por último, ha producido una alquimia del espacio
ilimitado, una física de la lejanía. A la física antigua pertenecen las representaciones de
materia y forma; a la árabe, las muy spinozistas de substancias y atributos visibles o
misteriosos; a la fáustica, las de fuerza y masa. La teoría apolínea es una contemplación
tranquila; la mágica, un conocimiento secreto de los «medios» de que dispone la «gracia»
de la alquimia—también aquí puede conocerse el origen religioso de la mecánica—; la
fáustica, desde un principio, hipótesis metódica. El griego inquiría la esencia de la
realidad visible; nosotros inquirimos la posibilidad de adueñarnos de los invisibles
propulsores del devenir. Lo que para aquéllos era la inmersión amorosa en los aspectos
visibles es para nosotros la violenta interrogación a la naturaleza, el experimento metódico.




Die »Natur« des antiken Menschen fand ihr höchstes künstlerisches Sinnbild in der
nackten Statue; aus ihr erwuchs folgerichtig eine Statik von Körpern, eine Physik der
Nähe. Zur arabischen Kultur gehört die Arabeske und die höhlenhafte Wölbung der
Moschee; aus diesem Weltgefühl ist die Alchymie entstanden mit der Vorstellung von
geheimnisvoll wirkenden Substanzen wie dem »Merkur der Philosophen«, der weder ein
Stoff ist noch eine Eigenschaft, sondern etwas, das in magischer Weise dem farbigen
Dasein von Metallen zugrunde liegt und ihre Verwandlung ineinander bewirken kann.
Die »Natur« des faustischen Menschen endlich hat eine Dynamik des unbegrenzten
Raumes, eine Physik der Ferne hervorgebracht. Zur ersten gehören die Vorstellungen von
Stoff und Form, zur zweiten gut spinozistisch die von Substanzen und ihren sichtbaren
oder geheimen Attributen, zur dritten die von Kraft und Masse. Die apollinische Theorie
ist ein ruhiges Betrachten, die magische ein verschwiegenes Wissen um – man kann auch
da den religiösen Ursprung der Mechanik erkennen – die »Gnadenmittel« der Alchymie,
die faustische von Anfang an Arbeitshypothese. Der Grieche fragte nach dem Wesen des
Die »Natur« des antiken Menschen fand ihr höchstes
Seins; wir fragen nach der Möglichkeit, uns der unsichtbaren Triebkräfte des
Werdens zu bemächtigen. Was für jenen die liebevolle Versenkung in den Augenschein,
das ist für uns die gewaltsame Befragung der Natur, das methodische Experiment.
[DUA,I, 489]





Las grandes creaciones de una Cultura derivan del sentimiento cósmico (Weltgefühl) que las animó y del que los hombres no pueden escaparse. Estática de cuerpos, alquimia mágica, dinámica de fuerzas. He ahí las tres físicas, la apolínea, la mágica y la faústica, respectivamente. La hipótesis de trabajo (Arbeitshypothese) no se elige “racionalmente”. Se intuye y se despliega durante unos siglos. La física de la proximidad de los griegos (Physik der Nähe) fue barrida por la oleada mágica tardoantigua. Fue preciso quemar el Museo de Alejandría y todos los libros, volverse iconoclasta y dejar caer las estatuas desnudas de mármol. Occidente hubo de volverse una provincia de Oriente. Antes de las conquistas mahometanas de los siglos VII y VIII, hacía ya mucho tiempo que Roma había caído a la condición de provincia anímica de Oriente: el judeocristianismo prepararía su terreno, mientras que el hombre faústico, todavía un bárbaro escondido en las selvas nórdicas, aguardaba su maduración. ¿Lucha de razas? Nada de eso. Más bien habría que decir: relevo sucesivo de tipos de alma, tipos de alma que están por encima de la racialidad, de la lengua, de la nación. Nosotros, los faústicos, queremos explorar el devenir, sus posibilidades. Todo lo posible, hay que llevarlo a cabo [wir fragen nach der Möglichkeit, uns der unsichtbaren Triebkräfte desWerdens zu bemächtigen]. Es el alma faústica la que pacta con el mismo demonio, pues llega a aniquilar el concepto mismo de hombre (clonación, guerra nuclear, producción comercial de órganos, prostitución universal), destruye su esencia si hace falta satisfacer el ansia de su tipo de alma. Si no puede ser un alma que conquiste territorios, océanos, pueblos o estrellas, ha de convertirse en un alma que conquiste posibilidades.


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